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Análisis y Opinión

Castoriadis o el escándalo de la imaginación humana

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Por Sigifredo Esquivel Marín

Hay autores que a uno lo acompañan toda la vida, y antes de leerlos ya de alguna u otra forma uno ha compartido o, al menos avizorado, sus ideas e intuiciones capitales.

Son autores fundamentales porque vertebran el pensamiento y sirven de guía de ruta crítica en la vida. Tal es el caso de Cornelius Castoriadis, cuya vasta obra me ha acompañado desde que era adolescente.

Uno de mis primeros artículos publicados a los 18 años fue en torno a la imaginación crítica en diálogo con Octavio Paz y Cornelius Castoriadis. Mi primer libro se titula Pensar desde el cuerpo (Conaculta, 2006), donde opera un descentramiento del sujeto moderno a partir del cuerpo, la imaginación y la inmanencia. Luego mi segundo libro lleva como título Imágenes de la imaginación (Tierra Adentro, 2008).

Por supuesto uno de los autores de cabecera de tales obras ha sido el pensador griego avecindado en París a partir de 1946. Más allá de las diferencias que no son pocas ni menores, comparto la pasión política de Castoriadis por hacer de la praxis una forma teórica y práctica de la autonomía como epicentro de la creación humana. Autonomía, imaginación y libertad son tres aristas para entender y atender la condición humana en su apertura sin fin.

Y constituyen el núcleo del pensamiento castoriadiano: La institución imaginaria de la sociedad (Seuil, 1975), Las encrucijadas del laberinto (Seuil, 1978-1999), La creación humana (Seuil, 2002-2011), por mencionar solamente algunos títulos de obras paradigmáticas, dan cuenta de una poderosa articulación original y consistente a lo largo de toda una vida no exenta de polémicas y controversias.

Heredero del griego de Éfeso, Castoriadis hizo del pensamiento crítico una guerra sin cuartel contra el sistema de dominación en su conjunto.

De una cultura vasta y formación integral en filosofía, economía, lógica, matemáticas y psicoanálisis tuvo interés genuino por todos los campos del saber y del quehacer humano; admiraba y amaba el arte y la literatura, empero veía en sus creaciones más nobles también el juego de la sobredeterminación socio-política que configura un texto como hiper-texto contextual abierto al juego de múltiples significaciones.

Marxista, anarquista, activista radical tuvo una militancia política siempre en la izquierda (auto)crítica, de ahí que tomase distancia de todos los partidos y dogmas oficiales, fue uno de los primeros en denunciar el totalitarismo del régimen soviético y también fue uno de los primeros en anticipar la debacle civilizatoria ocasionada por la crisis ambiental. Pionero en varios ámbitos y frentes.

E incluso el eslogan “la imaginación al poder” del 68 recoge en gran medida su ideario político e intelectual.

A diferencia de muchos intelectuales que opinan sobre la actualidad del mundo de manera frívola, pesimista o decadente, sus opiniones siempre certeras y polémicas daban en el blanco de la controversia del momento, pero lo hacían más allá del presentismo chato de la doxa reinante, quizá por eso fue un autor tan incomprendido como marginado por sus contemporáneos. Y es que abrió fuego contra todo y contra todos desde la atalaya crítica como despliegue de autocreación humana.

Mi admiración por el autor me ha llevado a realizar, a inicios del 2022, un homenaje para celebrar el centenario de su nacimiento junto con investigadores(as) de América Latina y Grecia, el ostracismo que sufre su obra aún sigue, por desgracia, vigente, y Castoriadis sigue siendo un pensador marginal, pese a que su obra es una de las más poderosas y sólidas empresas por repensar la condición humana en su conjunto desde la esfera de la imaginación radical como autonomía fundacional. Asumimos –aquí el plural es clave– que es urgente y pertinente hacerle frente a la estupidez mediática que se disemina como nueva barbarie planetaria.

El riesgo y audacia del pensamiento castoriadiano tiene parangón con otro grande de las letras universales como lo fuera William Blake, uno teoriza lo que otro canta. Entre el decir filosófico y el poético se teje una poderosa urdimbre que bien vale la pena seguir (des)hilvanando. ¿Acaso no ha sido la imaginación el telar de la creación humana en el espejo del tiempo?

Sigifredo Esquivel Marín Ensayista, académico e investigador mexicano. Doctor en Artes y Humanidades.



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Análisis y Opinión

Abrazos como Dios manda

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En medio de la indiscutible crisis de violencia e inseguridad que padece México, esta semana por fortuna hubo abrazos en un espacio necesario: entre las representaciones de la iglesia católica y de las iglesias evangélicas, confrontadas gratuita e inútilmente por mera adulación del poder. Los pastores evangélicos buscaron un encuentro que apagó incendios fatuos que innecesariamente polarizaban realidades que no deberían estar en pugna.

Se trató de un abrazo necesario no sólo porque simboliza el acuerdo y la concordia a pesar de las diferencias (o quizá gracias a ellas), sino porque refleja esperanza en el trabajo conjunto, esperanza para la paz tan urgente en el país. Los líderes religiosos reunidos se desmarcaron de declaraciones incriminatorias y pendencieras (algunas vertidas por sus propios correligionarios) y acordaron enfocarse en cinco compromisos: orar por búsquedas comunes de paz; formar conciencia de la sacralidad de la vida; dialogar y colaborar juntos; aliarse para exhortar por mejores prácticas a las autoridades civiles; y promover acciones de justicia y solidaridad.

Hay que decir que, en la formación de pastores, ministros o maestros de religión, varias confesiones estructuradas suelen recomendar a los predicadores que cumplan con algunos mínimos a la hora de explicar o interpretar los textos sagrados o los signos de los tiempos: ser honestos, sin exagerar ni prometer demasiado; ser amantes de la paz, jamás pendencieros o contenciosos; ser serenos y reflexivos; que sepan dominar sus impulsos, sus prejuicios y, sobre todo, reprimir sus intereses.

Al final, la educación de líderes religiosos trata de recordarles a predicadores y ministros de culto que comunican algo más grande e importante que ellos mismos, más amplio y trascendente que su particular contexto y sus afectos; que deben comunicar y compartir lo inefable, lo absoluto.

Por desgracia es sumamente común que el predicador anteponga sus apegos, predilecciones, cálculos y preferencias, tanto en sus sermones y discursos como en la guía espiritual de sus correligionarios. La historia está llena de ejemplos donde ministros y líderes religiosos, ya sea por supervivencia o por privilegios, adecuan -y hasta corrompen- los misterios de su fe o la omnipresencia de lo intangible a la inmediatez del contexto histórico, político o económico que les beneficie.

Y en un país como México, donde históricamente el origen de muchas de sus instituciones sociales implicó una cruenta batalla contra instituciones y organizaciones de cohesión social preexistentes, muchos ministros de culto, guías y pastores espirituales básicamente han cedido buena parte de su integridad religiosa para sobrevivir o para hacer crecer su grey en el espacio social y cultural mexicano. Los pocos indomables, prácticamente han sido mártires.

Por ello no es extraño que, con cierta frecuencia, aparezcan líderes religiosos más cercanos al poder temporal que al eterno. Líderes que, cuando no repiten, justifican los criterios del poder político o económico. Pero las crisis sirven para definir el carácter. La larga crisis de violencia que atraviesa el país desde hace ya tres sexenios obliga a definirse y posicionarse, incluso a abrazarse y a aliarse con los otros, respetando su identidad y preservando la pluralidad.

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

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Análisis y Opinión

Nicaragua y su ‘revolución cristiana, socialista y solidaria’

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Gran indignación internacional han causado los hechos vividos este fin de semana en Matagalpa, Nicaragua, donde agentes policiales impusieron un cerco de movilidad al obispo local, Rolando Álvarez, en el interior de la curia diocesana. Primero evitaron que el religioso cumpliera con su servicio ministerial para oficiar y predicar en la Catedral, después lo intimidaron en su libertad para expresar su convicción religiosa en el espacio público.

Es cierto que, desde hace años, existe una gran tensión política entre el gobierno de Daniel Ortega y Rosario Murillo con varias organizaciones intermedias de la sociedad, especialmente con la Iglesia católica en el país centroamericano. Pero no hay que olvidar que todo comenzó con la declaratoria mediática-propagandística de la segunda época del gobierno del histórico líder del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) que calificó su victoria como el triunfo de la ‘revolución cristiana, socialista y solidaria’.

No pocos analistas se sorprendieron de la ‘transfiguración’ del sandinismo al hablar de amor, solidaridad, perdón y reconciliación social; incluso desde 2007 que ha gobernado Ortega, el gobierno sandinista y la Iglesia católica han coincidido en varios temas de ética y moral sobre la preservación de la vida humana y el derecho a la vida. Situación que ha sido condenada intensamente por organismos internacionales, especialmente los patrocinados por los Estados Unidos.

En no pocas ocasiones, los obispos nicaragüenses agradecieron “a quienes desde sus cargos públicos, en instituciones gubernamentales, no obstante las críticas, han sostenido la defensa y promoción de la vida. Los animamos a no dejarse doblegar frente a propuestas de quienes son todavía partidarios de la cultura de la muerte”. Este último párrafo, por ejemplo, es del mensaje de la Conferencia Episcopal del 25 de marzo del 2010 firmado por el arzobispo de Managua, Leopoldo José Brenes, como presidente, y también por el resto del colegio de obispos.

Sin embargo, desde 2018, cuando aparecieron las rebeliones ciudadanas contra el régimen; el gobierno de Ortega desplegó toda su ofensiva contra la Iglesia católica y sus pastores. Testimonios abundan: la agresión de paramilitares pro-orteguistas contra los católicos que querían rescatar a los ciudadanos refugiados en la Basílica de San Sebastián Diriamba tras la Masacre de Carazo (celebrada por el gobierno como ‘Victoria contra el intento de golpe de Estado’); la masacre de universitarios en la iglesia de la Divina Misericordia o el incendio provocado contra la imagen de la Sangre de Cristo en la Catedral de Managua. Las intimidaciones han forzado al exilio a varios religiosos y obispos, incluso se decretó la expulsión del delegado apostólico y de un grupo de religiosas Hermanas de la Caridad cuyo único pecado era el de ayudar a los pobres, a los ancianos y a los niños sin hogar.

Estas situaciones han endurecido también el discurso de no pocos obispos y sacerdotes nicaragüenses que hacen permanente crítica al régimen desde los púlpitos y a través de todos los medios en propiedad de la Iglesia.

Por ello, el gobierno de Ortega ha sido aún más duro contra los religiosos y especialmente contra los medios de comunicación. La libertad religiosa y la libertad de expresión no son derechos que se puedan ejercer sin riesgo en la nación de los lagos y los volcanes.

Pareciera que para Ortega y Murillo, lo que está en juego es el proyecto de nación del FSLN que una vez fue interrumpido en 1990 pero que, para ellos, no debe pasar nuevamente. La lucha, sin embargo, no es por el poder sino por el dominio del espacio público y simbólico.

Para el régimen, todo espacio público y comunitario en Nicaragua debe estar pintado de la bandera rojinegra de la revolución sandinista; y en la conciencia ciudadana no debe caber sino el lema de su victoria y la síntesis del proyecto: ‘Revolución cristiana, socialista y solidaria’. En ese espacio público simbólico no cabe ningún pensamiento individual, no cabe otra acepción para el concepto de solidaridad o de socialismo. Y en efecto, tampoco hay otro significado fuera del orteguista para comprender lo que aseguran es ‘cristianismo’. De allí la tensión y la saña; he allí la razón para constreñir especialmente la libertad religiosa y de expresión. El único miedo del régimen orteguista es que alguien más ofrezca una perspectiva distinta de cristianismo, de allí la importancia de acallar a curas, monjas y obispos a toda costa. Bien lo ha aclarado el filósofo Tódorov: “El totalitarismo sacrifica sistemáticamente la verdad a cambio de la lucha por la victoria”.

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

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