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Análisis y Opinión

Arturo Lona (1925-2020), obispo de los pobres

Felipe Monroy

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Que don Arturo Lona Reyes sobreviviera hasta la víspera de su 95 cumpleaños a pesar de los múltiples intentos de los enemigos de la justicia por acallarlo parecería bastar para enarbolar a este obispo católico entre los ilustres servidores del pueblo; y, sin embargo, el icónico pastor de Tehuantepec fue un poliedro de anécdotas cuyas enseñanzas siempre conducen a poner la mirada en los necesitados, en la infatigable búsqueda del bien común y la perenne labor a favor de una esquiva justicia social.

Quienes tuvimos la oportunidad de charlar con él, atesoramos su capacidad narrativa, la forma en que actualizaba las parábolas evangélicas en los pueblos y los tiempos por los que él caminó hasta ser llamado ‘El Obispo de los Pobres’: Una denuncia de abuso y despojo de pronto se convertía en un ejemplo de conciliación pastoral; un caso de persecución política lo transformaba en un modelo de diálogo; una inocente convivencia con niños dejaba una enseñanza sobre la justicia y la pobreza; y un acto de discriminación contra los indígenas y marginados se tornaba en pura resistencia y dignidad.

En su ‘Testamento espiritual’ Lona dejó las dos siguientes certezas: “Consciente de mi condición de hijo de Dios… soy fruto de la cultura que se fue conformando en el siglo XX”. Es decir, su vocación sacerdotal no podía entenderse fuera de su contexto; la mística de su fe se reflejaba en la tierra, en los pobres, los indígenas y los desamparados de un siglo cuyos trepidantes eventos transformaron enteramente la piel del mundo, pero no el alma del hombre ni sus necesidades de bienestar o de trascendencia.

Fue hijo de la persecución religiosa, devoto formando en una Iglesia preconciliar, sacerdote en la desafiante serranía indígena y obispo del Concilio en la profunda cintura istmeña; pero, sobre todo, Lona fue un pastor que abrazó la teología liberadora: “Dios no ha querido dejar al hombre abandonado, le revela las verdades, determina las obras y ofrece su gracia para liberarlo del error, liberarlo del vicio, liberarlo del mal y ayudarlo en sus necesidades”.

Comprendió que su ministerio fue “como un poder que se vuelve servicio incondicional al pobre, al indígena”; y, al llamar las cosas por su nombre (quizá en ocasiones con más pasión que prudencia), provocó la incomodidad en otros poderes, en los apertrechados tras el dinero, la política o las ínfulas de suntuosidad. Fueron aquellos poderes los que intentaron minar su andadura entre los pueblos de la diócesis de Tehuantepec y las comunidades indígenas de México: “Recuerdo la tercera Conferencia Episcopal Latinoamericana de Puebla, reunión a la que (yo) debería de haber asistido por ser presidente de la Comisión de Pastoral Indígena de la Conferencia Episcopal Mexicana, pero hubo fuerzas extrañas que lo impidieron”.

De las elegantes zancadillas institucionales (muchas, por desgracia, conformadas desde su propia Iglesia y de sus hermanos obispos) hasta los atentados directos contra su vida, Arturo Lona compartió con los pobres las humillaciones normalizadas de un sistema cultural que acalla los dolores y carencias de los miserables mientras enaltece y recompensa más a los que más tienen y siguen acumulando bienes y privilegios en detrimento de sus congéneres. Pero eso no detuvo su impulso ni su decisión de promover el bien social desde la Iglesia mediante la conformación de escuelas y universidades, organizaciones sociales, asociaciones autónomas de campesinos, cajas de ahorro, cooperativas de producción y clínicas rurales.

Con su muerte, el continente americano pierde quizá al último de los obispos de la generación de la difícil resistencia ante el vaticanés (ese lenguaje que llena horas de homilías sin decir nada), el statu quo y la jerarquía religiosa aliada al poder. Esto no quiere decir que no haya algunos pastores que aún buscan servir en los meandros de la exclusión, la pobreza y la injusticia, pero la llegada de Francisco al solio pontificio ha reivindicado a estos luchadores y los ha puesto de ejemplo en una ruta que la Iglesia católica tiene frente al siglo XXI: ser pobre, para los pobres, defensora de la dignidad de los pueblos, promotora del cuidado de la Creación, espacio de diálogo, hospital para heridos, misionera cuyo cayado se asienta en las periferias y sólo visita a los palacios para dar voz a los humildes.

Esto se lo hizo saber al presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, en 2019. El tabasqueño basó su campaña electoral bajo el eslogan ‘Por el bien de todos, primero los pobres’ y Lona no desaprovechó la oportunidad: “Le tomo la palabra, comience por el sur (del país) que es el más golpeado”. Desde su mirada, Lona contempló el potencial esplendor de una nación que necesita ser reconstruida comenzando con lo más básico: “Aún hay gente con hambre. ¿Crees que no me da desesperación ver que los niños no tienen qué comer o que los ancianos no tienen para la medicina? Eso es terrible. Yo no puedo estar dormido, indiferente ante tanta desgracia que hemos pasado, yo digo: Mi casa después, primero la de los pobres. Primero la casa de los pobres antes que los templos. Primero las casas, primero las escuelas, primero los hospitales”.

Descanse en paz, don Arturo.

LEE Niza, la terrible muerte acecha la paz ilustrada

*Director VCNoticias.com

@monroyfelipe



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Análisis y Opinión

La armadura vacía de un gobierno que se cansó de soñar

Felipe Monroy

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Entre algunos dones, es claro que el presidente López Obrador siempre ha guardado cualidades de idealismo. Quizá algunos no coincidan con su perspectiva, pero sería necio negar su empecinado sueño. A dos años de ejercer el gobierno de la República, sin embargo, parece haber signos de que su ilusión se agotó, que ha caído en el cieno del pragmatismo y que la ‘constitución moral’, la ‘cartilla moral’ o la ‘guía ética’ son apenas la cascarilla de una semilla que renunció a germinar.

El sueño siempre tuvo un protagonista, el pueblo; y un horizonte, su liberación. La andadura política del hoy presidente de la República comenzó justo en lo que ahora desprecia, cuestiona, regatea y sospecha: la oposición. La extraña e indomable actitud del ciudadano inconforme, de aquel que se manifiesta, el que exige respuestas, el que reclama derechos, el que visibiliza la injusticia, del que clama desde la angustia por su bienestar y futuro.

La elección de López Obrador, su rotundo y aún interpelante triunfo en las boletas, fue la expresión más radical del hartazgo de un pueblo que llevaba décadas sin ver reflejada su esencia en el poder político. No lo intuyeron entonces los analistas que no distinguían esta categoría entre los candidatos y hoy el propio Andrés Manuel parece no reconocerlo, aunque literalmente se le ponga enfrente.

Apenas dos hechos sintetizan esta hipótesis. La primera sucedió en Mexicali, con la imagen de una anciana que se refleja en la ventanilla de la camioneta detrás de la cual el presidente le extiende una mirada que rezuma entre compasión y desdén. Según el propio fotógrafo, Víctor Medina, López Obrador quería establecer contacto con la gente pero que la situación de pandemia se lo impide. El presidente lo confirmó en la conferencia mañanera del 2 de diciembre, prefiere la distancia a usar cubrebocas. Así que, a esta mujer, le mostró distancia.

El segundo evento también sucedió en Baja California, pero en las playas de Rosarito. La joven Irais García se manifestó ante la caravana presidencial para obtener una respuesta ante la carencia de medicamentos para cáncer. La chica se colocó frente a la camioneta para detener el convoy e incluso cacheteó a un hombre de logística con tal de hacerle ver a López Obrador su reclamo. El presidente, nuevamente en conferencia, felicitó al estoico servidor que no respondió a la bofetada y prácticamente desdeñó el clamor de la joven por que creció -y se politizó- bajo un gobierno panista.

López Obrador parece ya no mirarse a sí mismo cuando contempla al pueblo; ni aquel que clama compasión ni el que reclama justicia. Sus palabras, aunque llenas de valores de un cristianismo laicizado, son armaduras vacías de un idealista que se cansó de soñar.

Quizá se le pueda conceder su perspectiva de atender la acción social como empresa espiritual para un país cuyos márgenes de valor y moral han cambiado radicalmente en los últimos treinta años y cuyo horizonte está dominado por el enemigo invisible; pero esa mística no es parecida a aquella liberadora planteada por José Vasconcelos porque, el filósofo contemplaba la riqueza de la derrota mientras Andrés Manuel parece haberla olvidado.

Dejemos que el propio Vasconcelos nos explique esta dura lección de congruencia en su libro ‘La Flama: Los de arriba en la revolución, historia y tragedia’: “Narrar la inquietud es ya una manera de combatirla. Soltaste Señor, mi lengua, en airado clamor de redención. Antes que yo, profetas tuyos más dignos fallaron también en el empeño inútil de restaurar la justicia. Esto sigue siendo el destino: relámpago fugaz y en seguida la soledad y el pavor de la tiniebla”.

Ojalá aún nos quede algo para contemplar de los últimos fulgores de un relámpago que brilló -y brilló en serio- hace dos años.

LEE Y hubo templos sobre el llano

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

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Análisis y Opinión

Hacer lo correcto de manera correcta

Gerardo Medina Romero

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El Mundo Interno de las Organizaciones

Sentimos incertidumbre con relación a lo que vendrá para el 2021. Para muchos, puede ser el posible y añorado regreso a la normalidad; para otros, una nueva normalidad ajustada y para algunos más, una realidad nueva y muy distinta. ¿Qué pasará cuando la mayoría de la población se haya vacunado? ¿Dejaremos de utilizar cubrebocas? ¿Regresaremos a nuestros lugares de trabajo? ¿Volveremos a tener interacciones con nuestros compañeros? ¿Otra vez a las reuniones de trabajo en salas de juntas?

Sin duda muchas preguntas así como posibles respuestas. Cada empresa ha vislumbrado al menos un par de escenarios para ello. En algunas, estos escenarios han sido compartidos con los colaboradores y en otras no; sin embargo, en ambos casos la incertidumbre sigue siendo el factor común ya que, por más que se diga lo contrario, todos sabemos que lo que hoy estamos viviendo es realmente un modelo temporal y que el definitivo se adoptará en cada empresa una vez que la población se haya vacunado y la pandemia se convierta finalmente en endemia.

¿Qué nos toca hacer ante esta situación? En mi opinión, así como las empresas deben planear cómo será su realidad una vez completada la etapa de vacunación mundial, cada uno de nosotros debe planear cómo será nuestra realidad laboral particular, específicamente en la manera en que tendremos que desempeñar nuestra función al interior de nuestra organización.

Por un momento, tratemos de olvidar lo que hacemos y cómo lo hacemos. Pensemos nuevamente el “para qué” lo hacemos y lo que la organización realmente debería recibir de nuestra función en particular. Es a partir de recordar el objetivo de nuestro rol (o, en algunos casos, de tenerlo claro por primera vez), de donde deberemos partir para redefinir lo que debemos hacer y cómo hacerlo en la nueva realidad, aprovechando al máximo los recursos que estarán disponibles.

Hoy más que nunca tenemos que buscar ser efectivos y eficientes en nuestra función.

Ser efectivos significa hacer lo correcto y dejar de hacer todo lo que no contribuye realmente al cumplimiento de nuestras responsabilidades. Quizá cuando llegamos a la organización o al puesto que hoy desempeñamos comenzamos a hacer cosas que nuestro antecesor hacía sin cuestionarnos si realmente aportaban y eran necesarias. Quizá otras más las hicimos porque algún jefe nos lo pidió, pero en realidad no tenían una razón de ser; muchas otras tal vez las incorporamos como parte de nuestro proceso de madurez individual y las mantuvimos simplemente por inercia. Cualquiera que haya sido la razón, seguramente encontraremos cosas que hoy hacemos y que en realidad deberíamos dejar de hacer con el fin de ser realmente efectivos.

Una vez que definimos lo correcto, viene el momento de analizar si lo estamos haciendo correctamente. Ser eficientes significa optimizar al máximo los recursos utilizados para hacer el trabajo; es decir, con el menor nivel de desperdicio de recursos posible. Si una cosa nos ha dejado claro el modelo de trabajo virtual que hemos adoptado en la gran mayoría de las empresas para sobrellevar la pandemia, es la gran cantidad de recursos que se desperdiciaba anteriormente para hacer el trabajo: tiempo, dinero y esfuerzo. Pues bien, a nivel individual debemos hacer ese análisis para encontrar la manera más eficiente de hacer nuestro trabajo y cumplir con nuestras responsabilidades. Evaluar en dónde cometemos más equivocaciones e implementar acciones para corregir esto, identificar redundancia de esfuerzos y crear formas de optimizar al máximo los recursos que utilizamos.

Haciendo lo correcto y de manera correcta, es decir, siendo efectivos y eficientes en nuestra responsabilidad individual, podremos completar el rompecabezas que hoy los líderes de las empresas tienen ante la incertidumbre que representa la nueva realidad que viviremos el próximo año.

No esperes a que sea la organización la que te diga cómo debes trabajar bajo la nueva realidad que, esperemos, llegue para el 2021. anticípate y dile a tu organización cómo tú y tu equipo de trabajo trabajarán.

Haz las cosas correctas y de manera correcta. Contribuye a diseñar el modelo de trabajo que tu organización tendrá no solo para trabajar durante la pandemia sino para el siguiente cuarto del siglo XXI.

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