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Análisis y Opinión

La vida después de la pandemia

Felipe Monroy

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A pesar del insaciable temor y pesimismo que barruntan los afines al ‘conspiracionismo’, el mundo y la humanidad tienen futuro y uno en abundante libertad. Basta voltear a la historia para verificar que ninguna frontera humana es inmutable y que incluso el tesón -o el descuido- de la sociedad es capaz de trasmutar ambientes enteros de este planeta.

La aparición del COVID-19 como el meteorito simbólico de nuestros riesgos contemporáneos ha provocado diversas crisis sociales que se analizan al hartazgo en los modernos medios de comunicación; sin embargo, no pocas voces han afirmado que el virus ha evidenciado principalmente la profunda y ampliamente aceptada crisis humana que crece al amparo del “egoísmo indiferente”.

Una de esas voces es la del papa Francisco, cuyo pensamiento ha sido recogido en el libro “La vida después de la pandemia”. Se trata de ocho reflexiones del pontífice realizadas entre el 27 de marzo y el 27 de abril (el primer mes de la terrible cuarentena); y un prefacio del cardenal jesuita Michael Czerny.

La selección de comentarios del papa Francisco no dejan lugar a ninguna duda: es imprescindible reconstruir el mundo sin perder la esperanza en medio del sufrimiento y del desconcierto que los grandes cambios provocan: “Nuestra civilización necesita bajar un cambio, repensarse, regenerarse”, sentencia.

Quizá por lo apremiante de la emergencia y por el rostro mortal que ha demostrado tener no sólo el virus sino las inciertas políticas públicas de las naciones que parecen seguir dando ‘palos de ciego’ en su reacción ante el más inesperado de los desafíos, el pontífice Bergoglio no escribe con eufemismos: “Es tiempo de eliminar las desigualdades, de reparar la injusticia que mina de raíz la salud de toda la humanidad”.

No nos dejemos distraer por nuestras ideologías al intentar entender las palabras ‘desigualdad’ e ‘injusticia’; en código humano simplemente representan la horizontalidad que tenemos con el prójimo bien para ayudarlo, bien para recibir su auxilio; vivir y comprender a cabalidad la regla de oro.

En sus reflexiones, el papa Francisco recuerda la fragilidad de la naturaleza humana, pero reconoce que no todos viven los mismos riesgos. Todos tenemos grandes debilidades, pero buena parte de nuestros congéneres pasa peores jornadas y noches: “Una pequeña parte de la humanidad avanzó, mientras la mayoría se quedó atrás”. Por ello, los débiles, los frágiles, los que corren el permanente riesgo de ser descartados son el eje imprescindible para la construcción de una civilización solidaria, corresponsable y compasiva.

“Mientras pensamos en una lenta y ardua recuperación de la pandemia, se insinúa justamente este peligro: olvidar al que se quedó atrás. El riesgo es que nos golpee un virus todavía peor, el del egoísmo indiferente […] Sólo juntos y haciéndonos cargo de los más frágiles podemos vencer los desafíos globales”.

Bergoglio realmente pone el acento en los desposeídos, los descartados, las víctimas de un arrebatado modo de vida contemporáneo, los últimos de un mundo vertiginoso que no se compadece ni detiene por la muerte de migrantes, desplazados, miserables, ancianos, niños, mujeres, a los que normalmente son silenciados y permanecen invisibles A ellos, les dice: “Ustedes son constructores indispensables en este cambio impostergable”.

El papa Francisco llama a un cambio radical de la industria humana, de la velocidad del consumo, de la ‘normalidad’ que ahora mismo añoran prácticamente todos los gobiernos, poderes formales y fácticos. “Volver simplemente a lo que se hacía antes de la pandemia puede parecer la elección más obvia y práctica; pero ¿por qué no pasar a algo mejor?”, cuestiona el cardenal Czerny.

Y en ese cambio están, estamos, los frágiles. Y tiene sentido: Cualquier respuesta civilizatoria -por brillante que sea- nos exige moral y naturalmente un espacio para los débiles. Por los que son, por los que seremos, por la belleza que existe en esta permanentemente milagrosa y precaria naturaleza humana.

Epílogo.

A mediados de mayo, en dos llamadas que sostuve con los obispos mexicanos de Apatzingán y Ciudad Altamirano (región de la Tierra Caliente) se coincidía en los graves retos para sus comunidades amenazadas de muerte poco por el COVID-19 pero inmensamente por el crimen, la violencia, la corrupción y la indiferencia. Ninguna estrategia o medio parece capaz de remediar tal descomposición. Sin embargo, ninguno se ha dado por vencido: uno visita y consuela a los que quedaron detrás, abandonados hasta por los suyos, en localidades castigadas por fuego y sangre; el otro anima la creación de huertos familiares y comunitarios en aquellas localidades largamente secuestradas por funestos intereses de poder y de mercado. Así de imprescindibles son las armas de los débiles.

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe



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Análisis y Opinión

Egoísmo o irresponsabilidad

José Luis Arévalo

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De Frente y Claro

En los últimos días he sido testigo, tanto presencial como a través de los reportajes en televisión, de cómo hay muchísimas personas que se siguen oponiendo al uso del cubrebocas. Y no me refiero solamente al ciudadano común; ya que tenemos a un Presidente que solamente lo utilizó porque en caso contrario no hubiera podido subirse al avión que lo llevaría a Washington, una Jefa de Gobierno que antes de sus mensajes se lo “sobrepone” para quitárselo y hablar sin él a millones de mexicanos, un subsecretario de prevención y promoción a la salud que paulatinamente va perdiendo credibilidad víctima de las contradicciones, la incertidumbre, la politización (queriendo o sin querer) de la pandemia, y una sociedad que poco a poco se ha ido sumiendo más y más en la falta de empleo, la falta de inversiones y la falta de apoyo económico sostenido, no de no una “ayudadita” mensual.

¿Hacia dónde vamos? ¿Usted lo sabe? Porque yo no. Cada día hay más incertidumbre a pesar de los mensajes que salen de Palacio Nacional de que ya está pasando este problema. Tal es así que ya somos el cuarto país del mundo con el mayor número de personas muertas por esta enfermedad, en una guerra en donde el General no ha sabido utilizar las armas con las que tendría que haber ido a luchar; porque las armas e inmejorables soldados los ha tenido, pero hasta para disparar una calibre .22 hay que saber.

Y mientras tanto, a “gobernar” o a buscar no perder más popularidad con temas del pasado: que si la detención del exgobernador de Chihuahua, que si la extradición del exjefe policíaco, que si la “luna de miel” con los Estados Unidos, etc, etc, etc, pero los temas que le atañen al ciudadano de a pie, al que trata de llevar comida a su casa, no se atienden, y cada semana nos dicen que la epidemia sigue y sigue… que del semáforo naranja no pasaremos y si hubiera algo nuevo pues será regresar al rojo.

¿Realmente los mexicanos somos tan irresponsables que no nos sabemos cuidar? Hay países latinoamericanos como Cuba, Argentina, Uruguay, Paraguay y otros más en donde la pandemia ya es un tema de vigilancia, pero la vida es ya normal.. y nosotros seguimos como al principio o quizás peor porque la cifra de muertos, contagiados, personas sin empleo, niveles de pobreza, son muy superiores a las que teníamos en febrero… si, en FEBRERO, hace apenas 160 días cuando escuchábamos de una pandemia en otras partes del mundo y como siempre decíamos “a mi eso no me va a pasar”, y mire usted dónde estamos parados.

Es muy fácil criticar a aquellos que no usan cubrebocas. ¿Serán irresponsables o serán egoístas? Júzguelos usted, pero habría que meterse en sus pensamientos para saber si ya hay resignación, si creció la incredulidad a la enfermedad, si no se quedan en casa porque simplemente ya no hay dinero para quedarse y hay que salir a buscarlo o si simplemente “les vale” que otros se enfermen en caso de estar contagiados. Lo que sí creo es que luego de tres meses y ante la falta de información consistente, muchos consideran que la vida ya podrá regresar a la normalidad teniendo como compañero de vida, de seguir vivo, al Covid-19.

@jlanoticias
@jarevalop

www.siete24.mx

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Análisis y Opinión

AMLO y Trump: Desastre conjurado

Felipe Monroy

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La expectativa de los maliciosos no conoce límites: si caen un par de gotas, anuncian el diluvio, y si un discurso diplomático se mantiene diplomático, lo acusan de pusilánime. Es cierto que la visita de López Obrador a Donald Trump arrastraba toneladas de mutuas acusaciones y agresiones de baja intensidad; sin embargo, poco saben de política quienes esperaban un incendio a la mitad del jardín de las rosas de la Casa Blanca.

Para nadie es desconocido que la política interior y exterior de Trump tiene profundas motivaciones integristas; y que su narrativa ha provocado polarización social principalmente en temas raciales, migratorios y supremacistas. Del otro lado, la narrativa lopezobradorista apela permanentemente a una insalvable tensión entre ‘conservadores y liberales’, al tiempo de descargar las justificaciones de su mandato mediante el señalamiento de sus antagonistas.

Sin embargo, en este punto de la historia, ambas naciones que representan están anudadas más allá de una relación histórica y un complejísimo intercambio comercial del cual ambas partes buscan sacar provecho; ahora también los une un escenario de inmensa incertidumbre debido al coronavirus y sus efectos, y a la pérdida de su influencia en la geopolítica contemporánea.

Ambos mandatarios tienen deudas por atender con sus respectivas ciudadanías sobre sus discursos y la radicalidad de sus opiniones porque ambos han emprendido ambiciosas cruzadas con el ideal de su propia nación en mente. De hecho, es justo lo que Trump afirmó en su discurso: “Ambos honramos la dignidad de nuestras grandes naciones… cada uno de nosotros fue elegido en el compromiso de luchar contra la corrupción, devolver el poder a la gente y en el interés de poner a nuestras naciones en primer lugar. Yo hago eso y usted hace eso, señor presidente”.

López Obrador, por su parte, no dejó de mencionar la importancia de los trabajadores en las economías de ambas naciones, los objetivos centrales del nuevo tratado, las diferencias históricas y la manera formal de evitar mayores conflictos. No omitió tampoco señalar las críticas que se le hicieron por el viaje y las diferencias ideológicas que sostiene con el propio mandatario norteamericano. Trump también habló sobre sus compatriotas que ‘apostaron en contra’ del encuentro. Hubo diplomacia de elogios, como era de esperarse; y, sin embargo, si se leen con cuidado y sin prejuicio, en ambos discursos también se encuentran apreciaciones concretas sobre lo que desean ambos mandatarios como mínimos comunes para una buena relación de las naciones: dignidad, orgullo, soberanía, valores familiares y tradiciones.

En este justo instante hay millares de periodistas y opinólogos en México y Estados Unidos que diseccionan con fruición las breves horas de visita del mandatario mexicano a Washington y la Casa Blanca. Desde las palabras hasta las corbatas, nada escapará al juicio de la comentocracia. Sabemos que ambos líderes gozan de abundante mala prensa, no hay día en que no sean juzgados como imprudentes, pendencieros, obsesivos, manipuladores, mentirosos, inexpertos, antidemocráticos o polarizantes, y quizá lo merezcan. Pero también cuentan los dos con extensos grupos de simpatizantes que querrán encontrar los positivos en una reunión que no habían imaginado ni esperado celebrar.

Al final, cada sector asumirá su propia certeza que satisfaga sus obsesiones respecto al singular encuentro; sólo quizá sea bueno recordarles las palabras del escritor argentino Alejandro Dolina: “Para quienes dicen que todos los políticos son lo mismo; les contesto que, para un analfabeto, todos los libros son iguales”.

*Director de VCNoticias.com
@monroyfelipe

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