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Análisis y Opinión

El diablo predicador

Columna Invitada

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Paz Fernández Cueto

La semana pasada, los reflectores de Palacio Nacional se trasladaron a Naciones Unidas donde López Obrador ofreció su mañanera ante los Miembros permanentes del Consejo de Seguridad. En su papel de predicador, se dedicó a dar consejos de cómo tenían que resolverse los problemas que aquejan a la humanidad entera, mientras describía las calamidades y excesos que nos azotan. Ciertamente, en algunas afirmaciones hay mucho de verdad, pero también es cierto que hace falta cinismo para ponerse de ejemplo ante el concurso de las naciones, atreviéndose a denunciar la paja en el ojo ajeno, sin ver la viga en el propio.

Esta vez, el diablo predicador se equivocó de foro. ¿Qué autoridad tiene para dar consejos y ofrecer soluciones cuando no ha sabido resolver problemas gravísimos de seguridad, violencia, corrupción y combate a la pobreza? El buen juez por su casa empieza y un gobernante tendrá autoridad en la medida en que haya congruencia entre lo que dice y lo que hace, cuando sus palabras se traducen en resultados concretos, no en palabrerías.

Es cierto, como dijo en su discurso, que “es hipócrita ignorar que el principal problema del planeta es la corrupción en todas sus dimensiones: la política, la moral, la económica, la legal, la fiscal y la financiera; sería insensato omitir que la corrupción es la causa principal de la desigualdad, de la pobreza, de la frustración, de la violencia, de la migración y de graves conflictos sociales”.

Pero también es cierto que su gobierno ha caído en la peor de las corrupciones, la corrupción moral que es la corrupción de la verdad, cuando la única información que cuenta es la propia -“yo tengo otra información”-, cuando no se sabe escuchar, ni rectificar; cuando sistemáticamente se niega la evidencia, aún la científica, aferrado a intereses ideológicos o políticos. Es entonces cuando la soberbia aplica al gobernante el peor de los castigos: le venda los ojos hasta caer en el abismo. La negación de la verdad es tierra de cultivo donde florecen todas las demás corrupciones.

¿Con qué autoridad habla de desterrar la corrupción política, navegando con la bandera de “por el bien de todos, primero los pobres”, habiéndose disparado durante su gobierno la corrupción de la mano de la pobreza? Qué fácil resulta darse baños de pureza cuando los escándalos de corrupción abundan entre servidores públicos y allegados a su gobierno. Qué fácil es decir que “la fórmula más segura para pacificar al país es dar a los jóvenes opciones de estudio y de trabajo” y, al mismo tiempo, recortar el presupuesto de la UNAM nuestra máxima casa de estudios. Con qué cara dura denuncia: “que tribunales castiguen a quienes no tienen con qué comprar su inocencia y protejan a potentados”, cuando su gobierno utiliza sus instituciones para perseguir, amedrentar y amenazar a sus enemigos políticos como Anaya, a quien le urge ver metido en la cárcel.

Me faltaría espacio para analizar, una a una, las incongruencias de su discurso. No puedo dejar de comentar la propuesta de México de lanzar un Plan Mundial de Fraternidad y Bienestar para reducir la pobreza extrema en el mundo; estaría al nivel de la Madre Teresa de Calcuta, si realmente se entendiera la palabra fraternidad, al menos como la define el diccionario: “el afecto y la confianza propia de hermanos o entre quienes se tratan como tales”. Bueno sería que el presidente empezara por fomentar la fraternidad entre los mexicanos y dejara de azuzar odios y divisiones entre ricos y pobres, conservadores y liberales, fifís y chairos, para volver a mirarnos todos como hermanos.

Paz@fernandezcueto.com

La opinión emitida en este artículo es responsabilidad del autor y no necesariamente refleja la postura de Siete24.mx



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Análisis y Opinión

La fuerza desnuda

Felipe Monroy

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Antes de todo, dos ideas. La primera: Si no hay fuerza, por lo menos debe haber ingenio. La segunda la dijo san Francisco de Sales: “Nada es tan fuerte como la gentileza, nada tan gentil como la verdadera fortaleza”.

Sucede que, en nuestros días, se ha evidenciado que cierta fuerza productiva guarda paradójica correspondencia con la fuerza destructiva: hay absoluta vinculación entre cierto tipo de desarrollo económico con la devastación de la naturaleza; y, por supuesto, hay un vergonzoso rastro de miserables y desposeídos sobre las losas del privilegiado ascenso de algunos grupos de poder.

En la pasada cumbre teológica-pastoral por el futuro del Amazonas, por ejemplo, varios católicos denunciaron que la extracción, refinación y comercio del oro no sólo provoca laceración de bosques, selvas y ríos; también contamina de mercurio los lagos y mares, mientras impone una salvaje cultura crematística entorno al metal precioso. Por lo tanto, son incontables los pueblos cuyos niños, mujeres y jóvenes mueren doble y lentamente envenenados. Sus cuerpos enferman por el mercurio en sus venas mientras su espíritu se corrompe en un mercado de ambición y ganancias donde la explotación, el engaño, el crimen y el poder arrancan toda la riqueza cultural original de esas comunidades (su lenguaje, su espiritualidad y su cosmogonía) y la suplantan por la vil adoración al dinero.

Pero el problema no sólo sucede en la densidad de la selva amazónica, en realidad es allí donde con más claridad se advierte esta paradoja de ‘producción destructiva’ que se ha incrustado en todas nuestras relaciones sociales, económicas, comerciales y de poder.

Según lo han explicado filósofos y teólogos contemporáneos, en nuestro mundo actual es prácticamente imposible llegar al ‘éxito’, la ‘realización’ o a la ‘abundancia’ sin treparse sobre las espaldas heridas de cientos de ingenuos, ignorantes, pobres, marginados, precarizados y suplicantes hermanos humanos nuestros.

Parece que vivimos en un canibalismo tolerado donde ‘el fuerte’ recurre lo mismo a la elegante evasión de impuestos que al brutal y sanguinario crimen; un sistema de engaños donde triunfa quien precariza el trabajo honesto o condiciona el acceso a derechos elementales de los demás, quien roba impunemente y sin pudor ya sea mediante un arma en la mano o a través de un complejo modelo de pseudo inversiones que no son sino estafas legales del bien personal o público; un fétido ambiente donde gana quien domina la corrupción en la búsqueda de privilegios inconfesables. El colmo de este sistema es que, en la persecución de nuestras ambiciones, muchos somos capaces de la autofagia o la autoexplotación; ponemos en riesgo nuestro bienestar, nuestra salud, nuestra tranquilidad y hasta nuestra identidad con tal de arañar el solitario y fraudulento éxito.

Por ello son importantes las dos ideas iniciales, pues son la creatividad y la ternura las respuestas frente a este sistema corroído de frívolas ambiciones. Por ejemplo, la fuerza de una auténtica denuncia contra el sistema depredador del extractivismo de oro en la selva amazónica no se encuentra en el poder de los argumentos, en el músculo social o en el control de los hilos del poder; la fuerza está en la congruencia y, particularmente en este caso, en una radical humildad y renuncia a la apariencia. Se trata de una aparente contradicción: la fuerza está en la debilidad, pero sólo en su aspecto, porque el núcleo de la congruencia es una fuerza indómita.

El verdadero remedio contra un mundo enfermo de poder es una fuerza desnuda, ingeniosa y gentil, tan congruente como un hombre puede ser, tan sólida como su humildad, tan perenne como su virtud.

Director VCNoticias.com

@monroyfelipe

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Análisis y Opinión

¿Qué explicarle a mis hijos sobre el vapeo?

Columna Invitada

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Por Gerardo Rivadeneyra

Todos hemos visto últimamente a los jóvenes, a los amigos de nuestros hijos, o a ellos mismos usando unos productos electrónicos. Son aparatos que parecen USBs o cilindros de colores. Son el aparatito de moda, cómo negarlo. Sacan un montón de humo. Algunos tienen luces, otros son de colores. Hay de sabores: desde los clásicos hasta frutas, pastel y galletas. Los venden en las esquinas, en los altos, en máquinas en centros comerciales y nunca con control de edad.

Estos aparatos son cigarros electrónicos, aunque algunos les dicen “vapes”, y se supone que están prohibidos en el país. Sin embargo, cualquiera los puede conseguir sin mayor problema.

Como padres o familiares, obviamente estamos preocupados y por eso quise entender qué son y por qué no hay controles. Investigué y lo que encontré fue muy interesante:

Estos productos de los que hablo son ilegales. Los importan a escondidas y no tienen licencia sanitaria, ni pagan impuestos. Su venta es parte de un mercado negro que se ha creado por una prohibición a las alternativas al cigarro.

Resulta que hay un millón y medio de personas que usan estos dispositivos. Pero como están prohibidos, y no regulados, no hay reglas.

Las alternativas al cigarro son tres. Los vapeadores, que, como su nombre indican, hacen vapor. No contienen tabaco pero sí nicotina. Los cigarros electrónicos se parecen mucho, pero a diferencia de los vapeadores son desechables. Estos son los más comunes. Por último existen los calentadores de tabaco. Se parecen al cigarro pero no se encienden.

Ningún producto es libre de riesgo. Las autoridades de Estados Unidos tienen una categoría que llaman “riesgo modificado” y para entrar en ella debe entregarse mucha evidencia científica y verificarla. Que algo sea de riesgo modificado quiere decir que causa daño pero menos que un cigarro porque no generan combustión, que es donde sale la mayoría de las sustancias tóxicas.
Hay países donde las alternativas ya han sustituido al cigarro. En Japón, donde la gente fuma mucho, la aparición de alternativas ha disminuido el consumo del cigarro drásticamente. En Reino Unido los doctores del servicio nacional de salud, el NHS, están ofreciendo alternativas a los fumadores para que dejen de consumir cigarros.

La historia nos dice que la prohibición no funciona. En Estados Unidos prohibieron el alcohol hace un siglo y la mafia se hizo rica. Hoy pasa algo similar: fabricantes de productos ilegales, que quién sabe qué contienen, están aprovechando la cerrazón de las autoridades.

Como no hay regulación, nuestros hijos están desprotegidos. Nadie revisa nada, nadie se hace cargo. Por eso hay maquinitas en centros comerciales que les venden estos cigarros electrónicos sin control de edad, por eso hay tantos productos en todos lados. Ojo, no se trata de fomentar su consumo, pero con regulación este mercado se haría chiquito y nuestros niños estarían más protegidos.

También descubrí que nos hace falta mucha más información sobre cómo funcionan y qué riesgos tiene usarlos. Ojalá las autoridades hicieran la misma investigación y regularan estos aparatos. Creo que prohibir nunca lleva a nada bueno, pero tampoco está bien que no haya reglas y que se puedan comprar en puestos de periódicos o afuera de las escuelas como si nada.

Así que, como padre, les recomiendo hablar con sus hijos para que sepan que mientras que sean menores de edad, lo mejor será que no usen estos aparatos. Y cuando sean mayores de edad, lo mejor sea no usarlos pero que tengan información de qué son.

La opinión emitida en este artículo es responsabilidad del autor y no necesariamente refleja la postura de Siete24.mx

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