Sin duda, usted conoce al menos un líder obrero que se ha enriquecido a niveles ofensivos, a costa de los trabajadores que integran el sindicato.

Sin duda, usted conoce al menos una anécdota, de al menos un líder obrero que se ha enriquecido a niveles ofensivos, a costa de los que integran el sindicato que administra.

¿Qué piensa de ellos como gremio, de los líderes no de los obreros? ¿Le parece que los obreros y empleados mexicanos de hoy y de mañana, los necesitan y los necesitarán?

¿Concibe usted como algo necesario, que en una economía abierta donde debe regir la productividad para obtener mejores condiciones salariales, millones de trabajadores y empleados que se desenvuelven en la formalidad, cuyos niveles de preparación y capacidad son tales, que ser defendidos y representados por una banda de ancianos sinvergüenzas -prácticamente todos-, con niveles educativos algunos de ellos, que apenas y con grandes dificultades pueden leer de corridito?

Si bien el sindicalismo mexicano jugó un papel importante para lograr que fueran respetados algunos derechos elementales de los trabajadores, eso fue hace varios decenios; fue en un México que para bien, en muchas de sus actividades ya no está entre nosotros.

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En consecuencia, en estas nuevas condiciones creadas por la debacle del viejo modelo de economía cerrada y su sustitución por uno abierto, ¿piensa usted que las restricciones y rigideces presentes en una legislación vigente para el México de los años setenta del siglo pasado, deban ser mantenidas sin cambios fundamentales en los tiempos que corren?

En las nuevas realidades de los mercados laborales, resultado natural de la globalidad y la interdependencia de las economías, la economía exige una legislación acorde con esas nuevas realidades. De no ajustar entonces nuestras leyes en la parte relativa, seguirá siendo muy difícil y costoso crear nuevos empleos y sobre todo, crear en las empresas las condiciones para mantener procesos que impulsen la elevación de la productividad y con esto, mejoras de los niveles salariales de los trabajadores y empleados.

Con esa nueva visión, reflejada en las leyes vigentes de países con cuyas empresas disputamos mercados, en tanto no la incorporemos en las nuestras, las desventajas irán siendo mayores para nosotros.

¿Qué nos ha impedido haber concretado esos cambios en la legislación los cuales, nadie en su sano juicio puede poner en duda sus beneficios, y la imperiosa necesidad de concretarlos? ¿Por qué otros países han adecuado, casi de inmediato una vez que abren sus economías, la legislación laboral y leyes relacionadas?

¿A qué se debe que aquí, después de 30 años de apertura y 23 de operación del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá, nuestra legislación laboral siga, esencialmente igual como si nada hubiese pasado?

La explicación de esto último es tan clara y sencilla, que da vergüenza repetirla aquí: Ha sido la complicidad entre líderes obreros y legisladores y funcionarios y gobernantes que, para mantenerlos contentos y saciados en sus afanes de acumular riquezas sin fin, todo es mantenido sin cambios para que no pierdan un solo privilegio a cambio, por supuesto, de los votos de millones de obreros y empleados.

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Sin embargo, eso que fue posible y natural casi, hace decenios, hoy ya no es posible lograrlo; trabajadores y empleados ya no votan por esos líderes, y tampoco por los candidatos cómplices que son beneficiados, junto con ellos, mientras se mantengan las condiciones vigentes desde hace decenios.

Por último, ¿cuánto piensa que durará esto? ¿Por siempre? ¿En verdad piensa eso?

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