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Análisis y Opinión

La intención cuenta… pero no es suficiente

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Padre de verdad

A lo largo de nuestra vida como padres, tenemos que ir tomando decisiones en cuanto a la educación y formación que queremos para nuestros hijos y siempre tratamos de hacerlo pensando en que será lo mejor para ellos(as) o para cada de ellos(as), que sería lo más correcto.

Yo estudié Ingeniería en la UNAM y ahí aprendí un concepto matemático que se puede aplicar perfectamente a este tema, el concepto es: Hay condiciones necesarias pero que por sí solas no son suficientes para conseguir resultados y así pasa con la intención, es importante que para la toma de decisiones en cuanto al desarrollo de nuestros hijos, nuestra intención es que sea lo mejor para ellos, pero no por eso, los resultados serán los que esperábamos

Así que en un escrito anterior (¿Hay reglas para ser un buen Padres?) explicaba que, al ser cada ser humano diferente del resto resultaba imposible que pudiéramos tener reglas universales para la relación padre-hijo, de la misma manera, cuando tomamos decisiones acerca del presente o futuro de nuestros hijos, no solo basta con tener una buena intención. Incluso cuando la hemos visto algo que le ha funcionado a otros padres o familias, actuamos con la intención de que a nosotros también nos funcione, pero no siempre conseguimos los mismos buenos resultados.

Cuando estaba definiendo lo que iba a incluir en este artículo, les pregunté a mis hijos, que me contaran anécdotas en las cuales ellos creían que yo había actuado con buena intención, pero que el resultado no había sido el esperado y me llamó la atención, que incluso entre nosotros, las anécdotas que pensábamos, no eran las mismas.

Por ejemplo, mi hija me comentaba que una anécdota que debería incluir bajo este escrito es cuando, por que nos cambiamos de casa a otra zona de la ciudad y que nos quedaba muy lejos su escuela actual y además había terminado la primaria y empezaría secundaria, yo busqué la escuela que desde mi punto de vista mejor se adecuaba a lo que yo quería para ellos, contaba con primaria, secundaria y preparatoria.

Mi hija entraría a primero de secundaria y su hermano a primero de primaria. Como decía, busque de las opciones cercanas al nuevo domicilio y escogí la que, desde mi punto de vista, era la mejor opción. El ambiente de la escuela para ella no era lo que ella esperaba y desde su punto de vista, esos dos años que pasó ahí, fueron muy poco agradables, sin embargo y como ella me lo estuvo comentando durante esos dos años, para tercero de secundaria, la cambié a una escuela que tenía un sistema y ambiente mucho más acorde a sus intereses.

En el caso de mi hijo, la anécdota que él me comentó fue que por tener muy bajas calificaciones, le quité temporalmente las clases de guitarra eléctrica, que era lo que más disfrutaba y que eso no lo motivó a ser mejor en la escuela y además una vez que el castigo había terminado, ya no quiso tomar más clases y que si le hubiera gustado, pero al final, esa fue más su decisión que mía, pero el tema es que no funcionó la estrategia.

Sin embargo, cuando yo pienso en las cosas que hice con una buena intención pero que al final no resultaron como lo esperaba, no incluiría ninguna de esas dos anécdotas, pero para ellos si fueron relevantes y ahora que me lo comentan, les doy la razón. Fueron malas decisiones tomadas con buenas intenciones. Esto muestra de que la interpretación de las cosas no solo depende de quién la hace o dice sino que también depende de quién las recibe.

Como padres siempre actuamos con la mejor intención, pero por más que estudiemos o planeemos los posibles resultados, en muchos casos, no logramos lo que buscamos y esto normalmente nos genera una insatisfacción e incluso frustración, pero no tenemos más remedio que seguir tomando decisiones con la ilusión que las próximas si nos funcionen tal cual las pensamos.

El problema importante está en que vamos desarrollando un sentimiento de culpa que lejos de superarse se va a acumulando y esto hace que la relación con nuestros hijos se vaya condicionando, ocasionándonos, a veces, sobrecompensaciones y el hecho de ir perdiendo nuestra función esencial que es la de ser guía y tendiendo a ser más “amigos” de nuestros hijos, lo que en muchas ocasiones, puede incluso restarnos autoridad ante ellos.

Sin querer caer en la categoría de mártir, si creo que a los padres de hijos que tengan menos de 30 años, nos tocó un etapa muy difícil en la gestión de la educación y formación de nuestros vástagos, porque nos tocó el auge de la información a través del internet y la globalización y las técnicas que usaban nuestros padres no nos funcionaban a nosotros.

Recuerdo que una mirada de mi papá bastaba para que entendiéramos su postura y no hacer más grande el tema y a nosotros esas mirabas no nos daban más que resultados opuestos. Sin embargo creo que los padres que hoy en día tienen hijos menores de 10 años, sufrirán más que nosotros, porque ahora las brechas generacionales son más cortas que en el pasado.

El tema de la intención también va de la mano con el del conocimiento. Hoy en día los hijos tienen tanta información, incluso en algunos casos más información que los padres, pero sin la experiencia de estos, por lo que el tratar de explicar las decisiones que tomamos, incluso cuando lo hacemos al nivel de entendimiento que la edad de cada hijo tenga, no hace más fácil la aceptación de la decisión tomada.

Pero como padres, esa es nuestra función y a pesar de los errores que comentamos, con buena o mala intención, tendremos que seguir tomándolas y esperar que resulten bien.

La sociedad hoy en día, exige de la formación familiar (de la que somos responsables los padres y madres) que sea de criterio muy amplio, de fácil adaptación al cambio, de preservar valores reales y no los impuestos por tradiciones, religiones o costumbres. Esto resulta más complicado cuando nosotros mismos crecimos y apreciamos esos valores que nos impusieron nuestros padres.

Sin embargo, no podemos dejar de reconocer que el que nuestros padres, abuelos y demás antecesores o la sociedad en la que ellos vivían marcara, por ejemplo tantas injustas diferencias en los géneros, nos haya hecho llegar a la violencia de género que hoy estamos viviendo y que ha provocado en la actualidad este movimiento  feminista, que como hombre aunque digamos apoyar, no entendemos del todo, porque como leía en días pasados, los hombres no tenemos que luchar porque se nos reconozca y las mujeres sí.

En fin, que cuando se trata de formar y educar a nuestros hijos, debemos considerar primero que nada, que cada hijo, es un individuo diferente a su(s) hermano(s), es decir que aunque sean del mismo género, no son iguales.

Adicionalmente tenemos que ser conscientes que durante toda la primera etapa de su desarrollo las decisiones serán tomadas por los padres y conforme vayan creciendo los iremos involucrando más en los procesos de la toma de decisión, pero seguirá siendo responsabilidad de nosotros hasta que ellos ya sea capaces de ir tomando algunas decisiones en las cuales deberemos participar, por tener una mayor experiencia en la vida y por seguir tratando de ayudarlos a conseguir cumplir sus sueños y expectativas, las de ellos, no las de nosotros.

Y en todo este periodo, tendremos que ser conscientes que aunque nuestra intención sea la mejor, no siempre será suficiente para conseguir los resultados esperados, pero seguiremos corriendo riesgos en aras de que consigan lo mejor para sus vidas.

Como siempre, agradezco su lectura del blog y agradezco aún más sus comentarios que siempre son enriquecedores

Ya está lista la publicación de esta semana, titulada: LA INTENCIÓN CUENTA PERO NO ES SUFICIENTE, en la que hablo de como los Padres tomamos decisiones con buena intención pero los resultados no siempre son los esperados.

Espero que lo disfruten!

*Del Blog Padre de Verdad
https://www.padredeverdad.com/post/la-intención-cuenta-pero-no-es-suficiente



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Análisis y Opinión

Discurso monstruoso

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Sucedió lo que los expertos anticiparon hace años: el modelo de comunicación del líder político finalmente se ha convertido en bestia autofágica: el discurso canibaliza a la persona frente nuestra impotente mirada y, casi exclusivamente, para divertimento y perversa satisfacción de sus estultos aplaudidores.

El discurso se ha tornado en un ente autónomo, pendenciero, monomaniaco e insaciable: prefiere el conflicto al acuerdo, está incapacitado para la escucha y para ver más allá de su nariz, utiliza todo el espacio bajo el reflector para esparcir abundante verborrea inconexa y, lo más grave, parece utilizar a la persona humana como vehículo de su voracidad.

Hay que ser claros: el discurso siempre ha sido una creación que muchas veces crece o muere lejos de la mano de su creador, y eso no necesariamente es malo. Hay discursos -los mejores- que trascienden a la persona y homenajean a su creador en voz de terceros; pero hay otros -los monstruosos- que encadenan y esclavizan al propio predicante.

No pocas veces se ilustra este fenómeno como un orador que se ata con su propia lengua larga; sin embargo, hay ocasiones en que el discurso se torna aún más oscuro: como si una gigantesca sanguijuela succionara la credibilidad o la dignidad del hablante para sobrevivir.

Esto último suele pasar muy particularmente entre las personas poderosas. Ejemplos abundan. En la cúspide de la seguridad, Trump dijo: “Podría pararme a la mitad de la Quinta Avenida y dispararle a alguien y no perdería a ningún votante”; por el contrario, cuando Clinton estaba acorralado por la realidad se defendió con: “Todo depende de cuál ‘es’ el significado de la palabra ‘es’”; fue menos creativo que Nixon cuando se respondió ante acusaciones: “Cuando el presidente lo hace, deja de ser ilegal”, dijo.

No sólo los norteamericanos son víctimas de sus lenguas, el presidente Mauricio Macri, a un policía en riesgo de perder un ojo por las protestas contra su gobierno, le dijo: “Tu mujer es muy linda para que la mires con un solo ojo”; y, si ya estamos con la insensibilidad, Sebastián Piñera dijo al atleta invidente Cristán Valenzuela: “Queremos pedirle que no sólo fije su mirada en los Juegos Paraolímpicos sino que extienda su carrera hasta los Panamericanos”. Y en un arranque de honestidad, Cristina Fernández de Kirchner confesó: “Yo nunca pude aprender más allá del ‘hache dos cero’ del agua”.

Todos estos últimos casos son anecdóticos y son producto de lo que afirma el refrán: ‘A fuerza de tanto andar, siempre han de salir callos’. Los personajes públicos -especialmente los políticos- hablan tanto que su poder y sus excesos, contaminan sus palabras y hacen más probable la pifia, el error.

Pero no es de lo que hablamos arriba: cuando el discurso canibaliza al orador ya no estamos frente a un ‘desliz’ o un lapsus. Estamos ante la agresiva autonomía del discurso ideológico que esclaviza al político. Como terribles ejemplos está aquel del expresidente ultra-nacionalista de Zimbawe, Robert Mugabe, quien llegó a afirmar que “el único hombre blanco en el que puedes confiar es en un hombre blanco muerto”; o Jair Bolsonaro cuando emergió su racismo al preguntarle sobre paridad de género: “No es una cuestión de colocar cupos de mujeres. Si ponen mujeres porque sí, van a tener que contratar negros también”.

Ni siquiera me atrevo a repetir las atrocidades que otros personajes -dictadores, criminales de guerra, autócratas- han dicho porque es claro que a ellos ya los controlaba el discurso y no ellos al discurso, como sucede con la gente en sus cabales.

Hay discursos que encadenan y someten; discursos alimentados de poder, excesos y cerrazón. Discursos monstruosos que no recuerdan que “para tapar la boca de todos, se necesita mucha comida”; hay discursos que viven engañados creyendo que satisfacen a todos sólo porque tienen indigestos e intoxicados a sus vehículos humanos.

Hay políticos que no pasarán a la historia por ser consecuentes con su discurso; quedarán como ejemplo de víctimas de las palabras que los deshumanizaron.

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

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Análisis y Opinión

Imagen, reputación y los medios en la opinión pública

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Como bien sabemos la imagen es todo lo que se ve o se percibe de una persona u organización. Se forma con base en lo que se comunica hacia el exterior y en cómo estos mensajes son interpretados por el receptor. La imagen se construye, es la percepción individual, es la foto, se basa en lo visual e icónico y genera expectativas, por lo que cada stakeholder tiene que tener eso en cuenta al momento de generar una percepción.

Es así como, la imagen que en este mundo digital siempre termina siendo pública, o, se asocia a esa percepción, es decir, la sensación interior que resulta de una impresión hecha en los sentidos. Esa imagen es a la vez causado en la mente del receptor gracias a la cohesión de las causas que lo originaron, como consecuencia, la imagen da lugar a un juicio de valor, de donde lo percibido será aceptado como una realidad que puede tener connotaciones positivas o negativas, según el rechazo o a la aceptación de lo percibido.

Como podemos apreciar en el siguiente gráfico, la imagen es la percepción que se convierte en la identidad y con el tiempo en reputación. Se trata de una secuencia de ideas asentada llamada: Ecuación de la Imagen.

La reputación va más allá de la imagen, pues su efecto es a largo plazo. Agrega valor a la persona u organización y forma vínculos duraderos con los stakeholders. Esa reputación se gana, es la percepción colectiva, es la película, se basa en la conducta y genera valor, por lo que parte de lo que debemos aprender es entender qué queremos que el receptor reciba y con qué historia.

Por lo mismo, tanto la imagen como la reputación deben ser gestionadas por las personas u organizaciones atendiendo las audiencias convencidas firmemente de un mensaje coherente y que conecte.

Todo lo que somos debemos saber comunicarlo, porque al final consciente o inconscientemente damos un mensaje.

Samantha Alcázar Flores
Coordinadora de Relaciones Públicas en Metrics.

Twitter: @SamAlcazarF
Instagram: Sam Alcázar F
Facebook: @SamAlcazarF

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