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Opinión

La causa justa y la ley garrote

Felipe Monroy

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Toda sociedad guarda un sinnúmero de causas; diría el filósofo Helvétius, cada una busca satisfacción de los intereses egoístas de sus miembros. Por supuesto, no es obligatorio coincidir o apoyar todas las causas; es más, seguro hay causas que disputan nuestros propios intereses o privilegios. Es decir, hay causas que, siendo justas para algunos, son injustas para otros. Entonces, ¿quién tiene el derecho de juzgar cuáles son causas justas y cuáles no?

El presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, ha insistido en que contra su administración hay movimientos de causas injustas. En diversas alocuciones ha reconocido que debido a su larga militancia desde la oposición le gusta que la gente luche (intuimos, incluso contra el gobierno y sus instituciones como él lo hizo), pero sólo motivada por “causas justas”. Para el presidente, toda su historia personal en la lucha opositora a los últimos cinco sexenios pertenece al ámbito de la ‘causa justa’; y quizá no le falte verdad porque un buen respaldo popular a su causa le eligió presidente.

Ahora bien, concedamos que la lucha de López Obrador nunca ha sido por la ‘administración temporal del poder’ o como él lo ha puesto en sus palabras: “No es un ambicioso vulgar”. Su lucha es por “la radical transformación de la vida pública y de las instituciones en México” y es, por pertenecer a sus intereses, causa justa. Una causa que ahora cuenta con todos los recursos humanos, políticos, diplomáticos, económicos y de coerción social con los que cuenta el gobierno, la administración pública y el poder político.

¿Podría entonces haber otras causas que, siendo justas, contraríen la Cuarta Transformación? Nuevamente la pregunta: ¿quién tiene el derecho de juzgar cuáles son causas justas y cuáles no?

En el curso de las democracias modernas, ese derecho reside aparentemente en la figura del legislador; en el marco de la ley que construye y actualiza como producto de la voluntad popular y de los supremos intereses del bien común. Sin embargo, existe tal distancia entre el cuerpo legislativo y los legítimos intereses de la sociedad que hoy por hoy no hay causa justa de ninguno legitimada enteramente por el otro. Me explico: la lucha del poder en la indefectible sucesión presidencial puede ser causa justa para legisladores de oposición pero es evidente que no cuentan con la confianza ni el apoyo popular; por el contrario, la defensa de las libertades políticas y sociales o la auténtica representación democrática puede ser causa justa para los ciudadanos, pero no para los legisladores o las élites de la partidocracia.

Sólo queda, por tanto, apelar al titular del ejecutivo para que comprenda el riesgo que supone confundir los intereses de grupos por encima de intereses del bien común o el futuro democrático. Es decir, si el líder del movimiento de regeneración nacional no defendiese los principios irrenunciables de la búsqueda de justicia social, ¿deja en este caso de ser representante de la Cuarta Transformación?

Concluyo: Cuando los líderes sociales se escuchan a sí mismos, siendo utilizados por malos asesores, para usar su poder y evitar el libre ejercicio de los derechos civiles; inmediatamente pensamos que con ese mismo puño, con el que lucharon por la justicia, golpean los cimientos de su liderazgo e intentan, sin saberlo, derrocarse.

@monroyfelipe



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Laboratorio de Ideas

Aportar para crecer juntos

Columna Invitada

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Por Ana Lucía Herrera Navarro

Cada quien ve el mundo de una manera diferente, desde el ángulo que nos toca. Por lo tanto al momento de ejercer una opinión, una idea, juicio o concepto sobre algún tema, es imposible que todos vayamos a coincidir. 

Esto es la belleza de la diversidad y de la oportunidad de compartir y escuchar diferentes opiniones. 

Las redes sociales nos han dado la oportunidad de escuchar no solo a la gente que tenemos cerca, sino de comprender diferentes puntos de vista de la gente que vive en una situación completamente diferente a la nuestra. 

Es así que, al formar parte del equipo de colaboradores de este medio, creo indispensable contestar cuatro preguntas clave: ¿Quién soy? ¿En qué creo? ¿Qué aporto social y profesionalmente? y ¿Qué puedes esperar de mí con mis textos?

Soy Ana Lucía Herrera Navarro, tengo 29 años y soy originaria del norte de Coahuila. Soy comunicóloga de profesión, o de título porque en la vida uno aprende a ser de todo. Actualmente tengo una agencia de comunicación digital, soy emprendedora. 

Los que han estado en esta posición entienden que para cuando acuerdas, ya cubriste el puesto de contador, recursos humanos, psicólogo, diseñador, community Manager, vendedor, entre otros. Previo a dedicarme a esto fui ‘godín’ y freelance, y he trabajado en lo público y en lo privado. 

No tengo preferencia por algún perfil mientras haga lo que me apasiona, pero admito que amo la libertad de trabajar desde donde yo quiera. 

Soy católica activa, si algún nombre debo ponerle. No juego con la religión a lo que me convenga, tengo muy claro en lo que creo: en una relación personal y fortalecida con Dios en donde puedo discernir entre el bien y el mal bajo una base moral y ética, con una consciencia limpia y siempre a través de una genuina guía espiritual que alimento todos los días.

Mi ideología política es la que no quisiera encasillar. Creo que para ser un buen gobernante debes ser una buena persona, justa, pensante, con una real vocación para servir, informada, crítica, humilde, persistente y con capacidad de tomar decisiones bajo presión. 

Podré ser tachada de ingenua pero una línea ideológica estricta jamás va a definir a una persona.

Llegué a pensar, como muchos, que las opiniones se dividen, que siempre hay un sí y un no, que estás de un lado o de otro, que todo debe ser o blanco o negro. 

Hoy sé que durante muchos años somos programados para actuar sin pensar, y que a partir de cierta edad es necesario tomar decisiones en donde es difícil mezclar lo que nos inculcan con lo que realmente creemos.

Y entre más decidimos, entre más experimentamos, entre más vemos, entre más vivimos, entre más leemos, hacemos un criterio propio que se construye y se modifica constantemente desde el punto personal, profesional, espiritual, ideológico y que al compartirlo con los demás no es necesario esperar aceptación o respaldo, si no tener la satisfacción de presentar nuestra perspectiva que ayude a otras perspectivas en construcción. 

Y así, a partir de hoy les estaré compartiendo mi perspectiva, desde mi situación actual y en constante optimización, con todo lo que sé, creo y he vivido pero ante todo, a partir de hoy les comparto mi opinión con responsabilidad y respeto. Bienvenidos.

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Análisis y Opinión

Alerta máxima

Agustín Guerrero

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Hoy nos aislamos,
Para que cuando nos juntemos de nuevo…
…No falte nadie.

Todo ha sido demasiado rápido a partir de que el 27 de febrero se reconoció el primer caso de contagio del virus Covid-19 en nuestro país. El 16 de marzo una nota de López Dóriga anunciaba el primer fallecimiento, que horas más tarde fue desmentido.

De manera jocosa las redes lo contabilizaron como el primer resucitado. En esos primeros días, el ambiente era muy relajado entre la sociedad a pesar de las noticias en línea que nos reportaban la gravedad de los contagios en otros lugares del mundo.

De hecho la Organización Mundial de la Salud declaró la Pandemia el 11 de marzo. La enfermedad se había expandido a más de 100 países.

Tardamos 21 días en llegar a los primeros 100 casos confirmados, lo que ocurrió el 18 de marzo y ese mismo día la Secretaría de Salud informó del primer fallecido. Supimos entonces, que la enfermedad era algo serio, que no era un juego.

En cosa de un mes, un nuevo léxico apareció en nuestro vocabulario, coronavirus, pandemia, casos confirmados, casos sospechosos, contingencia sanitaria, contagios importados, contagios comunitarios, escenario 1, susana distancia, saludo de etiqueta, curva de crecimiento, aplanamiento de la curva, emergencia sanitaria, escenario 2, covid19. Y así de la nada, se saturaron las redes de “epidemiólogos” que sueltan opiniones sin ton ni son, sin base alguna. Los catastrofistas son los más delicados.

El tema ha sido también escenario de una despiadada batalla política. Por un lado, el gobierno de la república integró un equipo de expertos para el diagnóstico y diseño de una estrategia que busca reducir al mínimo el número de personas infectadas y como consecuencia un mínimo de víctimas fatales, a través de una serie de medidas que buscan contener los contagios y distribuirlos en la línea de tiempo para ser atendidos adecuadamente sin que se colapse el sistema de salud.

En un párrafo, que la crisis no se salga de control. En un país de 130 millones de habitantes, con la diversidad social, política, económica, cultural, que tenemos, el asunto es un reto mayúsculo.

Casi desde el inicio, personajes destacados y otros no tanto de la “oposición moralmente derrotada” se han dado a la tarea, un día si y otro también, de llevar adelante una estrategia de zapa. Inventando noticias, descalificando las acciones del gobierno, exigiendo medidas sin ningún sustento.

No los mueve un sentimiento de solidaridad y sentido de unidad ante la crisis. Apuestan irresponsablemente a descarrilar al gobierno. En el mejor de los casos, son mezquinos, en realidad, son unos mal nacidos.

El 23 de marzo marcó un punto de inflexión. El gobierno anuncio el inicio de la Jornada Nacional de Sana Distancia, que duraría cuatro semanas y que contenía medidas mas drásticas para lograr la contención de la epidemia. De esta manera entramos al Escenario 2. En la última semana los números han crecido significativamente. Ya rebasamos la línea de los mil casos confirmados con 1,094 al 30 de marzo, 28 fallecidos y 5,635 casos sospechosos.

En este marco, el Consejo de Salubridad General, declaró Emergencia Sanitaria por causa de Fuerza Mayor, a la epidemia de enfermedad generada por el virus SARS-CoV2 (COVID-19). Con esta declaración vigente del 30 de marzo al 30 de abril, se busca contener el crecimiento de los contagios a partir de que los ciudadanos de manera voluntaria y consiente SE QUEDEN EN SU CASA.

El supuesto es que en la medida que la gente se confine, la velocidad de la propagación tenderá a estabilizarse y a disminuir, dando tiempo a que los servicios de salud estén en condiciones de atender a los pacientes.

Y aquí es donde estamos todos a prueba. Sin duda en una sociedad con los niveles de pobreza como el nuestro, pedirle a la gente que vive al día, que se quede en casa, que no salga, que no busque el sustento, implica un sacrificio durísimo, diría heroico. Los gobiernos deben anunciar medidas de apoyo para ya, para el actual momento. El gobierno federal anunció que se adelantarán los depósitos a las personas que reciben una pensión, particularmente los adultos mayores.

El gobierno de Puebla emite un decreto para distribuir de manera universal y gratuita, miles de despensas entre la población económicamente más débil. Es una acción que pueden replicar otros gobiernos.

Si la gente va a su casa, debe ser por su voluntad, sin coerción y mucho menos sin medidas represivas. No es un estado de sitio, ni se cancelan las libertades democráticas. Por ello, debemos hacer un gran acto de solidaridad social. Como lo que hemos hecho en otras desgracias. Que quien tiene más ayude a quien tiene menos. Hagamos un gesto de Humanidad y multiplequémoslo por miles.

Viene lo más difícil. Se acercan los días de semana santa y ya sabemos lo que eso significa en movilidad de las personas. Necesitamos desde ahora, difundir mensajes para que la gente no salga. No solo es quedarse en su casa, es también quedarse en su ciudad. Son las zonas metropolitanas, como la Ciudad de México, Guadalajara, Monterrey y Puebla, quienes concentran el mayor número de casos infectados. Desplazarse a otros lugares de la república es ampliar el espacio del contagio.

Es un acto en contra de nosotros mismos. Por eso hay que explicar machaconamente que los mejor es quedarse en casa, que es temporal, y que es la única manera que tenemos de vencer la enfermedad. Y cuando pase, porque va a pasar, saldremos todos a darnos un abrazo, a cantar, a reír, a bailar, a celebrar la vida. A decirnos gracias.

AGUSTIN GUERRERO CASTILLO

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