Análisis y Opinión

No es crisis de gobierno, es de identidad

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Hay una viejísima canción japonesa que intenta describir la esencia de la desgracia de la siguiente manera: “El miserable se recoge bajo el último árbol; [mas] privándole de la sombra, las amarillas hojas han caído”. Es una dolorosa verdad reconocer que, casi siempre, el último recurso también es el peor recurso.

Pienso en esto mientras el gobierno federal liderado por Andrés Manuel López Obrador malabarea el frente abierto por Mexicanos contra la Corrupción y el periodista Carlos Loret de Mola. Ante todo considero que faltan muchas preguntas por hacer y muchas respuestas por conocer. Sin embargo, la estrategia de ‘control de daños’ o ‘manejo de crisis’ que emprende la presidencia de la República se parece a aquel verso: Ha ido al bosque buscando cobijo y no encontró sino erosión.

Comencemos por el inicio. La pieza ¿periodística? presentada en LatinUS sobre el estilo de vida del hijo del mandatario es una inteligente provocación para que la opinión pública se pregunte dos cosas: ¿Hay o no influyentismo en el gobierno de López Obrador? Y: Los hijos del presidente ¿están exentos del llamado a la austeridad y sobriedad moral que predica el ejecutivo todos, todos, todos los días?

No nos agotemos preguntándonos si lo publicado es una campaña contra el régimen o si es un trabajo periodístico serio; que cada quien valore el profesionalismo y trayectoria de quienes emiten tales afirmaciones. La verdadera crisis está en lo que pudo haber sido evitable y no fue atendido.

Estaba claro que era sólo cuestión de tiempo para que la primera pregunta se asestara justa y fríamente contra la administración de López Obrador: ¿Hay o no hay influyentismo? Lo obvio habría sido la prevención: Un gobierno más transparente, que apostara a clarificar sin temor los concursos y licitaciones en lugar de apegarse a las figuras de adjudicación directa; un gobierno que -gracias a un cuerpo legislativo a su favor- diera más herramientas de vigilancia y participación ciudadana en lugar de atrincherarse detrás de la ‘lealtad y obediencia’ de subalternos y adherentes.

Sin embargo, la ausencia de un manejo de crisis profesional en la Presidencia dejó en manos del escarnio toda la defensa ante la acusación. No respondió a la interrogante; se ridiculizó y agredió a quien lo preguntaba o a quienes -sin confiar ni en el periodista ni en la organización que patrocinó la pieza- tienen legítimo interés en aquella inquietud. ¿Hay o no hay influyentismo? Frente a esta crisis, hasta hoy sólo hay una información disponible y viene del propio Presidente quien pide credibilidad con una sola afirmación: “No somos iguales”.

La segunda interrogante no es una crisis de operatividad sino una crisis de identidad: ¿Hay personas que sólo por estar cerca del poder son alta y gratuitamente privilegiados por el gobierno en turno? Y, si así fuera, ¿por qué precisamente esta administración no ha erradicado esta pésima práctica que destruyó casi toda la credibilidad de las gestiones pasadas? Considero que siempre ha tenido razón López Obrador: Hay administraciones anteriores que están ‘derrotadas moralmente’ porque justo sus ‘imperdonables pecados’ tienen que ver con privilegios de grupo, ‘cuatachismo’, compadrazgos, simulación y una obscena corrupción bajo la máxima pervertida de que ‘una mano lava la otra’.

La masiva, plural y respetable votación que recibió López Obrador en 2018 jamás fue un cheque en blanco para que se hiciera y deshiciera a voluntad del mandatario; fue una fuerte declaración social de hartazgo con un sistema profundamente corrompido por los privilegios de unos cuantos y por los excesos del poder. Y aquí hay que aclarar: Los excesos desde el poder no se miden en millones, sino en la tentación de usar al poder para el propio provecho (aunque ‘sea poquito’ como nos enseñó el caso del exalcalde Layín).

El control de daños ante las crisis de operatividad e identidad en la administración de López Obrador se ha reducido a una pobre negación y a una rabiosa acusación; y quizá se apeló al último recurso (único realmente) del respaldo social y popular como argumento para el manejo de la crisis. Pensemos que, por ahora, aquello sea suficiente. Pero no se necesita ser vidente para anticipar que llegará el momento en que el poder quiera guarecerse en el frondoso respaldo popular y, al hacerlo, sólo encuentre marchitas promesas y rotas expectativas bajo sus pies.

*Director VCNoticias.com

@monroyfelipe

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