Columna Invitada

Ancianos discriminados

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Por Antonio Maza Pereda

Entre las muchas celebraciones que han surgido últimamente, en estos días se estará celebrando el día de los abuelos y de las personas mayores. Es el tercer año que se va a festejar. Qué bueno que se haga esta celebración, pero esto no es más que una que se pierde entre lo que literalmente son centenares de celebraciones en el año, algunas de ellas repetidas.

En términos generales, en las últimas décadas ha venido creciendo una discriminación hacia los adultos mayores. Estoy consciente de que esto suena muy fuerte, pero también es claro que, en la mayoría de los temas sociales, los discriminadores no se dan cuenta con claridad del efecto que tienen sus acciones, mientras que los y las discriminados sí lo sienten con bastante claridad.

La discriminación se expresa y se inicia mediante prejuicios. Se toman algunos aspectos que son ciertos y se generalizan a toda una categoría de la Sociedad. Les menciono algunos, pidiendo una disculpa a aquellos que padecen esa discriminación. Se dice, por ejemplo, que los indios son sucios e ignorantes. Sin tomar en cuenta que muchas veces no tienen acceso al agua corriente ni a escuelas de buen nivel. Se dice que las rubias son tontas y, en general, que las mujeres difícilmente tienen la lógica de negocios que les permitiría triunfar en ese campo y que por ello no merecen un salario similar al que tienen los varones. En esos casos es muy posible que sí se den algunas excepciones como las que se describen en estos prejuicios, pero se generaliza injustamente suponiendo que se aplican a todo un sector de la Sociedad.

Hablando de los adultos mayores, se ha generalizado la percepción de los efectos del Alzheimer, cómo si todos los adultos mayores lo padecieran, cuando la Organización Mundial de la Salud considera que un poco menos del 11% de los adultos mayores de 65 años, padecen esta enfermedad. Lo cual quiere decir que casi el 90% no la padecen, pero se tiene el prejuicio de que todos los adultos mayores, en mayor o menor grado, tienen dicho padecimiento. En consecuencia, los consideran una carga para la Sociedad y para sus familias, según dicen.

En el mejor de los casos, el trato que le da la Sociedad al adulto mayor se maneja como un tema asistencial. “Todos ellos, sin excepción, cada vez son menos útiles y lo mejor que se puede hacer por ellos es apoyarlos en sus deficiencias”, afirman. “Con escasísimas excepciones, no son personas que podrían estar aportando a la Sociedad sus conocimientos y experiencia; ya están atrasados”, nos dicen. “Y no hay mucho que nos puedan aportar”, aseguran.

Mucho menos se toma en cuenta que hay una deuda social para estos adultos mayores. El desarrollo económico y social de la humanidad no ocurrió por generación espontánea. Son el resultado de muchas generaciones anteriores a las nuestras que fueron incorporando soluciones creativas y novedosas que permitieron, por poner un ejemplo, qué la esperanza de vida de la humanidad, que hace un par de siglos era de 40 años, ahora llega casi a lo doble. Por no hablar del desarrollo tecnológico, social y político qué hace de nuestra Sociedad algo muy diferente que lo que existía hace relativamente poco tiempo.

Se habla, en términos un tanto románticos, que los adultos mayores son los guardianes de las tradiciones y de la cultura. Pero en la práctica poco se hace por aprovechar esas capacidades y mucho menos el desarrollar al adulto mayor para que pueda transmitir esos saberes de manera eficiente, para que lleguen a la mayor parte de la Sociedad. Por ejemplo, salvo muy contadas excepciones, las escuelas y universidades no tienen cursos diseñados para capacitar a los adultos mayores para que puedan transmitir lo que saben a los demás. Muchísimo menos se habla de becarlos para que puedan acceder a los conocimientos qué podrían beneficiar a otros. Sí el anciano quiere capacitarse, tendrá que hacerlo con recursos propios.

En principio lo que se ha llamado la cultura del descarte, consiste en tratar de invisibilizar al anciano. No solo en aspectos menores, cómo podrían ser los tintes o maquillajes qué disfracen su condición de adulto mayor. Incluso en las expresiones que usa la Sociedad, se evita usar la palabra anciano, sustituyéndola por expresiones como la de “jóvenes de corazón” o de “personas con experiencia acumulada”. Todo ello con tal de no decirles que son viejos, porque el discriminador lo considera denigrante. Otro modo de invisibilizarlos, es enviarlos a asilos o crear conjuntos habitacionales solamente para adultos mayores, Eso sí, con acceso a servicios médicos y asistenciales en el caso de aquellos con mayor costo. Que no estén visibles, para que no nos recuerden que la mayoría de nosotros llegaremos a esa situación.

Curiosamente, esto es algo relativamente reciente. En todas las civilizaciones exitosas, se han considerado a los ancianos como los cuerpos consultivos de la Sociedad. Como es el caso de los ancianos del pueblo de Israel, el senado de los romanos, palabra derivada del concepto de senectud, o las costumbres de los chinos, griegos, japoneses y muchos otros más.

¿Es posible liquidar esta discriminación? La historia nos muestra que esto no es nada fácil. Todavía seguimos teniendo la discriminación racial, tenemos fuertemente la discriminación contra la mujer y muchos otros problemas similares. La solución comienza por reconocer que existe dicha discriminación. Mientras se niegue, es imposible llegar a soluciones viables. Es muy difícil tener una sociedad justa mientras mantengamos discriminaciones y prejuicios contra una parte importante de nuestros conciudadanos.

La opinión emitida en este artículo es responsabilidad del autor y no necesariamente refleja la postura de Siete24.mx

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