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Análisis y Opinión

A mí me daría vergüenza

José Luis Arévalo

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Sería para que les diera vergüenza a nuestras autoridades, si es que la conocen, el hecho de que los padres de niños con cáncer se encuentren a las afueras de la Secretaría de Salud Federal en huelga de hambre.

Y digo esto, porque no es posible que haya pasado mes y medio, poco menos del tiempo de la llegada del Coronavirus a nuestro país, y los niños con cáncer no tengan el medicamento que necesitan para continuar con su tratamiento. Pero mire, es probable que sí les da algo de vergüenza ya que ni siquiera los reciben.

Los padres de estos pequeños aseguran que esta vez harán más presión luego de que según comentan, los medicamentos “aparecen como por arte de magia” cada vez que se manifiestan, pero al pasar tres o cuatro días, se vuelve a terminar. Habría que estar en el lugar de estos padres para sentir esta impotencia.

El articulo 24, Fracción 1 de la Convención de los Derechos del Niño de la UNICEF, establece textualmente que “Los Estados Partes reconocen el derecho del niño al disfrute del más alto nivel posible de salud y a servicios para el tratamiento de las enfermedades y la rehabilitación de la salud. Los Estados Partes se esforzarán por asegurar que ningún niño sea privado de su derecho al disfrute de esos servicios sanitarios”. Y En la Fracción 2 inciso b se establece que hay que “Asegurar la prestación de la asistencia médica y la atención sanitaria que sean necesarias a todos los niños, haciendo hincapié en el desarrollo de la atención primaria de salud”.

En base a lo anterior y viendo la situación de los niños con cáncer, el gobierno mexicano no está cumpliendo con esta Convención, a pesar de que México es uno de los Estados firmantes de la misma.

Ahora bien, si el simple acto de no hacer todo lo posible por brindar esta atención a los niños con cáncer es por demás inadmisible, lo es todavía más si en estos dos meses se olvidaron de ellos debido al Coronavirus; ya que, simple y sencillamente los hospitales no han contado con los medicamentos. Digo esto para evitar que se culpe a los Directores de los nosocomios infantiles que dependen de que se les surtan los medicamentos necesarios para dar la atención. Y a esto súmele el hecho de que los padres no hayan tenido otro remedio más que plantarse a las afueras de la Secretaría de Salud a hacer una huelga de hambre y esperar a que la “apretada agenda” de los titulares de esta dependencia tenga un espacio para recibirlos. El resultado, más de 48 horas en huelga de hambre, dos madres con problemas de presión arterial y la negativa de recibirlos a la hora de escribir estas líneas. Insisto, a mí me daría vergüenza.

Es de entender que la austeridad republicana evite a toda costa el despilfarro en el presupuesto federal, pero hay temas en los que no se puede actuar así. La salud infantil es y deberá ser siempre la prioridad en todo gobierno, como lo es en una familia, y si se trata de investigar si en la compra de estos medicamentos se han cometido actos de corrupción, pues entonces a investigar pero sin dejar de surtir lo necesario y siempre comprar al mejor costo, no al más barato, por aquello del ahorro.

No sé a usted, pero a un servidor le indigna que por encima de la salud de los niños, con cáncer o sin cáncer, estén otras prioridades por parte de los que dicen manejar este país y que si bien es cierto que el Coronavirus ha ocupado la mayor atención en estos días, es impensable que por lo menos no hayan designado a una persona que se ocupe directamente de este problema, que además de llevar muchos meses más sin solución, tiene al filo de la muerte a decenas de niños inocentes.

José Luis Arévalo
Periodista
www.siete24.mx
@jlanoticias
@jarevalo
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Análisis y Opinión

Dos escenarios, una realidad

José Luis Arévalo

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De Frente y Claro con José Luis Arévalo

Arrancamos una nueva semana luego de que pasó el primero de julio, una fecha muy significativa para el presidente Andrés López Obrador, quien una vez más realizó un informe a la nación, uno más -lleva ya unos cuantos en tan solo año y medio de gobierno-, para poder dar a conocer a los mexicanos cómo ha ido avanzando desde que ocupa el poder ejecutivo. Primero de julio, dos años después de que ganara la elección presidencial, que para él es una fecha por demás importante al haber iniciado, como todos sabemos, lo que él mismo bautizó como “La Cuarta Transformación”. Pero déjeme reflexionar en algo: ¿la transformación de México no debería considerarse en aquel año 2000 cuando Vicente Fox sacó de Los Pinos al partido hegemónico?.

Pero bueno, López Obrador realizó un nuevo evento en Palacio Nacional y fíjese usted, paralelamente al informe del presidente que estaba plagado de buenas intenciones, de buenas noticias, de cifras espectaculares, según sus propios estudios, donde aseguró que ha disminuido la delincuencia, los homicidios dolosos, el robo de automóviles, el bienestar de los mexicanos, etc, etc, surgieron un par de temas de manera paralela. Uno de ellos se dio en Irapuato cuando un grupo de sicarios realizó una balacera matando a 27 personas, lo que contrastaba con los que se decía en Palacio Nacional cuando se aseguraba que se habían terminado las matanzas y las violaciones a los Derechos Humanos. Casi una treintena de muertos más en Guanajuato. Al mismo tiempo, su esposa Beatriz Gutiérrez Müller contestaba en un tuit a una persona que amablemente le pedía que fuera a ver a los niños que sufren de cáncer y que no tienen medicamentos, diciéndole que si esa persona era doctor, pues que él fuera a verlos, que ella no era médico. ¡Vaya respuesta!, vaya insensibilidad de una mujer que se dice doctora, que se dice primera dama, que se dice intelectual. Si la esposa del presidente considera que esto no es una violación a los derechos fundamentales de la infancia, está completamente equivocada. Y a lo mejor lo reconoció porque minutos después borró su mensaje y mandó una disculpa. Tarde para una mujer que al ser la esposa del presidente debería pensar en todos los mexicanos, incluyendo a los enfermos de cáncer.

Y como estos dos episodios podríamos hablar de otros más, como por ejemplo que nuestro país ya está entre los 5 a nivel mundial con el mayor número de muertos por Coronavirus. Una vez más estamos entre los primeros países en algo, ya sabemos que eso nos encanta, aunque esta vez se trata de un tema de personas fallecidas por una pandemia. A todo esto, el presidente insiste en que vamos muy bien, que ya se tocó fondo y que ya viene la recuperación. ¿En qué momento habrá recuperación si el número de muertos y contagiados no cede?, no lo sé, ojalá y nos lo explicara.

Esta es la realidad que solo conoce el presidente y los que aún lo siguen. Seguidores que por cierto, el presidente dijo que son cada vez más. Sin embargo, no podemos dejar de mencionar lo que dicen las encuestadoras, aquellas que antes López Obrador defendió a capa y espada. La consulta de El Financiero ubica al Presidente entre el 55 y el 60 por ciento de popularidad, Roy Campos y Consulta Mitofsky en el 47 por ciento y la empresa GEA-ISA no le da más allá del 38 por ciento de popularidad. Ya veremos cuál de las dos versiones del México que estamos viviendo es la más certera.

@jlanoticias

@jarevalop

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Análisis y Opinión

Discurso para un entremés sexenal

Felipe Monroy

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¿Por qué la comunicación de López Obrador parece cada vez menos eficiente? ¿Qué ha pasado con ese orador absoluto que motivaba, cautivaba y convencía a millones de mexicanos desde el podio? A dos años de su triunfo electoral, el presidente ofreció nuevamente un informe sobre el estado de la administración federal en lo que ha denominado Cuarta Transformación de la vida pública de México, y vale la pena analizar lo que sucede en materia comunicativa presidencial.

Debido a la pandemia y a la incertidumbre, el mensaje de este primero de julio sufrió obvias limitantes: El escenario, aunque simbólico, resultó más sombrío que solemne; en el proscenio, una inquietante silla vacía sin propósito tensaba la atención al orador; y el público (Beatriz Gutiérrez más un puñado de miembros del gabinete), apenas se hizo notar por sus aplausos de reciedumbre. Lejos del pueblo y de la base social que lo llevó al poder, López Obrador sólo tenía su discurso para brillar.

Y, sin embargo, nada destacó en la base del discurso. El presidente se mantiene en sus trece respecto a su mensaje. El texto es idéntico en estructura a los ofrecidos los últimos cinco primeros de julio y diciembre. Todos están construidos de la siguiente manera: 1. La identidad de la 4T; 2. Los nobles principios que le caracterizan; 3. Los logros y avances de la administración; 4. La naturaleza y resistencia de los adversarios; y 5. El legado histórico al que se aspira.

No es una mala estructura; de hecho, guarda una cualidad pedagógica eficiente. Pero algo sucede con estos mensajes (que en realidad son muy altas oportunidades de comunicación por su expectativa): cada vez se asemejan más a un inocuo ruido de fondo, un sonsonete prescindible cuyo sentido se ha diluido. ¿Por qué?

Hay un riesgo en este tipo de discursos, suelen provocar vacío en el oyente honesto, en el ciudadano que dispone su atención sin fanatismo ni prejuicio. Es un hecho que al partidario no le interesa el contenido del mensaje sino la forma y la retórica de la victoria; mientras, el malqueriente sólo espera con malsana fruición las fallas y las ofensas para señalarlas. Pero ¿qué hay para esa franja ciudadana que escucha con criterio y expectativa razonables? ¿Cómo volver a ganar su interés?

Para muchos, el modelo de comunicación presidencial de López Obrador está ya agotado debido a la permanente y extensa conferencia matutina junto a los profusos y reiterados informes a la nación. La identidad de la 4T requiere más hechos que palabras; sus principios exigen ejemplos y no sólo promesas; los mencionados avances esperan el imprescindible contraste periodístico; los adversarios evidencian sus credenciales por sí mismos; y corresponderá a la historia juzgar si esta administración deja o no buen legado.

Sin embargo, hay una explicación más simple: el mensaje presidencial ya no interpela ni a la imaginación ni a la expectativa de las audiencias. Los ciudadanos, ávidos de teorizar, interpretar y participar activamente en la comunicación (los llamados ‘prosumidores’, productores y consumidores de información), no reciben estímulo alguno para construirse narrativas sociales futuras, para animarse a la esperanza o para sentirse partícipes de una ilusión.

En el pasado, el discurso lopezobradorista conseguía esa esperanza: motivaba narrativas en millones de mexicanos que eran capaces de imaginarse en escenarios distintos a la podredumbre política imperante; detonaba en la mente de los ciudadanos la idea de su papel crucial en la urgente necesidad de un cambio radical; despertaba en ellos la necesaria confianza para depositar en él la misión de acabar con la corrupción que mantenía sumida en la pobreza y la violencia a toda una nación.

El futuro, no obstante, será de quien hoy siembre en las historias personales de los ciudadanos, una narrativa que le conmueva o apasione hasta la diligencia participativa. Por desgracia, el discurso presidencial parece ahora apelar a la pasividad, a la paciencia del respetable; más que partícipe, el ciudadano se reduce a espectador de conferencias y mensajes.

Si se pone atención, López Obrador colocó en posiciones equidistantes (justo antes y después de enumerar los avances de su administración) dos ideas aparentemente distintas pero que cumplen un mismo propósito: “Nunca, en más de un siglo, se ha insultado tanto a un presidente de la República…” y “sostengo que para el 1° de diciembre de este año estarán ya establecidas las bases de la nueva forma de hacer política”. En concreto, dice que, a pesar de las resistencias, buscará cincelar su oportunidad histórica. Es un bello pensamiento dicho en voz alta, pero nada más.

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

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