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Análisis y Opinión

Catolicismo y puritanismo en EU

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Un aspecto que no ha escapado a los medios de comunicación y analistas políticos sobre el virtual presidente electo de los Estados Unidos, Joe Biden, es su filiación católica y lo que ello representa en un país nacido y forjado en el protestantismo puritano. Es un aspecto que llama la atención pues en sus 244 años de existencia, la nación norteamericana sólo ha tenido un presidente católico, John F. Kennedy; Biden sería el segundo y, si lo vemos con frialdad, su principal legado no estría en la búsqueda de las estrellas sino en la salud, la paz y la convivencia que se puedan recobrar en las plazas y las calles de su propia patria. Y esto segundo parece mucho más difícil que la conquista del espacio.

En un profundo ensayo del siglo pasado, el filósofo mexicano Leopoldo Zea señalaba con tino las correspondencias entre la identidad norteamericana, su vocación democrática, su liberalismo económico- filosófico y el puritanismo heredado de sus padres fundadores: “El Puritanismo como expresión religiosa de los ideales del hombre moderno ofrecerá, dentro de la organización social a que dio lugar, los elementos ideológicos que han hecho de los Estados Unidos la cuna de la Democracia Moderna”. En su ensayo, Zea describió algunos aspectos del puritanismo norteamericano que son más que vigentes y que suponen todo un reto para la reconciliación nacional en este siglo XXI:

“El puritano no concibe una actividad que no tenga una finalidad práctica; la pasividad es considerada como diabólica […] La caridad, en el sentido católico, es rechazada: nadie puede ayudar a los otros. Cada individuo es el único responsable de su felicidad en esta tierra y su salvación en la otra. El individualismo, en este campo, es absoluto, y parece basado en un “Sálvese quien pueda” […] El puritanismo, dice Tawney, sacrificará la fraternidad en aras de la libertad.

Partiendo de su propia suficiencia, el puritano limita su sentido de solidaridad humana. No acepta desigualdad que no tenga su origen en el carácter de los individuos […] Las circunstancias nada tienen que ver con la riqueza o la pobreza; el hombre está siempre por encima de las circunstancias. El puritano no ve en la pobreza de los que caen a su lado una desgracia digna de compasión y ayuda, sino la prueba de un fracaso moral que lejos de compadecerse debe ser condenado. Las riquezas, por otro lado, no tienen por qué ser objeto de sospecha sino de bendiciones”.

Más allá de las diferencias comprensibles entre demócratas y republicanos, es claro que algunos de estos aspectos (sino es que todos) persisten en la transversal conciencia del pueblo norteamericano, muy especialmente entre los conservadores y aquellos afines al estilo y credo de Donald Trump. Pero son precisamente estas certezas las que alimentan la polarización y la tensión social cuando se radicalizan en forma de políticas públicas excluyentes, discursos pendencieros, discriminación o censuras editoriales. Y allí, el catolicismo que Biden dice profesar podría aportar positivamente para atemperar la ebullición social.

El catolicismo -al igual que cualquier religión- más que un mero cúmulo de prácticas a seguir está convocado a ser una identidad que “logre articular una visión de la armonía entre fe y razón capaz de guiar una búsqueda del conocimiento y de la virtud que dure toda la vida” como apuntó el papa Benedicto XVI justo a los obispos norteamericanos en 2012. Por supuesto, son las prácticas devocionales las que imprimen el carácter a la persona en su identidad religiosa; pero el papa Francisco ha intuido que hay trampas en esa identidad: “El avance de este globalismo favorece normalmente la identidad de los más fuertes que se protegen a sí mismos, pero procura licuar las identidades de las regiones más débiles y pobres, haciéndolas más vulnerables y dependientes”, dijo en su encíclica ‘Fratelli tutti’.

Tienen razón quienes desconfían de que el catolicismo en Biden sea superficial en lo que respecta a políticas públicas que confronten al sector popular del Partido Demócrata que lo llevó a la presidencia; es lógico que defienda aquello que lo hace ‘fuerte’ y se ‘proteja a sí mismo’ antes siquiera de escuchar las posiciones de los hoy vencidos. Pero la respuesta no está sólo en él ni en lo que desde la Casa Blanca proponga o disponga (como lo hizo Trump) sino en lo que el catolicismo puede ofrecer a un difícil entresijo de radicalidades. En su encíclica, el papa Francisco reflexiona sobre la parábola del ‘buen samaritano’ que cuida y provee al necesitado cuando ni el sacerdote ni el levita lo ayudan y explica: “La narración es sencilla y lineal, pero tiene toda la dinámica de esa lucha interna que se da en la elaboración de nuestra identidad, en toda existencia lanzada al camino para realizar la fraternidad humana. Puestos en camino nos chocamos, indefectiblemente, con el hombre herido. Hoy, y cada vez más, hay heridos”.

El catolicismo del siglo XXI, de la mano de Benedicto XVI y Francisco, propone frente al pragmatismo puritano la reflexión y el discernimiento; frente al individualismo del ‘sálvese quien pueda’, la caridad y la solidaridad; y exalta la aventura por la fraternidad antes que la virtud de la pureza.

La reconciliación del pueblo norteamericano necesita abandonar ciertos de sus puritanismos que han mezclado las fascinaciones del poder, el mercado y la dominación con repulsiones a la historia, a la ciencia y al diálogo; y allí el catolicismo tiene experiencia de sobra. Experiencia dolorosa y luminosa en la que se han debido integrar no sólo los individuos sino sus culturas. Eso es lo que se requiere para que la salud, la paz y la convivencia puedan ser posibles en las plazas y las calles de la nación norteamericana.

LEE El nuevo mundo no es democrático

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe



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Análisis y Opinión

Identidades religiosas para un nuevo país

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La semana pasada tuve el privilegio de participar en un coloquio organizado por el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM para reflexionar sobre las reformas constitucionales que hace tres décadas volvieron a institucionalizar a los diferentes grupos religiosos presentes en el país; un avance histórico tras 75 años de una convivencia simulada y pragmática entre las iglesias y las autoridades civiles en México.

Los expertos en derecho hicieron un recorrido puntual sobre cuántas ventajas ha traído el reconocimiento de la personalidad jurídica de todas las asociaciones religiosas activas en México, especialmente para diferenciar los derechos, las responsabilidades, los límites y las obligaciones tanto de las asociaciones como de sus ministros de culto en la vida de la nación.

Por supuesto, los especialistas no dejaron de compartir sus particulares posiciones respecto a lo que aún hace falta por construir en el país respecto a las relaciones o las expresiones legales y legítimas de los ministros de culto y las asociaciones religiosas. En esto, como es de esperarse, hay algunas diferencias y distancias.

Por una parte, hay quienes afirman que aún se debe consolidar un Estado laico que propugne por laicizar a la sociedad mediante una actitud cada vez más aséptica (y escéptica) ante las identidades y expresiones religiosas de sus ciudadanos. En general, se apela a que el Estado controle aún más la esfera pública y determine qué discursos e identidades son permitidas fuera del ámbito privado y personal.

Por el contrario, otros opinamos que aún hace falta madurar a nuestro Estado laico para que reconozca la riqueza de las diferentes expresiones religiosas y que, sin dejar de custodiar los principios democráticos de laicidad, diversidad, pluralidad, equidad y diálogo, exista una posición de mayor apertura y menos interventiva en las libertades fundamentales de religión, conciencia, pensamiento y expresión de los fieles y de los ministros de culto.

En medio de estas diferencias, yo celebro dos cosas: que nadie -en verdad nadie- esté a favor de un Estado confesional, monárquico o tradicional; y que cada vez se nota un diálogo más maduro entre la ciudadanía respecto a que su identidad religiosa está unida a su identidad personal y, por tanto, a la identidad y responsabilidad ciudadana.

En la disertación, además hice una reflexión con la mirada puesta en el futuro del país a propósito de nuestra experiencia histórica en la conformación republicana y posrevolucionaria de México, la segunda y la tercera ‘transformaciones de México’ que el presidente López Obrador identifica.

Como se sabe, a pesar de que algunos mexicanos literalmente aún sollozan de aspiracionismo monárquico, la larga batalla por la identidad republicana de México en el siglo XIX logró -entre otras cosas- la separación entre la Iglesia y el Estado; y, más adelante, tras la sangrienta Revolución nacional, la nueva patria precisó de la consolidación de instituciones que definieron la frontera entre el México prerrevolucionario y el México posrevolucionario.

Aquella etapa de la ‘Tercera Transformación’ fue liderada hace justo cien años por generales que forjaron e interpretaron la Constitución para moldear una nación mexicana con los elementos e ingredientes sociales que eran útiles y necesarios. Aquellos estadistas voltearon al caos de piezas desarmadas que era el país e intuyeron una nueva nación para la cual precisaron de unas piezas y de otras no.

Una de esas piezas que jamás cupo en el proyecto posrevolucionario, quizá una de las más complejas por su arraigo cultural y por su origen que ha trascendido pueblos y épocas, fue la Iglesia católica romana. El gobierno callista primero quiso asimilar los valores y principios católicos a través de otras iglesias más dóciles al régimen o mediante la corrupción de un sector católico con ínfulas de convertirse en patriarcado mexicano. Cuando ni la asimilación ni la corrupción funcionaron del todo, la persecución se agudizó hasta devenir en una cruenta guerra civil y religiosa donde el enemigo era ‘la identidad’ misma de unos y otros mexicanos.

Aquel conflicto se amainó mediante acuerdos verbales de las cúpulas y una prolongada simulación de coexistencia aparentemente respetuosa pero en el fondo absolutamente indiferente. Este 2022 celebramos treinta años de un nuevo modelo legal mexicano donde la diversidad de iglesias y religiones presentes tienen, por lo menos, personalidad jurídica y donde aún hay tensiones por los márgenes de libertades y participación que pueden o no tener las iglesias en la vida nacional.

Pero, si hacemos caso al presidente de México, estamos en el curso de una ‘Cuarta Transformación’ que también voltea al caos que somos y valora cuáles piezas serán útiles en el nuevo país que se desea forjar y cuáles no. Todos los debates profundos del país reflejan esa tensión dicotómica entre qué aspectos de la vida pública deben ser reintegrados al Estado (mercado, democracia, seguridad, educación, comunicación, religión, etc.), cuáles deben ser asimilados por nuevas instituciones que procuren no colisionar con los regímenes futuros o qué instituciones asumen una posición de resistencia y de íntegra permanencia post cuarta transformación.

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

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Análisis y Opinión

Religiones contra el terrorismo

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Esta semana, el papa Francisco acudirá personalmente a la capital de Kazajistán para participar del Congreso de Líderes de Religiones Mundiales y Tradicionales. Será una visita breve pero realmente trascendente por dos razones: por la naturaleza de la reunión y por el contexto geopolítico actual.

Comencemos por el inicio. Esta cumbre de líderes religiosos tiene su origen oficialmente en 2003, fue una convocatoria del entonces presidente de Kazajistán, Nursultán Nazarbáyev, a los líderes religiosos del orbe para celebrar los valores comunes de paz y concordia entre los diferentes cultos. Sin embargo, las motivaciones de hacer una cumbre de personajes religiosos nació mucho tiempo atrás; en septiembre del 2001, durante el viaje apostólico de Juan Pablo II a Kazajistán y a Armenia, dos de las ex repúblicas soviéticas (de hecho, tres meses antes el Papa también viajó a Ucrania, otro territorio ex soviético), y tras el encuentro interreligioso en Asís del 2002 que rebosó de representantes religiosos internacionales.

El viaje del 2001 se realizó casi en contra de todas las recomendaciones debido a que sólo habían sucedido dos semanas desde los atentados terroristas en Estados Unidos. De hecho, fue el primer viaje de Juan Pablo II sin Angelo Sodano, el cardenal secretario de Estado, pues en el peor de los escenarios, el Vaticano no quería desestabilizarlo todo.

Los discursos del Papa en el décimo aniversario de la independencia de Kazajistán fueron breves pero dejaron en claro algo: que esta nación tenía la posibilidad de ser ‘eslabón de unión entre occidente y oriente’. Una causa imperiosa porque los vientos de guerra (y peor, de ‘guerra santa’) surcaban buena parte del orbe y motivaban a las alianzas civilizatorias a responsabilizar a las religiones de la barbarie en pleno siglo XXI.

La operación diplomática de Wojtyla y Sodano era casi personal en Kazajistán, Juan Pablo II puso a dos connacionales polacos, Oles y Wesolowski, en la nunciatura apostólica de la nación centro asiática y Sodano colocó a otro polaco, Janusz Kaleta, como auxiliar y obispo en Karaganda mientras se gestaba la guerra norteamericana en Afganistán. Por cierto, Wesolowski y Kaleta fueron defenestrados del orden sacerdotal hallados más adelante culpables de graves delitos, lo que indica que quizá aquellos comprendieron que su función era política más que espiritual.

El congreso de líderes religiosos ha tenido una sola naturaleza y misión: evitar que el terrorismo y las guerras sean justificadas en el nombre de cualquier credo o religión. El encuentro se trata, en el fondo, de una cumbre de paz pero poniendo acento en la responsabilidad de los líderes religiosos mundiales y tradicionales pues aún hoy hay muchas naciones donde la religión sí forma parte constitutiva de sus leyes y su agenda social.

Han pasado 20 años desde aquella crisis geopolítica del 2001; el mundo sigue hoy en conflicto con algunas actualizadas e inquietantes realidades post pandémicas: Estados Unidos finalmente tuvo que retirar sus tropas de Afganistán en agosto del 2021 y los talibanes mantuvieron el poder político-religioso de sus territorios; la incursión militar de Rusia en Ucrania se ha prolongado ya seis meses polarizando al mundo en materia de seguridad internacional e incluso distanciando a las iglesias cristianas orientales; los conflictos étnico-religiosos en África, Medio Oriente y Asia oriental continúan siendo un polvorín para la estabilidad de no pocos Estados-Nación; y, finalmente, las tensiones ideológicas entre China y los Estados Unidos que trascienden a sus respectivos intereses comerciales, preocupan a no pocos.

El contexto geopolítico actual parece exigir la presencia de los líderes religiosos del mundo para nuevamente insistir que ninguna guerra ni ningún acto terrorista debe ser justificado en nombre de ningún credo o religión. Es un tema que impacta directamente en la guerra en Ucrania. De hecho, el patriarca Kirill, líder de la Iglesia Ortodoxa Rusa, ha bendecido la invasión de las tropas rusas en territorio ucraniano y hasta ha pedido a la Virgen María que le conceda el triunfo a los soldados del Kremlin; en contraparte, el papa Francisco ha clamado por un alto a la guerra e incluso ha telefoneado directamente al patriarca ortodoxo para convencerlo de que no incite al odio étnico mediante la religión. Así que, desde Kazajistán, nuevamente parece oportuno hacer un llamado de paz entre occidente y oriente.

Al respecto, resulta esclarecedor lo dicho por el director del Departamento de Cooperación Multilateral kazajo, Didar Témenov, a pocos días de la celebración del encuentro: “La misión del Congreso es fortalecer la armonía interconfesional e interétnica en todo el mundo… es muy importante que los líderes religiosos hagan su gran contribución a la promoción del diálogo… La religión desempeña un papel muy importante en la vida de miles de millones de personas aunque, a veces, los desacuerdos políticos incluyan elementos religiosos”.

Ojalá así sea; porque en el escenario habrá una curiosa ‘coincidencia’ más que podría distraer: el próximo 14 de septiembre, el papa Francisco coincidirá con Xi Jinping, presidente de la República Popular China, en la capital kazaja. No se ha revelado si realmente sostendrán algún encuentro pero, de tenerlo, tampoco sería propiamente oficial. En el tintero está la renovación del acuerdo entre Beijing y la Santa Sede en el mecanismo de nombramiento de obispos en la nación asiática y la peculiar situación entre la ‘Iglesia patriótica’ y la ‘Iglesia clandestina’. Otro tema, sumamente delicado.

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

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