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Opinión

Coronavirus y humanitarismo

Felipe Monroy

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Convivimos mal con las enfermedades. Cuando estamos moderadamente sanos no sólo no recordamos lo mal que nos ponen, también solemos olvidar que quienes las padecen requieren comprensión además de asistencia médica. Si esto ocurre con males conocidos, cuando nos aparece un patógeno nuevo y desconocido se nos acaba la indiferencia y solemos ponernos a la defensiva. Es comprensible.

La llegada del Coronavirus COVID-19 a la humanidad nos pone a prueba en nuestra ciencia, en nuestro entendimiento y en la organización que como sociedades hemos construido para atender a los enfermos y para reducir el índice de contagios. Pero también pone a prueba nuestra capacidad humana de comprensión, de otredad, de sacrificio y de compasión.

Hemos seguido el desarrollo de la trasmisión epidémica del COVID-19 prácticamente cada día y desde cada rincón del planeta. Cada jornada, los medios de comunicación actualizan la información de contagios como si dieran un reporte meteorológico; y en las localidades donde ya se ha confirmado la presencia del virus, cada historia de los pacientes se exprime con sórdidos detalles.

Los modelos epidemiológicos actuales nos preparan frente a lo que probabilística y estadísticamente sucederá en los próximos meses: tendremos que convivir con esta enfermedad. Tenemos que apoyar con recursos -y paciencia- todos los esfuerzos que la investigación médica pueda hacer para encontrar los mecanismos de prevención, reducción del índice de contagio y recuperación de personas enfermas; pero también nos debemos preparar anímica y emocionalmente para lo que indefectiblemente es y será el sufrimiento de mucha gente.

El COVID-19, como ya lo han hecho otros agentes patógenos en el pasado, ha detonado reacciones muy negativas a lo largo del orbe: miedo, discriminación, desconfianza, autopreservación y abuso. Es cierto que las autoridades civiles, auxiliadas por sus agentes del orden -ejército y policía- están obligadas a imponer un orden marcial en los espacios y localidades donde se han confirmado los contagios con el único interés de reducir el índice de transmisión; y es cierto que, el aislamiento de los infectados es de las mejores medidas de contención epidémica.

Y, sin embargo, por más duras y restrictivas que deben ser, las medidas de contención no deben arrancar la dignidad humana de los enfermos, infectados o sospechosos de contagio. De hecho y, muy especialmente en el caso del COVID-19 por la casi imperiosa necesidad de hospitalización de infectados, el reto mayúsculo para quienes no son investigadores biomédicos o agentes del orden, tiene que ver con los actos de humanitarismo, compasión y solidaridad ante la epidemia.

Es decir, a la par de preguntarnos cómo reaccionarán los servicios médicos de urgencia o de unidades de cuidados intensivos y cómo se operarán las autoridades del orden para mantener los cercos epidemiológicos en nuestro país; también es importante preguntarnos cómo actuará la población, los medios de comunicación, las empresas y negocios, los centros educativos y todas las estructuras intermedias de la sociedad. Por desgracia es previsible -basados en la experiencia- que el mercado de antisépticos y mecanismos de profilaxis (geles antibacteriales, cubrebocas, sanitizantes, desinfectantes, etcétera) se aproveche de la situación; que los medios de comunicación quiebren la línea ética y la responsabilidad social para mantener audiencias; que la población caiga en pánico y que el pánico sea utilizado por agendas políticas o ideológicas.

Ojalá me equivoque y que, para desarmar a los cultivadores del género apocalíptico, reconozcamos a quienes hoy hacen todo lo posible para entender cómo será la convivencia de la humanidad con este y otros virus. Que vivimos en permanente zozobra, es un hecho; que aún en ello siempre hay quienes se enfrentan a los infortunios que merodean por todas las esquinas del siglo, es una ventaja de la humanidad en la que vale la pena confiar.

*Director VCN @monroyfelipe

La opinión emitida en este artículo es responsabilidad del autor y no necesariamente refleja la postura de Siete24.mx

ebv

Felipe Monroy

Felipe Arizmendi, el cardenal constructor de puentes

Felipe Monroy

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La sorpresiva nominación del obispo mexicano, Felipe Arizmendi Esquivel, como cardenal de la Iglesia católica universal refleja esencialmente el reconocimiento del papa Francisco a este pastor cuyo servicio episcopal ha construido verdaderos puentes en la Iglesia del continente americano principalmente en dos rubros: la promoción de la liturgia indígena junto al reconocimiento de la riqueza socio religiosa de los pueblos originarios; y, la apertura al diálogo cultural entre la fe y la razón a través del verdadero sustrato de los medios de comunicación: la palabra escrita.


Arizmendi fue consagrado obispo para dos diócesis chiapanecas: Tapachula, en 1991 tras la prematura muerte del obispo Luis Manuel Cantón Marín; y San Cristóbal de las Casas (antigua Ciudad Real de Chiapas) en el año 2000 para suceder al legendario tatic obispo Samuel Ruiz García, el histórico defensor de los derechos de los indígenas en el sureste mexicano quien gobernó la diócesis durante más de 40 años.


Felipe Arizmendi llegó a pastorear la polémica diócesis de San Cristóbal en medio de un hervidero político, social y eclesial. México vivía la campaña presidencial que acabaría con más de 70 años de sucesión hegemónica e ininterrumpida del Partido Revolucionario Institucional en el poder; la sociedad mexicana entraba en un nuevo milenio global de la mano de la tecnología que hoy domina la cultura (motores de búsqueda, redes sociales, navegación gps, servicios streaming por internet, la nube, etc.); y, la cada vez más deteriorada salud del papa san Juan Pablo II, moldeaba una Curia romana que miraba con desconfianza las periferias eclesiales, especialmente las diócesis marginales con comunidades indígenas, al punto de haber prohibido al obispo Arizmendi la ordenación de diáconos permanentes por el mero temor de que se estuviera ‘abriendo la posibilidad’ de ordenar presbíteros indígenas casados.


Como pastor, Arizmendi debió primero ganarse la confianza de las comunidades católicas en San Cristóbal de las Casas largamente acostumbradas a Ruiz García; en toda la demarcación, prácticamente no había presbítero que no hubiera sido ordenado por aquel, ni misionero, religiosa o laico que no hubiera sido recibido o colaborado con tatic Samuel. Y, al mismo tiempo, también tuvo que promover la unidad de la diócesis con las instituciones eclesiásticas nacionales, latinoamericanas y vaticanas.


Aquel fue el primer puente construido por el hoy cardenal electo: entre la muchas veces rígida e inexpugnable institucionalidad católica y la poliédrica realidad de las comunidades creyentes. Arizmendi apostó por seguir los cauces institucionales que concretaran el encuentro entre la cultura indígena y la Iglesia católica. Entre los frutos de ese encuentro están: la autorización de la Santa Sede para la traducción oficial de los recursos litúrgicos y la formal celebración de la Misa en lengua náhuatl; el trabajo conjunto de la Conferencia del Episcopado Mexicano para la traducción de la Biblia católica al tzotzil de Zinacantán.


Y dos gestos que también simbolizan el éxito de ese puente: la visita del papa Francisco a la tumba de don Samuel Ruíz y el levantamiento de la prohibición del Vaticano en la ordenación de diáconos permanentes en la diócesis de San Cristóbal.


El segundo puente que el obispo Arizmendi ha ayudado a levantar es el del diálogo cultural. Para el obispo es claro que la Iglesia católica tiene en abundancia doctrina, magisterio, tradición y riqueza cultural que deben tener un espacio en el plural diálogo contemporáneo. Este nuevo cardenal ha bajado del púlpito y de la cátedra para escribir con la humildad del periodista, cuya sola disciplina y compromiso hace llegar un artículo semanal de interés social prácticamente a todos los rincones de México y América Latina. Su método de escritura es, además, el que ha colocado a la Iglesia latinoamericana en el concierto católico universal: Ver-Juzgar-Actuar.


Arizmendi se da la oportunidad de mirar la realidad y, sin prejuicios, la nombra y describe; después explora en las fecundas venas de las Sagradas Escrituras, el Magisterio Eclesial y la Tradición de la Iglesia, las enseñanzas que ayudan al lector a discernir con justicia, verdad y caridad; finalmente hace una propuesta que busca enfrentar los desafíos previstos o fortalecer las bondades que aún no se agotan en el ser humano.


En conclusión, con la creación de Felipe Arizmendi como cardenal, el papa Francisco hace un decidido reconocimiento a un estilo episcopal que se atreve a levantar puentes de ida y vuelta entre la Iglesia, la sociedad y la cultura. Un nombramiento que también, no podemos omitirlo, evidencia la distancia que el pontífice argentino tiene con el obsoleto estilo de pastores que, desde la cátedra homilética tradicional, sólo repiten ideas sobre la ‘Iglesia en salida’ mientras siguen protegiendo, tras el encierro y los muros del secretismo anacrónico, las mistéricas dinámicas eclesiásticas institucionales; que no promueven diálogo con los medios de comunicación, los sectores populares, la sociedad civil, las otras religiones o las comunidades reales a ras de suelo; en fin, que no son en realidad ‘cardinis’ -bisagras, en el sentido etimológico- entre la Iglesia del siglo XXI y la civilización misma.

*Analista de asuntos religiosos. Director VCNoticias.com


@monroyfelipe

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Gerardo Medina Romero

¿Sabemos realmente hacer un análisis FODA?

Gerardo Medina Romero

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El Mundo Interno de las Organizaciones

Nos encontramos en una época en la que muchas organizaciones comienzan sus procesos de planeación estratégica para el siguiente año. Aún y cuando el 2020  ha sido un año por demás complicado e inesperado en muchos aspectos, las organizaciones sin importar su tamaño, deben comenzar a analizar cuáles son las secuelas que les ha traído en términos de fortalezas y debilidades, con el objetivo de identificar en el entorno algo que pudiera representar oportunidades o amenazas y con base en ello plantear las estrategias pertinentes.

En mi experiencia, algunas organizaciones no saben la manera adecuada de realizar un proceso de planeación estratégica, el cual debe partir por lo que se denomina un análisis FODA (Fortalezas, Oportunidades, Debilidades, Amenazas) y el orden de ese acrónimo, no es simplemente para que se pueda leer fácilmente, sino porque el orden determina perfectamente la relación que existe entre estos cuatro conceptos.

Para empezar, los conceptos se relacionan por pares en la que uno no existe sin el otro, es decir, no existen las fortalezas de una organización si no es que se relacionan con alguna oportunidad del exterior así como tampoco existen las debilidades si no se relacionan con una amenaza en particular. Mientras no se relacionen entre sí, lo único que existe en una organización son características y lo único que existe en el entorno son condiciones. Ni buenas, ni malas, simplemente características particulares que tiene cada organización, y condiciones en el entorno que son iguales para todos.

En mi opinión, las organizaciones no tienen fortalezas o debilidades, simplemente tienen características. Se convierten en fortalezas o debilidades en el momento que se relaciona con una condición del entorno. Si el resultado de esa relación puede ser favorable para la organización entonces la característica de la organización se convierte en fortaleza y la condición del entorno se convierte en oportunidad, pero si el resultado de esa relación representa un riesgo, entonces la característica se convierte en una debilidad y la condición del entorno en una amenaza.

En un ejemplo simple, el hecho de que una empresa obtenga su materia prima del extranjero es simplemente una característica. Esta se puede convertir en una fortaleza o en una debilidad con base en la condición del entorno. Si hay una devaluación de la moneda local, automáticamente esa característica se convertirá en una debilidad y la devaluación en una amenaza ya que los costos se incrementarán, pero si en lugar de una devaluación la moneda local se apreciara en el mercado, la misma característica sería ahora una fortaleza pues reduciría sus costos.

Por esta razón, un buen proceso de planeación estratégica debería incluir en mi experiencia una visibilidad clara de la empresa, a partir del uso de datos, indicadores y métricas de desempeño que le permitan a los directivos entender las características reales de sus empresas en este momento.  Así mismo, es necesario un buen análisis del entorno, de la evolución en las necesidades de los clientes y consumidores, conocimiento de la competencia y de los factores sociales, políticos, ambientales, económicos y tecnológicos que pueden influir el mercado para entender las condiciones que se presentarán para los siguientes meses.

Pero lo más importante de todo, es poder hacer la relación entre características internas y condiciones externas y encontrar las relaciones Fortaleza-Oportunidad, Debilidad-Amenaza.

Una buena planeación no es irse un fin de semana para que el equipo directivo se ponga creativo o se siente a negociar, a partir de los intereses de cada área en particular, cómo se repartirán el presupuesto. Una buena planeación requiere un buen trabajo de análisis de las características internas de la organización y una buena lectura de las condiciones del mercado, para seleccionar las parejas de Fortalezas-Oportunidades / Debilidades-Amenazas sobre las que resulte mas conveniente establecer objetivos de negocio para el siguiente año.

Para ello hay que hacer la tarea: reunir datos e información tanto interna como externa, investigar, analizar, discutir, anticipar y proyectar posibles escenarios. La organización ha cambiado en los últimos meses más que en los últimos 3 años, el mundo, el entorno y las necesidades de los clientes igual.

Este es el momento de planear adecuadamente, definir prioridades y tomar acciones de cómo será el 2021 para nuestras empresas, antes de que sea el propio 2021 el que lo decida por nosotros.

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