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Opinión

Condonación de impuestos: Nación ultrajada

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Ciudad de México.— El muy esperado, pero no por eso menos indignante, episodio de contribuyentes a los que los sexenios anteriores les condonaron impuestos desvela el secreto peor guardado de los gobiernos tecnócratas: la operación administrativa siempre ha estado sujeta a intereses políticos discrecionales. Los cálculos, las previsiones, la eficiencia y el control de procesos son apenas la falaz prestidigitación que oculta las verdaderas pasiones del poder como el clientelismo, el influyentismo o el orden de los privilegiados.

Tal como se ha reconocido, la condonación de impuestos no es un delito, se encuentra en el marco legal fiscal bajo la premisa de recuperar a deudores históricos para “ponerlos al corriente” y, principalmente, para aquellas empresas cuyas cargas impositivas podrían afectar dinámicas con terceros proveedores, a sus trabajadores o a sus beneficios laborales.

Sin embargo, en todo este asunto hay que distinguir tres clases de contribuyentes beneficiados por la gracia institucional: Las compañías del Estado, las empresas de inversión privada y las personas físicas. Por supuesto, también vale una reflexión sobre aquellos que, esperando no ser evidenciados mediáticamente, interpusieron recursos legales contra la divulgación de sus identidades.

Vamos por partes. Según la información divulgada por Fundar, las compañías del Estado recibieron las condonaciones más voluminosas por parte del Sistema de Administración Tributaria. La Compañía Federal de Electricidad, por ejemplo, dejó de pagar más de 14 mil millones de pesos en impuestos en sexenio y medio. Es claro que estas condonaciones favorecen los balances financieros anuales y quizá -sólo quizá- habrían podido apoyar proyectos de reinversión para alcanzar servicios imprescindibles a barrios, pueblos y ciudades marginales.

Pero hay una trampa en ello: los recursos de una entidad productiva del Estado están fijados por el Presupuesto de Egresos de la Federación, el cual es aprobado por los representantes de la ciudadanía. Si la Secretaría de Hacienda, como instrumento del Poder Ejecutivo, condona los impuestos a las empresas del Estado, en el fondo “autoriza” discrecionalmente un presupuesto al margen del conocimiento de los legisladores y, por tanto, de la ciudadanía. Y, como vemos, no es un presupuesto despreciable.

En segundo lugar, están las personas físicas a las que se les perdonaron impuestos. En algunos casos, son condonaciones millonarias que ofenden infinitamente a todos aquellos contribuyentes que reciben políticas de terror cuando faltan -por ignorancia o desidia- a sus obligaciones fiscales.

No importa el mecanismo por el cual estas personas recibieron este privilegio; se trata en el fondo de una prerrogativa de muy difícil acceso para contribuyentes promedio. Y, como ha sido evidenciado, todo un sistema contable con el que la ingeniería fiscal indulta con desconocidos fines a muy particulares perfiles ciudadanos. Aquí no importan ideologías, filiaciones o fidelidades; los verdaderos ‘fifís’ (y no los pobres pretenciosos) han sabido usufructuar su relación con un poder corrupto y a forjar un cuestionable vínculo de complicidad.

Finalmente están las empresas particulares. Representan el más complejo de los casos. Sin duda tienen la obligación de pagar impuestos por sus actividades; mantener sanas relaciones con proveedores y clientes; y, de tenerlos, garantizar los plenos derechos laborales a sus empleados. Si estas empresas han tenido problemas con el fisco -evidentemente por pésimas prácticas en la gestión, ambición excesiva o indudables omisiones- es claro que deben hacerse responsables. En ese panorama sólo habría una buena razón para condonarles impuestos y esa sería custodiar el bienestar ulterior de los trabajadores y de sus familias.

Pero aun cuando estas empresas hayan estado en esa situación, sería pernicioso que la condonación de impuestos se vuelva una práctica recurrente o parte de una política de chantaje. Son extensamente conocidos los casos de administraciones que ‘regalan’ terrenos, derechos de uso de suelo o facilidades tributarias a empresas con ideas comerciales; y aunque fueran estas prácticas un incentivo para la creación de empleos o desarrollo, son también vías rápidas hacia la más nociva corrupción.

Por todo ello, la condonación de impuestos como un mecanismo discrecional que privilegia sólo a algunos contribuyentes es un verdadero ultraje a la nación. Es imponderable que, al menos en el caso de las empresas del Estado y las personas físicas, se cancelen absolutamente; y que, para las compañías privadas se exija una revisión pública y exhaustiva de la condonación traducida en beneficios directos a los trabajadores o a la obra social concreta y que no puedan acceder a tal mecanismo más de una vez cada diez años, por ejemplo. En conclusión: Sí, es imprescindible que la sociedad conozca los nombres, los montos y las razones por las cuales el Estado consideró más importante condonar que recaudar esos impuestos cuyo destino, idealmente, es el bienestar y el servicio a la población más necesitada.

@monroyfelipe

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Análisis y Opinión

Interpretaciones políticas al Papa

Felipe Monroy

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Debemos recordar que bastaron los dos primeros segundos del pontificado de Francisco para demostrar que su estilo y su particular método de transmitir las enseñanzas del Evangelio y de la Iglesia católica iban a provocar todo tipo de lecturas en el mundo menos una: la indiferente.

Sólo con esta certeza en mente es que se puede entender lo que sucede con su tercera y más provocadora encíclica papal ‘Fratelli tutti’ (Hermanos todos). En el texto, el Papa hace una feroz crítica a diferentes sistemas sociales, culturales, económicos y, principalmente, políticos contemporáneos que agreden y atentan permanentemente contra el ser humano, contra su naturaleza, su esencia, su dignidad y, sobre todo, contra su horizonte trascendente.

La dureza de sus palabras contra “el dogma de fe neoliberal” o el “insano populismo”, ha provocado airados comentarios de quienes justamente defienden o usufructúan algunos beneficios de ambos espectros. En algunos círculos, por ejemplo, se ha llamado ‘comunista’ al texto del Papa por insistir en el destino común de los bienes expresado con radicalidad por san Juan Cristóstomo (“No compartir con los pobres los propios bienes es robarles y quitarles la vida. No son nuestros los bienes que tenemos, sino suyos”) o san Gregorio Magno (“Cuando damos a los pobres las cosas indispensables no les damos nuestras cosas, sino que les devolvemos lo que es suyo”).

A quienes defienden el neoliberalismo como dogma, el Papa les reclama: “Se trata de un pensamiento pobre, repetitivo, que propone siempre las mismas recetas frente a cualquier desafío que se presente. El neoliberalismo se reproduce a sí mismo sin más, acudiendo al mágico derrame o goteo -sin nombrarlo- como único camino para resolver los problemas sociales. No se advierte que el supuesto derrame no resuelve la inequidad, que es fuente de nuevas formas de violencia que amenazan el tejido social”.

Y, del lado de los liderazgos populistas cerrados -como los llama Francisco-, su vergonzoso silencio ante las reflexiones del Papa refleja justo la cerrazón, el endiosamiento, la arrogancia y la vanidad en la que viven los caudillos del populismo: “Hay líderes populares capaces de interpretar el sentir de un pueblo… el servicio que prestan puede ser la base para un proyecto duradero de transformación… pero deriva en insano populismo cuando se convierte en la habilidad de alguien para cautivar en orden a instrumentalizar políticamente la cultura del pueblo, con cualquier signo ideológico, al servicio de su proyecto personal y de su perpetuación en el poder. Otras veces busca sumar popularidad exacerbando las inclinaciones más bajas y egoístas de algunos sectores de la población”.

Esta tensión expresada con claridad por Francisco pudo corroborarse gracias al panel de reflexión sobre ‘Fratelli tutti’ organizado por la Conferencia del Episcopado Mexicano el 14 de octubre. En el panel participaron políticos aparentemente ubicados en las antípodas del espectro ideológico pero cuyas reflexiones revelan con claridad la defensa a ultranza de sus visiones sin la capacidad de escuchar al otro, que es por cierto el centro de toda la encíclica del pontífice.

Para unos, la incapacidad de reconocer la terrible apuesta hecha por un neoliberalismo dogmático y radical que profundiza las brechas sociales a niveles ignominiosos; para otros, la inexplicable adoración a un estilo político cuyos gestos se acercan riesgosamente al populismo insano.
Sin embargo, la encíclica no se queda en un lamento ni en una mera provocación; Francisco propone la fraternidad como un primer e indispensable paso de mutuo reconocimiento para emprender caminos de perdón, reconciliación, desarrollo y bien común. La propuesta está conectada con su primera encíclica ‘Lumen fidei’ (en donde también se reconoce mucho del pensamiento del papa emérito Benedicto XVI): La búsqueda de “la verdad grande, la verdad que explica la vida personal y social en su conjunto” es la expresión de la fe que ilumina la historia, la realidad y el futuro.

Y esa verdad es el amor. Mencionada 65 ocasiones en la encíclica, Francisco aporta esta lectura: “El amor al otro por ser quien es, nos mueve a buscar lo mejor para su vida. Sólo en el cultivo de esta forma de relacionarnos haremos posibles la amistad social que no excluye a nadie y la fraternidad abierta a todos”.

El amor para francisco es origen y destino, pero también camino y programa. Y sin esa mirada, todas las interpretaciones políticas sobre la encíclica del pontífice pecan de parcialidad. ‘Fratelli tutti’ es una encíclica orientada radicalmente hacia una conversión política (el Papa enuncia 110 veces la palabra ‘política’) iluminada por el Evangelio. Una conversión para evitar la indiferencia y para recordar que se puede dar buen ejemplo como actor político en un mundo que demanda más fraternidad que ideologías.

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

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Análisis y Opinión

Antes de cambiarlo, asegúrate de que se ejecuta bien

Gerardo Medina Romero

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El Mundo Interno de las Organizaciones

Un error muy común en muchas empresas es rediseñar o modificar algo de su modelo de trabajo tratando así de resolver alguna problemática que se presenta. No importa si estamos hablando solo de cambiar una política o el proceso completo e incluso si realizan un ajuste en la estructura organizacional o deciden cambiar alguna de las herramientas tecnológicas que manejan, pareciera que en automático se emite hacia el modelo de trabajo el veredicto de culpable y se le condena a ser rediseñado o substituido, sin antes haber hecho un juicio justo para conocer la razón real de que las cosas no salgan como la organización espera.

Lamentablemente muchos procesos, estructuras organizacionales y soluciones tecnológicas han sido cambiadas inútilmente a lo largo de los años, ocasionando a las organizaciones pérdidas importantes de dinero, tiempo y esfuerzo, ya sea porque tiraron una inversión a la basura o porque invirtieron innecesariamente, ya que la causa real no estaba en el diseño sino en la ejecución.

Cuando se diseña un proceso, se definen las actividades que se deben realizar y quiénes son los responsables de hacerlas. También se define la manera en que deben ser realizadas y los equipos o herramientas que deben utilizarse. El diseño debe especificar perfectamente la manera de trabajar. Cuando el resultado no es el esperado, antes de pensar en contratar a un consultor experto para que venga a rediseñar el proceso o a cambiar las herramientas tecnológicas, las organizaciones deberían de revisar antes si los procesos se están ejecutando tal y como fueron diseñados originalmente.

En mi experiencia, la gran mayoría de las veces, las organizaciones terminarían dándose cuenta de que los procesos no son ejecutados de manera adecuada, es decir, las actividades que están definidas no se hacen del todo o algunas se ejecutan pero de manera distinta o son ejecutadas por puestos o personas que no son las que en el diseño se definieron. Muchas veces las personas que ejecutan las actividades no cuentan con el perfil adecuado y por ello los procesos terminan arrojando resultados poco adecuados o se generan problemas en la operación.

En estas circunstancias, pretender cambiar los procesos, la estructura o las herramientas que se utilizan para operarlo no resolverá la problemática porque el problema no está en la manera en que está diseñado, sino en la manera en que se ejecuta o, a veces, en la manera en que no se ejecuta.

Para darse cuenta si el problema se genera por un tema de diseño o de ejecución, lo primero que debe hacer una organización es lograr una disciplina operativa que le genere indicadores de que los modelos de trabajo se cumplen tal y como fueron definidos. Deben medir que las actividades se realizan tal y como dice el diseño del proceso, que las políticas se respetan, que los puestos ejecutan sus responsabilidades tal y como está definido y que los sistemas se utilizan adecuadamente.

Si al verificar esto, los resultados no son los adecuados, entonces sí, el problema es el diseño y se deberá trabajar en un rediseño del proceso incluyendo roles, responsabilidades y herramientas tecnológicas utilizadas; pero si al hacer la verificación, lo primero que se identifica es que el proceso o modelo de trabajo no se respetan, entonces antes de invertir recursos en el rediseño del modelo, las organizaciones deberán invertir en asegurar la ejecución bajo el modelo actual.

Las causas de la falta de cumplimiento pueden estar relacionadas con el desconocimiento del personal sobre la manera oficial de ejecutar el trabajo (comunicación), relacionado al perfil del personal (no tienen las competencias necesarias) o finalmente, a un tema de actitud que se deberá resolver a través de otros mecanismos (evaluación del desempeño, incentivos, sistemas de consecuencias).

Hacer un diagnóstico de ejecución y corregirlo es mucho más rápido y barato que pensar en hacer un proyecto de transformación que requiera un rediseño de procesos, cambios en las estructuras y nuevas herramientas tecnológicas.

En mi opinión, si las organizaciones hicieran ese ejercicio, estoy seguro de que muchos proyectos de reingenierías, reestructuras o implementación de soluciones tecnológicas no existirían, y las organizaciones ahorrarían muchísimo tiempo, dinero y esfuerzo en tratar de implementar esas nuevas formas de trabajo cuando quizá, la forma de trabajo que habían definido originalmente sea precisamente la más adecuada. ¡Claro!, siempre y cuando, fueran capaces de ejecutarla.

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