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Sergio Obeso Rivera Sergio Obeso Rivera

Opinión

Sergio Obeso, un cardenal sagaz y valiente

Felipe Monroy

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Lejos de los reflectores, pero siempre presente a lo largo de grandes transformaciones de la cultura y sociedad mexicanas de las últimas cuatro décadas, el histórico pastor de la Arquidiócesis de Xalapa, cardenal Sergio Obeso Rivera, falleció la noche del 11 de agosto a los 86 años.

Obeso Rivera es considerado uno de los principales liderazgos del episcopado mexicano durante las últimas décadas del siglo XX y el cambio de milenio. El juicio no es ligero: por el lado político, se le reconoce su actitud dialogante con los gobiernos para lograr remontar la situación anómala en que se encontraba la Iglesia católica (y todos los demás credos y religiones) tras los efectos de la Guerra Cristera y los acuerdos de pacificación. En el aspecto social, es indispensable su lectura sobre la participación de la identidad cristiana “audaz y humilde” en las transformaciones sociales y los desafíos de la nación mexicana. Finalmente, en el ámbito religioso y pastoral, un incansable promotor de la fe, obra y figura de su antecesor, Rafael Guízar y Valencia, primer obispo mexicano canonizado.

Sergio Obeso Rivera fue nombrado obispo por el papa Paulo VI en 1971; primero para Papantla y luego como coadjutor para el arzobispo de Xalapa en 1974. Asumió con plena potestad el gobierno de la iglesia veracruzana en 1979 apenas unos meses más tarde de la histórica visita del papa Juan Pablo II a México. A partir de este acontecimiento, Obeso Rivera comenzaría a actualizar en la Iglesia mexicana la visión sobre una moderna libertad religiosa y la llamada nueva evangelización.

En noviembre de 1982, Obeso Rivera fue electo presidente del colegio de los obispos católicos de México y, desde aquel entonces, la prensa lo identificó como “un obispo de corriente pluralista, innovador e intelectualmente abierto”. No tardaría en demostrar estas cualidades principalmente con los diálogos con el presidente Miguel de la Madrid y posteriormente con Carlos Salinas de Gortari para actualizar el estatus legal de las asociaciones religiosas en el país; pero también ante las crisis sociales producidas por los fraudes electorales y los abusos autoritarios; los movimientos de indignación política y social a los que se sumaban diócesis y órdenes religiosas enteras; la promoción de espacios de diálogo y cultura (como en la reapertura de la Universidad Pontificia de México); y la inteligente diplomacia ante las presiones del nuncio Girolamo Prigione para utilizar el órgano episcopal como un ejecutor de oscuras voluntades.

Sergio Obeso Rivera favoreció el equilibrio en los discursos y el sagaz avance institucional para atender las complejidades que trajeron los últimos regímenes priistas previos a la alternancia del 2000. El arzobispo fue parte de una generación de líderes católicos que debieron atender las tensiones por la lucha democrática ante los regímenes autoritarios y el papel de las asociaciones religiosas en la construcción de sociedades modernas, plurales, laicas y con pleno reconocimiento de las libertades religiosas. Para el arzobispo, la búsqueda de la democracia siempre exigió instituciones independientes y una madurez de la sociedad civil que difícilmente se alcanzaría con identidades disociadas entre la responsabilidad ciudadana sus valores trascendentales o religiosos.

Su opción al interior del episcopado fue fortalecer la colegialidad, escuchar a los obispos y comunidades religiosas periféricos, respaldarlos incluso a pesar de las presiones de la élite política. Su búsqueda ‘democratizadora’ de la nación mexicana también alcanzó los veneros de la propia Conferencia del Episcopado Mexicano no sin polémicas ni incomprensiones de sus propios hermanos obispos.

Todo esto, mientras en las bases de la iglesia católica se vivía la actualización del nuevo Código de Derecho Canónico y la construcción de uno de los pontificados más largos e influyentes de la historia con la deslumbrante personalidad de Juan Pablo II.

Quizá una de sus principales colaboraciones para la comprensión de la actualización de la Iglesia católica y sus fieles ante los desafíos de la nación mexicana está reflejada en el documento “Del encuentro con Jesucristo a la solidaridad con todos” del año 2000. En esta extensa carta pastoral, la Iglesia católica reconoce un largo y doloroso proceso de emancipación política que, al tiempo de dar fisonomía a un Estado laico, soberano e independiente, propicia una más audaz, libre y partícipe función de la identidad religiosa en las batallas por la libertad, la justicia social y la democracia.

A sus 85 años, el arzobispo Sergio Obeso recibió el reconocimiento pontificio por su influencia, trayectoria y servicio a la Iglesia católica universal mediante el birrete cardenalicio que le impuso el papa Francisco. Su convicción de un arraigo histórico y cultural entre la identidad religiosa mexicana y la construcción de una nación moderna y solidaria la sostendría en todo momento.

Para el cardenal, la ruta institucional siempre estuvo ligada a la audacia que da la auténtica identidad. Incluso esta idea se refleja en una anécdota: Cierta vez se le solicitó su dirección personal y el arzobispo recitó las placas de su coche; según él, las autoridades habrían podido encontrarlo siempre a ras de carretera, visitando las parroquias del estado, porque su identidad como obispo le obligaba a confirmar en la fe allí donde se encontrara su rebaño.

En estos años he recuperado una serie de anécdotas e historias que pueden dar idea del tamaño de personaje que fue Sergio Obeso Rivera para el país; pero, al permanecer siempre lejos de los reflectores, muchas de ellas son inverificables. Quizá sea lo mejor, porque más que hagiográficas, cada anécdota es inspiradora del poder colectivo, de la necesidad por la pluralidad, la participación y la decisiva ecuanimidad.

Descanse en paz.

@monroyfelipe



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Laboratorio de Ideas

¿Qué aprendimos de la elección del 2006?

Cristian Ampudia

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De pronto, y en medio de una pandemia mundial, nos encontramos con la madre de todas las batallas electorales: la elección del 2021 en México, por la que ya comenzamos a ver cambios en el panorama político en el país y en la vida pública.

Y no es para menos. Es probable que estemos hablando de las elecciones más importantes en la historia de México, pero pongámoslo en perspectiva: el año entrante se renovarán 15 gubernaturas estatales, de las cuales actualmente ocho son del PRI, cuatro del PAN, una independiente (Nuevo León), una del PRD (Michoacán) y una de Morena (Baja California).

De entrada esto puede pintar de una color diferente el mapa electoral del país, o de varios, ya se verá en los meses siguientes.

También se renovarán 27 legislaturas y 28 ayuntamientos de entidades federativas.

Si lo vemos en cifras, en los próximos comicios electorales estarán en disputa alrededor de 3 mil 200 cargos de elección popular, entre diputados (federales y locales), alcaldes, regidores y síndicos municipales. Además de los ya citados 15 gobernadores.

Sólo Durango y el Estado de México no tendrán comicios locales, lo que puede dar una muestra de la dimensión de estas elecciones, sin embargo, no es lo más importante de este ejercicio democrático, no.

La importancia radica en que estarán en juego dos visiones de país (difícilmente habrá una tercera), de cómo manejar las riendas de México y una sociedad polarizada al extremo, tal y como sucedió en las elecciones del 2 de julio de 2006.

Aquella jornada electoral se caracterizó, además de la marcada división entre los seguidores de Felipe Calderón y Andrés Manuel López Obrador, por la ventaja que tuvo el tabasqueño al inicio de los conteos rápidos, misma que se fue diluyendo conforme avanzó la noche.

Fue hasta las primera horas del jueves 6 de julio, con casi el 98% de las casillas computadas, que se dio a conocer que Calderón desplazó a López Obrador en la contienda por la presidencia. El conteo finalizó aquella misma tarde y el presidente del Instituto Federal Electoral (IFE), Luis Carlos Ugalde, declaró vencedor a Calderón Hinojosa por un margen mínimo.

Desde entonces, se desataron una serie de movimientos en defensa del voto por parte de ambos bandos, los cuales parecían comenzar a ser cosa del pasado. Hoy enfrentamos un escenario muy similar en cuanto a polarización se refiere y Morena buscará demostrar que puede llevarse el carro completo y no suena descabellado. La razón es sencilla: sus oponentes no parecen estar listos ni organizados para dar pelea.

Restan muchas variables a tomar en cuenta en el futuro de esta elección. ¿Recuerdan que abrimos esta columna señalando que estamos en medio de una pandemia que aún no ha sido superada? Es muy posible que el resultado de las elecciones dependa de lo bien o mal librado que salga México de este infortunado asunto.

Una vez más la premisa dictada “estás conmigo o contra mí” (con todas las consecuencias que tuvo para el país) parece ser el común denominador para la siguiente elección. La polarización ya se respira y los partidos tienen lista la maquinaria para salir a buscar una vez más el voto… entonces, una vez más le pregunto: ¿qué aprendimos de la elección del 2006?

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Análisis y Opinión

Discurso para un entremés sexenal

Felipe Monroy

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¿Por qué la comunicación de López Obrador parece cada vez menos eficiente? ¿Qué ha pasado con ese orador absoluto que motivaba, cautivaba y convencía a millones de mexicanos desde el podio? A dos años de su triunfo electoral, el presidente ofreció nuevamente un informe sobre el estado de la administración federal en lo que ha denominado Cuarta Transformación de la vida pública de México, y vale la pena analizar lo que sucede en materia comunicativa presidencial.

Debido a la pandemia y a la incertidumbre, el mensaje de este primero de julio sufrió obvias limitantes: El escenario, aunque simbólico, resultó más sombrío que solemne; en el proscenio, una inquietante silla vacía sin propósito tensaba la atención al orador; y el público (Beatriz Gutiérrez más un puñado de miembros del gabinete), apenas se hizo notar por sus aplausos de reciedumbre. Lejos del pueblo y de la base social que lo llevó al poder, López Obrador sólo tenía su discurso para brillar.

Y, sin embargo, nada destacó en la base del discurso. El presidente se mantiene en sus trece respecto a su mensaje. El texto es idéntico en estructura a los ofrecidos los últimos cinco primeros de julio y diciembre. Todos están construidos de la siguiente manera: 1. La identidad de la 4T; 2. Los nobles principios que le caracterizan; 3. Los logros y avances de la administración; 4. La naturaleza y resistencia de los adversarios; y 5. El legado histórico al que se aspira.

No es una mala estructura; de hecho, guarda una cualidad pedagógica eficiente. Pero algo sucede con estos mensajes (que en realidad son muy altas oportunidades de comunicación por su expectativa): cada vez se asemejan más a un inocuo ruido de fondo, un sonsonete prescindible cuyo sentido se ha diluido. ¿Por qué?

Hay un riesgo en este tipo de discursos, suelen provocar vacío en el oyente honesto, en el ciudadano que dispone su atención sin fanatismo ni prejuicio. Es un hecho que al partidario no le interesa el contenido del mensaje sino la forma y la retórica de la victoria; mientras, el malqueriente sólo espera con malsana fruición las fallas y las ofensas para señalarlas. Pero ¿qué hay para esa franja ciudadana que escucha con criterio y expectativa razonables? ¿Cómo volver a ganar su interés?

Para muchos, el modelo de comunicación presidencial de López Obrador está ya agotado debido a la permanente y extensa conferencia matutina junto a los profusos y reiterados informes a la nación. La identidad de la 4T requiere más hechos que palabras; sus principios exigen ejemplos y no sólo promesas; los mencionados avances esperan el imprescindible contraste periodístico; los adversarios evidencian sus credenciales por sí mismos; y corresponderá a la historia juzgar si esta administración deja o no buen legado.

Sin embargo, hay una explicación más simple: el mensaje presidencial ya no interpela ni a la imaginación ni a la expectativa de las audiencias. Los ciudadanos, ávidos de teorizar, interpretar y participar activamente en la comunicación (los llamados ‘prosumidores’, productores y consumidores de información), no reciben estímulo alguno para construirse narrativas sociales futuras, para animarse a la esperanza o para sentirse partícipes de una ilusión.

En el pasado, el discurso lopezobradorista conseguía esa esperanza: motivaba narrativas en millones de mexicanos que eran capaces de imaginarse en escenarios distintos a la podredumbre política imperante; detonaba en la mente de los ciudadanos la idea de su papel crucial en la urgente necesidad de un cambio radical; despertaba en ellos la necesaria confianza para depositar en él la misión de acabar con la corrupción que mantenía sumida en la pobreza y la violencia a toda una nación.

El futuro, no obstante, será de quien hoy siembre en las historias personales de los ciudadanos, una narrativa que le conmueva o apasione hasta la diligencia participativa. Por desgracia, el discurso presidencial parece ahora apelar a la pasividad, a la paciencia del respetable; más que partícipe, el ciudadano se reduce a espectador de conferencias y mensajes.

Si se pone atención, López Obrador colocó en posiciones equidistantes (justo antes y después de enumerar los avances de su administración) dos ideas aparentemente distintas pero que cumplen un mismo propósito: “Nunca, en más de un siglo, se ha insultado tanto a un presidente de la República…” y “sostengo que para el 1° de diciembre de este año estarán ya establecidas las bases de la nueva forma de hacer política”. En concreto, dice que, a pesar de las resistencias, buscará cincelar su oportunidad histórica. Es un bello pensamiento dicho en voz alta, pero nada más.

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

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