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Análisis y Opinión

Descansa en paz, Pedro Arellano

Felipe Monroy

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La frialdad de las palabras en las esquelas nos exige señalar que el pasado primero de septiembre falleció don Pedro Arellano Aguilar, doctor en derecho y coordinador de Prevención y Readaptación Social del Órgano Administrativo Desconcentrado del gobierno federal. Pero la amistad que le debía y el enorme vacío que nos deja su partida me reclama ofrecerle una memoria herida por mis limitaciones, pero llena de esperanza en que la vida eterna le recompense toda su alegría en el servicio al prójimo.

Al igual que Chesterton, Arellano vivió su catolicismo desde el democrático compromiso con todos. Fue de hecho su catolicismo, el origen de su legítima preocupación social. La salvación, para él, no podía limitarse a la minoría selecta sino a la multitud, a todos, especialmente a los que más han errado.

Más su deseo no se limitaba a la devota plegaria; su honesta preocupación por el prójimo se manifestó en trabajo a ras de suelo y vocacionalmente entre los más oscuros rincones de la sociedad, entre los estigmatizados, olvidados y repudiados: los presos, los miserables, las víctimas de la injusticia de un sistema indolente que además de privar de la libertad a las personas suele arrancarles su humanidad.

Pedro recibió esa certeza siendo muy joven; lo contó una vez en una cafetería popular en donde solíamos desayunar: Cierta vez, frente a un amplio lago invadido por maleza acuática, un sacerdote jesuita lo convidó a desbrozar la plaga; tras largas horas de faena y contemplando el terco horizonte de lirios imperturbables a sus esfuerzos, el joven Pedro dijo al cura que el trabajo era inútil, que por más que hicieran, jamás verían el reflejo del cielo en las ondas del lago. El jesuita le contestó que cuando iniciaron la tarea no sabían cuánta maleza había ni cuánta podrían sacar pero que podían tener una certeza: que ahora había menos plaga en el lago.

Pedro dedicó buena parte de su esfuerzo y su empeño, su fe y sus talentos, basado en aquella enseñanza.

En la Ciudad de México, a la que tanto amaba por sus perfiles sobrevivientes (fue feligrés de la ancestral mayordomía de San Matías Iztacalco), encontró su desafiante lago empantanado en las prisiones; y en los presos halló aquella maleza cuya naturaleza no es mera e irremediable maldad, él los miró como simples lirios en el lugar equivocado, en doloroso hacinamiento, heridos, vulnerados y deshumanizados no por su esencia sino por el descuido de quienes debían velar por el equilibrio, la belleza y la justicia de la Creación.

“No se puede rescatar a todos -decía-, pero vale la pena cada rescate”.

Fue un hombre modesto, alegremente sencillo como franciscano; sin embargo, su trabajo y trayectoria revelan no sólo sus muchas capacidades sino la alta confianza que lograba en los más insólitos personajes y momentos relevantes del país. Desde el parteaguas democrático y social que significó el primer gobierno electo de la Ciudad de México hasta las siempre complejas relaciones entre el Estado y la Iglesia católica, Arellano contó con la confianza de liderazgos definidos como ‘progresistas’ y ‘conservadores’.

Colaboró lo mismo con el ingeniero Cárdenas y López Obrador, como con el nuncio apostólico Christophe Pierre o el cardenal Norberto Rivera. Fungió como Ejecutor de Sanciones Penales en el Distrito Federal y también como secretario ejecutivo de la Pastoral Penitenciaria de la Conferencia del Episcopado Mexicano.

Fue presidente del consejo editorial del otrora poderoso semanario Desde la fe y operador del programa de ‘Desarme voluntario’ del gobierno capitalino. Fue promotor de diferentes campañas de evangelización y devoción a la Virgen de Guadalupe, y coordinador de investigaciones independientes que comprobaron la corrupción y abuso de poder del secretario García Luna contra Florence Cassez.

Bajo el nombre del apóstol más débil y contradictorio al que, sin embargo, Jesús puso en sus manos a sus hermanos, Pedro comprendió que no había paradoja, no había doblez: “Soy hijo de la Iglesia, la Iglesia es mi madre; es santa y también pecadora. Así amo a mi madre”, solía mencionar y con ello se purificaba de la ponzoña que suele enfermar a los fariseos.

Pero además defendió sus ideas políticas con principios muy escasos en nuestros días: integridad, bondad y alegría. Para él, era irreal separar la experiencia religiosa del servicio público, imposible poner muros entre el fuero espiritual y el político, la religión y la participación ciudadana, la fe y el bien común, convivían en una sola conciencia y no en la esquizofrenia del hombre dividido.

En un país cuyas heridas históricas recomiendan la simulación de no mezclar la fe y la política, Pedro fue un agente de creativa conmoción para no pocos funcionarios y líderes religiosos que lograron trabajar juntos. Y, para quienes piensan que la relación entre la fe y la política sólo puede conducir a la autopreservación del poder y los privilegios, Pedro demostró la convergencia de la política y la fe en el bien común, en el servicio al necesitado.

Con su vida y ejemplo, Arellano desmontó el permanente y erróneo prejuicio de que el catolicismo sólo resguarda los privilegios de las élites como también la falacia de que la izquierda política sólo puede conducir al autoritarismo estatista. Pedro vivió y se comprometió con la inmensa vía de trabajo que la doctrina social y la justicia abre a los creyentes.

En medio del asfalto y el concreto de una ciudad que levanta muros entre pobres y ricos, fieles y ateos, libres y presos, Pedro añoraba y admiraba la belleza bucólica como lo demuestran los más de mil fotografías de flores que compartía con sus amigos, admiraba la riqueza natural y espiritual de las comunidades indígenas, tenía como referentes a los grandes pastores católicos que ofrendaron su vida para caminar entre los marginados, discriminados y desposeídos.

Pedro citaba a don Pedro Casaldáliga, el obispo del pueblo (quien Dios también quiso llevárselo este mismo año) y a san Óscar Arnulfo Romero mártir; pero se fascinaba con las interpelantes fotografías del jesuita Enrique Carrasco entre los indígenas.

Arellano, sin embargo, conocía y mucho de palacios de gobierno y palacios apostólicos, de las autoridades, del poder, de la exquisita diplomacia; y hasta esos empíreos de la potestad llevaba el clamor de los débiles, la silente humildad de las víctimas. No siempre con éxito, pero su parábola del lago nos indica que no dejó de intentarlo.

En paz descanses, amigo Pedrito.

LEE El tradicional informe de las cifras

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe



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Análisis y Opinión

Niza, la terrible muerte acecha la paz ilustrada

Felipe Monroy

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Una dolorosa narración de miedo y desconfianza se despliega funestamente sobre Francia. Hace tiempo que los crímenes raciales, religiosos o culturales han dejado de ser casos aislados; se trata de una profunda y prolongada herida sobre una nación que una vez quiso mostrar al mundo el camino de la libertad, la igualdad y la fraternidad.

El terrible acto criminal e inhumano perpetrado este 29 de octubre en la catedral de Nuestra Señora de Niza por un desequilibrado que decapitó a una mujer antes de asesinar a otras dos personas que se cruzaron en su camino, está peligrosamente relacionado con el reciente crimen contra el profesor Samuel Paty, también degollado por un joven radicalizado, y con los 259 asesinatos vinculados al extremismo pararreligioso en la nación gala.

La compleja descomposición del tejido social en Europa (especialmente en Francia) no puede ser explicada parcialmente o adjudicando los horrores a un solo fenómeno. Es claro que los sectores del conservadurismo xenófobo achacan a la migración los crímenes; y los sectores del progresismo antirreligioso afirman que los problemas crecen por la naturaleza irracional de las expresiones religiosas.

En ambos extremos, ni la migración ni la dimensión religiosa son culpables por sí mismas de la terrible polarización. Sin menospreciar las tensiones que sí pueden generar en las comunidades estos fenómenos, la movilidad humana y la espiritualidad trascendente pueden ser percutores de pluralidad, tolerancia, integración, corresponsabilidad y participación. Lo han demostrado en otros tiempos y otras latitudes. Sin embargo, la migración y la religión aderezadas de miedo, intolerancia, desprecio al prójimo, violencia y desesperanza generalizadas se integran con facilidad a una cultura de muerte, odio, autopreservación y descarte.

Resulta revelador -y al mismo tiempo escalofriante- que la nación materna de la Ilustración sea la que más expresiones de terrorismo integrista nos presenta en este siglo XXI: desde las balaceras por las publicaciones de Charlie Hebdo, hasta las detonaciones y múltiples atentados suicidas en Paris en noviembre del 2015 pasando por las trágicamente recurrentes noticias de agresiones con cuchillo y atropellamientos en Niza; Francia vive una ruptura cultural sumamente dolorosa.

La Ilustración francesa parecía buscar -no sin sacrificios- que las diferentes fuentes y tradiciones culturales pudieran convivir bajo un marco de respeto, tolerancia y diálogo. Una propuesta que, a todas luces ha sido difícil de asimilar especialmente entre las religiones monoteístas o los integrismos políticos nacionalistas pues, desde sus criterios, su experiencia es un absoluto que no reserva espacio para ninguna otra expresión.

En el ámbito religioso, la Iglesia católica ha sido la institución que mejor ha comprendido los cambios culturales y, sin traicionar su misión de conversión y evangelización, ha apostado por la figura del Estado democrático y la pluralidad. Incluso en casos que generan tensión dentro de la misma institución, los pastores han comenzado a ceder y compartir marcos referenciales de moral laica útiles para la convivencia.

Algo así expresó el papa Francisco en la carta que conmemoró los 50 años de relaciones entre la Santa Sede y la Unión Europea: “Sueño con una Europa sanamente laica, donde Dios y el César sean distintos, pero no contrapuestos”. El pontífice reconoce el fin de los Estados confesionales, pero reclama también que el laicismo antirreligioso no excluya a los creyentes en su participación cultural y concreta por el bien común. Ya en su encíclica Fratelli tutti, el Papa había confirmado: “En una sociedad pluralista, el diálogo es el camino más adecuado para llegar a reconocer aquello que debe ser siempre afirmado y respetado, y que está más allá del consenso circunstancial.

Hablamos de un diálogo que necesita ser enriquecido e iluminado por razones, por argumentos racionales, por variedad de perspectivas, por aportes de diversos saberes y puntos de vista, y que no excluye la convicción de que es posible llegar a algunas verdades elementales que deben y deberán ser siempre sostenidas”.

A pesar de que aún hay grupúsculos católicos que no aceptan esta realidad, la Iglesia católica demuestra que no es un monolito incólume al vaivén del tiempo, que se actualiza en la sentencia de san Pablo: ‘El que ama a su prójimo ha cumplido la Ley’. Y al mismo tiempo se torna en un ejemplo de tolerancia para otros grupos religiosos, especialmente a los fieles del islam; pues será una responsabilidad que deberán asumir el resto del siglo XXI.

Al final, como pronostica el PewCenter Research, antes de que concluya esta centuria, habrá más musulmanes que cristianos en el mundo y, aunque la civilidad contemporánea no les reclama ninguno de sus derechos, sí les habrá de exigir la humildad para facilitar la convivencia plural. Lo dice el profeta Mahoma: “No vuelvas tu rostro a la gente con desprecio y no andes la Tierra con arrogancia”.

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

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Análisis y Opinión

¿Tu objetivo es hacer o lograr?

Gerardo Medina Romero

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El Mundo Interno de las Organizaciones

Sin duda alguna los cambios internos siguen a la orden del día en cualquier organización que está tratando de adaptarse a esta nueva realidad. Muchas iniciativas, proyectos y esfuerzos internos nacen todos los días listos para consumir gran parte de nuestro tiempo y energía mental. Algunos de estos proyectos son impuestos por nuestros jefes y otros propuestos por nosotros mismos, siempre con una voluntad genuina de buscar algún beneficio para nuestras organizaciones; sin embargo, cada vez más nos encontramos con la falta de claridad sobre lo que se quiere lograr con estos proyectos.

Estoy seguro de que si en este momento haces una pausa a esta lectura y revisas la última presentación que tengas de cualquier proyecto en el que estés o hayas participado recientemente, te darás cuenta que los objetivos están redactados en función de lo que se va a hacer y no de lo que se va a lograr. Es por ello que leerás cosas como: “Desarrollar un modelo…” en lugar de cosas como: “Contar con un modelo…”

Pareciera un detalle irrelevante; sin embargo, a lo largo de mi carrera he podido darme cuenta del impacto tan poderoso que puede tener en la mente de las personas de un equipo de trabajo la manera en que se redacta el objetivo. Programamos a nuestra mente para trabajar y hacer un gran esfuerzo, pero no para conseguir logros.

En mi opinión, redactamos así los objetivos por un miedo inconsciente a asumir el compromiso por el resultado sin tener control de todas las variables asociadas y preferimos comprometernos tan solo a esforzarnos.

“Definir e implementar acciones de mitigación…” (que pueden o no funcionar), no tiene el mismo grado de responsabilidad que “Mitigar…”. Es muy fácil comprometerse a tratar, a trabajar y a echarle muchas ganas sin sentir el compromiso de lograrlo porque cuando vemos una redacción contundente que plantea un objetivo a manera de logro, sentimos de pronto un escalofrío que nos recorre todo el cuerpo por el peso tan grande que se siente la responsabilidad de cumplirlo.

El objetivo debe ser un destino y no un camino. El camino es la estrategia, el plan de trabajo y las actividades a desarrollar mientras que el objetivo es el premio, el producto final, el entregable, el resultado, el logro. Es una condición final del estado en que deseamos o necesitamos ver a la organización después de haber realizado el esfuerzo.

Debemos acostumbrarnos a definir nuestros objetivos a partir de lo que necesitamos lograr y dejar de utilizar verbos que describan tan solo el esfuerzo que vamos a realizar. Mentalmente nos programamos para conformarnos con el esfuerzo de “rediseñar procesos”, sin exigirnos a que ese mismo esfuerzo dé como resultado procesos eficientes que logren los objetivos del negocio.

Seguramente algunos de ustedes estarán pensando en la metodología SMART, cuyas siglas en inglés define las características que debe reunir un objetivo bien formulado (específico, medible, alcanzable, relevante y con tiempos definidos). Sin embargo, en mi opinión una acción puede cumplir con estas características y aun así no sería un objetivo.

México es considerado uno de los países en el mundo donde más se trabaja, pero donde somos menos productivos. Nos encanta presumir todo lo que hacemos sin importar si logramos con ello algo o no. Pareciera que culturalmente nos da miedo comprometernos al logro.

Debemos cambiar de una vez nuestra mentalidad enfocada al esfuerzo y asumir que si queremos tener éxito en lo que hagamos a nivel profesional, debemos comenzar desde el momento en que planteamos los objetivos de nuestro trabajo y de nuestros proyectos, para enfocarlos al resultado y al logro.

Comienza por modificar la redacción de los objetivos de los documentos y presentaciones de proyectos que tienes, elimina los verbos y redáctalos nuevamente enfocándote solo en los resultados. Léelos nuevamente y acostúmbrate a sentir la adrenalina del compromiso que ello implica. Ahora simplemente lógralos.

LEE ¿Sabemos realmente hacer un análisis FODA?

ebv

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