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Análisis y Opinión

Imagen, reputación y los medios en la opinión pública

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Como bien sabemos la imagen es todo lo que se ve o se percibe de una persona u organización. Se forma con base en lo que se comunica hacia el exterior y en cómo estos mensajes son interpretados por el receptor. La imagen se construye, es la percepción individual, es la foto, se basa en lo visual e icónico y genera expectativas, por lo que cada stakeholder tiene que tener eso en cuenta al momento de generar una percepción.

Es así como, la imagen que en este mundo digital siempre termina siendo pública, o, se asocia a esa percepción, es decir, la sensación interior que resulta de una impresión hecha en los sentidos. Esa imagen es a la vez causado en la mente del receptor gracias a la cohesión de las causas que lo originaron, como consecuencia, la imagen da lugar a un juicio de valor, de donde lo percibido será aceptado como una realidad que puede tener connotaciones positivas o negativas, según el rechazo o a la aceptación de lo percibido.

Como podemos apreciar en el siguiente gráfico, la imagen es la percepción que se convierte en la identidad y con el tiempo en reputación. Se trata de una secuencia de ideas asentada llamada: Ecuación de la Imagen.

La reputación va más allá de la imagen, pues su efecto es a largo plazo. Agrega valor a la persona u organización y forma vínculos duraderos con los stakeholders. Esa reputación se gana, es la percepción colectiva, es la película, se basa en la conducta y genera valor, por lo que parte de lo que debemos aprender es entender qué queremos que el receptor reciba y con qué historia.

Por lo mismo, tanto la imagen como la reputación deben ser gestionadas por las personas u organizaciones atendiendo las audiencias convencidas firmemente de un mensaje coherente y que conecte.

Todo lo que somos debemos saber comunicarlo, porque al final consciente o inconscientemente damos un mensaje.

Samantha Alcázar Flores
Coordinadora de Relaciones Públicas en Metrics.

Twitter: @SamAlcazarF
Instagram: Sam Alcázar F
Facebook: @SamAlcazarF



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Análisis y Opinión

Nuevos senderos para la paz

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Tuvo razón el finado Javier Valdez y todos quienes se le han sumado en esta terrible cuenta de cadáveres: “Sobran los temas, pero todos los senderos, escoltados de plantas con espinas, conducen a la pólvora incendiada… las calles sólo conducen a un humo caliente, que se levanta y baila con el viento, después del disparo”.

La violencia en México parece esperarnos a la vuelta de la esquina, en una mañana o un atardecer, sobre la tierra yerma o frente a un sagrario. Nada, en realidad, ha cambiado en las miradas de quienes sostienen las armas y las usan contra su prójimo.

Hubo confianza, sí, en que un cambio de estrategia mejoraría nuestras vidas. La fórmula y ruta nos pareció simple: Un gobierno legítimo por los cuatro costados construiría un Estado fuerte que combatiría la corrupción desde dentro, trabajaría por la desmilitarización del territorio para ciudadanizar la seguridad y, en un honesto compromiso por los últimos, acercaría más oportunidades educativas y laborales para los jóvenes más vulnerables y primeros destinatarios de la cultura criminal. Esa ruta haría un viraje radical de nuestra loca carrera hacia el barranco que comenzó hace tres sexenios.

Nada, por desgracia, ha cambiado. La legitimidad, en lugar de unidad, trajo polarización y descrédito; el combate a la corrupción, si existe, es imperceptible por la ignominiosa impunidad; el sueño de la desmilitarización se ha esfumado; y los jóvenes, con o sin becas, siguen apostando a la cultura de muerte gracias al peculio inmediato y a la ominosa incertidumbre.

Los crímenes contra los sacerdotes jesuitas de la sierra tarahumara (junto con el resto de asesinatos de Cerocahui) pintan de cuerpo entero el ‘conflictus scaena’ de nuestra realidad mexicana: Un extenso escenario donde el dominio material y simbólico es controlado por la trasgresión, la fechoría y la impunidad; el pueblo es víctima del pueblo; la sangre palpita en la impaciente mano del sicario o se escurre emanando de un cadáver.

Mientras, la gente de bien se resiste a tal determinismo y busca nuevos caminos que no conduzcan a trágicos finales pero, como les pasó a los rarámuri durante las primeras invasiones, ellos cedieron palmo a palmo sus tierras hasta que ya no hubo a dónde ir.

Y, si ya no hay senderos, habrá que crearlos. Pero ¿cómo? ¿Con qué fuerzas?

Hoy, una indignación de grado indómito recorre las venas de los testigos de la muerte y el llanto, revela hartazgo pero también deseos de cambio. Sobre esta tierra, absorta y muda, que nada mira y a nadie atiende, esa indignación quiere ser protesta y advertencia, sí; pero también coraje y esperanza.

Al pueblo mexicano nos urgen nuevos senderos de paz; pero no aquellos que están sembrados de armas, insignias y billetes. Urgen caminos que pasen por la justicia social, el cuidado de la creación, la defensa de los pueblos, el reconocimiento de los abusos, la protección de los débiles, la promoción de la paz, la escuela de reconciliación y la búsqueda del bien común.

Más el camino -como dijo el clásico- está en el andar; está en el trabajo, no en el privilegio ni en la comodidad. El camino se marca con muchos pasos y sin egoísmos, compartiendo la senda donde puedan ir todos, sin discriminaciones ni prejuicios; una vía donde los padres enseñen a su prole a extender la mirada antes que la mano, a desterrar los sentimientos de avaricia o insaciabilidad.

Siguen siendo proféticas las palabras que el papa Francisco dijo en el Palacio Nacional ante la élite de liderazgos políticos, sociales, económicos y religiosos de México: “Cada vez que buscamos el camino del privilegio o beneficio de unos pocos en detrimento del bien de todos, tarde o temprano, la vida en sociedad se vuelve un terreno fértil para la corrupción, el narcotráfico, la exclusión de las culturas diferentes, la violencia e incluso el tráfico de personas, el secuestro y la muerte, causando sufrimiento y frenando el desarrollo”.

El filósofo de Güémez diría que “las cosas son como son hasta que dejan de serlo”. Y dejarán de serlo cuando en verdad seamos capaces de actuar. Es imperdonable que autoridades y liderazgos políticos mantengan todavía hoy su posición de autosuficiencia, autopreservación y privilegio; es más triste aún que muchos otros, en lugar de caminar, quieran encaramarse a ese trono de palo hueco. Ya lo advierte el rarámuri: ‘Arigá caponi, si’néamica ripá moba jábaso…’ Al final, (la vara) se quebró cuando se pararon todos encima.

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

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Análisis y Opinión

Crepúsculo y polvo en la sierra tarahumara

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Ser mexicano es vivir indignado. El incomprensible asesinato de dos jesuitas y un guía de turistas la tarde del lunes en Cerocahui (‘Pueblo mágico desde donde se pueden contemplar indómitos paisajes crepusculares de la Sierra Tarahumara’, según versan los promotores de turismo) ha perturbado -y con razón- un cierto adormecimiento que gobiernos e instituciones se han permitido en los últimos tres lustros respecto a los niveles y detonantes de violencia en el país.

Las versiones de los acontecimientos de la tarde del 20 de junio son desgarradores: Se dice que hasta el templo de San Francisco Javier en Cerocahui (joya histórica de las misiones jesuitas) llegó herido de muerte Pedro Heliodoro Palma, guía de turistas local, solicitando ayuda a los religiosos del templo pues en ese momento era perseguido por quienes lo habían torturado y secuestrado sólo por haber interactuado y disentido con un criminal harto conocido -y tolerado- en la región.

Los sacerdotes Javier Campos Morales (de 78 años) y Joaquín César Mora Salazar (80) no dudaron en socorrer y dar la extrema unción al moribundo hombre además de detener la ira del sicario; sin embargo, el asesino también ultimó a los religiosos. Un tercer jesuita también intervino; al parecer ‘tranquilizó’ al atacante pero no logró convencerlo de que respetara los cuerpos sin vida de los tres varones; y el criminal ordenó sustraer los cadáveres dejando en completa incertidumbre a toda la localidad.

El presunto asesino es vulgarmente identificado -y hoy urgentemente buscado- como ‘El Chueco’ pero cuyo nombre de pila, José Noriel, fue pronunciado -dice un cura de la sierra- por el propio Javier Campos cuando lo bautizó. El vicario general de la Diócesis Tarahumara, Héctor Fernández, describe al maleante como un criminal muy conocido cuyos actos delincuenciales fueron larga e incomprensiblemente sobrellevados en la zona.

No se puede decir que los religiosos ‘estaban en el lugar y momento equivocado’. De hecho, no sólo este trágico martirio confirma el compromiso de los sacerdotes por acompañar y asistir al prójimo en su más apremiante necesidad; decenas de testimonios certifican la larga asistencia de los jesuitas entre los pueblos de la sierra y el pueblo rarámuri.

El ‘Padre Gallo’ y el ‘Padre Morita’ -como eran cariñosamente conocidos en la Compañía de Jesús- llevaban décadas insertos en la sierra tarahumara. Conocían la lengua y costumbres rarámuri, padecieron y comprendieron las urgencias de los pueblos de las barrancas; no sólo proveían la necesaria asistencia espiritual a indígenas y mestizos de la región también velaban por la paz y la integración de las comunidades, por la reconciliación, por la justicia social, por dar cauce a las muchas indignaciones de los hombres y mujeres de buena voluntad.

Sí, ser mexicano es vivir indignado; y, sin embargo, incluso así, “no hemos de llorar porque las cosas están de este modo sobre la tierra”, dijo el poeta. Es posible cambiar el rumbo de la historia; no son pocas las experiencias en que las comunidades jesuitas (y otros esfuerzos colectivos) logran detener el avance y dominio del crimen y la violencia en México: una plaza a la vez, un hogar a la vez, un alma a la vez.

Recomienda además, para este anhelo, el santo Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús: “La magnanimidad y fortaleza de ánimo son muy necesarias para sufrir las flaquezas de muchos; y para comenzar cosas grandes en servicio de Dios Nuestro Señor y preservar constantemente en ellas cuanto conviene”.

Eso lo comprendieron bien los mártires de Cerocahui: tuvieron fortaleza para comenzar y continuar un impagable servicio a los más necesitados; y, aunque ninguno de ellos pudo cambiar radicalmente el curso de la historia, su testimonio ha sembrado un mensaje que germina y pasará de generación en generación.

La violencia en México, la normalización de la cultura criminal y las fallidas estrategias de seguridad de los últimos tres sexenios requieren profundas intervenciones por parte de la ciudadanía y de todas las estructuras intermedias de la sociedad. El ejemplo lo han dado con su vida los jesuitas Javier y Joaquín: Salir para socorrer al prójimo, asistir decididamente a las víctimas e interceder por la paz en medio de la barbarie.

Quizá, en una futura tarde de verano, cuando ya no haya miedo en la desértica calle, aquellos crepúsculos poéticos sólo contemplarán la paz entre la infinita roca y polvo, al pie de la silenciosa sierra tarahumara.

Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

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