Connect with us

Análisis y Opinión

El coso interminable

Publicada

on

Duele ver que el caso sobre la desaparición, muerte y ulterior hallazgo de la joven Debanhi Escobar -ya convertido en epítome alegórico de la crisis integral de la sociedad mexicana- ha sido echado a las fauces de un coso interminable, una plaza violenta llena de ignorancia e infatigables opinadores de sandeces, comenzando por la estulta fiscalía estatal pero extendida infinitamente por cada rincón de la nueva conversación sociodigital donde cada hijo de vecina cree tener los dotes reencarnados de Sherlock Holmes.

Es reprobable la actuación de las autoridades, sí. Escuchar las explicaciones dadas a la prensa por parte de la fiscalía provoca casi un dolor físico: se antepone la imagen a la lógica. Los investigadores se limitan a describir las escenas pero parece que ni siquiera ellos las comprenden; cuando son interrogados, no se ruborizan y se encogen de hombros.

La búsqueda de la verdad en este caso -como en muchos otros, tristemente- parece tener de enemigos a las propias autoridades y peritos que se refugian en el pensamiento insípido y la confusión mental; pero no son los únicos culpables.

Frente a ellos, grandes hordas largamente adoctrinadas por ‘el tren del mame’, ‘la tendencia’ y la ‘viralización’ -y recompensadas en las redes socio digitales-, hacen sus propias teorías e hipótesis, desconfían de todo, de todos, excepto de su propia ignorancia: pontifican sin razonar y hacen lo mismo que la fiscalía, apegarse a las imágenes y no a la lógica. Como sabemos, esta conversación digital -mezcla de imagen e inmediatez- recompensa a los estrambóticos, a los estridentes, a los exagerados y a los charlatanes, a los bufones, a los iracundos, a los trolls y a los haters.

La necedad y la emotiva ignorancia de estos últimos acrecienta el coso en la conversación digital y, por tanto, en la vida cotidiana de tantas personas. La plaza-calzada donde la historia y la muerte de Debanhi se desgarra en jirones que carroñeros se disputan en hipótesis e intereses, se instala en los hogares y en las conversaciones apenas sustentadas en un puñado de videos, imágenes y audios. Manipulada, tergiversada e incomprendida, la historia parece sólo reforzar nuestras certezas y conveniencias pero no alcanza la verdad, ni propone justicia ni respeta la dignidad.

Resuenan casi como advertencia profética tanto las palabras de Monsiváis como de Ferrarotti sobre la actitud de la sociedad cuya única cultura es audio-visual y no lecto-reflexiva: “La lectura le cansa… sólo intuye. Prefiere el significado resumido y fulminante de la imagen sintética. Ésta le fascina y lo seduce. Renuncia al vínculo lógico, a la secuencia razonada… cede ante el impulso mediático…”, dice Ferrarotti mientras Monsiváis es más incisivo: “La manera y los métodos en que colectividades sin poder político ni representación social asimilan los ofrecimientos a su alcance, sexualizan el melodrama, derivan de un humor infame hilos satíricos, se divierten y se conmueven sin modificarse ideológicamente, persisten en la rebeldía política… las clases subalternas asumen, porque no les queda de otra, una industria vulgar y pedestre, y ciertamente la transforma en autocomplacencia y degradación, pero también en identidad regocijante y combativa”.

El caso de Debanhi -como muchos otros en nuestro espectro noticioso contemporáneo- llega a nosotros a través de videos, en audios, en rápidas imágenes difusas y sintéticas, reaccionamos apenas por ese impulso mediático; y, sin nos conmovemos o no, en nada cambia nuestro comportamiento porque poder ver el drama y crear nuestras hipótesis nos satisface y nos identifica. En este coso interminable, esta plaza salvaje donde la ciudad pone lo mismo sus monumentos y sus cadáveres, los usuarios digitales, los habitantes de esta conversación polisémica, asumimos el código del drama ocurrido y construimos el sentido político de aquella muerte y de todas las otras muertes.

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe



Dejanos un comentario:

Análisis y Opinión

Filtraciones periodísticas

Publicada

on

Algunos periodistas tienen la fortuna de estudiarlo con profesionales en clases de deontología, el resto seguro tuvo que aprenderlo a la mala: las filtraciones son como un arma que no sabemos quién realmente la empuña pero sí a quién apunta… y, casi siempre, sin saberlo, apunta al propio periodista.

Para muchos comunicadores, es muy sutil, casi invisible, la frontera que distingue una ‘filtración’ de una ‘exclusiva’. Y por ello terminan en problemas. La filtración no es más que la acción inequívoca de un agente interno que -con buenas o malas intenciones- usurpa información reservada de su institución para acercarla a uno o varios periodistas; el trabajo periodístico, por el contrario, es saber qué buscar y vencer los pactos de silencio para revelar información útil para la sociedad.

Esto último es sumamente relevante, porque es verdad que, en ocasiones, en la legítima búsqueda de un bien, se han utilizado filtraciones mayúsculas; pero incluso en esos casos, se ha privilegiado el trabajo conjunto de periodistas o consorcios mediáticos porque, más allá de la ‘exclusiva’ o ‘prestigio’ personal, lo importante es dar a conocer a la sociedad algo que le es útil, algo que bien revele la injusticia o abone a la indignación transformadora.

Esto está claramente ejemplificado en el imperdible análisis comparativo de ‘Códigos de Deontología Periodística’ realizado por el investigador Porfirio Barroso Asenjo en 2011. En él se recogen los principios ético-periodísticos más adoptados por los profesionales de la información y aunque no nos sorprende que el primero más popular sea “el servicio a la verdad, la objetividad, la exactitud y la precisión” o el segundo sea “el servicio al bien común, bien público o bien social”; sí llama la atención que, para muchos profesionales, la convicción de “utilizar solamente justos y honestos medios en la consecución de sus informaciones y noticias” se encuentre muy debajo de sus prioridades éticas profesionales.

Es decir, para no pocos periodistas, la búsqueda de información a través de mecanismos no sólo informales sino quizá hasta cuestionables parece estar justificada por el interés del bien común. Y allí pareciera que entrarían las filtraciones, pero no. Como dijimos: las filtraciones no parten de la legítima búsqueda del periodista sino desde el interés de un sublevado o, peor, de un poderoso.

Los recientes acontecimientos en Nuevo León respecto a la consuetudinaria filtración de documentos e informaciones que, en principio, sólo deberían estar bajo custodia en la Fiscalía del Estado para resolver un crimen de alto impacto social, vuelven a poner la mirada sobre ese ámbito casi siempre olvidado del periodismo y la comunicación: la ética profesional.

Si se observa con cuidado, casi todas las situaciones que parecen afectar a la credibilidad de los profesionales de los medios o comunicadores tienen que ver con la ética; no sólo con el famoso ‘compromiso con la verdad’ o la ‘objetividad’ sino con el resultado del discernimiento -o la falta de éste- ante las complejidades que supone la búsqueda, obtención, uso y servicio de la información.

La audiencia contemporánea, que no es sólo receptora-consumidora de informaciones sino cuyas opiniones compiten en los mismos espacios de difusión (y en ocasiones incluso son más relevantes en el diálogo social), evalúa permanentemente las decisiones éticas de los comunicadores y periodistas, y también de las empresas que administran los medios de comunicación. En el nuevo modelo comunicativo, la confianza se traduce en apoyo; y la credibilidad no está tan sujeta al tamaño, ni al poder, ni al alcance del medio, sino a las decisiones éticas que asumen los periodistas.

En México, tenemos un grave problema al respecto. Porque si bien es cierto que en las últimas dos décadas todos los medios tradicionales han perdido algo de confianza, la prensa ganó credibilidad durante la pandemia en casi todo el mundo… menos en México. La encuestadora Parametría afirma que a inicios del milenio la confianza de la audiencia en noticiarios de radio, televisión y prensa mexicanos era superior al 60% y hacia el 2017, la confianza cayó por debajo del 20%.

Y aunque muchos medios y periodistas en el mundo recuperaron la confianza de la audiencia durante la pandemia de COVID-19, esto no sucedió en nuestro país. Según el Reporte Digital de Noticias publicado en 2021, la confianza en las noticias entre los 46 mercados analizados por el Instituto Reuters avanzó 6 puntos porcentuales pero México retrocedió 2 puntos y ha sumado una pérdida de 12 puntos porcentuales desde 2017.

Esta situación se traduce en una doble crisis, de empresas mediáticas y de periodistas; una económica y otra de identidad. Los primeros hacen lo posible para sobrevivir y, los segundos, para ser relevantes. Pero sus decisiones, como disfrazar agendas particulares de noticias o usar oscuras filtraciones para ganar exclusivas o marcar efímeras ‘tendencias’, en lugar de ayudarlos, los hunden más.

Bien dice el sabio que ‘la flecha tirada no puede, con la fuerza del brazo, volver a la mano’; y para los periodistas esta es una realidad cotidiana: lo dicho o lo publicado se parece a la flecha que ya no vuelve. Con mayor razón, ante la tentación de pedir-recibir-usar filtraciones, es importante que el periodista conozca y reconozca de quién es la mano que empuña el arco.

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

Seguir leyendo

Análisis y Opinión

Cuestión de percepción

Publicada

on

‘En ocasiones parece que los países democráticos debemos celebrar elecciones sólo para corroborar si las casas encuestadoras están o no en lo correcto’. Recordé estas palabras del cómico Rober Orban cuando leí los resultados de la encuesta levantada el pasado fin de semana por una casa editorial para valorar la percepción del electorado respecto al partido en el gobierno y la oposición, así como -tangencialmente- conocer qué tan alineada se encuentra la opinión pública a los argumentos del poder en turno.

Los resultados no han dejado indiferentes a nadie. Según la encuesta, el votante promedio considera que el partido en el gobierno sí se preocupa por la gente, que beneficia a los que menos tienen, que maneja mejor la economía y los programas sociales, y que tiene mejores candidatos y mejores estrategias contra el crimen. Por el contrario, el votante considera que los partidos que hoy se encuentran en la ‘oposición’ son quienes han hecho más daño al país, han sido más corruptos, tienen más vínculos con el crimen y hasta son más ‘machistas’.

Estas afirmaciones son meras percepciones del electorado y es obvio que no pocas distan de la realidad, porque ni la economía ni la seguridad parecen haber mejorado un ápice con el último cambio de gobierno. Sin embargo, para esta particular reflexión no me enfocaré en la ‘realidad’ o en lo podríamos argumentar como hechos, datos o cifras (que también suelen están mediadas por la selección e interpretación); me interesa justamente el juego político de la percepción.

Imaginemos una escena: Cierta persona pende de un hilo y debajo de ella se abre un abismo oscuro donde se intuye sólo la muerte; de pronto, otra persona le tiende una mano en un acto que considera heroico, justo, necesario. Sin embargo, la primera persona prefiere no tomar la mano del aparente samaritano; prefiere el hilo, prefiere el abismo.

La idea en principio parece absurda pero todo podría ser cuestión de percepción: quizá la primera persona no está realmente en inminente peligro, quizá el acto heroico no sea altruista ni desinteresado; quizá el rescatista sólo quiera aparentar ayudar pero no hacerlo de veras; o quizá, la persona en el abismo sólo desprecia profundamente al que está tendiéndole la mano.

Insisto, no estamos hablando ahora sobre ‘la realidad’ sino de la percepción que la ciudadanía parece haber asimilado a través de una narrativa política sumamente eficaz: la palabra y el mensaje político liderados por el presidente Andrés Manuel López Obrador parecen haber alcanzado la tan ansiada ‘integridad comunicacional ideal’.

Esta ‘integridad comunicacional ideal’ es el ambicionado éxito que persiguen los publicistas o comunicadores para lograr que ‘el concepto’ llegue no sólo integralmente a su público sin dejar de asumir todas las pérdidas del mensaje que supone el viaje a través de canales y del ruido; sino que es la propia audiencia la que, al generar una diversidad de mensajes, sigue aportando integralidad al concepto original.

En el caso de la actual narrativa política en México, incluso es necesario analizar si este fenómeno no lo está provocando también la comunicación de la oposición o, para ser más justos: las muchas comunicaciones de las muchas oposiciones hoy existentes.

Los datos claramente requieren un análisis más detallado pero la interrogante no es ociosa: ¿Será que las estrategias discursivas o narratológicas de las oposiciones al actual régimen refuerzan la percepción que recoge esta encuesta? En otras palabras, ¿los inmensos valores positivos que la percepción ciudadana atribuye al actual régimen y los no menos abultados valores negativos con los que evalúa a la oposición serán también responsabilidad de la oposición y no sólo un logro narrativo del poder en turno?

Si así fuera, y si los grupos de oposición creyesen que ya han hecho todo lo posible para virar esta tendencia, entonces el comediante Orban tendría razón: las elecciones sólo tendrían que confirmar lo que las encuestas revelan.

Es decir, que si la oposición al régimen ya no tiene ideas de comunicación es probable que tampoco tenga ideas políticas. Ciertamente, la oposición tiene frente a sí un problema que es cuestión de percepción; pero si quiere sobrevivir -y siempre será imprescindible que cada régimen de poder tenga su natural oposición- está obligada a superar el juego político de las percepciones y trabajar, de veras, para construir una confianza entre la ciudadanía que hoy tiene completamente perdida.

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

Seguir leyendo

Te Recomendamos