Felipe Monroy

Los bulos de un mundo desesperado

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Felipe de J. Monroy*

Menudo fin de semana ha tenido el papa Francisco y los fieles católicos que se mantienen expectantes de su palabra, su orientación y sus decisiones sobre la Iglesia. Antes de que concluyera la semana, una cadena de televisión italiana anunciaba una entrevista con el pontífice en la que abordaba sin eufemismos (y quizá hasta con poco tacto) los tópicos más polémicos del inicio de año; y para el domingo, las fake news divulgadas en las redes sociales ya acusaban de un forzado apagón en el Vaticano para que Francisco huyera tras una acusación de pederastia en su contra. Una locura.

No hay manera de comprender este último fenómeno sin mirar el contexto, sin advertir que estos bulos y sus intenciones son parte también de los cambios de paradigma en materia de información y comunicación que se han confirmado formal y legalmente en estos días. No es una coincidencia que las mismas redes sociales que permiten el crecimiento exponencial de mentiras y engaños de cualquier naturaleza hayan tomado la decisión de endurecer sus políticas de privacidad y reclamar su derecho de palabra y admisión a personas que no se alinean a las creencias que las empresas abrazan; tampoco es casual que los ataques al pontífice sean promovidos y divulgados también a través de esas mismas redes sin que aparentemente nada se pueda hacer. ¿Qué es lo que sucede?

Sucede lo de siempre: hay una realidad que incomoda. Una realidad que tiene un potencial de indignación tremendo y la constante lucha de poderes por controlar o manipular la conciencia de la gente.

Pero vamos por pasos. En la entrevista, el Papa fue categórico contra aquellos que confunden o se dejan confundir con teorías de conspiración respecto al COVID-19 o la vacuna que -hay que señalarlo- se compra, vende y distribuye por el mundo sin más mirada que la de rescatar al mundo de una pandemia dolorosísima.

El pontífice lamentó que haya gente en este punto de “negacionismo suicida” contra la vacunación o calumniadores que inoculan ignorancia y miedo en un proceso del que la población general sabe más bien poco. Las palabras fueron muy fuertes, incluso para aquellos que, si bien confían en los esfuerzos de la ciencia y la medicina para afrontar los desafíos de la humanidad, también comprenden que el mundo se ha vuelto terriblemente complejo; tanto, que parece no ser ingenuo el mirar dos veces el tipo de relaciones sociales, humanas y económicas que se han implementado bajo la esperanza de una vacunación que nos devuelva la normalidad perdida.

El segundo tema polémico fue, invariablemente, el de los acontecimientos en los Estados Unidos. Al respeto, el Papa fue esta vez más diplomático, pero no por ello menos comprometido: “Ningún pueblo puede jactarse de no tener un día así de violento en su historia”, dijo. En el fondo, con esta pequeña reflexión, el papa Francisco le enviaba un mensaje profundo al corazón del orgullo norteamericano que ha llevado conflicto y caos por el mundo entero bajo la premisa de que son ellos los ‘guardianes de la democracia’ [sic]. El pontífice parece obligar a los norteamericanos a mirarse al espejo para descender del empíreo de su vanidad y reconocer que comparten las mismas debilidades del mundo conocido.

¿Fue esto suficiente para que los bulos se ensañaran con el papa Francisco este mismo fin de semana? Quizá no. Pero es un hecho que forman parte de una resistencia tremenda a los cambios que este viraje civilizatorio nos está obligando. Es difícil -como lo constatamos- ser la vergüenza democrática del momento cuando, con el pecho henchido y divino encargo, se enviaban tropas para restaurar el balance geopolítico; es igualmente difícil que la institución marmolea falsamente incólume al paso de los siglos se vea obligada a abrazar el fuego del cambio.

El Papa parece recordarle al mundo que, si bien el mensaje y la esencia salvadora de la fe cristiana es perenne, los estilos, las dinámicas y la construcción humana de las instituciones siempre han evolucionado junto a los desafíos de cada época. Los creyentes, si cuentan con fe suficiente, aceptan los terribles cambios civilizatorios porque saben que la esencia del mensaje y la salvación de su fe tiene respuestas para todo tipo de escenario imprevisto.

Y esto es simplemente intolerable para los viejos y los nuevos dueños de las dinámicas del mundo. Para los viejos (como los Estados nación o las potencias ideológicas político-militares), el mundo debe regresar al punto donde no se vulnere su statu quo; para los nuevos (los imperios tecnológicos de comunicación y manipulación de conciencia social), el cambio necesario es aquel donde ellos decidan la ciudadanía (o peor, la dignidad) de cada ser humano.

El mundo se encuentra en terrible desesperación y los engaños son parte de su respuesta inmunológica al cambio. La defensa a ultranza de lo que fuimos (incluso de lo inconfesable) es el síntoma invariable de la desesperanza. Lo dijo de otra manera al papa Francisco en la Solemnidad de Pentecostés del año pasado: “Peor que esta crisis, es solamente el drama de desaprovecharla, encerrándonos en nosotros mismos”.


*Director de VCNoticias.com
@monroyfelipe

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