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Opinión

Crisis periodística (2)

Felipe Monroy

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Primero la anécdota. En 2014, tras mucha insistencia de mi parte, logré una cita con el secretario de Estado del Vaticano, el cardenal Pietro Parolin. Hasta ese momento, el más importante colaborador de la Santa Sede no había atendido ninguna entrevista ni había dado perspectiva sobre sus principales intereses en el cargo. Para la reunión se especificó que no se trataba de una entrevista, pero se abrió la posibilidad de que el equipo de noticias realizara alguna poco más adelante.

Al concluir el encuentro le pedí al cardenal que su asistente nos tomara una fotografía y dije una frase de la que me arrepentí de inmediato: “Nadie me va a creer que vine hasta la Terza Loggia el Palazzo Apostolico a platicar con el secretario del estado Vaticano”. Y Parolin me espetó una tremenda lección: “Para ser periodista, debe usted ganar más credibilidad”.

Decidí, por supuesto, no publicar la fotografía y depositar mi sola narración de aquel encuentro en la generosa confianza que los lectores quisieran darme.

De eso trata esta crisis periodística: credibilidad. Hay un fenómeno creciente de descrédito de los medios de comunicación y sus periodistas. Y el tema no es menor.

La semana pasada se divulgó una lista de empresas y periodistas que han recibido dinero por parte del gobierno federal mexicano. De inmediato se crucificó a los profesionales de la información y en parte es nuestra culpa; no hemos ayudado lo suficiente a la sociedad a hacerse las preguntas correctas -ni los hemos acompañado- cuando desde el poder se difunde una idea ambigua o malintencionadamente confusa.

Ante aquella información debimos ayudar a clarificar legítimas inquietudes: ¿Basta esa lista para verificar que fueron los periodistas los que recibieron directamente este dinero para favorecer a un grupo de poder? ¿O apenas son datos que nos muestran cómo empresas de comunicación privadas cobraron de manera legal y formal contratos de publicidad de las actividades de entidades del gobierno? ¿Esto último será válido, está claramente regulado o en qué condiciones puede afectar al libre ejercicio periodístico? ¿Cuáles son las fronteras entre la prestación de un servicio profesional y la complicidad utilitaria entre prensa y gobierno?

Sin embargo, algunos de los personajes en la famosa lista prefirieron defenderse antes de ayudar a sus audiencias a preguntarse y entender lo que está sucediendo. Cómo no vamos a adolecer de credibilidad si no miramos más allá de nuestros intereses. Esto nos lleva a la verdadera pregunta que debemos hacernos los periodistas: ¿Qué tipo de profesionales somos para las necesidades de comunicación e información de la sociedad? ¿Qué queremos de usted y de las autoridades para ejercer con libertad y compromiso social nuestra labor y nuestra pasión? ¿Qué tipo de credibilidad hemos construido con nuestras audiencias por la manera como nos desenvolvemos ante el poder o por el profesionalismo con el que hacemos nuestro servicio? ¿Qué ha fallado hasta ahora en el modelo de empresas de información que sugiere o parece indicar a nuestros lectores que los contratos de publicidad o servicios profesionales acallan o censuran nuestras opiniones, las investigaciones o la manera en cómo la información tiene que llegar a la sociedad?

La tarea para los periodistas no ha cambiado: hacernos indispensables para la sociedad. Indispensables por mantenerla informada, por ayudarla a comprender fenómenos complejos, por desvelar los excesos del poder y las omisiones con los desfavorecidos, por ayudar a mirar los rincones oscuros y por tender puentes entre la ciudadanía y las instituciones. En fin, por asumir la responsabilidad al ejercer este complejo servicio de búsqueda, de diálogo y transmisión de la verdad.

Lo he escrito en otras ocasiones: los periodistas podemos ofrecer una mirada apasionada por el hombre, por su cultura y por su trascendencia; y, al mismo tiempo, desapasionarnos de los poderes temporales, de las jerarquías efímeras y de las tiranías de lo inmediato. La identidad institucional es mutable, evoluciona, porque los intereses de los personajes y grupos que la conforman no coinciden, porque las instituciones humanas siempre estarán sujetas a jerarquías inestables.

Por el contrario, la identidad del periodista resplandece al nombrar y actualizar el inmarcesible andar de sí mismo y de sus contemporáneos a través de las largas penumbras de la sociedad, de testimoniar la realidad con noble duda porque el periodismo se hace siempre sobre lo incógnito, manteniendo vivo el asombro a cada paso y, sobre todo, compartiendo la confianza de que nunca nadie camina en la absoluta oscuridad.

@monroyfelipe

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Columna Invitada

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Por Ana Lucía Herrera Navarro

Cada quien ve el mundo de una manera diferente, desde el ángulo que nos toca. Por lo tanto al momento de ejercer una opinión, una idea, juicio o concepto sobre algún tema, es imposible que todos vayamos a coincidir. 

Esto es la belleza de la diversidad y de la oportunidad de compartir y escuchar diferentes opiniones. 

Las redes sociales nos han dado la oportunidad de escuchar no solo a la gente que tenemos cerca, sino de comprender diferentes puntos de vista de la gente que vive en una situación completamente diferente a la nuestra. 

Es así que, al formar parte del equipo de colaboradores de este medio, creo indispensable contestar cuatro preguntas clave: ¿Quién soy? ¿En qué creo? ¿Qué aporto social y profesionalmente? y ¿Qué puedes esperar de mí con mis textos?

Soy Ana Lucía Herrera Navarro, tengo 29 años y soy originaria del norte de Coahuila. Soy comunicóloga de profesión, o de título porque en la vida uno aprende a ser de todo. Actualmente tengo una agencia de comunicación digital, soy emprendedora. 

Los que han estado en esta posición entienden que para cuando acuerdas, ya cubriste el puesto de contador, recursos humanos, psicólogo, diseñador, community Manager, vendedor, entre otros. Previo a dedicarme a esto fui ‘godín’ y freelance, y he trabajado en lo público y en lo privado. 

No tengo preferencia por algún perfil mientras haga lo que me apasiona, pero admito que amo la libertad de trabajar desde donde yo quiera. 

Soy católica activa, si algún nombre debo ponerle. No juego con la religión a lo que me convenga, tengo muy claro en lo que creo: en una relación personal y fortalecida con Dios en donde puedo discernir entre el bien y el mal bajo una base moral y ética, con una consciencia limpia y siempre a través de una genuina guía espiritual que alimento todos los días.

Mi ideología política es la que no quisiera encasillar. Creo que para ser un buen gobernante debes ser una buena persona, justa, pensante, con una real vocación para servir, informada, crítica, humilde, persistente y con capacidad de tomar decisiones bajo presión. 

Podré ser tachada de ingenua pero una línea ideológica estricta jamás va a definir a una persona.

Llegué a pensar, como muchos, que las opiniones se dividen, que siempre hay un sí y un no, que estás de un lado o de otro, que todo debe ser o blanco o negro. 

Hoy sé que durante muchos años somos programados para actuar sin pensar, y que a partir de cierta edad es necesario tomar decisiones en donde es difícil mezclar lo que nos inculcan con lo que realmente creemos.

Y entre más decidimos, entre más experimentamos, entre más vemos, entre más vivimos, entre más leemos, hacemos un criterio propio que se construye y se modifica constantemente desde el punto personal, profesional, espiritual, ideológico y que al compartirlo con los demás no es necesario esperar aceptación o respaldo, si no tener la satisfacción de presentar nuestra perspectiva que ayude a otras perspectivas en construcción. 

Y así, a partir de hoy les estaré compartiendo mi perspectiva, desde mi situación actual y en constante optimización, con todo lo que sé, creo y he vivido pero ante todo, a partir de hoy les comparto mi opinión con responsabilidad y respeto. Bienvenidos.

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Análisis y Opinión

Alerta máxima

Agustín Guerrero

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Hoy nos aislamos,
Para que cuando nos juntemos de nuevo…
…No falte nadie.

Todo ha sido demasiado rápido a partir de que el 27 de febrero se reconoció el primer caso de contagio del virus Covid-19 en nuestro país. El 16 de marzo una nota de López Dóriga anunciaba el primer fallecimiento, que horas más tarde fue desmentido.

De manera jocosa las redes lo contabilizaron como el primer resucitado. En esos primeros días, el ambiente era muy relajado entre la sociedad a pesar de las noticias en línea que nos reportaban la gravedad de los contagios en otros lugares del mundo.

De hecho la Organización Mundial de la Salud declaró la Pandemia el 11 de marzo. La enfermedad se había expandido a más de 100 países.

Tardamos 21 días en llegar a los primeros 100 casos confirmados, lo que ocurrió el 18 de marzo y ese mismo día la Secretaría de Salud informó del primer fallecido. Supimos entonces, que la enfermedad era algo serio, que no era un juego.

En cosa de un mes, un nuevo léxico apareció en nuestro vocabulario, coronavirus, pandemia, casos confirmados, casos sospechosos, contingencia sanitaria, contagios importados, contagios comunitarios, escenario 1, susana distancia, saludo de etiqueta, curva de crecimiento, aplanamiento de la curva, emergencia sanitaria, escenario 2, covid19. Y así de la nada, se saturaron las redes de “epidemiólogos” que sueltan opiniones sin ton ni son, sin base alguna. Los catastrofistas son los más delicados.

El tema ha sido también escenario de una despiadada batalla política. Por un lado, el gobierno de la república integró un equipo de expertos para el diagnóstico y diseño de una estrategia que busca reducir al mínimo el número de personas infectadas y como consecuencia un mínimo de víctimas fatales, a través de una serie de medidas que buscan contener los contagios y distribuirlos en la línea de tiempo para ser atendidos adecuadamente sin que se colapse el sistema de salud.

En un párrafo, que la crisis no se salga de control. En un país de 130 millones de habitantes, con la diversidad social, política, económica, cultural, que tenemos, el asunto es un reto mayúsculo.

Casi desde el inicio, personajes destacados y otros no tanto de la “oposición moralmente derrotada” se han dado a la tarea, un día si y otro también, de llevar adelante una estrategia de zapa. Inventando noticias, descalificando las acciones del gobierno, exigiendo medidas sin ningún sustento.

No los mueve un sentimiento de solidaridad y sentido de unidad ante la crisis. Apuestan irresponsablemente a descarrilar al gobierno. En el mejor de los casos, son mezquinos, en realidad, son unos mal nacidos.

El 23 de marzo marcó un punto de inflexión. El gobierno anuncio el inicio de la Jornada Nacional de Sana Distancia, que duraría cuatro semanas y que contenía medidas mas drásticas para lograr la contención de la epidemia. De esta manera entramos al Escenario 2. En la última semana los números han crecido significativamente. Ya rebasamos la línea de los mil casos confirmados con 1,094 al 30 de marzo, 28 fallecidos y 5,635 casos sospechosos.

En este marco, el Consejo de Salubridad General, declaró Emergencia Sanitaria por causa de Fuerza Mayor, a la epidemia de enfermedad generada por el virus SARS-CoV2 (COVID-19). Con esta declaración vigente del 30 de marzo al 30 de abril, se busca contener el crecimiento de los contagios a partir de que los ciudadanos de manera voluntaria y consiente SE QUEDEN EN SU CASA.

El supuesto es que en la medida que la gente se confine, la velocidad de la propagación tenderá a estabilizarse y a disminuir, dando tiempo a que los servicios de salud estén en condiciones de atender a los pacientes.

Y aquí es donde estamos todos a prueba. Sin duda en una sociedad con los niveles de pobreza como el nuestro, pedirle a la gente que vive al día, que se quede en casa, que no salga, que no busque el sustento, implica un sacrificio durísimo, diría heroico. Los gobiernos deben anunciar medidas de apoyo para ya, para el actual momento. El gobierno federal anunció que se adelantarán los depósitos a las personas que reciben una pensión, particularmente los adultos mayores.

El gobierno de Puebla emite un decreto para distribuir de manera universal y gratuita, miles de despensas entre la población económicamente más débil. Es una acción que pueden replicar otros gobiernos.

Si la gente va a su casa, debe ser por su voluntad, sin coerción y mucho menos sin medidas represivas. No es un estado de sitio, ni se cancelan las libertades democráticas. Por ello, debemos hacer un gran acto de solidaridad social. Como lo que hemos hecho en otras desgracias. Que quien tiene más ayude a quien tiene menos. Hagamos un gesto de Humanidad y multiplequémoslo por miles.

Viene lo más difícil. Se acercan los días de semana santa y ya sabemos lo que eso significa en movilidad de las personas. Necesitamos desde ahora, difundir mensajes para que la gente no salga. No solo es quedarse en su casa, es también quedarse en su ciudad. Son las zonas metropolitanas, como la Ciudad de México, Guadalajara, Monterrey y Puebla, quienes concentran el mayor número de casos infectados. Desplazarse a otros lugares de la república es ampliar el espacio del contagio.

Es un acto en contra de nosotros mismos. Por eso hay que explicar machaconamente que los mejor es quedarse en casa, que es temporal, y que es la única manera que tenemos de vencer la enfermedad. Y cuando pase, porque va a pasar, saldremos todos a darnos un abrazo, a cantar, a reír, a bailar, a celebrar la vida. A decirnos gracias.

AGUSTIN GUERRERO CASTILLO

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