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Análisis y Opinión

Partidos Políticos: ¿son necesarios?

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Por Antonio Maza Pereda

De alguna manera, en el concepto moderno de la democracia, se nos ha creado una especie de dogma laico: la creencia de que necesitamos de partidos políticos. Un dogma que no necesariamente ha existido siempre. En realidad, el concepto de partidos políticos es una creación de los siglos XIX y XX. Obviamente, es el resultado de la generalización de los conceptos democráticos. En las democracias primitivas no había partidos.

Al generalizarse la democracia como concepto y forma de gobierno, llegando a una convicción relativamente generalizada de que es el mejor método de administración pública, ahora la mayor parte de los países adoptan una forma democrática de gobierno. Y con ello, siguiendo el ejemplo de las principales democracias occidentales, se generan los partidos políticos. Mismos que en principio se suponía qué representaban diferentes grupos de intereses y modos de pensar, generalmente presentados cómo ideologías, entendidas como: “Conjunto de ideas fundamentales que caracteriza el pensamiento de una persona, colectividad o época, de un movimiento cultural, religioso o político”.

Atrás del concepto de los distintos partidos políticos, está la idea fundamental de qué no existe una unidad en el pensamiento de la Sociedad. No sólo eso, probablemente no es deseable que exista tal cosa. Lo cual no ha impedido a los cotos políticos, tratar de crear una ideología dominante. Como en los sistemas de inspiración soviética, qué hubo en una buena cantidad de países en parte del siglo XX, con el sistema del partido único, haciendo ilegal la existencia de otros partidos. O, cómo ocurrió en México, con la existencia de partidos satélites que daban la impresión de que existía una democracia a pesar de tener un partido fuertemente dominante.

Actualmente, en este inicio del siglo XXI, y ante el desprestigio de los distintos partidos políticos, vale la pena cuestionarnos sí efectivamente debemos de seguir considerando su existencia para que pueda existir la democracia. En muchos países y el nuestro no es la excepción, hay un desencanto generalizado de los partidos políticos. Muchos de ellos concebidos cómo negocios familiares, cómo facciones que viven del erario sin dar mayor beneficio a la Sociedad. Tan es así que algunos de los nuevos partidos ya ni siquiera quieren llamarse así y, para no cargar con el desprestigio del concepto. Prefieren llamarse Movimientos, cómo se dio en México el caso con el Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA) o el Movimiento Ciudadano.

Ante la decepción de la ciudadanía frente a los partidos políticos, vale la pena debatir: ¿de qué manera estas formaciones benefician a la Sociedad y en particular a la democracia como modo de gobierno? No es una pregunta ociosa. Si no encontramos una respuesta adecuada, posiblemente deberíamos de cuestionar sí tendríamos que seguir organizando a los gobiernos de esta manera. Seguramente a muchos les parecerá algo imposible. El dogma de que requerimos de partidos tiene aceptación prácticamente universal. No nos podemos imaginar fácilmente otra manera de poner a competir nuestras ideas o poder elegir de qué manera tener gobierno.

Hay algunas posibilidades. En algunos países, han resuelto quitar a los partidos una parte importante de las decisiones de gobierno. En Suiza, por ejemplo, una buena parte de las decisiones se toman mediante plebiscito; no se les dejan a los partidos políticos las soluciones. De otra manera, en los Estados Unidos, en las elecciones se escogen gran cantidad de funcionarios que toman diversas posiciones de mando, generalmente de tipo estatal o municipal, sin pasar necesariamente por el esquema de partidos. En algunos momentos, sobre todo en gobiernos de corte fascista, los congresos se formaban dando representación a diferentes corporaciones, las cuales se hacían cargo de atender los requerimientos de diferentes estratos de la Sociedad. Un sistema desechado en vista de los graves problemas generados por el fascismo.

¿Qué deberíamos de esperar de los partidos políticos? Que nos ofrecieran diferentes análisis de las situaciones que afectan a la Sociedad, ofreciendo posibles soluciones, diferentes opciones para atender esos temas. Cosa que muchas veces no ocurre: cómo lo estamos viendo cuando los partidos tienen como única solución a los problemas de la Sociedad, que otros se quiten para gobernar ellos.

También esperaríamos qué educaran al electorado, dándonos una cultura política pero, sobre todo, ayudándonos a entender los problemas nacionales y el modo como se podrían resolver. En alguna medida hoy los partidos se cuidan los unos a los otros y de esa manera podrían ponerle coto a la corrupción. Lo cual no siempre ocurre: si algo hemos podido entender últimamente, es que en cierta medida esa vigilancia no ha logrado que reduzca la corrupción, sino que ha sido utilizada como un arma arrojadiza para atacar a los demás. Quisiéramos que de ellos nazcan nuevas soluciones para los grandes temas nacionales. Tristemente, estamos pasando por un larguísimo ayuno de ideas nuevas. Da la impresión de que no se les ocurre nada realmente nuevo. Aun los que presumen de ser innovadores, sólo nos están volviendo a dar un recalentado de ideas ya usadas y muchas veces fracasadas.

Ante todo esto, ¿realmente los necesitamos? Creo que no. En otro tiempo necesitábamos quien nos representara, por la ignorancia de las grandes masas de la población y las grandes dificultades de comunicación. Ahora no nos hacen falta especialistas que se dediquen a representarnos. Sí queremos que la democracia permanezca, tendremos que pensar que necesitamos lo que algunos llamarían una cirugía mayor. No es un tema fácil, no es algo que se pueda resolver rápidamente, pero es importante que lo cuestionemos. Cuándo vemos una gran parte de la población decepcionada de los partidos, es claro que hay que emprender una tarea que podría tardar años para reformar el modo cómo, sin perder lo básico de la democracia, nos liberemos del yugo de una clase política qué usufructúan los partidos para su propio beneficio.

La opinión emitida en este artículo es responsabilidad del autor y no necesariamente refleja la postura de Siete24.mx



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Análisis y Opinión

De la gasolina al auto eléctrico

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Los cambios radicales son lentos pero definitivos.

Del libro impreso en papel, al libro electrónico, la evolución es continua. Es asunto de hábitos.

Sin embargo las energías limpias, -comparadas con los hidrocarburos-, representan la oportunidad de frenar los adversos y peligrosos efectos del cambio climático sobre nuestro planeta, pero también sobre nuestra salud.

Quizá las dos razones que más pesan en la decisión de adquirir un auto eléctrico en lugar de uno con motor de combustión interna, -o sea de gasolina-, es el precio del vehículo por una parte y la disponibilidad de carga eléctrica en recorridos largos. Por ello, en la mayoría de los países líderes el impulso a las energías limpias en el ámbito automotriz, se ha enfocado como política de estado, lo cual lleva como objetivo facilitar al ciudadano la decisión de compra, y por otra parte, garantizar el suministro de energía eléctrica a estos automotores.

En el ámbito corporativo las circunstancias no son diferentes. Por tanto, es el Estado quien ha asumido en todo el mundo el compromiso de estimular la utilización de “energías limpias”, ofreciendo estímulos fiscales a las empresas ensambladoras de autos para que ofrezcan los autos con precios accesibles al comprador y además, crear una red de puestos de carga de energía eléctrica.

Sin embargo, en México el actual gobierno ha manifestado políticas contradictorias respecto a las energías limpias y al cambio climático.

Mientras el mercado automotriz mundial evoluciona hacia el auto eléctrico, el gobierno de la 4T se esfuerza por desarrollar la producción de hidrocarburos, como lo es la construcción de la planta de Dos Bocas, en Tabasco y la compra de la refinería Deer Park, en Texas, además de solapar la ineficiencia y poca productividad de PEMEX, que hoy tiene una operación deficitaria.

En contraste, frente a las continuas reconvenciones de la comunidad internacional respecto a la actitud negligente de nuestro gobierno frente a los compromisos firmados por los gobiernos anteriores, -para cumplir con las políticas ambientalistas de la agenda verde-, este gobierno da respuestas ambiguas y poco comprometidas.

Aunque la Secretaría de Energía, SENER, estima que para el año 2036 en México habrá 4.9 millones de autos eléctricos circulando, lo cual representará el 14% del total del parque vehicular, vemos que en la realidad cotidiana la AMDA, que es la Asociación Mexicana de Distribuidores de Autos, ha dado a conocer que en el año 2022, -del total de un millón noventa mil autos nuevos vendidos-, sólo se comercializaron 5,631 unidades totalmente eléctricas, lo cual representa el 0.5% del total.

La realidad es que no se perciben políticas gubernamentales que estimulen la producción de autos eléctricos y menos aún, la demanda de este tipo de unidades.

Los autos y camiones híbridos representan una oportunidad de transición entre el modelo tecnológico de motores de combustión interna y los motores eléctricos, en un contexto donde el suministro de energía eléctrica para el sector automotriz es totalmente ineficiente.

Por tanto, es el sector empresarial quien debe asumir iniciativas de desarrollo de automotores eléctricos. Por lo ponto, la empresa lechera Grupo Lala y la cervecera Grupo Modelo, han empezado a renovar su parque vehicular con camiones eléctricos.

Grupo Modelo inició este proyecto en diciembre del 2021 y para el 2025 espera tener en circulación 400 vehículos eléctricos.

Del mismo modo la iniciativa privada, -con responsabilidad social-, debe tomar iniciativas para impulsar la compra de automotores eléctricos.

Conforme avance el consumo de unidades movidas por electricidad, entonces veremos que los precios unitarios al último consumidor disminuirán, por efecto de la oferta y demanda.

A la vez, la instauración de centros de recarga eléctrica en las plazas comerciales y además la promoción de unidades de negocio dedicadas al suministro de energía eléctrica para consumo automotriz, así como lugares de recarga en carreteras, seguramente impulsarán la compra de este tipo de autos.

La transición del sistema de combustión interna automotriz, al transporte a través de unidades movidas por electricidad, en los países del G20, -al cual pertenece México-, es una prioridad. Hay prisa por dejar de utilizar hidrocarburos en unidades de transportación, pues la tendencia destructiva que lleva el cambio climático genera grandes preocupaciones en las más importantes economías del mundo.

Ante la visión simplista y caprichosa de este gobierno, la iniciativa privada debe tomar iniciativas y asumir el liderazgo de este cambio de modelo de transporte, -con visión comercial, económica y tecnológica-, pero también con responsabilidad social.

Sólo así se logrará proteger la ecología y el medio ambiente de este país, pues este será nuestro legado para las nuevas generaciones.

¿A usted qué le parece?

La opinión emitida en este artículo es responsabilidad del autor y no necesariamente refleja la postura de Siete24.mx

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Análisis y Opinión

Con el pueblo, siempre

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Ha comenzado el viaje escalonado de los obispos de México al Vaticano para visitar al papa Francisco. En estos diez años de pontificado y, desde la última visita ad limina del 2014, ha pasado mucha agua bajo el puente en la relación del episcopado mexicano con el sucesor de Pedro, y aunque sin duda quedará para la historia la interpelación de Bergoglio a los obispos en la Catedral de México donde les pidió enfrentar sus diferencias con madurez y carácter, hay algo que el pontífice no deja de reiterar cada vez que se encuentra frente a los jerarcas católicos mexicanos: conminarlos de una y mil formas para verdaderamente estar e interceder por el pueblo.

En 2014, por ejemplo, en la primera visita ad limina que hicieron los mexicanos al Papa argentino, éste les entregó un discurso bien redactado donde les decía: “La fidelidad a Jesucristo no puede vivirse sino como solidaridad comprometida y cercana con el pueblo en sus necesidades, ofreciendo desde dentro los valores del Evangelio”. Pero de viva voz les reiteró: “Ustedes con su pueblo, siempre […] La única recomendación que yo les diría es ésta, de corazón… Trascender, en la oración al Señor ese negociar con Dios del obispo por su pueblo. No lo dejen. […] Y cercanía con su pueblo”.

En febrero del 2016, durante su viaje apostólico a México, el Papa se reunió con el episcopado en la Catedral capitalina y ofreció un profuso y profundo mensaje a los pastores con una decena de peticiones muy concretas aunque quizá la principal interpelación fue: “No pierdan tiempo y energías en las cosas secundarias, en las habladurías e intrigas, en los vanos proyectos de carrera, en los vacíos planes de hegemonía, en los infecundos clubs de intereses o de consorterías […] ¿Acaso se ha diluido, se ha olvidado, la necesidad de regazo que anhela el corazón del pueblo que se les ha confiado a ustedes? […] Sean capaces de contribuir a la unidad de su pueblo”.

Aquel texto y aquella improvisación de Francisco en México ha sido una de las intervenciones más exhortativas dirigidas a un cuerpo episcopal: “Sean obispos de mirada limpia […] no se dejen corromper por el materialismo trivial ni por las ilusiones seductoras de los acuerdos debajo de la mesa […] No se dejen arrastrar por las murmuraciones y las maledicencias […] No se dejen llevar por la vana búsqueda de cambiar de pueblo […] No se cansen de recordarle a su pueblo cuánto son potentes las raíces antiguas […] Les ruego no caer en la paralización de dar viejas respuestas a las nuevas demandas […] los invito a cansarse, a cansarse sin miedo en la tarea de evangelizar”.

Ahora, siete años más tarde, en la segunda visita ad limina del episcopado mexicano a Francisco, el tema sigue siendo el mismo: Cercanía con el pueblo. Es una recurrencia del pontífice frente a la jerarquía mexicana y que seguro tiene un trasfondo simbólico porque con ningún otro episcopado él ha insistido tanto en este punto.

Por ejemplo, las únicas dos recomendaciones que dio Francisco en 2015 a los obispos norteamericanos versaron en torno a la formación de sus sacerdotes “para que no caigan en la tentación de convertirse en notarios y burócratas” y la acogida a los inmigrantes. Y punto, no dijo más: “No es mi intención trazar un programa o delinear una estrategia. No he venido para juzgarles o para impartir lecciones”.

Otro enorme episcopado es el brasileño y con ellos tampoco ha sido tan conminativo. Tanto en 2013 en Río de Janeiro como en el reciente mensaje de abril pasado, Francisco les ha pedido compromiso con la formación religiosa y la reconciliación del país: “Los obispos no pueden delegar este cometido”, fue lo más imperativo de su mensaje. En la visita ad limina de los obispos españoles en 2014, Francisco sólo les hizo una gentil sugerencia: “Os invito, pues, a manifestar aprecio y a mostraros cercanos a cuantos ponen sus talentos y sus manos al servicio del programa del Buen Samaritano, el programa de Jesús”.

Entonces ¿por qué esta obsesión temática del Papa con los obispos mexicanos? La respuesta fácil –facilona en realidad– es que Bergoglio recibe informaciones o percibe que los obispos mexicanos no están suficientemente próximos a sus comunidades, que se encuentran bajo pertrecho de los funcionarios de sus curias episcopales, que no salen de las celebraciones litúrgicas cómodas y de una retórica nostálgica en sus homilías, que prefieren velar por las tres C (capilla, colegio y club) en lugar de las tres T (tierra, techo y trabajo), que se enfrascan en ideas y prolijos proyectos de papel pero que no alcanzan a aplicarse a ras de suelo o que se involucran más en la pragmática política de las élites que en los dramas atemporales de su pueblo.

La otra perspectiva es, además de más compleja, creo más interesante y oportuna: Quizá Francisco ve en el pueblo mexicano una fortaleza e identidad que ha sabido sobrevivir en el tiempo a pesar de las muchas tragedias e intervenciones en su historia, una voz ancestral (semilla del Verbo) que se niega a morir, un periplo nacional marcado por una fe maternal y una multifacética adaptabilidad cultural (mestizaje simbólico que va del sincretismo a la inculturación) que pueden enseñar mucho frente a un siglo que se asoma pleno de integrismo, polarización, fanatismo y agresividad.

Por ello, los obispos mexicanos tienen una gran oportunidad de ser observadores al recorrer íntimamente sus pueblos escuchando sus testimonios, oportunidad de reflexionar sobre la piel de la realidad y no en el mundo de las ideas, oportunidad para poner manos a la obra en acciones pequeñas –diminutas incluso– pero indispensables para la dignidad y el rescate de la Creación y las creaturas.

Entre el clero hay un dicho: “Ante la duda: genuflexión”; indicaba que, cuando no se sabe qué hacer en la liturgia, lo mejor es hincarse. Algo así quizá deba resonar en el corazón de los obispos cuando se enfrenten a alguna indecisión o inquietud: “Ustedes con su pueblo, siempre”, grabado a fuego en el alma.

*Director VCNoticias.com @monroyfelipe

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