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La sonrisa mexicana de la beata española Guadalupe Ortiz

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México.- Guadalupe Ortiz de Landázuri era una mujer resuelta, piadosa y de sonrisa contagiosa, relata el jefe de la oficina de información del Opus Dei en México, Francisco García Pimentel, sobre la vida en México de esta química española que será beatificada el 18 de mayo en Madrid.

Llegada a México en 1950, Guadalupe pasó seis años de su vida en esta nación, durante los cuales hizo una labor apostólica marcada por la creación del Colegio Montefalco, en 1952, y un activismo presencial que todavía impregna la actividad del Opus Dei en el país latinoamericano.

“Guadalupe estableció varias piedras angulares de lo que luego fue la labor del Opus Dei. Llegaba, establecía, ponía semillitas”, dijo García Pimentel.

Guadalupe Ortiz de Landázuri (Madrid 1916-Pamplona 1975), una química de la Universidad Complutense, será la tercera persona de esta organización católica en ser beatificada después de san Josemaría Escrivá y del beato Álvaro del Portillo.

Guadalupe, una de las primeras mujeres del Opus Dei en México, vino a la nación latinoamericana porque se lo pidió Escrivá, quien fundó la organización en 1928 en España y tenía pensado expandirla a otros países.

En México, esta científica favoreció el establecimiento de una residencia universitaria en Ciudad de México, el Colegio Montefalco, donde también hay una casa de retiro, y un colegio en Culiacán, en el estado de Sinaloa, noroeste de México.

“Era una mujer muy de armas tomar, muy resuelta, que no se le atoraban las cosas. Eso y su piedad, creo, fueron las razones por las que (Escrivá) le pidió que fuera a México”, considera el director de la oficina de información.

El Opus Dei (Obra de Dios) arriba a México en 1949 con Pedro Casciaro, quien establece al primer centro de esta prelatura. En 1950, el 6 de marzo, le sigue Guadalupe.

Aterrizó en Ciudad de México y su primera noche la pasó en un vetusto hotel del Centro Histórico llamado Virreyes, que hasta la fecha sigue en operaciones. “Venía con ánimo de hacer labor, de acercar gente a Dios”, relata García Pimentel.

Si México le recibió de brazos abiertos, Guadalupe se entregó por completo. Suavizó su acento español, vistió de rebozo mexicano y la primera vez que tuvo un chile mexicano frente a ella lo mordió sin mucho pensarlo, y finalmente le tomó gusto a la comida picante.

Guadalupe puso manos a la obra de inmediato con decisiones como inscribirse para tomar materias de su maestría en Química en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y pedir la nacionalidad mexicana, la que mantuvo hasta su muerte.

Llegó después el establecimiento de una residencia en la calle Copenhague, en la colonia Juárez de la capital, donde recibía a mujeres estudiantes, un dispensario ambulante que recorría los barrios pobres de la capital mexicana.

La Ciudad de México le quedaba pequeña y hacía viajes los fines de semana para difundir la Obra en el estado de Michoacán, donde su herencia se refleja en una colegio que lleva su nombre por decisión de un grupo de mujeres que la conoció y quiso recordarla.

García Pimentel considera que lo que mejor define la obra de Guadalupe en los seis años que pasó en México es la transformación de un vetusto y derruido ingenio azucarero en el estado de Morelos, donde hoy está el Colegio Montefalco.

“Allí vio algo que los demás no veían y se puso a trabajar”, relata de esta hacienda azucarera que fue destruida en la Revolución mexicana (1910-1921), que estuvo abandonada muchos años y que fue donada al Opus Dei.

México marcó de muchas maneras a Guadalupe y en este país la picó un bicho que hasta la fecha no se sabe si fue un alacrán o un mosquito, porque enfermó de paludismo, recuerda García Pimentel.

“Guadalupe fue fundamental en México. Absolutamente, porque fue la que dio los primeros pasos para que la sección femenina pudiera desarrollarse en muchos ámbitos”, sostiene García Pimentel. (EFE)

emc

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