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Felipe Monroy

Un deseo

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Felipe de J. Monroy*

Hace muchos años, cuando parte de la realidad tangible e intangible no estaba dispersa en una vertiginosa red de datos y pulsos eléctricos en un inconmensurable océano interconectado, el escritor Julio Torri imaginó un deseo que él habría pedido a una hada: el don de abrir cualquier diccionario justo en la página donde se hallaba la palabra buscada. Así son los verdaderos deseos: pequeños prodigios que incluso pueden andar entre el azar y la providencia; y que, puestos en perspectiva, son ligeras frivolidades que nos hacen sonreír.

Al concluir este 2021 -como cualquier ciclo que nos sincroniza con nuestros semejantes- no es baladí tener buenos deseos y desear bien al prójimo; por una parte, la humanidad ha seguido enfrentando por segundo año consecutivo la pandemia de COVID-19 muy a pesar de todas nuestras debilidades; pero además, como fruto más de la paciencia que de la inteligencia, hemos redescubierto la riqueza de los pequeños anhelos. Y es que, para el rapaz estilo de vida prepandémico, la idea de ‘deseo’ estaba más cerca de la ambición o la codicia que del prodigio o la felicidad.

Apuntó el clásico que “un hombre sin deseos es el más rico del mundo”; pero quizá sea necesario ajustar aquella idea y proponer que “una persona sin deseos para sí, seguro es la más plena del mundo”… aunque quizá también le falte algo de imaginación. Los deseos, mientras no sean objetivos humanamente alcanzables y se mantengan asequibles en la alegría, son esas ligerezas que le restan amargor al desafiante mundo.

Ahora bien, ¿cuán importante es esperar que esos deseos se cumplan? ¿No acaso es ciertamente doloroso contemplar a alguien que suspira perennemente por una apetencia que ha imaginado y que quizá no ha de llegar? Lo explicó así el escritor Xavier Velasco: “Sufre uno por aquello que espera, más que por lo que quiere. Aceptamos que los deseos puedan ser imposibles, pero jamás las expectativas, que son como las deudas del destino”.

Por tanto, no es bueno que se confundan los deseos con las expectativas ni con las ambiciones. Los deseos pueden ser diminutas interrupciones en el curso de nuestra naturaleza: un momento de sosiego en un alma atribulada, una idea brillante en la cabeza de un zafio, el acto de ternura de quien menos se esperaba, la repentina sublevación del subyugado, un nuevo horizonte para un preso, la ilusión de un infante herido, fe para quien cree que todo ha perdido, paz para quien tarda en dormirse ya acostado; una victoria para los miserables, un chispazo de conciencia en los despilfarradores.

Un deseo, al acontecer más que cumplirse, se asemeja a un alegre pequeño milagro; sorprende y fascina por breves instantes en el curso de un tiempo infinito. El escritor Rafael Cancinos Assens lo describió poéticamente: “No era sino la primera noche, pero una serie de siglos la había precedido”. Es decir, incluso el primer atardecer estuvo antecedido por eones de inagotable fulgor cósmico. Nadie lo esperaba, pero de pronto oscureció para que, por fin, los antepasados de Sísifo pudieran descansar y sonreír.

Al concluir este 2021, con abismales diferencias, que no son responsabilidad de la emergencia sanitaria sino de fenómenos económicos y sociales largamente reposados en cada nación del mundo, todos los pueblos sobre la Tierra hemos incorporado nuevas prácticas, nuevas ideas, nuevos lenguajes y nuevas dinámicas ante una nueva realidad que nos adelanta el año por venir.

Y seguro habrá nuevos desafíos y nuevas esperanzas; pero ojalá también haya nuevos deseos, que habrán de nacer en la punta de los dedos o en la palma de las manos, en el horizonte de la mirada o en la fatiga de las piernas, en el ardor amoroso exultante en el pecho o en el murmullo de un rezo. Como cada año, ese es mi deseo. Bienaventurado 2022.

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe



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Felipe Monroy

Obispos votan por ajustes para ‘no ser Iglesia muda’

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Felipe de J. Monroy*

Los resultados de las elecciones internas de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM) confirman que los pastores católicos han mantenido el rumbo comenzado en 2016: un proyecto global de pastoral que mira hacia el 2031+2033 y un estilo de diálogo e intermediación que evite las polarizaciones políticas e ideológicas en la sociedad.

Durante la pasada Asamblea Electiva, los obispos refrendaron su confianza en el arzobispo de Monterrey, Rogelio Cabrera López, para que lidere desde la presidencia del episcopado dicho proyecto y estilo. Su reelección no es asunto menor; el primer trienio de la presidencia de Cabrera fue traspasado por la inesperada pandemia de COVID-19 (con todos sus efectos sociales y económicos), por el radical cambio administrativo e ideológico en el poder político mexicano y por emergencias que ya se preveían hace un lustro y que se agudizaron sensiblemente como el acompañamiento al fenómeno migratorio, la atención a la juventud y los retos de la formación sacerdotal en medio de una crisis de confianza por los abusos sexuales.

Era previsible que se sostuviera al guanajuatense en esta posición pues, además de contar con una amplia y diversa trayectoria pastoral en el país (este 2021 cumplió 25 años de obispo que ha ejercido en Michoacán, Chiapas, Nuevo León y hasta Tamaulipas), también ha sido destacada su participación proactiva a nivel regional en el Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM) y, no hay que olvidar su diplomático talante ante las autoridades federales mexicanas, una tarea nada sencilla en medio de la extrema polarización política e ideológica contemporánea.

Para muestra, el comentario realizado por el propio Cabrera ante los medios de comunicación sobre la relación que él ha sostenido con López Obrador en nombre del episcopado mexicano:

“Sobre la relación de la CEM con el gobierno federal y de modo específico con el presidente de la República: gracias a Dios siempre hemos tenido la puerta abierta para dialogar. Cuando hemos solicitado alguna entrevista, el presidente siempre nos ha permitido tener diálogo y abordar temas que para nosotros son muy importantes”.


Donde los obispos han decidido ‘apretar un poco más’ es en la vocería del organismo. Tras el estupendo trabajo del obispo Alfonso Miranda Guardiola al frente de dos periodos de la Secretaría General de la CEM (no es sencillo que el titular de esta dependencia cumpla dos trienios al hilo), los obispos han depositado esta grave responsabilidad en el pastor de Cuernavaca, Ramón Castro Castro, obispo de alta formación diplomática.

Castro ha vivido en carne propia la persecución institucionalizada del gobierno estatal (espionaje, acoso, amenazas y agresiones sufridas durante la administración de Graco Ramírez) y su compromiso social lo conduce una y otra vez a sumarse literalmente a ‘caminar junto’ a la sociedad morelense para construir la paz. Además, Castro se ha destacado por acompañar a las comunidades heridas por el narcotráfico, la violencia, el crimen organizado así como a los pueblos heridos por los fenómenos naturales que han devastado algunas localidades en Morelos.

Entre las muchas funciones del secretario general de la CEM, la relación con los medios y las organizaciones de la sociedad civil es indispensable para hacer presente a la Iglesia católica en el mundo cotidiano. La apuesta es que Castro lleve la voz de la Iglesia mexicana con mayor asertividad y presencia en estos espacios públicos.

Finalmente, el recambio que han hecho los obispos en la vicepresidencia del organismo responde exclusivamente a la condición de salud del arzobispo de Morelia, Carlos Garfias Merlos. Su labor como enlace entre la CEM y la Presidencia de la República en el proceso de pacificación y reconciliación nacional ha sido ampliamente reconocida; sin embargo, los obispos han aceptado que Garfias dé un paso al lado para cuidar de su salud mientras dejan el testigo al arzobispo de Yucatán, Gustavo Rodríguez Vega.

Este último recambio será sumamente importante para fortalecer la construcción de justicia social y pacificación en México. Y a Rodríguez Vega lo respalda una larga e intensa experiencia nacional e internacional en temas de justicia, solidaridad, responsabilidad social, pacificación y participación ciudadana.

Es así que el renovado Consejo de Presidencia de los obispos mexicanos, por un lado garantiza la continuidad en los trabajos ya comenzados para atender fenómenos globales que van desde la descristianización de la sociedad, los efectos devastadores de los abusos sexuales, los retos del cuidado de la Casa Común y la sinodalidad; y, por otro lado, también contará con nuevas voces que, por experiencia, se intuye refrescarán la participación de la Iglesia católica en el diálogo social contemporáneo.

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

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Felipe Monroy

Verdades exageradas

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FELIPE MONROY

Apuntó el filósofo Schopenhauer que toda verdad pasa por tres momentos: primero es ridiculizada, luego ferozmente combatida y finalmente aceptada como si siempre hubiera estado allí. El extraño ejercicio patrocinado por la Presidencia de la República para ‘evaluar’, ‘criticar’ y ‘vigilar’ las informaciones periodísticas publicadas en México tiene como propósito central -según la institución- el combatir las noticias falsas; y, sin embargo, de vez en vez también arremete contra las verdades.

Desde el máximo podio de divulgación de la República, Ana Elizabeth García Vilchis, funcionaria de la Dirección de Comunicación Social, acusó a un medio de comunicación por publicar informaciones que pretenden “hacer un escándalo con ese dato que no es falso, pero se exagera”.

La frase vertida por la encargada de este este ejercicio desde la cúpula de poder no nos debe sonar meramente anecdótica sino como la sustancial preocupación de la administración lopezobradorista por las verdades que pueden llegar a incomodarle.

No es novedad, ni esta administración la única que muestra recelo a que la verdad llegue a la ciudadanía; es claro que todo gobierno guarda una gran cantidad de escrúpulos para revelar o no las informaciones difíciles, adversas o que demuestran signos de su incapacidad, inexperiencia o franca corrupción.

Si algo ha detenido los procesos judiciales contra los exmandatarios, exfuncionarios y actuales servidores públicos que se han servido del poder a través de ignominiosas operaciones o desvergonzadas corruptelas justamente ha sido la falta de información verídica, comprobable y judicializable que los lleve a enfrentar la ley.

El cuidado que los corruptos tienen contra la filtración de la información que potencialmente los pone en riesgo es mayúsculo; y con razón: la revelación de datos certeros que los incrimine en delitos o acciones deshonestas catapulta a esa ‘verdad’ a ser aceptada como si siempre hubiera estado allí. Y una vez que la ciudadanía incorpora en su conciencia esa verdad, es casi imposible que vuelva a confiar en dicho político, en su grupo o en sus aliados.

Por desgracia, a lo largo de mi experiencia periodística, he constatado que las inmensas instituciones o los grupos poderosos sólo temen a la verdad cuando se muestra con su rostro de escándalo. Hay verdades que pueden ser ridiculizadas y hasta combatidas; pero el escándalo -más que veneno- es como una vacuna que protege a la audiencia de las estratagemas del poder.

En meses pasados, por ejemplo, se tuvo noticia de la denuncia presentada por un medio de comunicación católico contra el secretario general de la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos. Para variar, las acusaciones reposaron a la deriva durante varias semanas entre los océanos burocráticos de las instituciones hasta que el escándalo mediático obligó a dar curso y celeridad a las sanciones.

Este caso hace recordar las muchas denuncias que envejecen en medio de los trámites obligatorios que buscan justicia y que no son tomadas en serio sino hasta que rompen la conciencia de la ciudadanía a través de la cruda revelación de su naturaleza.

Es decir, contra la inmovilidad del poder, contra la jactancia de su autosuficiencia e invulnerabilidad, no hay nada como esa verdad que causa escándalo. Las verdades inmoderadas, como demostraron Diógenes y sus discípulos cínicos, pueden ser crueles e inútiles; sin embargo, cuando las verdades se encaminan a mejorar las instituciones o las relaciones que tienen con la ciudadanía, forman parte de un doloroso crecimiento de reconocimiento y responsabilidad.

Lo dijo así Thomas Fuller, capellán del desafortunado Carlos I, rey de Inglaterra: “La mentira no tiene piernas; pero el escándalo tiene alas”. La mentira requiere de muchos súbditos y sirvientes para hacerla llegar hasta allí donde el poder la necesita; como respuesta, la pequeña saeta lanzada desde el pueblo sólo puede llegar al empíreo del poder si el escándalo le coloca remos de aire.

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

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