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Apertura, respuesta a la enfermedad

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Cuando el papa Francisco expuso su famosa frase: “Prefiero una Iglesia accidentada por salir, que enferma por encerrarse”, algunos sectores eclesiales se lo tomaron con cautela. Como si escucharan sólo un buen eslogan, pero en el fondo continuaron mirando de los muros hacia adentro con temor por contaminarse del terrible ambiente externo. Sin embargo, esta semana, la prestigiada revista Nature publica una tesis que parece darle la razón a Bergoglio: cerrar las puertas y fronteras ante enfermedades o epidemias potenciales puede no ser la mejor idea para enfrentarlas.

El estudio “No cierren esas fronteras” del epidemiólogo Samuel V. Scarpino, profesor adjunto de Ciencias Marinas Ambientales y Física de la Northeastern University, revela los resultados de los modelos matemáticos de dispersión de enfermedades contagiosas realizados por el investigador español José Gómez-Gardeñes en el que la movilidad de los sujetos reduce la heterogeneidad en la distribución de la población que puede ser afectada potencialmente por una enfermedad. En otras palabras: la movilidad de los sujetos en un espacio vulnerado genera una menor probabilidad de que un brote se convierta en una dispersión epidémica incontrolable. El investigador de modelos predictivos de diseminación de enfermedades contagiosas del Emergent Epidemics Lab afirma además que el riesgo epidémico aumenta cuando el control de las poblaciones vulneradas es más rígido. Una tesis absolutamente contraintuitiva pero, hasta donde parece, científicamente correcta.

Dicho esto, el “accidentarse por salir” parece ser incluso menos riesgoso que permanecer encerrado en las certezas de control. Pero ¿será adecuada esta comparación de modelos matemáticos con el principio que el papa Francisco impulsa en la Iglesia? ¿Cuáles podrían ser los riesgos epidemiológicos que amenazan a la Iglesia católica? ¿Serán riesgos externos como la secularización o el clericalismo? ¿O internos como el conservadurismo, el relativismo o la falta de ortodoxia? ¿Serán las enfermedades diagnosticadas por Francisco en las Iglesias particulares como el alzheimer espiritual, la mundanidad, la rivalidad y vanagloria, la esquizofrenia existencial, la divinización del superior o la acumulación? ¿Será que esos males podrían propagarse o desarrollarse bajo el mismo modelo que lo hace un esparcimiento epidemiológico?

Tomemos, por ejemplo, uno solo de los desafíos externos que la Iglesia católica en México tiene en los próximos años: la disminución en la tasa de fieles. Según algunos investigadores, la tasa de católicos en México podría no superar el 70% de mexicanos en el próximo censo poblacional del 2020. Elio Masferrer Kan, sociólogo, refiere que apenas la mitad de los bebés nacidos en México se bautizan en la religión católica y cada vez un mayor porcentaje de parejas opta por no bautizar a sus hijos bajo ningún credo. ¿Cuál sería la opción viable para evitar la propagación de este fenómeno? ¿Defender con más control lo que idealmente debe suceder en las familias católicas y resguardarse con más ahínco de una realidad que se asoma incontenible? ¿O arriesgarse a salir colocando esas débiles fuerzas y profundos valores en las nuevas dinámicas sociales?

¿Y qué hay de las enfermedades espirituales y culturales que pueden estar diseminándose lenta y peligrosamente en las múltiples estructuras sociales? Si seguimos la lógica, una mayor defensa y claridad en las fronteras evitarían que los brotes de estos males pululen en la sociedad; sin embargo, el modelo revisado por Gómez-Gardeñes parece sugerir otra cosa: Más movilidad, más puentes y más contacto podrían evitar que un brote supere el umbral epidemiológico y la enfermedad se convierta en pandemia. En la sociedad y cultura contemporánea eso podría significar más diálogo, más contacto y más implicación para mantener la salud social.

La adecuación misma que ha trabajado la Iglesia desde la segunda mitad del siglo XX y el camino que emprende para mantener vigentes su mensaje y opción de vida en el siglo XXI pasan hoy por esta disyuntiva: guarecerse bajo los edificios que le dieron vigor y seguridad durante siglos o arriesgarse al accidente, peregrinando a los linderos de la humanidad para evitar que las verdaderas epidemias enfermen aún más el cuerpo de la Iglesia. No es una decisión sencilla y si algo ha provocado el pontificado de Francisco ha sido revelar a los que optan por la primera opción y quienes van por la segunda; y el tema no se reduce a grupos antibergoglianos o sectores pro-Francisco, la concreción de una de estas vías seguramente dará una personalidad a la Iglesia católica para el resto del siglo.

@monroyfelipe

 

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