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FELIPE MONROY FELIPE MONROY

Felipe Monroy

Del boletín del diablo al periodismo que necesitamos

especial
Felipe Monroy

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Este 4 de enero, las efemérides mexicanas celebran a los periodistas. Un reconocimiento a la labor de aquellos que construyen los relatos del acontecer cotidiano y que plasman, aún en nuestros días, los tempranos perfiles de la historia a través de los géneros periodísticos.

Se eligió esta fecha para recordar la muerte del periodista Manuel Caballero, considerado ‘El primer reportero de México’ de quien también se dice introdujo el ‘sensacionalismo’ a las noticias en la difícil época del porfiriato.

En su época temprana, Caballero fue un defensor de la Constitución de 1857 y un acérrimo crítico de la reelección, de la oligarquía porfiriana y en general de la decadencia política de finales del siglo XIX. Fue proclive a tomar partido político sin ruborizarse de sus exageraciones y desequilibradas opiniones.

La investigadora Laura Bonilla recoge algunas de estas joyas de Caballero; primero cuando arremetió contra Lerdo de Tejada: “El Diablo se propone, por consiguiente, enderezar a D. Sebastián por el camino del infierno y cargar con él cuando ya no haya peligro de que trastorne nuestras democráticas regiones y pueda, con calma y resignación, ocupar pacíficamente la caldera de aceite hirviendo […]”. Y después contra el general Díaz: “¡Díaz no aspiraba al poder! ¡Qué sarcasmo! ¿Y por la ambición de quien la República mexicana ha retrocedido medio siglo? ¡No aspiraba al poder! […] ¿Qué respondería ese pobre hombre si hoy se alzara la nación y le combatiera con sus propias doctrinas, y le arrojara de la Presidencia por las mismas causas y con idénticos recursos que él lo hizo […]?”

Caballero, sin embargo, profundizó en el ejercicio de la labor informativa mediante la entrevista, el reportaje descriptivo y los ‘almanaques’. Para los historiadores, de él es la primera entrevista publicada en México y tanto sus reportajes como sus titulares buscaban atraer lectores en las primeras tres palabras del texto y, en una ocasión, prescindió de la palabra para darle aún más sensacionalismo al oficio.

El 17 de noviembre 1889, la edición de El Mercurio Occidental que él editaba llevó la mano entintada en rojo sobre la fotografía del asesino del general Ramón Corona; desde entonces, a la nota policiaca se le conoce en México como ‘nota roja’.

Hoy, a 95 años de la muerte de Caballero, nos resulta peculiarmente intrigante que el periodismo mexicano siga necesitando la transición en el camino de madurez que hiciera aquel: que la opinión partidista, moralista, de fracción, ideologizada e inspirada por las fascinaciones del ego transite a un arriesgado periodismo informativo cuyos principales compromisos estén en la piel de la realidad, en la observación, en la honesta reproducción de las palabras, en el contraste de las ideas y, claro, en la cada vez más difícil misión de hacer atractivas las historias en un mundo de difícil cultura lectora.

Por supuesto, el periodismo de opinión tiene un espacio imprescindible en la construcción de la opinión pública. Pero cada época ha tenido maestros del lenguaje cuyos razonamientos, más que incitar la curiosidad por el saber de sus lectores, pastorean legiones de fanáticos que confirman sus fobias y filiaciones en lo publicado; articulistas que sólo buscan hacer sentir bien a sus correligionarios, validar sus pobres conjeturas y armarlos de palabrería radicalizada.

Las ácidas y sardónicas piezas opinativas de la época temprana de Caballero tuvieron su culmen en ‘Boletín del diablo’, columna en el Monitor Republicano; fue en El Nacional y en El Eco Universal donde el periodista confió en los géneros informativos.

Por supuesto, sería hipócrita desde esta columna reprochar todo ejercicio de opinión; sólo invito al amable lector en este 2021 que arrancamos a que lea y escuche todo lo posible. Y, si al final siente curiosidad en un mundo que es vasto y sus hechos complejos, entonces quédese con esos opinantes; pero si los articulistas le reducen el entorno a respuestas que sólo satisfacen nuestro propio ego, entonces aléjese y, con su libertad, quítele un soldado a la polarización.

Felipe Monroy
*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe



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Felipe Monroy

Verdades exageradas

Felipe Monroy

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FELIPE MONROY

Apuntó el filósofo Schopenhauer que toda verdad pasa por tres momentos: primero es ridiculizada, luego ferozmente combatida y finalmente aceptada como si siempre hubiera estado allí. El extraño ejercicio patrocinado por la Presidencia de la República para ‘evaluar’, ‘criticar’ y ‘vigilar’ las informaciones periodísticas publicadas en México tiene como propósito central -según la institución- el combatir las noticias falsas; y, sin embargo, de vez en vez también arremete contra las verdades.

Desde el máximo podio de divulgación de la República, Ana Elizabeth García Vilchis, funcionaria de la Dirección de Comunicación Social, acusó a un medio de comunicación por publicar informaciones que pretenden “hacer un escándalo con ese dato que no es falso, pero se exagera”.

La frase vertida por la encargada de este este ejercicio desde la cúpula de poder no nos debe sonar meramente anecdótica sino como la sustancial preocupación de la administración lopezobradorista por las verdades que pueden llegar a incomodarle.

No es novedad, ni esta administración la única que muestra recelo a que la verdad llegue a la ciudadanía; es claro que todo gobierno guarda una gran cantidad de escrúpulos para revelar o no las informaciones difíciles, adversas o que demuestran signos de su incapacidad, inexperiencia o franca corrupción.

Si algo ha detenido los procesos judiciales contra los exmandatarios, exfuncionarios y actuales servidores públicos que se han servido del poder a través de ignominiosas operaciones o desvergonzadas corruptelas justamente ha sido la falta de información verídica, comprobable y judicializable que los lleve a enfrentar la ley.

El cuidado que los corruptos tienen contra la filtración de la información que potencialmente los pone en riesgo es mayúsculo; y con razón: la revelación de datos certeros que los incrimine en delitos o acciones deshonestas catapulta a esa ‘verdad’ a ser aceptada como si siempre hubiera estado allí. Y una vez que la ciudadanía incorpora en su conciencia esa verdad, es casi imposible que vuelva a confiar en dicho político, en su grupo o en sus aliados.

Por desgracia, a lo largo de mi experiencia periodística, he constatado que las inmensas instituciones o los grupos poderosos sólo temen a la verdad cuando se muestra con su rostro de escándalo. Hay verdades que pueden ser ridiculizadas y hasta combatidas; pero el escándalo -más que veneno- es como una vacuna que protege a la audiencia de las estratagemas del poder.

En meses pasados, por ejemplo, se tuvo noticia de la denuncia presentada por un medio de comunicación católico contra el secretario general de la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos. Para variar, las acusaciones reposaron a la deriva durante varias semanas entre los océanos burocráticos de las instituciones hasta que el escándalo mediático obligó a dar curso y celeridad a las sanciones.

Este caso hace recordar las muchas denuncias que envejecen en medio de los trámites obligatorios que buscan justicia y que no son tomadas en serio sino hasta que rompen la conciencia de la ciudadanía a través de la cruda revelación de su naturaleza.

Es decir, contra la inmovilidad del poder, contra la jactancia de su autosuficiencia e invulnerabilidad, no hay nada como esa verdad que causa escándalo. Las verdades inmoderadas, como demostraron Diógenes y sus discípulos cínicos, pueden ser crueles e inútiles; sin embargo, cuando las verdades se encaminan a mejorar las instituciones o las relaciones que tienen con la ciudadanía, forman parte de un doloroso crecimiento de reconocimiento y responsabilidad.

Lo dijo así Thomas Fuller, capellán del desafortunado Carlos I, rey de Inglaterra: “La mentira no tiene piernas; pero el escándalo tiene alas”. La mentira requiere de muchos súbditos y sirvientes para hacerla llegar hasta allí donde el poder la necesita; como respuesta, la pequeña saeta lanzada desde el pueblo sólo puede llegar al empíreo del poder si el escándalo le coloca remos de aire.

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

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Felipe Monroy

Quema de templos y efigies: indignación sin respuesta

Felipe Monroy

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Felipe de J. Monroy*

Las imágenes y relatos de los acontecimientos que están cimbrando a la sociedad canadiense en estos días dejarían estupefactos a nuestros antecesores: La quema de templos y el derribamiento de efigies de las reinas de Inglaterra en varias localidades de Canadá serían comparables con signos del fin de una época.

Sin embargo, en nuestra vida oceánica de información apenas conviven con algunas noticias cotidianas y varios memes de moda; una mala noticia para aquellos que verdaderamente desean atemperar, comprender y ofrecer una mirada futura de convivencia sin menospreciar la gravedad de los terribles hechos del pasado.

Todo recomenzó en mayo pasado con el descubrimiento 215 cadáveres de niños indígenas en indignas fosas en los patios de antiguas escuelas residenciales para nativos que el gobierno canadiense patrocinó desde 1874 y que varias fueron operadas por instituciones misioneras cristianas. Más tarde se hallarían otros cadáveres en otras de estas instituciones con las que el gobierno buscaba ‘asimilar’ a los niños indígenas en la cultura occidental.

Hay que recordar que la última de estas escuelas cerró apenas en 1996 y, tras varias denuncias de abusos, en 2006 el gobierno canadiense y las iglesias acordaron destinar dos mil millones de dólares a un paquete de medidas orientadas a indemnizar a 8 mil sobrevivientes de estos centros.

Sin embargo, en 2008 se abrió una Comisión de Verdad y Reconciliación para esclarecer los tipos de agresiones que se cometieron contra los niños y contra su cultura. La primera etapa de los trabajos de la Comisión concluyó en 2015 y los trabajos se institucionalizaron en un Centro Nacional para la Verdad y la Reconciliación.

El descubrimiento de los cuerpos de los niños indígenas volvió a abrir la herida y evidenció al menos un par de cosas: Que el gobierno y las iglesias en Canadá aún no han hecho lo suficiente para auxiliar en el esclarecimiento del pasado reciente de la nación; y, que algunos sectores sociales han expresado la justa y comprensible indignación a través de actos de irracionalidad absoluta.

Hasta el momento se tiene registro de una docena de iglesias católicas vandalizadas, varios templos incendiados; también hay reportes de agresiones y el derribamiento de efigies de personajes ligados a la colonización y construcción de las instituciones canadienses. Los actos congregan a varios cientos de personas que arremeten con rabia contra lo que parecen considerarse los ‘símbolos’ de una opresión. Tras la furia, sólo destrozos. ¿Es esa la respuesta que busca la sociedad canadiense hacia su reconciliación?

En ‘El hombre en busca de sentido’ el psicólogo Víctor Frankl hace una declaración temeraria: “Cada época tiene su propia neurosis colectiva”. A mediados del siglo XX, después de los horrores de la Segunda Guerra Mundial, Frankl aseguraba que la neurosis de su época era provocada por el ‘vacío existencial’. Ya bien adentrados en este siglo transcultural, transmoderno y transcendente, nuestra neurosis colectiva parece ser una verdadera lucha por la identidad: la nuestra y la de nuestro pasado.

Algo es claro, las fosas clandestinas en colegios cristianos de niños indígenas que fueron arrebatados a sus familias y arrancados de su cultura son uno de los muchos ejemplos de los horrores de los que la humanidad es capaz por defender ciertas ideologías políticamente correctas de cada época. La casi siempre perversa alianza de las iglesias y las religiones al poder temporal ha sido despreciable desde -literalmente- tiempos bíblicos y, sin embargo, siempre habrá grupos que busquen la comodidad de sermonear, disciplinar y dogmáticamente, desde el palacio del rey en lugar de andar descalzo en los abismos escarpados de la creación proclamando con voz y vida el amor a la fe.

La pasmosa inacción de las autoridades civiles y religiosas ante el iracundo clamor de la sociedad sólo refleja el frío cálculo político de sus ministros; gobierno e iglesias están urgidas a tomar decisiones y a asumir, con claridad histórica, los diferentes niveles de responsabilidad. También a señalar aquellas de las que no podrían hoy ser responsables (como el nivel de vida del siglo antepasado, el acceso a medicinas y salud o los sistemas de educación que eran comunes en aquella época). E insisto: están urgidos a tomar decisiones pues es bien sabido que siempre hay al acecho oscuros grupos ideológicos que buscan capitalizar a su favor la indignación social.

“En última instancia -recordaba el mismo Frankl-, vivir significa asumir la responsabilidad de encontrar la respuesta correcta a las cuestiones que la vida plantea, cumpliendo la obligación que nos asigna”.

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

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