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Opinión

El Ku Klux Klan y México

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Tal Cual

Lo ocurrido la semana pasada en Charlottesville, Virginia, con una polémica marcha de blancos racistas “Unir a la derecha”, con neonazis y Ku Klux Klan incluidos, que derivó en violentos enfrentamientos que dejaron tres muertos y más de 20 heridos, ha sido criticado por amplios sectores en Estados Unidos.

El malestar creció ante la actitud pasiva, permisiva y hasta racista del presidente Donald Trump que se negó en un principio a criticar a estos grupos supremacistas y al final matizó la gravedad de estas manifestaciones de odio ocurridas el sábado 12 de agosto.

Trump recalcó que los disturbios del pasado sábado en Charlottesville a raíz de una marcha de grupos de ultraderecha “fueron culpa de ambos bandos”. “Había gente mala en un lado y también muy violenta en el otro”.

Estos grupos se definen como “nacionalistas blancos” y tienen como objetivo defender la “civilización occidental” y la pervivencia de la raza blanca en Estados Unidos, que argumentan está amenazada por la migración, los afroamericanos y el éxodo de personas de otros países, principalmente de origen musulmán.

Son estos supremacistas blancos quienes mayoritariamente apoyaron la campaña de Donald Trump y son los mismos a quienes les dedicaba sus discursos antiinmigrantes, antimexicanos y les prometió construir el muro fronterizo.

El Ku Klux Klan fue fundado en 1865, al término de la Guerra Civil, llegó a contar con cuatro millones de miembros en los años 20’s. Tuvo un segundo auge en los 60´s, oponiéndose a los movimientos civiles que buscaban acabar con la discriminación.

El KKK fue responsable de cientos de ataques y linchamientos a afroamericanos en esos años. Actualmente tienen alrededor de 8 mil integrantes, por lo menos reconocidos, pero pueden ser cientos de miles o millones, gracias al efecto Trump, que los está alentado a muchos a salir del “clóset del racismo y la supremacía”.

El sábado de la marcha en Charlottesville, estuvo presente el ex líder del KKK, David Duke, quien apoyo la campaña de Trump. Horas después agradeció vía Twitter que el Presidente de Estados Unidos no les condenara explícitamente por lo ocurrido.

En México y en especial en el Gobierno Federal parece que este tema no les preocupa, no les interesa o ni siquiera sospechan las dimensiones de que se multipliquen actos racistas en Estados Unidos en contra de los mexicanos, por su color de piel, por su origen migratorio o por no hablar inglés. Ni un boletín, ni un Twitter presidencial o del aprendiz de canciller lamentando los actos de racismo.

Como si en Estados Unidos no vivieran al menos 12 millones de mexicanos expuestos a este tipo de hostilidades. Episodios ya ha habido diversos de mujeres mexicanas que por su apariencia latina son agredidas verbal o físicamente o porque en el supermercado hablaron en español o simplemente cientos de paisanos que han sido detenidos y deportados cuando conducían un automóvil y un policía los detuvo por el color de su piel y después descubrió que era indocumentado.

Muy grave el despertar del KKK y de los grupos neonazis, entre decenas de la ultraderecha y supremacistas. Peor aún que el gobierno mexicano, el medio centenar de consulados en Estados Unidos, estén tirados en la hamaca, metidos en sus oficinas de lujo, pensando que esa violencia, ese odio, no va dirigido también o principalmente para nuestros paisanos. Tal Cual.

www.theexodo.com

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Análisis y Opinión

Lamentos de un país roto: a dos años del gobierno de AMLO

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Abunda en la conversación política un dejo de superioridad moral por no haber votado por el hoy presidente Andrés Manuel López Obrador. “¿Ven cómo sí está destruyendo al país?”, dicen unos. “¿Cuándo nos van a pedir perdón por votar por AMLO?”, preguntan otros.

Esta superioridad moral es, en realidad, un recurso fácil para no analizar la cuestión de fondo: ¿por qué el presidente actúa como actúa? Y sobre todo, ¿por qué tiene todavía el apoyo popular del que goza?

Ahí está la clave del éxito de AMLO y del fracaso de la oposición, tanto a nivel político como comunicacional.

Dicha superioridad moral funciona, asimismo, como una banda en los ojos ante un hecho contundente que no se quiere ver ni confrontar: el país está roto desde sus cimientos.

Desde hace décadas hay un país roto, empobrecido, envuelto en ciclos de crisis económicas que no han dado oportunidades a todos y que han destruido el patrimonio de muchos.

Es el país al que no llega la ley ni las promesas de la democracia. Son zonas en las que los gobiernos los toman los más fuertes, los más violentos, los más gandallas.

Ese país quebrado es dirigido en muchas regiones por el crimen organizado en abierta complicidad de las autoridades formales; es el mismo país ensangrentado por una política anti narco que pocos resultados ha dado.

Hay millones de mexicanos que siguen esperando que alguien les cumpla las promesas que alguna vez le hicieron el PRI todopoderoso, el PAN de la alternancia y el PRD combativo. Y el único capaz de abanderar todos esos reclamos en las últimas décadas fue el presidente López Obrador.

¿Que el presidente juega con esa representación? Claro. ¿Que hace propaganda para mantenerse impoluto frente a esos votantes? También. ¿Que busca utilizar a esos dolientes para hacerlos clientelas electorales? No hay duda.

Al final, se trata de un pacto de mutua conveniencia: unos reciben un dinero extra que antes no tenían, el otro obtiene buena imagen y votos potenciales para las siguientes elecciones. Nadie pierde en esta ecuación.

Pero el fondo no está resuelto. El país continúa roto por tres razones básicas: porque los votantes del presidente se dejan utilizar, porque las alternativas de poder se niegan a mirar a los distintos Méxicos y porque el presidente fusilará en la plaza pública cualquier intento de oposición a su gobierno.

El país está roto porque esa realidad lacerante de pobreza, crisis e inseguridad no se resolverá con el reparto de dinero, aun cuando sus beneficiarios sean fieles votantes del proyecto de AMLO.

Por otro lado, el país sigue roto porque quienes piden disculpas a quienes votaron por el presidente no quieren ver esa realidad dolorosa de sus hermanos mexicanos y desprecian visceralmente cualquier cosa que se relacione con AMLO, sin entender que éste vive y medra de la división social.

Finalmente, el país permanece roto porque desde el poder se impide que nadie más hable en nombre del pueblo, y todo aquel que se oponga al régimen será traidor, por mucho que el proyecto sean costosísimos elefantes blancos o el reparto de dinero a mansalva.

Para rearmar a este país es necesario ir más allá de las diferencias políticas y partidistas.

Tenemos que ser capaces de trascender las divisiones impuestas desde el poder y construir desde lo que nos importa a todos: el bienestar y oportunidades para tantos mexicanos como sea posible, así como darnos instituciones que nos garanticen el ejercicio de nuestros derechos.

Para ello tenemos que ser capaces de entender, en sentido amplio, las distintas realidades de nuestro país; hay que escuchar esos lamentos del México oculto que llevan décadas y hasta siglos, y que exige justamente ser atendido -no manipulado- desde el poder.

Tarde o temprano esto tendrá que suceder, sólo espero que no nos tardemos tanto en comprenderlo y actuar en consecuencia.

LEE Y hubo templos sobre el llano

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Análisis y Opinión

Y hubo templos sobre el llano

Felipe Monroy

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Ya había muerto el viernes, pero para los futbolistas de llano en el populoso barrio de El Rosario la tibia madrugada sólo les ofrecía una certeza: la reta continuaba. Casi dos centenas de pamboleros amateurs celebraban una especie de liturgia; sobre el revuelto terregal se realizaba el baile hipnótico de 22 servidores del balón mientras el resto, detrás de la metafísica línea de cal, exclamaba las preces conocidas: ‘¡Sube! ¡Pasa! ¡Guárdala! ¡Ya lo viste! ¡Tira! ¡Tira!”

El barrio está mal iluminado, pero cada centímetro de la cancha tiene luz, color y definición, por eso se ven con claridad las playeras repetidas de la selección de Argentina, del Boca o del Nápoles que han sacado los aficionados y que portan con orgullo. Tienen -en pecho y espalda- el nombre de Maradona, de ‘D10S’, y parece que, nada más ponérsela, el jugador se cree más hábil, más audaz, más eficiente, pletórico. Conmueve más quizá aquel niño desvelado que ha puesto con cinta adhesiva el número diez en el dorso de la única armadura que vale para el héroe que busca la epopeya mítica de llevar el balón a la portería.

Es el primer fin de semana después de Maradona. El astro argentino falleció en miércoles y muchos de los devotos tuvieron que esperar al viernes por la tarde para celebrar la liturgia futbolera. Quizá la iglesia maradoniana sea una parodia religiosa; pero a ras del futbol llanero, la pasión por ese humildísimo deporte no es ninguna simulación.

La experiencia sería sumamente atractiva para la profesora en antropología y religión, Sabina Magliocco, quien considera que las características fisiológicas y neurológicas de las experiencias espirituales son una parte fundamental y compartida de la naturaleza humana: “Todas las percepciones humanas de la realidad material pueden documentarse como reacciones químicas en nuestra neurobiología… No es racional asumir que la realidad espiritual de las experiencias centrales es menos real que la realidad material más científicamente documentable”. El gol o la derrota, se sabe, guardan un sentido de trascendencia superior al de las endorfinas que segrega el cuerpo y por eso, el llano pambolero festivo y trágico, se hace templo.

Había apuntado el escritor Eduardo Sacheri: “Somos tan ingenuos que seguimos viendo el futbol como un juego”. La muerte de Maradona nos lo ha recordado con un balonazo en la cara con los ‘Diegos metafísicos’ centuplicados en la cancha de barrio. Cierto, con la mercadotecnia y el acceso tecnológico han crecido las hazañas del ‘Pelusa’ en el césped; sin la televisión -o el internet- las fenomenales habilidades del argentino se reducirían a un par de líneas y una fotografía en los diarios deportivos o en la siempre inexacta narrativa oral de quienes pudieran decir: ‘Yo estuve allí y esto fue lo que viví’.

El genial Fontanarrosa en su cuento ‘¡Qué lástima Cattamarancio!’ nos comparte la narración apasionada y febril del cronista de un partido que se interrumpe con los odiosos patrocinios publicitarios mientras en el cielo comienzan a verse los fulgores desastrosos de una guerra nuclear; esto último, no obstante, es irrelevante para el fanático, no importa mientras el partido siga caliente. En el futbol llanero, sucede igual, la pandemia se suspende hasta que alguien tosa y caiga de fiebre días más tarde, en silencio y culpando a todo menos al juego: “Porque se equivoque uno no tiene que pagar el futbol… la pelota no se mancha”, dijo Maradona.

¿Es el futbol una religión? Me atrevo a opinar que no. Pero esto no les debe importar a los hinchas apasionados de veras. Les debe interesar a los fieles de las religiones cuyos signos, más profundos y reales, se diluyen en reglas y no en experiencias personales y comunitarias. Para los predicadores y exégetas del juego-comunidad, del equipo-congregación, el futbol es una experiencia cuya plenitud es grupal, gremial, compartida: “Si perdemos seremos los mejores, si ganamos seremos eternos” (Pep Guardiola), “Ningún jugador es tan bueno como todos juntos” (Alfredo Di Stefano).

No son sólo palabras; forman parte de una realidad que comprenden los jugadores y aficionados al balompié junto a la certeza interpelante de que un partido sin goles es como un domingo sin sol.

En el barrio se jugó todo el sábado, hubo una pausa para ver el partido de la noche, y se continuó con la fiesta la mañana del domingo. Maradona había muerto y hubo quienes dijeron que estaban allí por él, por el futbol; y brillaron el sol y los goles; y hubo llanos que se transformaron en templos.

LEE Un cierre doloroso pero necesario

*Director VCNoticias.com

@monroyfelipe

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