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Análisis y Opinión

Arturo Lona (1925-2020), obispo de los pobres

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Que don Arturo Lona Reyes sobreviviera hasta la víspera de su 95 cumpleaños a pesar de los múltiples intentos de los enemigos de la justicia por acallarlo parecería bastar para enarbolar a este obispo católico entre los ilustres servidores del pueblo; y, sin embargo, el icónico pastor de Tehuantepec fue un poliedro de anécdotas cuyas enseñanzas siempre conducen a poner la mirada en los necesitados, en la infatigable búsqueda del bien común y la perenne labor a favor de una esquiva justicia social.

Quienes tuvimos la oportunidad de charlar con él, atesoramos su capacidad narrativa, la forma en que actualizaba las parábolas evangélicas en los pueblos y los tiempos por los que él caminó hasta ser llamado ‘El Obispo de los Pobres’: Una denuncia de abuso y despojo de pronto se convertía en un ejemplo de conciliación pastoral; un caso de persecución política lo transformaba en un modelo de diálogo; una inocente convivencia con niños dejaba una enseñanza sobre la justicia y la pobreza; y un acto de discriminación contra los indígenas y marginados se tornaba en pura resistencia y dignidad.

En su ‘Testamento espiritual’ Lona dejó las dos siguientes certezas: “Consciente de mi condición de hijo de Dios… soy fruto de la cultura que se fue conformando en el siglo XX”. Es decir, su vocación sacerdotal no podía entenderse fuera de su contexto; la mística de su fe se reflejaba en la tierra, en los pobres, los indígenas y los desamparados de un siglo cuyos trepidantes eventos transformaron enteramente la piel del mundo, pero no el alma del hombre ni sus necesidades de bienestar o de trascendencia.

Fue hijo de la persecución religiosa, devoto formando en una Iglesia preconciliar, sacerdote en la desafiante serranía indígena y obispo del Concilio en la profunda cintura istmeña; pero, sobre todo, Lona fue un pastor que abrazó la teología liberadora: “Dios no ha querido dejar al hombre abandonado, le revela las verdades, determina las obras y ofrece su gracia para liberarlo del error, liberarlo del vicio, liberarlo del mal y ayudarlo en sus necesidades”.

Comprendió que su ministerio fue “como un poder que se vuelve servicio incondicional al pobre, al indígena”; y, al llamar las cosas por su nombre (quizá en ocasiones con más pasión que prudencia), provocó la incomodidad en otros poderes, en los apertrechados tras el dinero, la política o las ínfulas de suntuosidad. Fueron aquellos poderes los que intentaron minar su andadura entre los pueblos de la diócesis de Tehuantepec y las comunidades indígenas de México: “Recuerdo la tercera Conferencia Episcopal Latinoamericana de Puebla, reunión a la que (yo) debería de haber asistido por ser presidente de la Comisión de Pastoral Indígena de la Conferencia Episcopal Mexicana, pero hubo fuerzas extrañas que lo impidieron”.

De las elegantes zancadillas institucionales (muchas, por desgracia, conformadas desde su propia Iglesia y de sus hermanos obispos) hasta los atentados directos contra su vida, Arturo Lona compartió con los pobres las humillaciones normalizadas de un sistema cultural que acalla los dolores y carencias de los miserables mientras enaltece y recompensa más a los que más tienen y siguen acumulando bienes y privilegios en detrimento de sus congéneres. Pero eso no detuvo su impulso ni su decisión de promover el bien social desde la Iglesia mediante la conformación de escuelas y universidades, organizaciones sociales, asociaciones autónomas de campesinos, cajas de ahorro, cooperativas de producción y clínicas rurales.

Con su muerte, el continente americano pierde quizá al último de los obispos de la generación de la difícil resistencia ante el vaticanés (ese lenguaje que llena horas de homilías sin decir nada), el statu quo y la jerarquía religiosa aliada al poder. Esto no quiere decir que no haya algunos pastores que aún buscan servir en los meandros de la exclusión, la pobreza y la injusticia, pero la llegada de Francisco al solio pontificio ha reivindicado a estos luchadores y los ha puesto de ejemplo en una ruta que la Iglesia católica tiene frente al siglo XXI: ser pobre, para los pobres, defensora de la dignidad de los pueblos, promotora del cuidado de la Creación, espacio de diálogo, hospital para heridos, misionera cuyo cayado se asienta en las periferias y sólo visita a los palacios para dar voz a los humildes.

Esto se lo hizo saber al presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, en 2019. El tabasqueño basó su campaña electoral bajo el eslogan ‘Por el bien de todos, primero los pobres’ y Lona no desaprovechó la oportunidad: “Le tomo la palabra, comience por el sur (del país) que es el más golpeado”. Desde su mirada, Lona contempló el potencial esplendor de una nación que necesita ser reconstruida comenzando con lo más básico: “Aún hay gente con hambre. ¿Crees que no me da desesperación ver que los niños no tienen qué comer o que los ancianos no tienen para la medicina? Eso es terrible. Yo no puedo estar dormido, indiferente ante tanta desgracia que hemos pasado, yo digo: Mi casa después, primero la de los pobres. Primero la casa de los pobres antes que los templos. Primero las casas, primero las escuelas, primero los hospitales”.

Descanse en paz, don Arturo.

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*Director VCNoticias.com

@monroyfelipe



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Análisis y Opinión

Desmantelar la psicosis bélica

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Como cada 24 de enero desde 1967, el Papa de la Iglesia católica envía a comunicadores y periodistas un mensaje para reflexionar los desafíos en torno a la labor informativa, formativa y de divulgación tanto del conocimiento como de los acontecimientos en los más diversos medios de comunicación; también es una oportunidad para analizar el impacto de los avances tecnológicos informáticos y la manera en cómo estos se insertan en la cotidianidad social y en la psique humana.

Este 2023, el papa Francisco cierra un ciclo comenzado en 2021 con una ruta de reflexión sobre lo que para el pontífice es indispensable y positivo en la comunicación contemporánea: “Ir, ver y escuchar para después hablar”. Sus tres últimos mensajes han seguido esta lógica y todo conduce al mismo anhelo.

En síntesis, para comunicar correctamente, con veracidad y justicia, es obligatorio acudir directamente a encontrar las historias, no hay que ceder a la tentación de dejarnos informar por comunicadores que no se atreven a “ir a donde está la gente”. Dijo el Papa en 2021: “El periodismo, como relato de la realidad, requiere la capacidad de ir allá donde nadie va”. Segundo, es necesario que el comunicador vuelva a convencerse de que “nada reemplaza el hecho de ver en persona” porque además “existe el riesgo de contar las crisis, sólo desde los ojos del mundo más rico”. Tercero, es preciso escuchar con paciencia, humildad y confianza porque “el negarse a escuchar termina a menudo por convertirse en agresividad hacia el otro”.

Finalmente, este 2023 Francisco concluye su itinerario reflexivo sobre el producto final de la comunicación: lo que se dice, lo que se publica, lo que llega a los destinatarios y audiencias. El Papa afirma que una mejor comunicación debe reflejar un “habla cordial”, debe promover un lenguaje de paz y sobre todo “desmantelar la psicosis bélica que se anida en nuestros corazones”.

Hoy en día, prácticamente nadie puede abstraerse del inmenso grado de maledicencia burda y gratuita en medios informativos y comunicadores. Pareciera que un requisito contemporáneo para ‘figurar’ en el espacio público debe ir acompañado de insultos, agresiones, calumnias, difamaciones y demás verborrea nociva.

Hablar irreflexivamente, tanto con el intelecto como el alma desconectados de la boca, no sólo no ayuda a entender los problemas que a todos nos afectan sino que tampoco tiene capacidad de ofrecer alguna vía de resolución de los mismos.

Hay que decirlo con crudeza: Detrás de cada comunicación agresiva hay una realidad que se oculta perniciosamente. Mientras los políticos, comunicadores o usufructuarios de los medios enardecen sus insultos en los espacios públicos; distintas víctimas de pobreza, exclusión, descarte y marginación permanecen ocultas, ignoradas, invisibles y desatendidas.

A eso le llama Francisco ‘psicosis bélica’; a la fascinación por el conflicto y la guerra incluso en espacios que no tienen que ver con lo político sino con lo humanitario, lo social y hasta lo sanitario. En otra oportunidad señalé lo pernicioso de que la comunicación de la pandemia de COVID-19 se hiciera con términos militares como “combate”, “lucha” o “enemigo”, que una de las acciones más humanitarias de nuestra especie, la atención médica, se comparara con “un frente de guerra” o una “línea de combate”; incluso que la indispensable cooperación global con las vacunas ante el desafío pandémico se entendiera en una lógica geopolítica de estrategia territorial y, para los conspiracionistas, en código de conquista.

En efecto, la agresividad comunicativa nos ha alcanzado y bajo su irracionalidad sepulta las verdaderas emergencias humanas. Por otro lado, las grandes crisis sociopolíticas contemporáneas (fruto de reacciones antidemocráticas e ideologización de la vida cotidiana) orillan a que los gobiernos -de los más disímbolos signos- recurran con mayor facilidad a las fuerzas armadas, a la militarización, a la vigilancia marcial, al patrocinio de mercenarios y paramilitares, a la compra de armas y a la erradicación de la disidencia mediante la violencia. Nada de esto es positivo para el bien común, la justicia o la dignidad de las personas o los pueblos. Bien ha dicho Bergoglio: “Vivimos una hora oscura en la que la humanidad teme una escalada bélica que se ha de frenar cuanto antes, también a nivel comunicativo”.

Le propongo finalmente algo: Elija con libertad a un personaje público y reflexione sobre si su discurso contiene agresividad. Ahora imagine, si su personaje fuera buena persona, ¿qué estaría realmente haciendo en lugar de evidenciar su psicosis conflictiva?

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

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Análisis y Opinión

El tabaco y su encuentro con Europa

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Por Ignacio Anaya Minjarez

La historia de Rodrigo de Jerez resurge en ocasiones. Según el relato, cuando llegó a las islas del Caribe a bordo de la Santa María, los pobladores le ofrecieron una hierba seca, a la cual le agarró gusto. La nube de humo que producía cautivó al explorador. Decidió llevarse tan peculiar hoja a España y comenzó a fumar. Para su mala fortuna, la población no vio con buenos ojos tal acto, por lo que fue denunciado ante la Santa Inquisición y encerrado durante seis años. Esta historia circula en varios sitios de la Web, sin embargo, no hay sustento de ella.

Es un mito que afirma que Jerez fue el primer europeo en fumar tabaco. Su recurrencia obedece a esa necesidad de poner algo o alguien como lo “primero”. Asimismo, querer mostrar el pasado de una acción y las sanciones que conlleva su hacer pueden reaparecer conforme a un tema actual de conversación. No sería raro que el relato de Jerez resurja debido a las modificaciones de la Ley General para el Control del Tabaco.

Inhalar humo y expulsarlo por la boca es una práctica que surge siglos antes del encuentro del viejo continente con la planta americana. Por ejemplo, desde la Edad Media había tratados sobre los usos medicinales de fumar ciertas plantas en Medio Oriente y África. Ahora bien, la introducción del tabaco al resto del mundo tendría unas nuevas connotaciones. Las sensaciones adictivas que produce fueron rápidamente reconocidas por algunos sujetos.

Fray Bartolomé de las Casas escribió en Historias de las Indias lo siguiente sobre los europeos que consumían tabaco en América: “Españoles conocí yo en esta isla Española, que los acostumbraron a tomar (tabaco), que, siendo reprendidos por ello, diciéndoles que aquello era vicio, respondían que no era en su mano dejarlos de tomar; no sé qué sabor o provecho hallaban.” Para ciertos pobladores originarios de América, esta planta cumplía otras funciones que iban más allá de su empleo adictivo. También la usaban para ceremonias y como medicina.

Los primeros escritos sobre el tabaco y sus efectos mostraban la mixta recepción que se tuvo de él. En su obra Historia natural de la Nueva España Francisco Hernández, protomédico de las Indias occidentales, islas y tierra firme, describió sus propiedades positivas y negativas, estableciendo lo siguiente: “Los que recurren al auxilio del tabaco con más frecuencia de la que se conviene se ponen descoloridos, con la lengua sucia y la garganta palpitante, sufren ardor del hígado y mueren al fin por caquexia e hidropesía; mas los que lo usan moderadamente suelen liberarse de otras muchas molestias”.

Dentro de su determinado contexto y con sus recursos, Francisco Hernández ya era capaz, al igual que otros, de notar el daño a largo plazo de su uso. La nicotina se encargó de popularizar esta planta en Europa. La aristocracia fue el primer sector de la población en recibir la gracia y desgracia de este producto. A pesar de las diferentes posturas alrededor de sus efectos, no tardó en recorrer, poco después, todas las partes del planeta.

Fumar sigue siendo una acción con diferentes opiniones dentro de una sociedad. El humo del cigarro puede llegar a ser molesto para muchas personas, además del daño que hace al cuerpo. Por otro lado, la adicción es difícil de dejar, sobre todo por la sensación placentera que produce la nicotina.

Una vez que el tabaco entró al modelo colonialista de expansión y comenzó a recorrer todo el mundo, su función original pasó por una transformación que lo convirtió en algo de la vida cotidiana de varios. No obstante, pareciera que su historia está atada con las regulaciones y sanciones del acto de fumar. En el siglo XVII el Papa Urbano VIII prohibió el uso del tabaco dentro de las iglesias, criticando su extenso uso: “No hace mucho que se nos ha informado que la mala costumbre de tomar por la boca y las narices la yerba vulgarmente denominada tabaco, se halla totalmente extendida en muchas diócesis, al extremo que las personas de ambos sexos, y aun hasta los sacerdotes y los clérigos, tanto los seculares como los regulares, olvidándose del decoro propio de su rango…”.

El encuentro del tabaco con los europeos dejaría un legado que sigue persistiendo en la actualidad. La historia de Jerez, aunque sin fuerte sustento, muestra la necesidad de encontrar en los ayeres aspectos controversiales alrededor de prácticas vigentes. El cambio de función en torno al acto de fumar a partir del siglo XVI tuvo consecuencias importantes en temas salubres, sociales, religiosos y económicos. La historia de esta adicción ofrece un interesante acercamiento a la reacción humana, de larga duración, ante aquellas sustancias que provocan ciertas sensaciones, al igual que las reglamentaciones para ellas.

Quién diría que una planta solo necesitaba ser llevada de un continente a otro para convertirse en una de las principales adicciones del planeta.

Ignacio Anaya

La opinión emitida en este artículo es responsabilidad del autor y no necesariamente refleja la postura de Siete24.mx

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