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Análisis y Opinión

Democracia, más allá de una marcha anecdótica

Foto Cuartoscuro

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Intento no escatimarle nada a las marchas por la defensa del INE; no sólo es importante que la ciudadanía reconozca parte de su responsabilidad en el andar político de su país sino también es positivo que se movilice a aquellos que “jamás habían marchado por nada”. Esto último no lo digo yo, así lo afirmaron categóricamente varios asistentes a la marcha del domingo pasado y se evidencia además con la inusitada presencia de personajes políticos que en los últimos 20 años no habían pisado las calles en ninguna exigencia colectiva.

Sin duda, los manifestantes tienen todo el derecho de preocuparse por el status quo de una institución y por un modo de vivir y comprender la democracia. No se puede dejar de señalar, sin embargo, que los argumentos de la movilización se encuentran más cercanos a la anécdota que al parteaguas histórico que requiere el país.

Por ejemplo, las expresiones de muchos de los manifestantes revelaron nuevamente el clásico anti lopezobradorismo (tan repetido, clasista, autorreferencial e insulso como suele ser el propio presidente López Obrador en sus ‘Mañaneras’); pero no es todo, inquietantemente, José Woldenberg, el primer presidente del Instituto Federal Electoral autónomo de la historia de México, en su discurso ante la multitud, jamás mencionó la palabra ‘pueblo’; constituyente obligado de la democracia.

Esta ‘defensa del INE’ parece soportarse -en el mejor de los casos- en valores del liberalismo democrático como la ‘libertad’ y los ‘derechos ciudadanos’; pero deja de lado sistemáticamente los principios de ‘soberanía popular’ y ‘justicia social’ sin los cuales la democracia se reduce a un ‘acto’ y no a un ‘sistema’ de acciones, reacciones y tensiones en búsqueda del bien común.

Comparemos, por ejemplo, aquel 12 de marzo de 1988 cuando sucedió uno de los momentos más significativos de la lucha democrática en México: el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas dio su primer discurso como candidato presidencial de los partidos de oposición al PRI hegemónico e inició con estas palabras: “En el pueblo han renacido esperanzas. Está volviendo a creer en el voto. Ha tomado conciencia que su agrupamiento y movilización han configurado ya una alternativa… En esta campaña están en juego no situaciones personales, sino los destinos del país por mucho tiempo. Están enfrentados dos proyectos políticos: uno de explotación y autoritarismo, el otro de justicia y democracia”.

Que la reivindicación del ‘pueblo’ o ‘justicia’ no hayan aparecido por ningún lado en la marcha ‘el INE no se toca’ revela el tipo de instancia democrática que se defiende: sosegada, aséptica, esquemática, programática, vertical, diferenciada, segmentada y sí, elitista. Lejos, muy lejos de los reales clamores y tensiones que padece el pueblo mexicano.

Volvamos a aquel marzo de 1988; dos días después del discurso de Cárdenas, la revista Proceso publicó un reportaje de varios periodistas organizado bajo la elocuente pluma de José Emilio Pacheco sobre cómo se vivió la semana previa a la Expropiación Petrolera en marzo de 1938.

La pieza periodística de investigación histórica es una joya literaria sobre cómo miraban las élites mexicanas y extranjeras con suma preocupación los acontecimientos del mundo pero también en México, las críticas contra Cárdenas eran duras, incluso de los viejos revolucionarios que ya se habían acomodado en su posición de privilegio pero seguían desconfiando del ‘pueblo’ y veían tal riesgo en el ‘comunismo’ que no escondían su fascinación por Hitler, Mussolini o Franco: “El gobierno tiene como ideal político socializar la tierra y los medios de producción –se quejaban las élites mexicanas de 1938–. Se ve lo nunca visto: ocho mil pobres forman el Frente Proletario Pro Mejoramiento de la vida y ocupan los terrenos de la ex hacienda de Narvarte. El colmo es la primera huelga de sirvientes: la cocinera, la recamarera, la lavandera y el mozo de la señora Marta Begheressi… qué vergüenza, qué van a decir de México en el extranjero; ay no, si te digo que vamos de mal en peor”.

Que conste, quienes cuestionaban al general Cárdenas su inminente decisión de nacionalizar el petróleo y, por el contrario, defendían la brillante, moderna y eficiente administración de expertos energéticos extranjeros, habían sido revolucionarios, habían destronado la larga dictadura porfirista y reivindicado el constitucionalismo social… pero también ya se habían acostumbrado al empíreo del poder y el privilegio.

Por ello criticaban con iracunda vehemencia la extraña predilección del presidente por los pobres en lugar de escuchar a las élites, despreciaban las huelgas y los sindicatos de los obreros, y afirmaban sin pudor que el desarrollo ejidal-comunitario era peor que el desarrollo del campesino-empresario; por el contrario: clamaban por más derechos para la libre empresa, por la aplicación de la ley contra los marginados y, principalmente, pedían que el gobierno promoviera las inversiones extranjeras y el usufructo del capital individual por encima del de la organización comunitaria. ¿Suena conocido?

Regresemos al 2022: la propuesta de reforma electoral de López Obrador seguro es una de las peores vías para democratizar la nación mexicana; pero la defensa del INE no mira al futuro en lo que sí debe ser reformado, purgado y perfeccionado en ese organismo. Es cierto que algunos de los que hoy defienden al INE (sólo algunos, otros simplemente son políticos que mendigan capital social de donde sea) fueron grandes edificadores del proceso democrático mexicano y erigieron las bases constitucionales de un muy reconocido modelo electoral mexicano… pero se han acostumbrado al privilegio de la pléyade de asesores, al poder de ampararse contra el Estado para cobrar del erario lo que quieran, a los lujos y a la simulación, a despreciar a los últimos y a los marginados burlándose de su identidad indígena o popular, a no responsabilizarse de los fallos en las sanciones electorales.

El único remedio frente a la intentona de dominación del sistema electoral y democrático en México está justamente en el pueblo, en su más diversa y plural composición; porque, cuando es auténtica, la lucha democrática se inserta más allá de los conflictos por los privilegios, suele mirar a los rincones periféricos de la sociedad y los convoca a transformar las dinámicas enquistadas del poder.

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe



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Análisis y Opinión

2024: de la indefinición a la importación ideológica

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En las últimas semanas han saltado al espacio mediático en México voces y movimientos politizados que afirman promover un espectro ideológico que definen como ‘conservador’ o ‘de derecha’. El fenómeno sin duda requiere de un profundo diálogo y un análisis sobre las razones que han detonado estas nuevas franjas ideológicas y que con frecuencia son difíciles de definir y categorizar con seriedad.

El presidente López Obrador literalmente inició su mandato con una singular definición sobre quiénes son los ‘conservadores’ en México: “Haré cuanto pueda para obstaculizar las regresiones en las que conservadores y corruptos estarán empeñados”, dijo en su discurso de toma de posesión el 1 de diciembre del 2018; y, desde entonces, mediante la intensísima comunicación presidencial, los ‘conservadores’ y ‘corruptos’ han sido definidos como los dos lados de una misma moneda, dos cualidades inseparables. Así, si se es conservador se es corrupto y viceversa.

Evidentemente hay una falacia primordial en aquello, pero no podemos echarle la culpa a la política que suele estar construida de retórica. El problema derivado de aquella afirmación ha sido cómo se ha asimilado por parte de ciertos grupos políticos. Especialmente por dos extremos que, en el fondo, movidos sólo por el oportunismo no han querido sino aprovechar la mercadotecnia que el eslogan presidencial sugiere:

Los primeros son un grupo de personajes arribistas que afirman ser ‘de izquierda’ o ‘progresistas’ pero no son sino ventajistas del silogismo presidencial. Es decir que -y siguiendo la afirmación del presidente sólo para fines didácticos-: Si los conservadores son invariablemente corruptos y la esencia de la corrupción es exclusivamente conservadora; por lo tanto, sólo basta autonombrarse ‘progresista’ para vacunarse de corrupción.

Esta gente -ya lo ha demostrado- es capaz de violar leyes, vivir del cohecho o el soborno y actuar con cinismo pragmático aduciendo que, sólo por ‘ser de izquierda’ o ‘progresista’ los actos de corrupción en los que participan son distintos, son ‘diferentes’. Se trata de personajes que hoy están tan protegidos de privilegios y fueros que sin rubor aceptan realizar actos ilícitos o inmorales porque gozan de la clásica impunidad que otorga el poder.

Los segundos son otros personajes idénticamente oportunistas que, para evitar el siempre complejo panorama económico, social y político, se aferran al silogismo presidencial para usufructuar el simplismo: “Si el presidente dice que sus opositores son conservadores, entonces lo soy”. Esta gente vive agradecida con López Obrador por definirles un espacio en el espectro político; en realidad, por crearlos. Porque sin el discurso presidencial en realidad no existirían; estos nuevos grupos políticos sólo pueden ser, en función de lo que alguien más es o dice ser. Se trata de grupos y personajes sin propuestas ni definiciones ideológicas claras, tan confundidos y tan afectos a la polarización discursiva como el propio mandatario.

Este es el verdadero éxito de López Obrador, no sólo ha logrado definir a ‘los suyos’ sino a ‘sus contrarios’; ha categorizado los valores de los propios tanto como de los otros. Y esto, aunque políticamente recompensa, también supone un riesgo que no se había presentado en México hace muchos años: la importación ideológica.

Es verdaderamente riesgoso que la esencia de un movimiento opositor se construya de los residuos retóricos del presidente porque tarde o temprano buscará los cimientos que le den identidad más allá de ‘ser los otros’. Idealmente, la oposición debería voltear al pueblo, a sus reales dinámicas sociales, entender y visibilizar sus clamores; al final, sería al pueblo al que le solicitarían su confianza para aspirar por poder o representación.

Y, sin embargo, grandes sectores de la oposición voltean al extranjero para crear y entender su propia ideología. Miran en el populismo post-republicano de Trump, en el ultra-nacionalismo liberal de Abascal o el anti-colectivismo meritocrático de Bolsonaro las respuestas que no encuentran en México. Y no las encuentran, sencillamente porque no las buscan.

Los grupos políticos emergentes en México que se autodefinen hoy como conservadores o de derecha suelen padecer una confusión teórico-ideológica abismal. Optan por un conservadurismo político pero promueven el extremo del neoliberalismo económico; hablan de apertura globalista pero sostienen actitudes anti inmigrantes; defienden instituciones centralistas pero apelan por regionalismos diferidos; buscan mayor dureza de un ‘Estado de derecho’ pero recurren al garantismo cuando se trata de sus derechos fundamentales; critican al corporativismo haciendo uso de figuras históricas del sindicalismo; reclaman libertad religiosa pero -desde cierto pseudo-cristianismo estructuralista- regatean valor a otras expresiones religiosas (algo en lo que por cierto, los católicos y el papa Francisco están en desacuerdo).

Ojalá estos grupos emergentes se den la tarea de voltear realmente al pueblo mexicano, a caminar y a luchar por sus reales necesidades, porque allí están los valores que verdaderamente les darán carta de ciudadanía. Y porque, efectivamente, el pueblo los necesitará cuando se harten de las huestes que gozan hoy de los privilegios y la impunidad del poder.

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

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Análisis y Opinión

La violencia de estado contra la mujer

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El abuso contra la mujer existe desde que nació la humanidad. Sin embargo, en todo el mundo occidental, -como una manifestación de desarrollo social-, la violencia contra la mujer se combate desde las leyes, así como también desde la sociedad. Para ello, la educación es fundamental.

Por otra parte, vemos que en los países islámicos gobernados por líderes o grupos religiosos fundamentalistas, -como en Irán, Irak y Afganistán por dar ejemplos-, por razones religiosas el sometimiento de la mujer se ha recrudecido.

Existe un gran número de fotografías de los años 80s que muestran que en esos países la sociedad se había occidentalizado y las mujeres se habían liberado de las restricciones religiosas que limitaban su estilo de vida y sus derechos.

Sin embargo, hoy que los fundamentalistas religiosos gobiernan en esos países, se ha recrudecido la represión y la pérdida de libertades, así como el trato igualitario al que tiene derecho la mujer, llegando a prácticas represivas indignantes y violentas.

En contraste, en México, -país occidental desde hace 500 años-, vemos un crecimiento de la violencia contra la mujer, -por una parte-, y por otra, una tendencia creciente por generar conciencia a favor del trato igualitario y brindarle oportunidades laborales, profesionales y espacios en el ámbito político.

Cada vez hay más mujeres ejerciendo cargos de relevancia y liderazgo. Se han generado leyes a favor de los derechos de las mujeres.

Tratando de entender esta incongruencia podríamos considerar lo siguiente: esta nueva cultura igualitaria ha permeado solo en las clases medias urbanas, pues aún vemos que en las comunidades indígenas donde los usos y costumbres siguen guiando los valores de la comunidad, siguen prevaleciendo conductas indignas, como la venta de niñas por parte de sus padres, matrimonios infantiles forzados, la ausencia de derechos que las protejan, aunque las leyes subsisten como un simple referente que se reconoce, pero es ignorado.

Sin embargo, aún en el ámbito urbano y en las clases medias y altas, -donde hay acceso a la educación y la escolaridad-, en la intimidad de la vida de las parejas sigue practicándose el abuso.

Por una parte, se está consciente de que el trato agresivo y violento es socialmente inaceptado, pero al momento de actuar con congruencia, prevalecen los valores inconscientes y entonces se repiten los roles ancestrales de dominación masculina y sumisión femenina. Son los condicionamientos familiares que aún siguen activos en un importante segmento de la sociedad mexicana, transfiriéndose de modo inconsciente de generación en generación.

Incluso, siguen vivos condicionamientos inconscientes fuertemente arraigados que impulsan a las mujeres pertenecientes a estos segmentos sociales a aceptar el rol de sumisión y muchas veces, -cuando las nuevas generaciones intentan exigir sus derechos-, aún estando ya en una relación matrimonial donde ellas sufren violencia, es su misma familia la que las presiona a aceptar ese rol de sumisión bajo el argumento de evitar el rompimiento del vínculo marital.

A su vez, en esos sectores las familias actúan en complicidad protegiendo a los hijos varones aún sabiendo que son agresores.

Los viejos roles aún subsisten en lo más profundo de la sociedad mexicana.

Con toda seguridad el cambio cultural se dará a mediano plazo, con total lentitud. Mientras tanto, miles y miles de mujeres mexicanas seguirán siendo víctimas de la violencia intrafamiliar por una parte, y extrafamiliar también.

A la pregunta de ¿cómo acelerar este cambio de idiosincrasia?… no queda otra respuesta mas que el ámbito jurídico.

Sin embargo, ahí el contexto es muy complicado, pues los mismos roles sociales se repiten, generando impunidad aún existiendo denuncias de las víctimas. La impunidad estimula la violencia y ahí reside el drama.

Es recurrente en el testimonio de las víctimas que denuncian una agresión, el trato indigno que reciben por parte de policías y del personal de los ministerios públicos.

Es precisamente en este ámbito de lo que podríamos considerar “primera respuesta” frente al delito, que las autoridades se esfuerzan por convencer a la víctima de evitar la denuncia.

Hay actitud morbosa e insolente si la denuncia es por agresión sexual.

A final de cuentas, se da el archivamiento de los expedientes, hasta que de forma circunstancial este se convierte en un caso de escándalo mediático, o la agresión sistemática desemboca en un feminicidio que se podría haber evitados si las autoridades hubieran actuado cuando se presentaron las primeras denuncias.

Por todo lo anterior las víctimas descubren que denunciar es una pérdida de tiempo y deciden no volver a denunciar nunca una nueva agresión, ya sea de la misma persona, o de otra.

El bajo índice de denuncias es lo que aprovechan las autoridades de alto rango para vanagloriarse a través de estadísticas de la disminución de delitos, tomándolo como un logro de su estrategia de seguridad.

A esto añadamos la corrupción en ministerios públicos y juzgados, donde por unos cuantos pesos los agresores callejeros o sus familiares pueden obtener el domicilio de la víctima para hostigarla y amenazarla para obligarla a retirar la demanda.

Por tanto, las mismas autoridades son las responsables del incremento de la violencia de género. De esta forma el agresor se estimula ante la impunidad.

El único camino para cortar de raíz la impunidad es legislar para convertir en delito grave que amerite cárcel la actitud negligente u omisa de los funcionarios públicos, ya sean policías o personal de los ministerios públicos que no den curso a una demanda y convertirlos en cómplices cuando el delito de agresión que inicialmente fue denunciado desemboque en un feminicidio.

Incluso a mediano plazo se puede crear un sistema electrónico para presentación de denuncias, de modo que el control de la primera de ellas se almacene en un sistema central que cuide la identidad de la víctima y como siguiente paso pueda canalizar el expediente a la autoridad que por razones geográficas corresponda. De este modo, la vigilancia sobre la autoridad de “primera respuesta”, o de “proximidad”, a través de seguimiento del caso desde un sistema central, obligará al cumplimiento de los protocolos definidos por ley.

Incluso, con un sistema electrónico “amigable”, será posible que la víctima presente su denuncia de forma directa ante el sistema central. Además, de este modo la víctima tendría la opción de presentar quejas ante el sistema central si no recibe la asistencia o el trato justo.

Solo con controles se podrá combatir la impunidad.

¿A usted qué le parece?

La opinión emitida en este artículo es responsabilidad del autor y no necesariamente refleja la postura de Siete24.mx

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