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Análisis y Opinión

#CorteAbortoNo

Columna Invitada

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Por Pablo Mier y Terán

Atravesamos uno de los momentos más duros del México moderno por el incremento de muertes en el país. A la Pandemia que ha cobrado más de 40 mil vidas en 4 meses, hay que sumar, solo por citar algunos datos, la hasta ahora imparable cifra de muertos por violencia, casi 3 mil homicidios por mes.

Así las cosas, no entendemos cómo un ministro de la Suprema corte de Justicia de la Nación, de apellido González Alcántara Carrancá, en un proyecto de resolución, plagado de errores jurídicos, pide abrir la puerta al aborto en el país, generando así más violencia, más muertes, más sangre.  

Una vez más se estaría legislando contra la naturaleza humana y contra la gente. En innumerables ocasiones vía encuesta o sondeos de opinión, los mexicanos han expresado -estado por estado y a nivel nacional- su rechazo a aborto.

Resulta contradictorio que en un régimen político como el actual, donde se pide una y otra vez escuchar al pueblo, un ministro retuerza la ley y con retruécanos jurídicos pretenda convencer a los demás ministros a dar rienda suelta al aborto en México.

Vamos a ser realistas. El aborto no resuelve los problemas reales que enfrenta la mujer en México y los riesgos de salud y abandono a los que está expuesta; proponer el aborto es igual a claudicar o declararse fracaso, incapaz de aplicar políticas certeras y comprometidas con la mujer, con la vida y con el país mismo. 

¿Qué sabe el señor ministro de derechos de la mujer cuando sin más le cercena el primero de ellos que es la vida, desde la frialdad de un escritorio?

Será acaso que en su confusión Alcántara Carrancá mira hacia Bucareli que hacia la mujer y las leyes y tratados que protegen su vida. 

Quizá el ministro turbado no llega a entender que el aborto responde más a un modelo colonizador promovido por fondos y fundaciones transacionales, de esos que la 4T aborrece, que a una necesidad real de la mujer mexicana. Sin duda @M_OlgaSCordero se lo podrá explicar mejor.

Nos quedamos con la postura de @lopezobrador_ que, de entrada, no da cabida a proyectos colonizadores y ha protegido durante todas sus gestiones, primero como jefe de gobierno de la CDMX y luego como presidente, la vida desde su inició en el vientre materno.

La mujer con un embarazo no deseado debe ser acompañada y protegida no solo por la sociedad civil sino por el estado, que inexplicablemente solo la sabe acompañar con el violento acto del aborto.

Finalmente, afirmar que el mundo más moderno no cree en el aborto, lo ve como un acto del pasado, tan vergonzoso como fue hace tiempo la esclavitud.

Análisis y Opinión

Manifestaciones frenasténicas

Felipe Monroy

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Puede que el Frente Nacional Anti-AMLO (FRENAAA) cuente con la legitimidad y el derecho de la manifestación ciudadana contra las autoridades, un valor imprescindible en la búsqueda democrática del país; sin embargo, todo parece indicar que carece de las características imprescindibles para considerarse un movimiento martirial -o siquiera coherente- como lo pretenden vender a la prensa y a sus seguidores.

Por el contrario, la historia mexicana guarda muchos ejemplos -quizá demasiados- de heroicas resistencias contra el abuso del poder. Se trató de pueblos, comunidades o personas en lo individual que, tras un largo y pesado historial de sometimiento, comprenden con pesar la arrogancia y la responsabilidad de sentirse libres y se rebelan contra las reglas que los ha tenido en situaciones infrahumanas.

En cada caso, los detentadores del efímero mando de las fuerzas del orden buscaron reprimirlos, acallar sus voces, minimizar sus luchas y hasta aniquilarlos creyendo sólo haber hecho su trabajo, lo mínimo para mantener la paz y el statu quo. A veces, vaya paradoja, los detentadores del poder confiesan haber sometido o abatido “a los rebeldes” en defensa propia.

La Rebelión de Tomochic a finales del siglo XIX es uno de estos casos. En la historia de este conflicto se nota la ofensiva inicial, constante y permanente del Estado y los poderes fácticos del porfiriato contra la autonomía de los pueblos tarahumaras. Primero hubo una imposición autoritaria de un poder no respaldado por la gente; dicha autoridad promovió la institucional defensa de los privilegios de la oligarquía y los caciques; después se persiguió sistemáticamente a los inconformes; más adelante se reprimió una opción socio-religiosa que congregaba a los disidentes; y, finalmente, se usó el ancho brazo militar para exterminar a todo un pueblo en resistencia.

El autoritarismo no conoce límites ni vergüenza. De la rebelión de Tomochic se dice que el general Rangel mantuvo la ofensiva militar hasta masacrar al último rebelde; aunque también son famosas las palabras del líder de la rebelión, Cruz Chávez, antes de morir malherido por la escaramuza: “Nací para morir y no para rendirme. El culpable puede rendirse y pedir perdón; el inocente no”. Es decir, hay también cierta indignación radical que no encuentra satisfacción sino en la frontera del triunfo total o del martirio renaciente.

No hay nada de esto en la oposición política que proponen estos malquerientes del gobierno federal. No hay padecimientos ni sufrimientos que conmuevan a los humildes ni hay abusos manifiestos por parte del poder en turno; lo evidente es una posición de privilegio que defiende sus propios fueros, un vociferador de absolutos desde un lejano podio virtual y suficientes recursos económicos para emular una manifestación tan vacía de ideas como de adherentes. Hay, además, un elemento pararreligioso que se identifica ‘neocristero’ y que adereza amargamente el escenario del que hablaré en otra oportunidad.

En el fondo, FRENAAA apenas proporciona la excusa perfecta para que las más diversas manifestaciones oligofrénicas encuentren lo único que siempre buscaron: ostentarse.

No están allí, sin embargo, las verdaderas historias de resistencia social y política contra la denominada Cuarta Transformación, contra algunos rasgos de su silenciosa militarización de la vida pública o contra el control partidista hegemónico de la administración gubernamental. Estas historias -nos enseña con tristeza la experiencia- no las conoceremos a detalle sino hasta que el sacrificio sea más sonoro que la voz de todos los voceros del régimen.

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

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Análisis y Opinión

Gobernar la incertidumbre

Felipe Monroy

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Vivimos tiempos raros. Hasta antes de la pandemia, no había espacio público en el que no se abordara la crisis ecológica. Las campañas contra los popotes y las bolsas plásticas se globalizaron al punto de que no pocas naciones modificaron sus leyes para evitar la contaminación por proliferación de estos polímeros; las tensiones geopolíticas se enrarecían debido a las responsabilidades que cada nación asumía por las emisiones de carbono de sus actividades industriales. Pero llegó el coronavirus y todo eso pasó a ser secundario.

Hoy hay un exceso de mascarillas y caretas plásticas (por cierto, de los mismos polímeros antes satanizados) que tapizan la piel del planeta sin que ningún colectivo ambientalista comente algo; además, la mayoría de los planes de reactivación económica de las naciones propone acelerar sin ningún miramiento la intensa industria contaminante para salir de la crisis global. Lo inmediato se tornó urgente; lo urgente, indispensable y el resto, prescindible. La política halló, sin buscar, su mejor aliada: la simplificación de lo perentorio; y, en un escenario dominado por la anomalía, una golondrina sí hace verano.

“Basta consolar a los desconsolados, contentar a los descontentos, castigar a los malos y premiar a los buenos. Cualquier gobernante que quiera gozar de la felicidad en la tierra y la gloria de la historia debe procurar tranquilidad y prosperidad a sus ciudadanos”. Palabras más o palabras menos, este es el corazón de la formación política clásica. Sin embargo, con la modernización de los estados, cada una de estas ideas ha logrado desprender algún constructo formal o institucional: leyes, normas, fuerza pública, procuración de justicia, administración de bienes, recaudación de impuestos, condecoraciones, concesiones, prebendas y privilegios. Lo simple se tornó complejo; hasta ahora.

En un contexto anómalo (y la pandemia nos ha confirmado esta realidad), es necesaria la gobernabilidad de las cosas raras, administrar lo inusual, servir entre lo extraño, lo atípico. Lo verdaderamente incierto, producto de contingencia, no es que lo simple se vuelva complejo, sino que lo simple resulte más simple y lo complejo, aún más simple.

La administración de la contingencia plantea que no existe un ‘modo ideal’ de organización, que más bien sólo existen aproximaciones de administración que dependan del tipo de tarea como de las condiciones en las que se desarrolla. La complejidad del escenario traído por la pandemia es que parece haber sólo una tarea, sobrevivir, y una condición, la adversidad. Los gobernantes, con aparatos enormes e hiper especializados de gobernabilidad parecen entonces usar un cañón para matar a una mosca o, peor, diez millones de globos de fiesta para derruir un edificio. No existe manera en que se satisfaga la urgencia ni liderazgo que logre mantener la confianza.

Según la tradición judeocristiana, hay tres categorías de liderazgo para situaciones según la complejidad del escenario. Cuando las cosas están claras, la mejor figura es el rey; porque es un administrador y un gobernante, erige las estructuras, se enfoca en los resultados y en los procesos. Cuando la situación se enturbia, mientras hay incertidumbre y duda, el sacerdote es la figura de comprensión, compasión y servicio que se inclina por entender y atender las relaciones entre las personas. Sin embargo, cuando los tiempos son oscuros, cuando nada parece estar en su lugar, el único liderazgo que descuella es el profeta. Desde el más despreciado de los rincones, el profeta guía bajo una radical certeza: la conversión, el cambio de comportamiento; es la anagnórisis personal la que transformará finalmente el contexto.

La simplificación de lo urgente, de lo indispensable, no lo hace -sin embargo- asequible. De hecho, lo torna casi inasible. En este modo anómalo no se busca ‘reducir cierto porcentaje en el índice de crímenes’ sino ‘obtener la paz’. Y, ‘la paz’ es más simple, pero resulta casi etérea. Así sucede con otras simplificaciones: la honestidad, el bien común, la primacía del necesitado, la salud, el servicio, la justa retribución, el bienestar.

Así que hoy pueden volver todos los popotes y bolsas plásticas; mientras la urgencia pandémica sea prioridad, los líderes buscarán ganar siquiera uno de sus desafíos, porque un triunfo sería todos los triunfos y entonces el mundo contemplaría que se acerca el verano.

LEE Víctimas, próceres de una nueva cultura

Director VCNoticias.com

@monroyfelipe

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