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Análisis y Opinión

¿Cuándo ir a la oficina y cuándo trabajar en casa?

Gerardo Medina Romero

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El Mundo Interno de las Organizaciones

Muchas empresas están diseñando nuevos modelos de operación en los que combinarán el trabajo a distancia con el presencial; sin embargo, pocas tienen claridad de los criterios para que sus colaboradores sepan cuándo deben asistir a la oficina y cuándo trabajar a distancia.

En semanas anteriores mencioné que la pérdida más importante del trabajo a distancia es la falta de espacios para generar relaciones, para hacer conexiones entre las personas y para cultivar la confianza y el sentido de pertenencia entre los miembros de un equipo. Esto sucede no solo por el simple hecho de satisfacer la necesidad que tenemos los seres humanos de interactuar y relacionarnos socialmente, sino porque un equipo de trabajo debe estar sustentado en la confianza entre sus integrantes para que sea efectivo y tenga un buen desempeño.

Estas relaciones que antes se generaban en los espacios informales de interacción en el día con día, como la hora del café, del cigarrito, la comida, los elevadores, el transporte público, eventos corporativos o en los minutos previos o posteriores a una junta, no encuentran hoy espacios para generarse y desarrollarse como antes.

Cuando escucho que hay empresas que están pensando en definir determinados días o un porcentaje de tiempo para trabajar en la oficina y el resto hacerlo a distancia, me parece que pueden estar cayendo en un grave error y que no tiene ningún sentido. ¿Para qué hago ir a la oficina a trabajar a una persona solo porque “le toca”, cuando lo que va a hacer es buscar un lugar para sentarse todo el tiempo frente a su computadora y trabajar en sus pendientes de manera aislada?, ¿Para qué tener una reunión por videoconferencia con parte del equipo en la oficina y parte del equipo en sus casas, solo porque a esos “no les toca venir”?

También he escuchado de empresas que tratan de impulsar lo más posible el trabajo a distancia con frases como: “si no tienes que venir, no vengas” o, “que la gente venga solo cuando sea necesario”. El problema es que dejar esto tan ambiguo puede hacer que un jefe decida que el 90% de las actividades sean necesarias según su criterio y que otros, por el contrario, decidan que nada lo es.

Dejar esta decisión totalmente abierta al criterio de la gente, sin darle ningún tipo de directriz clara y específica, puede resultar no solo en un clima organizacional con marcado desequilibrio entre áreas y estilos, sino que además puede poner en riesgo el sentido de pertenencia e integración entre el personal.

Me parece que los criterios para decidir cuándo ir o no a la oficina deben definirse de manera oficial para todos y no ser dejados al criterio de cada jefe. Pienso que la consideración más importante debería ser que se debe asistir a la oficina para actividades en las que haya interacción entre las personas, donde puedan conversar, pararse y escribir en el pizarrón, discutir, llegar a acuerdos y tomar decisiones. Actividades en las que puedan mostrarse como antes, en todo su esplendor a sus compañeros y a sus jefes y verse cara a cara para, no solo compartir puntos de vista sobre el trabajo sino en los que puedan sentir y vibrar las emociones de los demás.

Asistir a actividades que generen espacios libres para que conversen sobre sus temas personales, que tengan tiempo para platicar de sus preocupaciones y sentimientos, externar opiniones sobre temas ajenos al trabajo como la política, deportes, arte o incluso para “echar el chal o lavar la ropa”. Aprovechar que fueron a la oficina para conocerse como personas, encontrar las coincidencias que les permitan crear vínculos que después de aprovecharán a la hora de trabajar.

Actividades como salir a comer juntos con los compañeros y fortalecer sus lazos y su sentido de pertenencia, al equipo y por supuesto, a la empresa.

En organizaciones con modelos de operación más maduros y basados en procesos, pueden utilizar ese enfoque para definir las actividades específicas de cada proceso con interacciones que se deben ejecutar en la oficina y cuáles se pueden realizar a distancia.

En cualquier caso, estoy convencido de que tiene que existir un equilibrio que satisfaga no solo las necesidades para sacar el trabajo en sí sino también las necesidades sociales, emocionales y afectivas del personal.

Pienso que, de no poner especial atención en este tema, se podría estar implementando un modelo poco analizado y mal diseñado que con el tiempo y de manera silenciosa, podría diluir el sentido de pertenencia, erosionar la cultura organizacional, alejar coincidencias, convertir equipos de trabajo de alto desempeño en grupos de profesionales ejecutando sus respectivas funciones y, al final, convertirse en una enfermedad mortal para la propia organización.

LEE Las reglas crean cultura



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Análisis y Opinión

Indiferencia corrosiva

Felipe Monroy

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Ayuda a la Iglesia Necesitada presentó esta semana su reporte sobre la Libertad Religiosa en el Mundo; y, si bien, en la amplia fotografía global resulta indignante la deteriorada condición de libertades en buena parte de los países africanos y asiáticos, hay casos preocupantes como el de México donde las agresiones contra creyentes y la indiferencia de las autoridades para sancionar estos actos anticipan el debilitamiento mismo de los derechos humanos.

Por una parte, el informe de la fundación pontificia distingue claramente a las naciones donde regímenes autoritarios, nacionalismos étnico-religiosos y el terrorismo fanático discriminan y persiguen a los pueblos. A pesar de que la mayoría de los países han aceptado la Declaración de los Derechos del Hombre que garantiza la libertad de credo, pensamiento y conciencia, la organización asegura que, por lo menos, dos terceras partes de la población mundial vive bajo estas adversas condiciones.

Y aunque México no se encuentra formalmente en la lista negra de las naciones donde los creyentes son perseguidos o discriminados, los investigadores y directivos de la fundación miran con preocupación el aumento en agresiones a los fieles, a los templos y a los derechos humanos de ciertos grupos sociales sin que las autoridades mexicanas ejerzan lo que la ley les mandata para mantener el orden, procurar la paz y la sana convivencia social.

En especial, la inquietud es por el fenómeno de las movilizaciones vandálicas pseudofeministas integradas por milicianos encapuchados que, sea por ideología o por interés económico, han perpetrado agresiones a personas, bienes muebles e inmuebles bajo la indiferencia de las autoridades cuya responsabilidad es garantizar la sana convivencia en el espacio público.

Un verdadero régimen de libertad religiosa no sólo procura la protección de los fieles contra actos de agresión o discriminación de terceros, también debe velar por el respeto a los centros de culto formalmente erigidos pues muchas veces es impredecible la reacción o la capitalización de la indignación comunitaria avivada por indeseables liderazgos religiosos.

La indiferencia y la inacción de las autoridades mexicanas ante la destrucción de centros religiosos o agresiones criminales contra creyentes (en las movilizaciones pseudofeministas de marzo pasado hubo testimonios de católicos que fueron atacados con gas pimienta y tasers paralizantes por encapuchadas) lamentablemente normaliza la agresión ideológica en el espacio público. Realidad que no sólo afecta a los creyentes sino también a ateos y agnósticos.

Para la fundación, México ha entrado en el listado de países ‘en observación’ por el deterioro de los derechos humanos y religiosos verificado por el aumento en la hostilidad hacia organizaciones religiosas, los ataques contra lugares de culto, la discriminación a la posición de los creyentes en los debates sobre el laicismo, los desplazamientos internos agravados por conflictos religiosos y la falta de diálogo en la codefinición de un enfoque unificado entre las autoridades civiles y religiosas para actuar frente a la pandemia de Covid-19.

Sin embargo, hay un elemento más que también preocupa a los investigadores consultados por la fundación: la banalización de la dimensión religiosa y espiritual de los mexicanos desde la esfera del poder público. Esa minusvaloración de la complejidad y pluralidad religiosa creciente en el país descompone la convivencia formal, legal y fraterna en el espacio público y fomenta el brote de células fundamentalistas amparadas por la indiferencia del Estado.

Una sana laicidad, por tanto, no es absoluta indiferencia a las dinámicas religiosas ni tampoco una graciosa concesión a grupos ideológicos o religiosos específicos sino un compromiso para que los verdaderos derechos humanos promuevan diálogo, tolerancia, participación y bienestar en todos los ámbitos de la sociedad.

LEE Los diferenciadores electorales

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

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Análisis y Opinión

La digitalización no es tan costosa

Gerardo Medina Romero

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El Mundo Interno de las Organizaciones

Se ha hablado mucho sobre que la pandemia del COVID-19 aceleró la transformación digital en muchas empresas, aunque en realidad nos referimos a la digitalización de su trabajo o mejor conocida como DX (digital experience platform) y no tanto a la digitalización que impacta al cliente y al consumidor de sus productos y servicios, conocida como CX (customer experience platform), que es donde quizá esta transformación debería estar enfocada. Ambas plataformas son similares al administrar contenido que produce experiencias interactivas, pero con un foco distinto en cuanto a la audiencia final que se busca impactar.

El teléfono inteligente ha dejado de ser exclusivo para las clases alta y media para convertirse en una extensión de prácticamente cualquier persona; por lo tanto, la digitalización debe comenzar por que las empresas se pregunten: ¿qué tanto sus productos y servicios están disponibles a través de ese sencillo dispositivo?

Podemos dejar de pensar en la digitalización como la necesidad de acceder a tecnología costosa para ofrecer servicios interactivos a través de medios digitales donde, por ejemplo, el consumidor pueda entrar a una tienda automatizada y seleccionar a través de tecnología sofisticada los productos que necesita, recibir atención personalizada de manera virtual e incluso a distancia para asesorarlo en su compra y pagar de manera digital. Otro ejemplo son los bancos que hoy han implementado sistemas de reconocimiento facial para identificar a sus clientes y permitirles hacer las transacciones sin necesidad de que nadie los atienda de manera física, o las líneas aéreas que hacen el check in a través de la misma tecnología sin que el pasajero tenga que mostrar su pase de abordar; los sistemas de seguridad para hacer trámites en línea, firmas electrónicas para realizar procesos automatizados, productos conectados y controlados entre sí a través del internet de las cosas, edificios y casas inteligentes donde los electrodomésticos, la iluminación y los servicios son controlados a través de comandos de voz.

Parece tecnología muy costosa para que nosotros como empresa pequeña o mediana podamos acceder a ella en el corto plazo, pero la realidad está en este momento en la palma de nuestra mano, literalmente. Hoy en día desarrollar una app resulta muy accesible para cualquier empresa, dependiendo de la funcionalidad que queramos tener, pero generalmente lo que se puede hacer es simplemente conectar al cliente y consumidor con nuestros sistemas y plataformas existentes, donde reside realmente esa funcionalidad. Tener una página web básica pero interactiva hoy en día resulta muy barato y el impacto que eso puede generar en un cliente para que nos pueda elaborar un pedido a través de su dispositivo móvil, resulta de mucho valor.

Una pequeña empresa de mayoreo en la central de abastos de la Ciudad de México desarrolló una aplicación por menos de treinta mil pesos para que las tiendas de abarrotes y tiendas de conveniencia que son sus clientes le hicieran los pedidos a través del teléfono celular. Eso disparó sus ventas en un 30% los primeros dos meses. Un autolavado desarrolló una aplicación para que sus clientes pudieran hacer cita y evitar perder tiempo esperando su turno; eso le sirvió además para organizar mejor a su personal en turnos con base en la demanda, incrementar sus ventas y optimizar sus recursos. No importa si tienes un salón de belleza, un pequeño taller mecánico o incluso si eres un ama de casa que vende comida a domicilio: en todos los casos se puede digitalizar parte del proceso a bajo costo y generar mayor valor.

Por supuesto que no quiero reducir la digitalización a una simple aplicación en el dispositivo móvil, pero esto sí puede ser el comienzo para que, sin importar el giro de su empresa o negocio, piense fuera de la caja e imagine cómo su empresa puede, a partir de mañana, incursionar a la digitalización que hoy parece exclusiva de los grandes corporativos.

El ser humano ha modificado su manera de interactuar. Hoy las relaciones se crean y se mantienen cada vez menos de manera presencial y cada vez más de manera virtual: ese es el mundo digital en el que nuestra empresa se debe hacer presente. La tecnología está disponible y no es tan costosa como pensamos, lo que hace falta simplemente es creatividad y romper alguno que otro paradigma que nosotros o nuestros líderes pudiéramos tener.

La movilidad, las interacciones virtuales, el internet de las cosas, el reconocimiento facial, la conectividad, el control de nuestra salud, nuestro estilo de vida y prácticamente nuestra formación y aprendizaje entre muchas otras cosas, se encuentran disponibles en nuestros teléfonos celulares en este momento. Solo hace falta creatividad, una baja inversión y la decisión de entrarle.

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