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Análisis y Opinión

Polarización: ¿Cómo es que llegamos hasta aquí?

Felipe Monroy

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Estamos en problemas. Las voces polarizantes, alarmistas, extremistas e ignorantes que alguna vez existieron al margen de la convivencia ideal en una sociedad, que eran censuradas por la razón y la templanza, ahora protagonizan y ocupan el centro de prácticamente todas las dinámicas sociales y culturales.

No es todo, estas extravagancias son las que garantizan más éxito en los nuevos espacios de diálogo social (basta leer las necedades de los ‘influencers’ en redes sociales). Estas voces de escándalo son quienes influyen en muchos individuos necesitados de verificar sus obsesiones; son los que detonan o distraen la conversación pública, los que imponen el tono (y el nivel) de la discusión. Son los que han sustituido (no fue tan difícil, lamentablemente) a los profesionales de los medios de comunicación con vociferaciones a las que llaman ‘asertividad’ cuando son simple ignorancia pendenciera.

El fenómeno no es nuevo, desde siempre se ha estudiado porque las sociedades -decía Bertrand Russell- suelen quedar atrapadas entre la seguridad absoluta de los zafios y la duda permanente de los pensantes. El viejo oscurantismo del insensato no ha desaparecido, sólo ha mudado de preocupaciones y de voceros (de la mano de los antivacunas y sus fantasías de conspiraciones revivió el sarampión en pleno siglo XXI).

Por el contrario, quienes no viven en la absoluta certeza de sus juicios o prejuicios se encuentran desconcertados; quienes dedican un segundo para respirar, para tomar distancia de los conflictos y las coyunturas, para hacer acopio de ciencia y discernimiento para opinar o formar, ya no encuentran oportunidad para ofrecer sus reflexiones porque bien ya se ha inundado de chillidos histéricos la conversación social o ya hay otra emergencia que ocupa las preocupaciones de las audiencias.

El resultado: una sociedad que premia y visibiliza a aquellos que alimentan la ansiedad, el alarmismo, las catástrofes o los milagros encapsulados y las soluciones inmediatas. Una cultura que privilegia la rapidez, pero no la claridad; la idea, pero no la realidad; el conflicto, pero no la búsqueda de conciliación. Vivimos hoy con más temores que los que tenían nuestros antepasados; nos da miedo nuestro cautiverio y, al mismo tiempo, la libertad del prójimo; nuestra inmovilidad y la inmigración; las dictaduras y las democracias; la interdependencia y las soberanías; las élites y los marginados.

Todo esto se debe a que el discurso público contemporáneo fomenta la tensión. Cada vez se hace más exótico encontrar a algún líder político pedir y actuar con prudencia, fomentar la tranquilidad, practicar la mesura o reconocer coincidencias. Hoy, provocar y polemizar están en la base de toda receta de agenda social.

El éxito está hoy garantizado para los nefastos protagonistas de esta polarización de certezas y prejuicios, allí es donde están las ganancias, donde se construye y divulga contenido falso, donde se manipulan los flujos de información para obtener lucro político. La mercadotecnia de ‘emociones’ inunda las estrategias políticas; los avances de estrategias en segmentación psicográfica para sembrar miedo donde había preguntas, ira donde había indignación o desprecio donde había desconocimiento marcan la pauta de las campañas de ‘comunicación’. No caen en cuenta que al apelar al cerebro primitivo de la ciudadanía han encumbrado las actitudes primitivas de los ciudadanos.

Y ya estados en ello, somos más vulnerables a la provocación. No importa cómo nos estimulen, bajo qué excusa llamen a nuestra puerta, sentimos que nos han desafiado a responder, a reaccionar, a gritar hasta la ignominia nuestras certezas y nuestros prejuicios. Por eso estamos en problemas. Quizá sea un buen momento para detenernos y mirarnos en un espejo, no importa qué bandera, disfraz o color llevemos en nuestras luchas, pensemos un segundo: ¿Cómo fue que llegamos hasta aquí?

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

La opinión emitida en este artículo es responsabilidad del autor y no necesariamente refleja la postura de Siete24.mx



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Análisis y Opinión

Escarnio religioso con fines políticos

Felipe Monroy

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Justo quince horas después de que líderes de una docena de diferentes religiones en México se reunieran para orar por la paz; el presidente de la República -desde el púlpito moral de su individual certeza- volvió a arremeter contra las prácticas religiosas, particularmente contra la grey católica y sus actos de fe. No ha sido la primera vez; de manera sistemática mezcla, confunde y politiza a propósito la dimensión espiritual de millones de personas.

Algo ha pasado en el fuero interno del presidente. A partir del 2020, sus críticas a lo que él identifica como ‘hipocresía católica’ se han tornado recurrentes y socarronas. Hasta antes de la campaña presidencial y en los primeros meses de gobierno, López Obrador siempre había aderezado con conceptos religiosos su ideario político; pero -quizá la pandemia, quizá la incertidumbre- ha revelado en el presidente ese discurso anticatólico moralizante de un rancio protestantismo para-cristiano que fue sumamente popular a finales de los setenta y hasta los años noventa en México.

A diferencia del anticlericalismo secular (que se enfoca en una crítica a la institución católica), el anticatolicismo cristiano contemporáneo es un estilo discursivo, especialmente utilizado por distintas ramas de protestantismo, que a través de estereotipos negativos y lenguaje peyorativo critican a los católicos, a sus prácticas religiosas y a las fallas de sus miembros que aseguran son una ‘hipocresía moral’ intrínseca a la religión católica. La reacción católica a esta discriminación indirecta ha sido también una desvaloración de la identidad cristiana de evangélicos, protestantes y otras comunidades religiosas.

Sin embargo, el acercamiento entre líderes cristianos, el diálogo interreligioso, el ecumenismo y la vasta producción de fraternas reflexiones espirituales han favorecido el respeto, la tolerancia y hasta la amistad entre referentes y miembros de religiones otrora enemistadas. El encuentro interreligioso de oración por la paz, el pasado 10 de junio, es símbolo de este esfuerzo de entendimiento y madurez entre creyentes.

Pero el presidente no abandona el discurso moralizante: “mi cristianismo, lo que yo practico… si todos fuésemos así viviríamos en una sociedad mejor”. Y, con frecuencia -especialmente para eludir algún tema álgido- utiliza la fórmula que su inmejorable cristianismo es superior por no parecerse al cristianismo hipócrita del prójimo.

En la primera conferencia presidencial del 2020, López Obrador espetó la fraseología que ya ha hecho leitmotiv recurrente: “Los conservadores van a misa y olvidan los mandamientos; van a la iglesia, comulgan, confiesan, van a dejar en cero el marcador y el domingo vuelven a lo mismo”.

Al inicio de la pandemia, el presidente mostró un par de imágenes del Sagrado Corazón de Jesús (sumamente veneradas por católicos) y las comparó con un trébol de cuatro hojas y un billete de un dólar como amuletos de buena suerte. En julio 2020, durante la presión por el famoso ‘aplanamiento de la curva’ de contagios por COVID-19 en México, el presidente volvió a calificar a los creyentes: “Son sectores reducidos, pero con mucha pasión. Es obvio, amenazas y al mismo tiempo por eso es irracional, muchos de ellos van a los templos, confiesan y comulgan, pero olvidan los mandamientos”.

El 8 de marzo, con motivo de las movilizaciones feministas; y el 5 de mayo, como respuesta a la tragedia del metro capitalino donde fallecieron 26 personas, López Obrador aplicó el mismo epíteto a los que identifica como adversarios, pero los ejemplifica como católicos: “Son clasistas, son racistas, son partidarios de la discriminación. Pueden ir a los templos los domingos y confiesan y comulgan, y dejan el cero marcador, eso es hipocresía”, dijo el día de la Mujer y en el aniversario de la Batalla de Puebla insistió: “Son muy perversos y estos conservadores son también muy hipócritas. Porque estoy seguro de que hasta van a misa los domingos y confiesan y comulgan”.

¿Por qué el presidente ridiculiza y adhiere sistemáticamente la imagen de sus enemigos a las prácticas religiosas sacramentales de la Confesión y la Comunión, de la asistencia a Misa y el estudio de los Mandamientos?

Es una verdadera pena que el mandatario de una República laica no sólo no valore ni respete las identidades religiosas de todos los ciudadanos, sino que las politice e identifique a algunos perfiles religiosos como potencialmente adversos a su movimiento político. López Obrador, no hay que olvidarlo, ganó con un margen amplísimo las elecciones del 2018 y su personalidad política aún convoca a millones de partidarios de su ideología. Con certeza, el 95% de todos sus apoyos sociales profesa alguna fe o es miembro de alguna institución religiosa; lo mismo se puede decir de la clase media que lo ha llevado al poder.

¿Por qué continúa denostándolos? ¿Qué es lo que en el fondo busca reclamar a esa dimensión espiritual de una vasta porción de la sociedad mexicana que, en principio, no sólo goza de la libertad de culto, sino que también está llamada a participar desde su identidad espiritual, personal, familiar y comunitaria en la transformación necesaria del país?

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

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Análisis y Opinión

No naciste líder, pero te crees uno

Gerardo Medina Romero

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El Mundo Interno de las Organizaciones

Si de algo he visto que se ha escrito más en los últimos 25 años es sobre liderazgo. También podría apostar que es el tema del que más cursos y talleres existen, y sobre el que más libros se han escrito.

La mayoría de los grandes líderes nacieron con las condiciones biológicas necesarias para que sus comportamientos innatos les facilitaran influir en las personas que los rodearon a lo largo de sus vidas. Esas mismas condiciones biológicas determinaron sus emociones y fueron la fuente de sus actitudes y de su capacidad para adquirir los conocimientos y desarrollar las habilidades necesarias para ser líderes. En pocas palabras, nacieron líderes.

No dudo que alguno que otro de los grandes líderes de la historia y del mundo organizacional no haya nacido con esas mismas condiciones biológicas, pero lo lograron gracias a mucho trabajo, preparación y esfuerzo constante a lo largo de muchos años. Es decir, se hicieron líderes aunque estoy seguro de que fueron los menos.

En mi opinión ser un buen líder es un proceso constante que requiere mucha preparación, disciplina y sacrificio, y aun así, nada te garantiza que lo logres. Lamentablemente sigo viendo todos los días a grandes ejecutivos con posiciones estratégicas en compañías muy importantes que carecen de esta competencia lo cual, por supuesto, repercute negativamente en los resultados de negocio de sus organizaciones. El problema es que ni se dan cuenta ni les agobia.

Si no tienes la suerte de nacer líder, lamento decirte que para llegar a serlo no te bastará con leer todos los libros sobre liderazgo que encuentres; tampoco te serán suficientes varios cursos o incluso un diplomado o postgrado sobre liderazgo. Mucho menos te lo dará una promoción o el simple título de tu puesto, por más que diga Gerente, Sub Director o Director. Tampoco te lo dará tu apellido.

No estoy de acuerdo con las instituciones educativas y las empresas de capacitación que siguen vendiendo castillos en el aire, ofreciendo a los ejecutivos cursos, talleres y programas de liderazgo cuando, en realidad, se requiere mucho más que eso para que una persona que no nació líder lo llegue a ser.

El liderazgo requiere, en primer lugar, adquirir una serie de conocimientos de aspectos de negocio, psicológicos y del comportamiento humano. No puedes liderar si no conoces técnicas para mantener una buena comunicación, para ofrecer retroalimentación, para establecer objetivos, para identificar el estilo de trabajo de cada persona a tu cargo. No puedes influir en las personas si no conoces los fundamentos del comportamiento humano, las emociones, las motivaciones y la manera de impulsarlos y gestionarlos.

También necesitarás desarrollar y perfeccionar distintas habilidades para persuadir, influir, convencer o negociar. Recuerda que debemos partir de la idea de que no nacimos con esas habilidades instaladas, por lo tanto, debemos entrenarnos todos los días para lograr los niveles que requerimos para liderar.

Finalmente necesitarás trabajar mucho en el manejo de tus emociones, comenzando por aprender la auto observación y hacerte consciente de tus sentimientos ante determinados estímulos para posteriormente lograr controlar las reacciones y fortalecer tu inteligencia emocional. Solo así podrás asumir las actitudes requeridas para poder ejercer un buen liderazgo.

Adquirir los conocimientos, desarrollar las habilidades y lograr las actitudes adecuadas es un proceso que lleva tiempo, disciplina y mucho trabajo; solo así podrá alguien desempeñar de una manera decorosa una posición de liderazgo en una empresa, sobre todo cuando no nacimos líderes.

El problema es que muchos ejecutivos se creen líderes por el simple puesto que ocupan y se conforman, en el mejor de los casos, con leer un libro o tomar un programa de liderazgo en algunos de los institutos de moda, donde más que a aprender van a socializar y a ampliar su red de contactos.

Las empresas, y en general el país, requieren de mejores líderes, capaces de llevar a sus equipos de trabajo a utilizar al máximo su potencial y lograr mejores resultados de negocio. Líderes que logren y gestionen equipos de alto desempeño conformados por personas con un equilibrio emocional adecuado y con los alicientes necesarios para sacar lo mejor de sí mismos día con día.

Me parece muy soberbio y una falta de respeto que un ejecutivo con el título de Jefe, Supervisor, Gerente, Director o cualquiera de sus variantes, deje de trabajar todos los días en seguir preparándose y fortaleciendo sus conocimientos, habilidades y actitudes para servir como líder a su equipo de trabajo. Pero tranquilo, estoy seguro que no es tu caso.

LEE ¿Por qué no hacemos un Onboarding adecuado?

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