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FELIPE MONROY FELIPE MONROY

Felipe Monroy

Obispo candidato: incómodo espectáculo

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El espectáculo, la presentación del octagenario obispo Onésimo Cepeda Silva como pretendido candidato a diputado plurinominal en el Estado de México en plena Pascua de Resurrección y portando su anillo episcopal fue una escena difícil de ver. A primer golpe de vista, la preocupación obvia fue respecto a lo que las leyes, tanto la católica como la del Estado mexicano, tienen que decir sobre la participación partidista de un ministro de culto. Pero el problema es otro.
Sobre la ley y las instituciones: el escenario nunca fue el propicio para que Cepeda pudiera participar a sus anchas por la diputación. Sus hermanos obispos se deslindaron de toda acción política del ministro porque “no consta” que haya pedido dispensa a la Santa Sede para participar en política partidista y al parecer el nuncio apostólico en México, Franco Coppola, fue tajante con Cepeda: si proseguía con la candidatura, sería reducido canónicamente.
Desde el Estado mexicano, el artículo 14 de la Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público prohíbe expresamente que los ministros de culto sean votados para puestos de elección popular o desempeñen cargos públicos a menos que se separen “formal, material y definitivamente de su ministerio cuando menos cinco años en el primero de los casos, y tres en el segundo, antes del día de la elección de que se trate o de la aceptación del cargo respectivo”. Cepeda no había cesado como ministro de culto; al menos no formalmente.
Cepeda, abogado de corazón, hubiera podido sin problema combatir los márgenes legales y canónicos para justificar su posición y conservar la ventaja como lo ha hecho en el pasado. Sin embargo, persiste una sensación incómoda sobre el caso del obispo emérito de Ecatepec tensando la ley para meterse a político.
No sólo tiene que ver con el largo historial de polémicas que acompañan al exbanquero y ministro religioso cuyos pleitos públicos van desde afirmar que se justifica la muerte de 500 personas para continuar un proyecto aeroportuario o el vergonzoso episodio del denunciado fraude con el que el obispo se enajenó una cuarentena de obras de arte valuadas en 130 millones de pesos a través de un sospechoso pagaré presuntamente firmado por una socialité antes de morir. En realidad, de estos episodios, se pueden llenar muchas páginas.
Y no, tampoco el episodio resulta incómodo para el partido político que lo invitó a postularse no sólo con nula expectativa en que Cepeda aportara algo a su agenda política ni al escenario social mexiquense sino porque su nominación es una intensa contradicción con los cientos de spots donde su presidente, Gerardo Islas, asegura a voz impostada que el partido no incluirá entre sus candidatos a políticos que agredieran política, verbal o sexualmente a ninguna mujer. Cepeda, recordamos, llamó ‘gallina’ a la que fuera jefa de gobierno capitalino, Rosario Robles; y durante la conferencia de prensa de la presentación del obispo como precandidato al menos llamó ‘loca’ a una reportera y menospreció la profesión de otra. La fallida nominación, por tanto, parece que sólo quiso emplear la vieja estratagema mediática del escándalo para poner en el escenario a un partido político muy lejano del conocimiento popular.
La verdadera incomodidad sucedió fuera del circo político, una piedra de molino que tuvo que tragarse la Iglesia católica mexicana frente a la vorágine noticiosa causada por uno de sus ministros, aún más, por uno de sus obispos.
Hace años, escuché de un cardenal la anécdota de un pontífice que mandó estudiar la posibilidad de aumentar la edad de retiro (actualmente 75 años) para los obispos. Un cardenal emérito le dijo al Papa que personalmente había vivido su retiro como una bendición: orando más, celebrando con más libertad, viviendo y enseñando el Evangelio sin las preocupaciones del gobierno ni la administración diocesana. En 2012, cuando pregunté a Onésimo qué iba a hacer en su retiro, su respuesta fue simple: Dar la vuelta al mundo. No fue un decir, enumeró las ciudades y la ruta de su viaje que duraría por lo menos un año. Entre estos dos obispos retirados, se entiende, hay una distancia grande en la pasión personal por convertir, enseñar y santificar que deja mal parado al miembro de la jerarquía mexicana. Y una imagen de esta frivolidad daña, quizá sin merecerlo del todo, al resto de sus hermanos.
Sin embargo, esta vez Onésimo fue aún más lejos: afirmó en conferencia que dejó sus responsabilidades ministeriales hace más de una década; aunque no haya pedido dispensas al Vaticano ni solicitado a Gobernación lo removiera de su registro. Siguió perteneciendo al colegio episcopal; tuvo su asiento reservado para la reunión con el papa Francisco en 2016; celebró, apenas en agosto pasado, la Eucaristía con todos los ornamentos episcopales para conmemorar sus bodas de plata como obispo. ¿Qué creyó, entonces, que significaba ‘dejar el ministerio’? ¿Al dejar el gobierno, abandonó su vocación para enseñar la Palabra y consagrar al pueblo de Dios? Como sacerdote y obispo, ¿en verdad vivió apasionadamente esa misión? Y, si acaso no, ¿por qué se encumbró con tal facilidad en la Iglesia mexicana?
Al final, como todo espectáculo difícil de ver, el episodio duró poco. Onésimo lo habría pensado mejor y no renunciará al episcopado por las lentejas de una diputación local. Al parecer, nadie perdió en esta ocasión: ni el Estado mexicano con sus leyes prohibicionistas que quedan incólumes, ni el partido con su fallida nominación que ganó un día en la prensa. Se quedan allí, sin embargo, sendos comunicados institucionales de la Iglesia católica mexicana y de la diócesis de Ecatepec intentando salir indemnes de la exhibición de atrocidades; quizá los únicos que tomaron en serio el asunto, quizá los únicos que están desconcertados tras haber creído que era verdad una farsa en escena.

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe



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Felipe Monroy

Un deseo

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Felipe de J. Monroy*

Hace muchos años, cuando parte de la realidad tangible e intangible no estaba dispersa en una vertiginosa red de datos y pulsos eléctricos en un inconmensurable océano interconectado, el escritor Julio Torri imaginó un deseo que él habría pedido a una hada: el don de abrir cualquier diccionario justo en la página donde se hallaba la palabra buscada. Así son los verdaderos deseos: pequeños prodigios que incluso pueden andar entre el azar y la providencia; y que, puestos en perspectiva, son ligeras frivolidades que nos hacen sonreír.

Al concluir este 2021 -como cualquier ciclo que nos sincroniza con nuestros semejantes- no es baladí tener buenos deseos y desear bien al prójimo; por una parte, la humanidad ha seguido enfrentando por segundo año consecutivo la pandemia de COVID-19 muy a pesar de todas nuestras debilidades; pero además, como fruto más de la paciencia que de la inteligencia, hemos redescubierto la riqueza de los pequeños anhelos. Y es que, para el rapaz estilo de vida prepandémico, la idea de ‘deseo’ estaba más cerca de la ambición o la codicia que del prodigio o la felicidad.

Apuntó el clásico que “un hombre sin deseos es el más rico del mundo”; pero quizá sea necesario ajustar aquella idea y proponer que “una persona sin deseos para sí, seguro es la más plena del mundo”… aunque quizá también le falte algo de imaginación. Los deseos, mientras no sean objetivos humanamente alcanzables y se mantengan asequibles en la alegría, son esas ligerezas que le restan amargor al desafiante mundo.

Ahora bien, ¿cuán importante es esperar que esos deseos se cumplan? ¿No acaso es ciertamente doloroso contemplar a alguien que suspira perennemente por una apetencia que ha imaginado y que quizá no ha de llegar? Lo explicó así el escritor Xavier Velasco: “Sufre uno por aquello que espera, más que por lo que quiere. Aceptamos que los deseos puedan ser imposibles, pero jamás las expectativas, que son como las deudas del destino”.

Por tanto, no es bueno que se confundan los deseos con las expectativas ni con las ambiciones. Los deseos pueden ser diminutas interrupciones en el curso de nuestra naturaleza: un momento de sosiego en un alma atribulada, una idea brillante en la cabeza de un zafio, el acto de ternura de quien menos se esperaba, la repentina sublevación del subyugado, un nuevo horizonte para un preso, la ilusión de un infante herido, fe para quien cree que todo ha perdido, paz para quien tarda en dormirse ya acostado; una victoria para los miserables, un chispazo de conciencia en los despilfarradores.

Un deseo, al acontecer más que cumplirse, se asemeja a un alegre pequeño milagro; sorprende y fascina por breves instantes en el curso de un tiempo infinito. El escritor Rafael Cancinos Assens lo describió poéticamente: “No era sino la primera noche, pero una serie de siglos la había precedido”. Es decir, incluso el primer atardecer estuvo antecedido por eones de inagotable fulgor cósmico. Nadie lo esperaba, pero de pronto oscureció para que, por fin, los antepasados de Sísifo pudieran descansar y sonreír.

Al concluir este 2021, con abismales diferencias, que no son responsabilidad de la emergencia sanitaria sino de fenómenos económicos y sociales largamente reposados en cada nación del mundo, todos los pueblos sobre la Tierra hemos incorporado nuevas prácticas, nuevas ideas, nuevos lenguajes y nuevas dinámicas ante una nueva realidad que nos adelanta el año por venir.

Y seguro habrá nuevos desafíos y nuevas esperanzas; pero ojalá también haya nuevos deseos, que habrán de nacer en la punta de los dedos o en la palma de las manos, en el horizonte de la mirada o en la fatiga de las piernas, en el ardor amoroso exultante en el pecho o en el murmullo de un rezo. Como cada año, ese es mi deseo. Bienaventurado 2022.

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

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Felipe Monroy

Obispos votan por ajustes para ‘no ser Iglesia muda’

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Felipe de J. Monroy*

Los resultados de las elecciones internas de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM) confirman que los pastores católicos han mantenido el rumbo comenzado en 2016: un proyecto global de pastoral que mira hacia el 2031+2033 y un estilo de diálogo e intermediación que evite las polarizaciones políticas e ideológicas en la sociedad.

Durante la pasada Asamblea Electiva, los obispos refrendaron su confianza en el arzobispo de Monterrey, Rogelio Cabrera López, para que lidere desde la presidencia del episcopado dicho proyecto y estilo. Su reelección no es asunto menor; el primer trienio de la presidencia de Cabrera fue traspasado por la inesperada pandemia de COVID-19 (con todos sus efectos sociales y económicos), por el radical cambio administrativo e ideológico en el poder político mexicano y por emergencias que ya se preveían hace un lustro y que se agudizaron sensiblemente como el acompañamiento al fenómeno migratorio, la atención a la juventud y los retos de la formación sacerdotal en medio de una crisis de confianza por los abusos sexuales.

Era previsible que se sostuviera al guanajuatense en esta posición pues, además de contar con una amplia y diversa trayectoria pastoral en el país (este 2021 cumplió 25 años de obispo que ha ejercido en Michoacán, Chiapas, Nuevo León y hasta Tamaulipas), también ha sido destacada su participación proactiva a nivel regional en el Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM) y, no hay que olvidar su diplomático talante ante las autoridades federales mexicanas, una tarea nada sencilla en medio de la extrema polarización política e ideológica contemporánea.

Para muestra, el comentario realizado por el propio Cabrera ante los medios de comunicación sobre la relación que él ha sostenido con López Obrador en nombre del episcopado mexicano:

“Sobre la relación de la CEM con el gobierno federal y de modo específico con el presidente de la República: gracias a Dios siempre hemos tenido la puerta abierta para dialogar. Cuando hemos solicitado alguna entrevista, el presidente siempre nos ha permitido tener diálogo y abordar temas que para nosotros son muy importantes”.


Donde los obispos han decidido ‘apretar un poco más’ es en la vocería del organismo. Tras el estupendo trabajo del obispo Alfonso Miranda Guardiola al frente de dos periodos de la Secretaría General de la CEM (no es sencillo que el titular de esta dependencia cumpla dos trienios al hilo), los obispos han depositado esta grave responsabilidad en el pastor de Cuernavaca, Ramón Castro Castro, obispo de alta formación diplomática.

Castro ha vivido en carne propia la persecución institucionalizada del gobierno estatal (espionaje, acoso, amenazas y agresiones sufridas durante la administración de Graco Ramírez) y su compromiso social lo conduce una y otra vez a sumarse literalmente a ‘caminar junto’ a la sociedad morelense para construir la paz. Además, Castro se ha destacado por acompañar a las comunidades heridas por el narcotráfico, la violencia, el crimen organizado así como a los pueblos heridos por los fenómenos naturales que han devastado algunas localidades en Morelos.

Entre las muchas funciones del secretario general de la CEM, la relación con los medios y las organizaciones de la sociedad civil es indispensable para hacer presente a la Iglesia católica en el mundo cotidiano. La apuesta es que Castro lleve la voz de la Iglesia mexicana con mayor asertividad y presencia en estos espacios públicos.

Finalmente, el recambio que han hecho los obispos en la vicepresidencia del organismo responde exclusivamente a la condición de salud del arzobispo de Morelia, Carlos Garfias Merlos. Su labor como enlace entre la CEM y la Presidencia de la República en el proceso de pacificación y reconciliación nacional ha sido ampliamente reconocida; sin embargo, los obispos han aceptado que Garfias dé un paso al lado para cuidar de su salud mientras dejan el testigo al arzobispo de Yucatán, Gustavo Rodríguez Vega.

Este último recambio será sumamente importante para fortalecer la construcción de justicia social y pacificación en México. Y a Rodríguez Vega lo respalda una larga e intensa experiencia nacional e internacional en temas de justicia, solidaridad, responsabilidad social, pacificación y participación ciudadana.

Es así que el renovado Consejo de Presidencia de los obispos mexicanos, por un lado garantiza la continuidad en los trabajos ya comenzados para atender fenómenos globales que van desde la descristianización de la sociedad, los efectos devastadores de los abusos sexuales, los retos del cuidado de la Casa Común y la sinodalidad; y, por otro lado, también contará con nuevas voces que, por experiencia, se intuye refrescarán la participación de la Iglesia católica en el diálogo social contemporáneo.

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

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