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Análisis y Opinión

El sentido de la nota roja

Felipe Monroy

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‘Feminicida serial’ repiten una y otra vez para forzar el mote popular al sospechoso Andrés ‘N’ cuya detención reveló una serie de secuestros y asesinatos de mujeres en el Estado de México. La historia se desarrolla, como era de esperarse, entre la sórdida información y las abundantes teorías.

No podemos ocultarnos del todo, ni mantenernos absolutamente al margen de este drama amorfo; por ello, cada tanto, cuando saltan estos perfiles inquietantes a la prensa, nos crean nuevas narrativas que se insertan delicadamente en nuestra cultura y así la sociedad reconfigura sus límites de confianza y sus medidas de autopreservación, nos retorna el sentido de escándalo, temor y repulsión.

En este 2021, bastaron apenas un puñado de horas para que todos los datos posibles entorno al presunto homicida serial de Atizapán fluyeran entre los medios de comunicación y las redes sociales. Los datos sueltos de una narración inacabada, los detalles sospechosamente filtrados por vecinos o policías y las temerarias suposiciones en la conversación social crean alarma entre las familias (especialmente en aquellas con mujeres jóvenes) y despiertan la infinita imaginación de los curiosos.

Y, sin embargo, a pesar de las múltiples críticas al género, la nota roja no sólo es un pozo de datos morbosos que estremecen sin sentido al respetable. La exploración de los perfiles y las conductas antisociales habla con claridad de los espacios oscuros de nuestras comunidades reflejadas la mente de quienes cometen los crímenes tanto como de quienes tratamos de entenderlos para repudiarlos.

En octubre de 1942, el caso del multihomicida Gregorio Cárdenas Hernández estremeció a la sociedad mexicana; y años después sucedió igual con los casos de Fernando Hernández Leyva, Juan Carlos Hernández Béjar, Patricia Martínez Berna, Raúl Osiel Marroquín, José Luis Calva Zepeda y Juana Barraza. Es probable que sus nombres no digan mucho; por el contrario, fueron sus motes, sus apodos, la manera en que la prensa los tornó en figuras de escándalo, lo que al final logró inocularlos en las fibras de lectores y audiencias: ‘La mataviejitos’; ‘El sádico’; ‘El caníbal de la Guerrero’; ‘Los monstruos de Ecatepec’; ‘El estrangulador de Tacuba’.

La labor de la prensa, de los medios de comunicación y todo el análisis entorno a estas transgresiones al orden natural buscan dar sentido a lo que golpea con pasmo y repugnancia a la sociedad, se exploran las débiles razones criminales en el perfil psicológico y la historia personal del criminal, se contrastan las desviaciones sociales ‘comunes’ con las ‘inaceptables’ y nos salvamos todos mientras contemplamos la ruta de un remedo de humanidad camino al castigo justo.

Sin embargo, un fenómeno casi imperceptible cambia esta tradicional narrativa con el acusado Andrés ‘N’; la prensa -por ejemplo- no pudo sólo llamarle ‘el feminicida de Atizapán’ porque, si nos atenemos a los datos de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana, tan sólo en marzo pasado se registraron 267 homicidios de mujeres, de los cuales 91 fueron catalogados como ‘feminicidios’ (esta última cifra guarda una estabilidad preocupante: desde el 2020, prácticamente el número de feminicidios por mes oscila entre 90 y 98 casos) y, por si fuera poco, 26 de los 100 municipios con más feminicidios se encuentran en el Estado de México. Así que, la probabilidad de que Andrés ‘N’ sea el único asesino de mujeres en aquel municipio conurbado a la Ciudad de México es más bien escasa.

‘Feminicida serial’ ha sido la elección general de los medios; pero esperemos que esto no relativice el grave problema de violencia generalizada y agudizada entre las mujeres; y que tampoco sea utilizado para agenda política alguna.

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe



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Análisis y Opinión

La peor pregunta en el peor momento pero…

Felipe Monroy

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Sólo lo puedo decir de una manera: La consulta popular a realizarse el próximo 1° de agosto es absolutamente necesaria. Tiene todas las fallas habidas y por haber, además aplaudo todas las voces críticas -incluso las alucinantes-; sin embargo, el significado detrás de la consulta es más importante que los resultados. Intentaré explicarme.

Primero, la pregunta. Es completamente cierto que la ‘pregunta’ ampliada y corregida por la Suprema Corte de Justicia de la Nación es un sinsentido mayúsculo. La mera interrogación sobre si se deben o no ‘hacer acciones pertinentes con apego al marco constitucional y legal’ es un despropósito para las autoridades cuya exclusiva función es precisamente aquella. Tienen razón -aunque parcialmente- quienes afirman que la aplicación de la ley vigente no debe ponerse a consideración popular; sólo hay que recordarles que, en una democracia, la participación ciudadana y la representación popular justamente configuran la ley, sus alcances e incluso las ocasiones en que se puede excusar su aplicación.

Consultas de esta naturaleza casi siempre se homologan a la amnistía; solo que, a diferencia del indulto (mecanismo de gracia otorgado por una autoridad personalizada en un funcionario o líder), la consulta pública se ha usado en otras naciones para moderar la acción de la ley a favor de la construcción de paz o reconciliación. Algo que México requiere con urgencia.

Segundo, el momento. Las crisis sanitarias, económicas y de inseguridad en México parecen alcanzar niveles no vistos. No importa cuán nocivas, destructivas y corruptas fueron las administraciones anteriores, es claro que las gestiones actuales están completamente rebasadas: en gran medida por la falta de profesionalismo en la operatividad, pero también por el excesivo centralismo que prioriza la pureza ideológica antes que la eficiencia. Una consulta para investigar y juzgar a delincuentes del pasado es la última de las preocupaciones que, tanto el gobierno como la ciudadanía deberían tener. El histórico apoyo de más de 30 millones de mexicanos en 2018 al proyecto de López Obrador habría bastado y sobrado para legitimar la formal persecución de traidores y defraudadores de la nación.

Me parece que, para cualquier persona sensata, el gasto de 528 millones de pesos en la consulta popular es un lujo que no se puede dar una nación cuyo sistema de salud agoniza, cuya economía sufre o cuya seguridad palidece por presiones criminales internas y diplomáticas externas. Como sea, hay que reconocer que el gasto actual para la consulta es casi tres veces menor que el solicitado originalmente por el INE.

Sin embargo, la experiencia en otras naciones nos indica que incluso si no se alcanza la votación mínima o aun cuando la ciudadanía rechaza la propuesta en cuestión, la participación o falta de esta ofrece una estampa bastante útil de la conciencia ciudadana, de sus verdaderas preocupaciones o de la indiferencia ante ciertas agendas. Hay casos en los que, la voz de unos pocos conmueve a las autoridades (no por conciencia sino por cálculo) para responder paralelamente a los disgustos y reclamos que manifestaron en una consulta inútil o perdida.

Me preguntó qué pasaría si la consulta popular alcanzara altos niveles de participación y, aún más, si el ‘No’ obtuviera una sólida representación ciudadana. Tanto el gobierno como la oposición saben que su trabajo es más sencillo en un contexto polarizado, en blanco y negro, de héroes y villanos; pero ¿qué sucedería si la consulta popular es un éxito y la ciudadanía asumiera estos ejercicios como una verdadera voz democrática participativa?

¿Qué sucedería si esa misma ciudadanía da una negativa a la agenda de venganza o distracción política? ¿Qué pasaría si la consulta se confirma como un ejercicio libre del pueblo, a pesar los malabares lingüísticos de la Corte, a pesar de los siempre abultados presupuestos solicitados por el INE, a pesar de la maña de la Presidencia y a pesar de los perversos políticos oportunistas? ¿No sería eso madurez democrática ciudadana? ¿No es esto claramente necesario para evitar vaivenes autocráticos futuros?

LEE Del ataque a la utilización de la Virgen de Guadalupe

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

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Análisis y Opinión

La responsabilidad ambientalista

Ricardo Homs

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Las torrenciales lluvias que están asolando países europeos como Bélgica e Inglaterra, e incluso lugares tan distantes como la India, inundando ciudades y destruyendo casas, calles y automóviles, así como el caso opuesto, como lo son los incendios forestales en España, Estados Unidos, Canadá, e incluso en Yakutsk, ubicada en la Siberia rusa, que es la zona más fría del mundo, nos muestran que el cambio climático está presente como una gran amenaza mundial.

Sin embargo, en nuestro México, cada año se inundan gran número de ciudades y miles de familias quedan damnificadas, perdiendo el patrimonio familiar. Incluso en la Ciudad de México esto se ha vuelto recurrente en estas fechas del año y la temporada de huracanes que se avecina. A su vez, los incendios forestales en nuestro país cada vez se repiten con más frecuencia. Ni duda cabe que el “cambio climático” tiene que ver con el descontrol y el poder destructivo de una naturaleza que se siente agraviada por el hombre.

Sin embargo, este no es un tema que hoy sea prioritario para el gobierno actual y su actitud frente a los temas energéticos lo confirman, frenando el desarrollo de las energías limpias y privilegiando la producción de hidrocarburos, así como la afectación de ecosistemas con obras que no se justifican como el Tren Maya y el aeropuerto Felipe Ángeles en Santa Lucía.

Ante esto, ¿Quién debe asumir la responsabilidad de participar en la preservación del equilibrio ambiental para evitar el descontrol climático?

Definitivamente es la sociedad quien termina asumiendo responsabilidades cuando surgen amenazas graves. Es cuando aparecen fenómenos de liderazgo para frenar las grandes catástrofes, y un sector social que es determinante para generar tendencias es precisamente el sector empresarial.

Es precisamente esta visión de largo plazo que surge con la necesidad de preservar el patrimonio la que estimula que los empresarios e inversionistas terminen asumiendo una actitud de responsabilidad ciudadana y su influencia en la sociedad genera tendencias de alto impacto.

Aunque en contextos sociales como el actual, dominados por ideologías destructivas que tratan de romper el círculo virtuoso de las alianzas espontáneas que se construyen entre la sociedad y el sector productivo para generar empleos existan barreras emocionales de desconfianza, vemos que surge una tendencia global que hoy se está manifestando en México respecto al nacimiento de una nueva cultura.

Constellation Brands, la empresa cervecera que estaba construyendo su nueva planta en Mexicali, Baja California, para exportar desde México producto mexicano, fabricado por mexicanos, hacia Estados Unidos, a inicios del presente sexenio, tenía contemplado en su proyecto una importante inversión en un sistema, no sólo para restituir a la comunidad el agua que utilizaría en la fabricación de las bebidas, sino para generar una sobreoferta de este vital líquido, lo cual garantizaría el abasto de agua para los siguientes años. Sin embargo, una equivocada política que generó temores en la población cachanilla o mexicalense, para llevarla a una consulta popular manipulada, abortó la terminación de la planta que ya llevaba invertidos casi 700 millones de dólares y que generaría muchos empleos y aseguraría que por su propio interés, Constellation Brands se convertiría en un protector del entorno ambiental.

Sin embargo, estas acciones que hoy generan las empresas para retribuir a la comunidad donde están ubicadas sus factorías su hospitalidad, habla de responsabilidad social y de una nueva cultura solidaria frente a la naturaleza, asumida como patrimonio común.

Según reportan la revista Forbes y el periódico Reforma, vemos, simplemente como ejemplo, que Pepsico ha invertido mucho en rediseñar sus envases para que sean biodegradables y amigables con la naturaleza y hoy el 88% de los plásticos de sus envases son reciclables, compostables o biodegradables y en 2025 alcanzarán la meta del 100%, además de controlar el impacto ambiental de sus procesos de producción.

A su vez, Bimbo ha iniciado la reconversión de su parque vehicular de reparto de producto para lograr en 2025 que todas sus unidades sea movidas por electricidad, llevando a la fecha más de 500 vehículos que utilizan este sistema motriz en las rutas de la Ciudad de México, Monterrey y Guadalajara.

Grupo Lala, productora de lácteos, está invirtiendo 650 millones de pesos para renovar el parque vehicular que utiliza para vender y distribuir, hacia motores eléctricos, además de otras acciones orientadas a la responsabilidad ambiental.

A su vez las tiendas de autoservicio y todos los negocios que antes proveían de bolsas plásticas a sus clientes, hoy están mudando hacia materiales biodegradables.

Hoy vemos el surgimiento de una nueva cultura ambientalista y de responsabilidad frente a la naturaleza, que nace del sector empresarial.

Evidentemente todos los cambios definitivos y de alto impacto que se dan en la sociedad no suceden de forma mágica, sino que son producto de cambios paulatinos y quizá imperceptibles para el ciudadano, pero que son definitivos e irreversibles.

La nueva cultura ambientalista que está impactando a México a través del sector empresarial nace hasta hoy de los grandes corporativos, que tienen la capacidad de imponer políticas institucionales, pero su ejemplo trasciende al resto de las empresas que son sus proveedores o sus clientes, así como por la movilidad del personal.

Generalmente las buenas prácticas generan tendencias que como bola de nieve terminan convirtiéndose en acciones cotidianas para toda la sociedad.

Por lo anterior podemos afirmar que esta idea de que los empresarios sólo buscan utilidades está cambiando hacia la búsqueda del beneficio colectivo. El objetivo inicial de toda empresa es la productividad, pero en el camino de la cotidianeidad en el mundo de hoy las empresas empiezan a privilegiar una actitud más humana, pues si a la sociedad y al país les va bien, ellas también se beneficiarán. Por tanto, asumen roles de compromiso colectivo para beneficiar a las comunidades donde se asientan y donde viven sus trabajadores y sus familias. Por tanto, esforzarse por mantener un entorno natural sano, es prioridad en las grandes empresas porque saben que tiene beneficios de regreso. Es la actitud de ganar-ganar.

Seguramente en un mediano plazo cercano las PYMES irán asimilando esta nueva cultura de responsabilidad y descubriendo que genera muchos beneficios de regreso. Los buenos ejemplos convencen más que la demagogia de las palabras y las buenas intenciones.
¿A usted qué le parece?

LEE La revolución energética y sus retos

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