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Análisis y Opinión

La iglesia ante la violencia: innegable voz incómoda

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No siempre hay convergencia de opiniones en la extensa, plural y diversa Iglesia católica mexicana; y, sin embargo, en esta ocasión hay una coincidencia absoluta respecto al posicionamiento que las instituciones eclesiales han tomado en las últimas décadas en materia de construcción de paz y de denuncia de la corrupción, cultura de muerte y violencia en México.

Varios obispos y superiores de congregaciones religiosas coinciden en que la Iglesia católica mexicana ha expresado frecuentemente sus preocupaciones a las diferentes autoridades civiles por los errores, faltas de juicio o franca connivencia del poder político con la corrupción y con sectores del crimen organizado.

En efecto, desde el año 2000 ha habido mensajes audaces, respetuosos y diplomáticos que la Iglesia en México ha dirigido al poder político y a la sociedad en general donde se denuncian actos o modos de vivir que afectan el bien común, la justicia, la democracia y la seguridad.

Por ejemplo, en la Carta Pastoral ‘Del encuentro con Jesucristo a la solidaridad con todos’ del año 2000, los obispos denunciaron sin tapujos la existencia de “estructuras antidemocráticas y fraudulentas, obsoletas e injustas, deterioradas por la corrupción” y alertaron incluso la “posibilidad de una regresión autoritaria”.

Los pastores católicos criticaron “la impunidad y el autoritarismo” y “los privilegios de unos cuantos” durante los últimos meses de la administración de Ernesto Zedillo. Ya en el sexenio de Vicente Fox, los obispos confirmaron que persistía “la inseguridad, la violencia, la corrupción, el narcotráfico, la pobreza extrema… el racismo, la marginación y violencia contra la mujer; [los] cacicazgos…”.

Tras la última visita del papa Juan Pablo II, los obispos se metieron de lleno en la crisis política de la administración foxista y señalaron en su mensaje ‘Participación solidaria para afianzar la transición democrática’ que en México había “quienes están decididos a frenar la marcha del país y a dejar la puerta abierta a la riesgosa aventura de la anarquía”.

En el sexenio de Calderón, la Iglesia mexicana también declaró graves preocupaciones por la conducción del país: “Hay disimulo y tolerancia con el delito por parte de algunas autoridades… Esto tiene como efecto la impunidad… Se ha hecho evidente la infiltración de la delincuencia organizada en instituciones del Estado. Si no hay justicia, se puede delinquir con mayor facilidad”.

En el documento ‘Que en Cristo Nuestra Paz México tenga Vida Digna’ de 2010, la Iglesia advertía al gobierno que no tenía derecho “a ceder porciones del territorio nacional a grupos criminales” e hizo llamados para “superar definitivamente la anticultura del fraude”; a Calderón, los obispos le manifestaron la preocupación de la ciudadanía por la participación de las Fuerzas Armadas en la lucha contra el crimen organizado pues “provoca incertidumbre en la población”, pidieron adecuaciones a la ‘estrategia’ del combate al crimen organizado y exigieron al gobierno que atendiera el problema de la seguridad como un asunto de ‘salud pública’.

Fue en el sexenio de Enrique Peña Nieto cuando muchas organizaciones de la Iglesia católica no sólo fueron críticos frente a la estrategia de seguridad priísta sino incluso marcharon junto a diversos sectores sociales víctimas de un modelo que acallaba a la prensa y escondía bajo oropeles de mercadotecnia la crisis de violencia en el país.

Destacan las fuertes denuncias del finado obispo de Apatzingán, Miguel Patiño: “El Ejército y el gobierno han caído en el descrédito porque en lugar de perseguir a los criminales agreden a las personas que se defienden de ellos”. No fue el único, voces semejantes se escucharon desde otros rincones del país.

También, tras la desaparición forzada de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, el episcopado mexicano lanzó su primer ‘¡Basta ya!’ de violencia, inseguridad y corrupción en el país en 2014: “Muchas personas viven sometidas por el miedo, la desconfianza al encontrarse indefensas ante la amenaza de grupos criminales y, en algunos casos, la lamentable corrupción de las autoridades”. En aquel mensaje, los obispos lamentaron que la inseguridad en el país no sólo había empeorado sino que había llegado a una verdadera crisis nacional.

La Iglesia católica no sólo ha manifestado con palabras su preocupación por los errores o las corrupciones en la conducción del país; también ha dado pasos concretos a favor de la reconstrucción del tejido social, de la asistencia de las víctimas de las violencias y de la formación de ciudadanía participativa y corresponsable con la paz y el bien común. Hay muchos centros de atención a víctimas y organismos de promoción y justicia social de inspiración cristiana. Los centros de asistencia humanitaria para poblaciones desplazadas, migrantes, perseguidas y empobrecidas son siempre oasis en los áridos páramos de localidades sin ley y sujetos al crimen o a la corrupción.

En esta ocasión, las palabras del presidente López Obrador contra los liderazgos católicos (contra la población creyente en realidad) son un grave error; llamar ‘hipócritas’ a quienes han auxiliado a cientos de desplazados y afectados por políticas ineficientes de seguridad en los últimos sexenios es jugar con fuego. Y, sin embargo, los obispos y las congregaciones religiosas estarán ‘ofreciendo la otra mejilla’. No es que preparen una ‘cachetada con guante blanco’ sino que, en el mejor ánimo de seguir contribuyendo a la paz darán un paso adelante para fortalecer la obra social que lucha por la justicia, la paz y la reconciliación. Veremos.

Director VCNoticias.com
@monroyfelipe



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Análisis y Opinión

¿Imagen venerada o reverenciada?

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En estos días se cumple una década del afortunado-desafortunado evento de la fallida restauración del Ecce Homo de Borja, obra original de Elías García Martínez e intervenido por Cecilia Giménez en aquel verano del 2012.

Como todo mundo sabe, la imagen original -un fresco de inicios del siglo XX en una columna del Santuario de la Misericordia- representaba a Jesús en el momento de ser presentado por Poncio Pilatos ante el pueblo; se afirma que la obra de García jamás fue siquiera relevante en el contexto del arte religioso español pero tras las pinceladas de Giménez, la extraña imagen de ese Ecce Homo literalmente alcanzó dimensiones planetarias.

En diez años ha pasado mucha agua bajo el puente (derechos de autor, turismo, merchandising y nuevas representaciones culturales) pero quizá valga la pena destacar que a la par de que la imagen alterada recibió inmenso interés mediático-comercial también hubo (y quizás aún las haya) profundas preocupaciones desde la perspectiva religiosa respecto a esta obra que, no debemos obviar, se trata de una imagen religiosa cuyo sentido y significado trasciende sensibilidades culturales y mundanas.

Es claro que, casi de inmediato, el malogrado repinte sobre una imagen religiosa se convirtió en meme; pero para la Iglesia, la representación aún era de Jesús (¿lo será aún?) y justo dicha iconografía muestra una de las escenas más cruentas de la Pasión del Mesías: muestra a Jesús como ‘varón de dolores’ luego de ser aprehendido, azotado, despojado de su ropa e intencionalmente humillado por un manto, un cetro y una corona de espinas por el poder político y religioso de la Judea bajo el imperio romano. El inocente flagelado queda solo, expuesto en su debilidad ante una masa ignorante pero convenenciera; y sometido ante los ministros de Dios y del imperio, crueles e indiferentes, que velan por sus propios intereses.

El párroco de Borja y las diócesis aragonesas insistieron por mucho tiempo en tapar la imagen; temían el escarnio pero también el fenómeno que, en efecto, finalmente rebasó a la humilde pero devota imagen de Cristo y la separaría radicalmente de su original propósito: reflexivo, orante, místico.

A lo largo de los siglos, la Iglesia católica ha tenido mucho cuidado en apurar juicios cuando se trata de imágenes religiosas. Temiendo que los pueblos satisfacieran la vinculación sagrada de los fieles exclusivamente a través de las imágenes (y no con la mediación de los vehículos proporcionados por los ministros de Dios) casi siempre hay una inicial prohibición de que las representaciones materiales sean veneradas. Sin embargo, cuando los teólogos finalmente confirman la trascendencia de una renovada narración salvífica junto a los elementos históricos e iconográficos de la imagen y que no alteran dogma ni principio doctrinal, entonces la imagen es digna de veneración.

Sólo las imágenes ‘novedosas’ reciben este tratamiento; por su parte, las reproducciones, interpretaciones y versiones inspiradas en obras ya ‘verificadas’ o ‘aclaradas’ formalmente por la Iglesia simplemente son usadas con dos motivos: educar y propiciar la contemplación orante. Ese fue el caso del Ecce Homo de García Martínez inspirado en la obra homónima del virtuoso (y validado incluso por el propio Vaticano) Guido Reni.

¿La imagen del Ecce Homo en el Santuario de la Misericordia sirvió alguna vez a su propósito formativo o devocional? Muy probablemente. Comenzando por la propia Giménez cuya inicial intención fue restaurar buenamente ese fresco porque le conmovía, porque deseaba que otras personas (quizá otras generaciones) pudieran contemplar con claridad a Jesús y pudieran emocionarse como ella.

Ahora bien, ¿es posible que el actual Ecce Homo reciba algún grado de veneración fuera del fenómeno cómico masivo-comercial? Esto es más difícil; porque el fenómeno ha saturado todos los poros del sentido original de la imagen. Si los inhábiles trazos de Giménez tristemente diluyeron la presencia de Jesús en ese muro, la hipermediación de la deformada obra alejó definitivamente cualquier conexión entre la representación del fragmento evangélico y la búsqueda espiritual de algún devoto.

Difícil, pero no imposible. La Iglesia católica enseña que no se adora ni venera a la imagen en sí, sino a lo que ‘está por delante de la imagen’ (Jesús, María, los santos, etcétera) y también ha defendido -en contra de otras concepciones religiosas y en muchas etapas de su historia- a las imágenes más disímbolas como ‘signos externos de la devoción’.

Por ello, en una época en donde priva la corrección política junto a la cancelación de los signos religiosos en el espacio y la conversación pública para lograr espacios casi asépticos de identidades creyentes, quizá este Ecce Homo de Borja, libre de todo prejuicio, aún tenga mucho qué decirnos. Al final, es la humilde representación de un inocente flagelado, expuesto en su infame desfiguración ante una masa ignorante pero convenenciera; sometido ante los ministros de los nuevos ídolos, crueles e indiferentes, que únicamente velan por sus propios intereses.

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

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Análisis y Opinión

Entre la propaganda y el terror

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Hay que ser claros, el terrorismo es sustancialmente propaganda. Una propaganda constituida por crimen, violencia y muerte. Todo acto de terrorismo guarda un mensaje en cada bala y explosión; es un discurso de fuego y caos escrito con pólvora y odio. Su objetivo no sólo son los destrozos sino sus ecos: el miedo, la desazón y esa la terrible inquietud de que, en cualquier momento, pueda nuevamente ocurrir una desgracia.

El terrorismo no siempre tiene un sustrato político o ideológico perfectamente construido; de hecho, es altamente probable que la razón de su ira esté sustentada particularmente en su radical ignorancia, en la intolerancia criminal que sólo puede provenir del desconocimiento y en la supina confianza de sus armas y medios.

Además, los actos violentos no alcanzan categoría de terrorismo únicamente por su magnitud o por su estela de muerte sino por su intención disruptiva, por buscar constituirse claramente como un ‘espectáculo’ que quiere afectar a una audiencia mucho más extensa que a las víctimas del acto en sí; también cuando el propósito es devastar o alienar todos los niveles de relación social en el espacio público físico o simbólico donde se perpetran los crímenes.

Por ello, aunque en efecto aún hay distancia entre los disturbios y las acciones violentas desatados en los últimos días en varios estados de la República respecto a categóricos y formales actos terroristas, no es buena idea minimizar dichos fenómenos clasificándolos como ‘propaganda criminal’.

En primer lugar, resulta evidente y casi natural que opciones y movimientos políticos opositores al régimen gobernante utilicen el concepto ‘terrorismo en México’ para crear una narrativa de descrédito a las autoridades, no sólo para evidenciar las carencias, torpezas y errores de la estrategia de seguridad vigente sino también para convencer y reorientar las conciencias de no pocos sectores ciudadanos.

Es decir, no hay que perder de vista que en la peligrosa narrativa del ‘terrorismo en México’ también hay intenciones de alarmismo político utilitario -no siempre soportado por la realidad- que, por otra parte, es absolutamente legítimo en una disputa por el poder. Es algo a lo que estamos acostumbrados. Si la ciudadanía es suficientemente madura para ponderar el fenómeno en su justa dimensión, también sabrá exigir razones de su confianza y esperanza a los que hoy son agoreros de la insidia.

Lo que sí causa preocupación es la respuesta (evidentemente sopesada) de las autoridades de seguridad en México que, ante los terribles acontecimientos vividos en las ciudades del norte y occidente de México, han asegurado que corresponden a ‘actos propagandísticos del crimen’. No importa si -como intentaron explicar militares y funcionarios- se trató de una reacción de criminales ‘al debilitamiento’ de sus organizaciones y negocios (no nos imaginamos lo que harían sintiéndose sanos y fuertes), al afirmar que estos grupos tienen intenciones de prédica o propaganda de su potencial disruptivo o de sus márgenes de poder a través de actos violentos, es motivo suficiente para preocuparse; porque la propaganda es uno de los más complejos actos de racionalidad estratégica que una asociación puede tener ante intereses más grandes, idealizados y trascendentes.

Por ello es importante atender con claridad la definición del terrorismo asociada no sólo a la intimidación por medio de actos espectacularmente violentos; sino a la afectación del ‘espacio físico y simbólico’ donde se perpetran estos actos. Si se destruye enteramente el espacio donde personas, instituciones o autoridades se relacionan en dinámicas vivas, entonces es terrorismo; si esos espacios dejan de significar lo que son para la sociedad y la cultura que allí vivía, es terrorismo.

El terrorismo tiene un componente importante respecto a la manera en cómo las personas y la sociedad afectada la asumen. Por supuesto, no es tan sencillo, pero ya lo advertía Noam Chomsky, “existe una forma verdaderamente sencilla de parar el terrorismo: dejar de participar en él”.

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

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