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Análisis y Opinión

Víctimas, próceres de una nueva cultura

Felipe Monroy

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Hasta ahora sabemos cómo lucen los pueblos y las naciones cuyos referentes identitarios y culturales son los héroes. Sus efigies y retratos magnificentes se encuentran en cada oficina, en las calles y las citas anuales para rendirles homenaje, gratitud y respeto. Sin embargo, las nuevas movilizaciones gremiales -casi pura esencia de clan o gueto- desprecian profundamente el santoral cívico y erigen un nuevo personaje como modelo histórico: la víctima.

En ocasiones, no les falta razón: son en sí mismas víctimas o sobreviven de la mera indignación por las víctimas que aún aman. La realidad de estas personas es pura contingencia, incertidumbre que no reposa; por ello les molesta tanto el mármol y la piedra de las instituciones, porque les contemplan impertérritas, porque los muros no se doblegan ante el dolor de nadie, porque no se ruborizan de vergüenza por sus faltas, porque no lloran ni gimen. Al parecer piensan igual de los héroes en egregias estampas: los próceres permanecen incólumes en el panteón de los héroes mientras el pueblo sufre.

Sin embrago, no es culpa de aquellos. Casi siempre mal comprendidas e instrumentalizadas por los poderes temporales, las historias de los héroes patrios se acrisolan en hagiografías incorruptibles. Hay figuras, que ni el tiempo ni la razón política, desean opacar: la de Juárez, ‘Benemérito de las Américas; Madero, ‘Apóstol de la Democracia’; Morelos, ‘Siervo de la Nación’; y, por supuesto, Hidalgo ‘Padre de la Patria’. Hay otras, sin embargo, que el vaivén político ha modificado. Hubo un momento, por ejemplo, en que se loaban las historias del general Calles como la del ‘Reconstructor de la Revolución’ y no como la del ‘Jefe Máximo’; o la de Porfirio Díaz, como ‘El Héroe de la República’ y no como ‘El dictador’.

Basta mirar en derredor para verificar que esta nación -con sus luces y sombras- fue forjada en los acontecimientos donde intervinieron estos liderazgos; pero que es un territorio que no funciona ni desean las manifestaciones que pasan marchando y destrozando sus efigies, que devuelven al lodo de la realidad los monumentos marmóreos, que ‘intervienen’ con furia los retratos oficiales y que yerguen un nuevo símbolo para la cultura sociopolítica del pueblo: el antimonumento de las víctimas.

Ponderar a las víctimas como ese personaje simbólico sobre el cual se levanta la nueva cultura social y política es, primeramente, un acto de justicia, de memoria y de compasión; pero también abre un sendero riesgoso. Lo explica así Todorov: “Aun cuando ser víctima de la violencia es una suerte deplorable, en las democracias liberales contemporáneas se ha convertido en deseable obtener el estatus de antiguas víctimas de violencia colectivas… es significativo que en la actualidad sean las víctimas en lugar de los héroes los que son objeto de mayor número de atenciones o solicitudes… los ultrajes sufridos pesan más que los éxitos conseguidos”.

El riesgo surge cuando las antiguas víctimas son sustituidas -en la narrativa pública o institucional- por nuevas víctimas que han padecido crímenes más terribles; o peor, cuando la mirada se obsesiona con el personal dolor sin tomar distancia para cuestionar objetivamente las causas de la injusticia, recomponer el sentido de los acontecimientos o reconocer los avances del perdón o la reconciliación.

¿Cómo sería el rostro de una nación o de un pueblo cuyos próceres sean las víctimas, cuyas narrativas funcionales provengan de los ultrajes, de las derrotas y no de los triunfos o logros? ¿Cómo sería el sustrato cultural de un país donde reciban más atención los antimonumentos que los monumentos, la vergüenza más que el orgullo, el lamento más que el júbilo? Quizá sería más humano, quizá más fugaz.

LEE Descansa en paz, Pedro Arellano

*Director VCNoticias.com

@monroyfelipe



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Análisis y Opinión

Espionaje, entre el servicio y la ignominia

Felipe Monroy

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Aunque el espionaje se ha especializado y tecnificado a niveles infamantes, sus funciones más simples (que nunca honestas) se pueden reducir a las mencionadas por Kautilya hace veintitrés siglos: recolección de noticias, comprobación de lealtades y manejo de propaganda. Desde la perspectiva del gobernante, se entiende su utilidad para lograr lo único que interesa al poder: conservar el que se tiene y aumentarlo en lo posible.

Al contrario de lo que hoy se quiere insistir, el espionaje nunca es aséptico ni impersonal; el espionaje no son sólo datos y programación. Por tanto, ‘Pegasus’ no es sólo un programa, un software o un sistema: son hombres y mujeres que con mayor o menor poder han utilizado recursos técnicos de la forma más innoble. Además, los efectos del espionaje tampoco son inocentes, la historia refleja que aquel va acompañado invariablemente de la mentira política, la persecución de opositores, la desestabilización de pueblos, la inoculación de ideologías de ocasión y, por supuesto, de los crímenes de Estado, las insurrecciones fratricidas y la guerra total.

Lo que se ha ido revelando esta semana sobre la operación del ya famoso software ‘Pegasus’ es alarmante porque no se trata de un ‘sistema de inteligencia para el combate del terrorismo o ciberterrorismo en países democráticos’ sino un verdadero ‘sistema de espionaje israelí vendido por particulares a regímenes autoritarios que desean investigar a periodistas, activistas de derechos humanos y a potenciales opositores políticos’.

Desde hace años se tenía sospecha de que los recursos tecnológicos de estas empresas de ciberseguridad no sólo se adquirían para el combate al crimen, sino para las funciones que los regímenes y los poderes fácticos que buscan controlar a toda costa: tener información de sus adversarios políticos, verificar la lealtad de los ciudadanos y eliminar los potenciales riesgos para la estabilidad de su poder.

Esta es la razón por la cual, cuando se habla de espionaje no puede haber neutralidad. Es una práctica ignominiosa y cruel cuando se está vulnerable a ser espiado; pero es un servicio de seguridad y estabilidad para aquellos que detentan el control. Desde el poder, un mundo sin las intrincadas redes de espionaje básicamente se hundiría en el caos; mientras, desde las estructuras intermedias de la sociedad, el espionaje es una herramienta del autoritarismo.

En el fondo no hay ninguna sorpresa en que las nuevas herramientas digitales hayan hipertecnificado el espionaje al grado en que los clientes de NSO Group puedan ver y escuchar a sus ‘objetivos’ de interés; tampoco es realmente una noticia que diferentes gobiernos o poderes (con diversas problemáticas) hayan echado mano de esta herramienta. Sin embargo, no por ser un mecanismo casi natural de autopreservación del poder no debiera inquietarnos. Especialmente porque, es altamente probable que, derivado del espionaje a ciertos personajes junto a la exposición y vulneración de periodistas, opositores o líderes comunitarios, se haya provocado la muerte de alguno de ellos, la intimidación o el silenciamiento de sus voces. Y todavía peor, al existir la evidente sospecha de que el gobierno israelí de Netanyahu ha espiado a líderes mundiales a través de la herramienta de ciberseguridad, se encienden las alarmas de desastre geopolítico.

Ahora, mientras el mundo redescubre la diplomacia para salir del entuerto en el que lo ha sumido el software ‘Pegasus’, no hay que perder de vista la sospechosa parsimonia y tranquilidad con la que los líderes políticos echar a andar a sus fiscalías y ministerios de defensa contra el espionaje que ellos mismos sufrieron. Quién sabe, quizá no tienen intensión de correr por completo las cortinas del misterio.

LEE Quema de templos y efigies: indignación sin respuesta

*Director VCNoticias.com

@monroyfelipe

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Análisis y Opinión

Estrategias pro aborto falaces

Columna Invitada

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Por: Ivette Laviada

Ahora es en Veracruz donde se pretende presionar al gobierno con estrategias pro aborto; tan viejas, tan usadas y tan falaces que resultan un insulto a las personas que con dos dedos de frente ven con claridad todo este asunto.

El viejo truco del aborto espontáneo, un argumento que simplemente no funciona cuando las acciones que siguieron a la muerte del bebé en gestación contradicen todos los dichos de la supuesta víctima.

Quienes pretenden que el aborto se legalice a como de lugar -sean feministas, funcionarias e incluso instituciones- no les importa mentir y manipular los casos para conseguir su afán.

El caso de Oluta, en Veracruz de Diana “N” es un claro ejemplo: la Fiscalía encontró que no sufrió un aborto “espontáneo” la chica cometió infanticidio, su bebé fue alumbrado vivo en un baño público a los 7 meses de gestación y posteriormente lo abandonó en un bote de basura, donde falleció por anoxia por sofocación como consta en el expediente por lo cual se le sigue un proceso.

No es la pretensión de esta reflexión el juicio de Diana (las autoridades lo harán conforme a derecho), sino todo el aparato que se mueve con este pretexto para que se presione a un estado a legalizar la muerte de los bebés en gestación.

El discurso utilizado por la CNDH y por la Comisión de Derechos Humanos de Veracruz es ¡de no creerse! primero atacan a la Fiscalía General del Estado porque no emplearon perspectiva de género en la investigación, añaden que el caso lo han llevado violando gravemente sus derechos sexuales y reproductivos, que ha sido doblemente revictimizada y que le negaron el acceso a la justicia por las condiciones de precariedad económica y social en la que vivía.

Por otro lado, la diputada Mónica Robles aprovecha la coyuntura de manipulación mediática para meter su iniciativa pro aborto y los colectivos feministas celebran estas acciones para empujar con más fuerza esta agenda.

Estrategias que hemos visto en tantos lugares y países que por increíble que parezca siguen sin quitar el dedo del renglón.

¿Acaso los delitos se pueden considerar derechos según cada quién? Las falacias no surten efecto, por ello tanta violencia para imponer estas mentiras, la sociedad no se deja engañar.

No existen derechos sexuales y reproductivos, este es el poderoso antifaz que le han puesto al aborto para que dicho tantas veces y por tanto tiempo se perciba como algo bueno, como lo que su nombre pretende “un derecho”; pero no, la sociedad no compra este cuento, lo que existe es el derecho a la salud que incluye la salud sexual, física, mental, etc. Salud implica vida no muerte, justificar el aborto es totalmente contrario a lo que la salud persigue.

La verdad no se puede ocultar, siempre sale a la luz. Seguiremos trabajando para que chicas como Diana antes de pensar en el aborto puedan tener acceso a instituciones o personas que les ayuden verdaderamente como lo han demostrado La Vida por Delante, VIFAC o AME.

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