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Análisis y Opinión

¿Malos hábitos laborales en la Cuarentena?

Gerardo Medina Romero

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El Mundo Interno de las Organizaciones

Los primeros estudios indicaban 21 días de repetir un patrón de comportamiento para que se convirtiera en un hábito, los más recientes señalan que se requieren más de 60, lo cierto es que muy probablemente, a partir de que cambiamos nuestras rutinas de trabajo por la pandemia, a estas alturas hemos desarrollado ya, nuevos hábitos relacionados a la manera en que trabajamos.

Algunos de estos hábitos son muy visibles, como el ritual matutino que substituyó el traslado a las oficinas por otras rutinas como despertar más tarde, hacer ejercicio o desayunar con la familia, sin embargo, seguramente hemos desarrollado otros hábitos de los que ni siquiera nos hemos dado cuenta.

De la misma manera en las organizaciones, algunas prácticas de trabajo nuevas pueden haberse convertido en cambios permanentes en la dinámica laboral, sin que se hayan percatado todavía de ello, algunos para bien pero otros seguramente comenzarán muy pronto a cobrarles la factura.

Una de estas prácticas que he observado recurrentemente y que quizá sin darnos cuenta se ha convertido en un hábito es la extensión de la jornada laboral, sobre todo, para los que trabajan desde sus hogares. He observado como la mayoría de los ejecutivos han asumido que el tiempo que el personal ahorra en el traslado, lo pueden tomar como parte de la jornada laboral y por ello, las llamadas, correos, chats e incluso video conferencias de trabajo se han estado programando cada vez más temprano y se han extendido muy tarde e incluso pasado a fines de semana.

La hora de comida prácticamente desapareció porque se asume que era solo para tomar alimentos y dado que tampoco hay traslado, el tiempo efectivo puede ser ahora de 15 minutos. El abuso de las videoconferencias en el día, orilla al personal a realizar su trabajo individual hasta la noche, incluyendo atender llamadas y mensajes que pueden nunca terminar. El problema que esto se haya convertido ya en un hábito es que ya no permite hacer otras cosas que resultaban fundamentales, tanto para nosotros como individuos, como para nuestras organizaciones como un todo.

Para empezar, el tiempo de traslado no formaba parte de la jornada laboral, en ese tiempo la gente podía dormir, leer, escuchar música o simplemente descansar la mente y pensar en cosas que no fueran del trabajo, hoy, la gente piensa 7 x 24 en el trabajo. La hora de comida también servía como distractor, descanso y además como espacio de desahogo y conversación de temas personales que servía para generar vínculos sociales y de confianza entre compañeros de trabajo.

Estos y otros nuevos hábitos adquiridos durante este período, pueden en el corto o mediano plazo deteriorar el equilibrio emocional de las personas e incluso su salud. Los seres humanos necesitamos variar el estímulo a lo largo del día, el cerebro, los ojos y la columna vertebral necesitan períodos de descanso por ejemplo, mientras que las piernas necesitan activación. Lamentablemente las consecuencias negativas no son visibles de manera inmediata.

Además, la organización necesita equipos de trabajo donde sus miembros se conozcan y confíen unos a otros, y esto solo se logra a través de espacios donde se den interacciones informales y pláticas sobre temas personales. En este sentido, existe el riesgo que estos vínculos se estén poco a poco deteriorando también sin que pueda ser visible para nadie.

Por todo esto, me parece crítico que tratemos de identificar los nuevos hábitos que pueden tener consecuencias negativas y busquemos en conjunto con nuestros compañeros la manera de evitarlos. De la misma manera, identifiquemos las prácticas que nos aportaban valor y enriquecían la dinámica del equipo y que por la situación se hayan estado perdiendo y encontremos la manera de revivirlas.

Es importante generar nuevos espacios y mecanismos para promover interacciones personales entre los colaboradores y se deben hacer como parte de la jornada laboral, porque de no ser así, en mi opinión en pocos meses, comenzaremos a sufrir las consecuencias.

Te invito a platicar y conversar con tus jefes, subordinados y colegas para diseñar e implementar en su dinámica de trabajo, mecanismos para recuperar esos espacios que se han perdido y aprovechar para generar acuerdos y compromisos para respetar una jornada laboral más adecuada.

Programen sus reuniones en ciertos horarios convenientes para todos y el horario para el resto de la jornada laboral que pueda ser decisión de cada persona en el horario que mejor les acomode.

Es momento de aprovechar para eliminar malos hábitos y desarrollar buenos hábitos en beneficio de la organización y de cada uno de sus colaboradores.

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Análisis y Opinión

Gobernar la incertidumbre

Felipe Monroy

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Vivimos tiempos raros. Hasta antes de la pandemia, no había espacio público en el que no se abordara la crisis ecológica. Las campañas contra los popotes y las bolsas plásticas se globalizaron al punto de que no pocas naciones modificaron sus leyes para evitar la contaminación por proliferación de estos polímeros; las tensiones geopolíticas se enrarecían debido a las responsabilidades que cada nación asumía por las emisiones de carbono de sus actividades industriales. Pero llegó el coronavirus y todo eso pasó a ser secundario.

Hoy hay un exceso de mascarillas y caretas plásticas (por cierto, de los mismos polímeros antes satanizados) que tapizan la piel del planeta sin que ningún colectivo ambientalista comente algo; además, la mayoría de los planes de reactivación económica de las naciones propone acelerar sin ningún miramiento la intensa industria contaminante para salir de la crisis global. Lo inmediato se tornó urgente; lo urgente, indispensable y el resto, prescindible. La política halló, sin buscar, su mejor aliada: la simplificación de lo perentorio; y, en un escenario dominado por la anomalía, una golondrina sí hace verano.

“Basta consolar a los desconsolados, contentar a los descontentos, castigar a los malos y premiar a los buenos. Cualquier gobernante que quiera gozar de la felicidad en la tierra y la gloria de la historia debe procurar tranquilidad y prosperidad a sus ciudadanos”. Palabras más o palabras menos, este es el corazón de la formación política clásica. Sin embargo, con la modernización de los estados, cada una de estas ideas ha logrado desprender algún constructo formal o institucional: leyes, normas, fuerza pública, procuración de justicia, administración de bienes, recaudación de impuestos, condecoraciones, concesiones, prebendas y privilegios. Lo simple se tornó complejo; hasta ahora.

En un contexto anómalo (y la pandemia nos ha confirmado esta realidad), es necesaria la gobernabilidad de las cosas raras, administrar lo inusual, servir entre lo extraño, lo atípico. Lo verdaderamente incierto, producto de contingencia, no es que lo simple se vuelva complejo, sino que lo simple resulte más simple y lo complejo, aún más simple.

La administración de la contingencia plantea que no existe un ‘modo ideal’ de organización, que más bien sólo existen aproximaciones de administración que dependan del tipo de tarea como de las condiciones en las que se desarrolla. La complejidad del escenario traído por la pandemia es que parece haber sólo una tarea, sobrevivir, y una condición, la adversidad. Los gobernantes, con aparatos enormes e hiper especializados de gobernabilidad parecen entonces usar un cañón para matar a una mosca o, peor, diez millones de globos de fiesta para derruir un edificio. No existe manera en que se satisfaga la urgencia ni liderazgo que logre mantener la confianza.

Según la tradición judeocristiana, hay tres categorías de liderazgo para situaciones según la complejidad del escenario. Cuando las cosas están claras, la mejor figura es el rey; porque es un administrador y un gobernante, erige las estructuras, se enfoca en los resultados y en los procesos. Cuando la situación se enturbia, mientras hay incertidumbre y duda, el sacerdote es la figura de comprensión, compasión y servicio que se inclina por entender y atender las relaciones entre las personas. Sin embargo, cuando los tiempos son oscuros, cuando nada parece estar en su lugar, el único liderazgo que descuella es el profeta. Desde el más despreciado de los rincones, el profeta guía bajo una radical certeza: la conversión, el cambio de comportamiento; es la anagnórisis personal la que transformará finalmente el contexto.

La simplificación de lo urgente, de lo indispensable, no lo hace -sin embargo- asequible. De hecho, lo torna casi inasible. En este modo anómalo no se busca ‘reducir cierto porcentaje en el índice de crímenes’ sino ‘obtener la paz’. Y, ‘la paz’ es más simple, pero resulta casi etérea. Así sucede con otras simplificaciones: la honestidad, el bien común, la primacía del necesitado, la salud, el servicio, la justa retribución, el bienestar.

Así que hoy pueden volver todos los popotes y bolsas plásticas; mientras la urgencia pandémica sea prioridad, los líderes buscarán ganar siquiera uno de sus desafíos, porque un triunfo sería todos los triunfos y entonces el mundo contemplaría que se acerca el verano.

LEE Víctimas, próceres de una nueva cultura

Director VCNoticias.com

@monroyfelipe

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Análisis y Opinión

Víctimas, próceres de una nueva cultura

Felipe Monroy

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Hasta ahora sabemos cómo lucen los pueblos y las naciones cuyos referentes identitarios y culturales son los héroes. Sus efigies y retratos magnificentes se encuentran en cada oficina, en las calles y las citas anuales para rendirles homenaje, gratitud y respeto. Sin embargo, las nuevas movilizaciones gremiales -casi pura esencia de clan o gueto- desprecian profundamente el santoral cívico y erigen un nuevo personaje como modelo histórico: la víctima.

En ocasiones, no les falta razón: son en sí mismas víctimas o sobreviven de la mera indignación por las víctimas que aún aman. La realidad de estas personas es pura contingencia, incertidumbre que no reposa; por ello les molesta tanto el mármol y la piedra de las instituciones, porque les contemplan impertérritas, porque los muros no se doblegan ante el dolor de nadie, porque no se ruborizan de vergüenza por sus faltas, porque no lloran ni gimen. Al parecer piensan igual de los héroes en egregias estampas: los próceres permanecen incólumes en el panteón de los héroes mientras el pueblo sufre.

Sin embrago, no es culpa de aquellos. Casi siempre mal comprendidas e instrumentalizadas por los poderes temporales, las historias de los héroes patrios se acrisolan en hagiografías incorruptibles. Hay figuras, que ni el tiempo ni la razón política, desean opacar: la de Juárez, ‘Benemérito de las Américas; Madero, ‘Apóstol de la Democracia’; Morelos, ‘Siervo de la Nación’; y, por supuesto, Hidalgo ‘Padre de la Patria’. Hay otras, sin embargo, que el vaivén político ha modificado. Hubo un momento, por ejemplo, en que se loaban las historias del general Calles como la del ‘Reconstructor de la Revolución’ y no como la del ‘Jefe Máximo’; o la de Porfirio Díaz, como ‘El Héroe de la República’ y no como ‘El dictador’.

Basta mirar en derredor para verificar que esta nación -con sus luces y sombras- fue forjada en los acontecimientos donde intervinieron estos liderazgos; pero que es un territorio que no funciona ni desean las manifestaciones que pasan marchando y destrozando sus efigies, que devuelven al lodo de la realidad los monumentos marmóreos, que ‘intervienen’ con furia los retratos oficiales y que yerguen un nuevo símbolo para la cultura sociopolítica del pueblo: el antimonumento de las víctimas.

Ponderar a las víctimas como ese personaje simbólico sobre el cual se levanta la nueva cultura social y política es, primeramente, un acto de justicia, de memoria y de compasión; pero también abre un sendero riesgoso. Lo explica así Todorov: “Aun cuando ser víctima de la violencia es una suerte deplorable, en las democracias liberales contemporáneas se ha convertido en deseable obtener el estatus de antiguas víctimas de violencia colectivas… es significativo que en la actualidad sean las víctimas en lugar de los héroes los que son objeto de mayor número de atenciones o solicitudes… los ultrajes sufridos pesan más que los éxitos conseguidos”.

El riesgo surge cuando las antiguas víctimas son sustituidas -en la narrativa pública o institucional- por nuevas víctimas que han padecido crímenes más terribles; o peor, cuando la mirada se obsesiona con el personal dolor sin tomar distancia para cuestionar objetivamente las causas de la injusticia, recomponer el sentido de los acontecimientos o reconocer los avances del perdón o la reconciliación.

¿Cómo sería el rostro de una nación o de un pueblo cuyos próceres sean las víctimas, cuyas narrativas funcionales provengan de los ultrajes, de las derrotas y no de los triunfos o logros? ¿Cómo sería el sustrato cultural de un país donde reciban más atención los antimonumentos que los monumentos, la vergüenza más que el orgullo, el lamento más que el júbilo? Quizá sería más humano, quizá más fugaz.

LEE Descansa en paz, Pedro Arellano

*Director VCNoticias.com

@monroyfelipe

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