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Análisis y Opinión

Nuevas ideas contra la violencia

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No es raro que, en la búsqueda de nuevos resultados, retomemos viejos caminos. Está en nuestra naturaleza. Somos seres fuertemente afincados en las costumbres y ellas están a la vez sumamente arraigadas a nosotros. Por ello, las nuevas ideas, de ser tan escasas, suelen tornarse valiosas casi para todos; excepto para los necios.

En su poema ‘El pozo’, José Emilio Pacheco retoma la peculiar observación hecha por Ortega Paredes en su texto ‘El agua, drama de México’ en donde refiere que ciertos pueblos tienen una singular fórmula para limpiar el agua de sus pozos: meten una tortuga al fondo del cieno. “El método habitual para purificar el agua [relata, flemático] resultaba una forma eficaz de contaminación”.

Quizá suene descabellado pero siempre es posible caer en esa tentación. Muchas veces preferimos tomar la ruta conocida que, si bien nunca nos dio plena satisfacción, por lo menos sí tiene gran posibilidad de volver a proveernos esa pequeña -y equivocada- certeza a la que estábamos acostumbrados.

Justo esto ocurre ahora mismo en el drama de violencia e inseguridad que sigue masacrando a la sociedad mexicana. La cultura de violencia, muerte, crimen e impunidad no sólo mata a la persona, devora la conciencia del pueblo respecto a lo que se entiende por paz. Los necios piden retomar viejos caminos; los ciegos no quieren tomar ninguno. Por tanto, urgen nuevas ideas contra la violencia pero también urge que sean escuchadas sin prejuicios.

Una de las rutas conocidas -el combate frontal, radical, publicitado y mediatizado contra el crimen y el narcotráfico- no sólo falló protegiendo a la ciudadanía (un sólo sexenio hizo crecer de menos de 10 mil a casi 30 mil los homicidios violentos del promedio anual) también otorgó carta de ciudadanía a toda una pléyade de singulares personajes y prácticas abominables que han hecho cultura en el país.

Todo mexicano hoy, por desgracia, conoce la historia de algún infante que ha manifestado su deseo de ser narco, halcón, sicario, autodefensa o capo. Serán infantes, pero no les falta lógica; la obsesión de un gobierno por publicitar y mediatizar una costosa -y al final, inútil por corrompida- guerra contra el narco transmitió un mensaje indeseable entre los más inocentes: que el crimen sí paga.

Herencia de aquellas decisiones también es la terrible frecuencia con la que nos encontramos en nuestra vida cotidiana con prácticas repugnantes otrora impensables: decapitados, descuartizados, levantados, encobijados, rafagueados… Incluso el lenguaje -influenciable como él solo- ha adoptado narco vocablos (pase, buchón, plomear, pozolear) en una jerga común y alarmantemente comprensible para todos.

Otra ruta intentó evitar la publicitación del combate al narco y al crimen organizado, pero se divulgó ampliamente el empíreo del lujo y el poder como resultados de la corrupción institucional; originalmente propuso un programa de prevención social de la violencia (atacar las causas) pero se dejó de financiar para pagar corruptelas e imagen pública; originalmente se trabajó en reformas al sistema penal y judicial pero éstas se estancaron nuevamente por la corrupción rampante.

Como resultado, los homicidios superaron los 35 mil casos por año pero, lo peor, la corrupción normalizada enalteció la impunidad, bajo la cual el crimen se ha diversificado, se robusteció, se institucionalizó y se infiltró en casi todas las autoridades y en no pocas familias. El signo de aquel momento, ni duda cabe, fue la corruptela, la inmoralidad y la perversión; y ahondó la certeza del mensaje ignominioso: Si el crimen paga; la corrupción, más.

“Y ahora vemos cómo nuestros ardides son las trampas donde nos deslizamos sin remedio”, apuntó José Emilio en su profético poema y nos advierte que el método habitual (la tortuga en el pozo / el combate al crimen desde instancias corrompidas) no purifica, más bien certifica la contaminación.

Pacheco prosigue, alertando, que el remedio simplón apenas calma la conciencia de quien recurre a las viejas ideas, pero nos engañamos: “Nunca sabremos la extensión del pozo ni su profundidad ni el contenido de sus emponzoñadas filtraciones”.

México se encuentra en un pozo profundo de violencia, crimen y narco cultura que corroe el bien común con muerte y fútiles privilegios. De nada sirve el cambio nominativo de las instituciones de seguridad; de nada sirve cambiar el color del edificio si se mantiene la podredumbre de sus cimientos.

Es imprescindible explorar a fondo los fenómenos adheridos a la violencia para conocer la ponzoña que se ha infiltrado en nuestra vida cotidiana y, sólo desde allí, vendrán nuevas ideas, voces nuevas que nos abrirán los ojos, que nos dirán que no es la magia sino el movimiento lo que pule la roca.

Director VCNoticias.com
@monroyfelipe



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Análisis y Opinión

Sobre credibilidad y capital político

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Incluso en la cúspide de su arrogancia, el político encumbrado debe permitirse frecuentes dejos de humildad. De lo contrario, sólo recibirá su propia aprobación y la de sus cercanos colaboradores quienes, sin duda, asentirán y sonreirán con dificultad mientras libremente imaginan un puñal simbólico.

La demostración de esa simpleza humana es crucial para el político. El abajarse al humilde para compartir las ineludibles carencias junto a la pequeña felicidad monda y lironda, no sólo es un tema de comunicación e imagen, sino de construcción de base social, de partidarios y de ciudadanos que asuman con ardor apostólico la propagación del personaje político idealizado.

En la historia han quedado, marcados a fuego, varios episodios donde los políticos olvidan por un segundo que intentan ser empáticos con la ciudadanía aunque sea sólo para las cámaras, por la aprobación o para la contienda electoral; pero pocos tan terribles como el protagonizado por el secretario de Gobernación, Adán López, frente a una mujer que, manifestándose frente a la dependencia de gobierno, clamaba respuestas sobre el paradero de su hijo, desaparecido junto a otros 100 mil que registra México.

El encargado de la política interna del país, en un comprensible acto aventurero dado el apretado posicionamiento electoral presidencial hacia el 2024, salió de su oficina a encontrarse con manifestantes, algunos de los cuales eran familiares de desaparecidos. A una de ellas, le tendió la mejor respuesta que puede improvisar un político -la promesa- y después le preguntó: “¿Usted confía en mí?”. A lo que la mujer contestó que no, que ya no confía en nadie. El político se puso a la defensiva, se tomó personal el comentario y reviró: “Bueno, pues yo tampoco confío en usted”.

Nadie está obligado a creerle a nadie, es cierto. Pero el político -y con más razón en campaña- debe evitar confrontarse cuando se abaja a los dramas más profundos de la sociedad. Insisto, no sólo porque luce mal para los estándares de la imagen pública, sino porque destruye lo que con mucho o poco esfuerzo se construyó: el capital político.

Y el capital político, contra lo que opinan los herederos de la movilización masiva y otros modelos de coacción gremial, no es simple matemática electoral; es un crédito soportado en la confianza. El capital político no es mera acumulación de poder y estructuras (el famoso ‘músculo’ que se demuestra en la movilización de partidarios) sino las capacidades para construir relaciones de confianza, de buena fe e influencia para la toma de posturas o decisiones.

Un votante convencido básicamente es esa persona que se sube sobre los hombros de un político que va a hacer equilibrismo en una cuerda floja, sin red de protección, mientras sus adversarios le avientan todos los proyectiles posibles para intentar hacerlos caer en un barril de clavos que ellos también instalaron. Nadie debería quejarse, así es la política.

Es cierto que, durante décadas, la estructura política fue determinante en los resultados electorales en México; la estructura alcanzó tal dimensión y especialización en su funcionamiento que se creyó que todo capital político era equivalente a la estructura política.

Por fortuna, las dinámicas sociales contemporáneas hacen imposible aquel idilio autócrata y obligan tanto a los personajes políticos como a las instituciones partidistas a proponer narrativas donde el tejido social se sienta copartícipe de los bienes del capital político: desde la resolución de conflictos hasta la participación comunitaria hasta la defensa de valores identitarios.

La expresión ‘yo tampoco confío en usted’ cierra toda posibilidad al capital político futuro, al menos con la ciudadanía y se reduce el poder a lo que se encierra tras los muros de un palacio.

Claro, hay otra forma de acrecentar el capital político, es a través de calculados favores muchas veces soportados por la estructura y la posición de poder. Evidentemente, esos favores, siempre se pagan.

*Director VCNoticias.com

@monroyfelipe

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Análisis y Opinión

Adultos mayores, frente al abandono y rechazo

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Por Selina Haidé Avante Juárez

Del conjunto de normas y principios de carácter internacional que reconoce los derechos humanos, que implícitamente están en nuestra Constitución Federal y en los Tratados Internacionales, es imprescindible destacar por su importancia la Convención Interamericana sobre la Protección de los Derechos Humanos de las Personas Mayores aprobada el 15 de junio de 2015 por la Organización de Estados Americanos (OEA), como un importante instrumento de protección dirigido a este grupo que se materializa en la Ley de los Derechos de las Personas Adultas Mayores, incluso, a través de instituciones establecidas como el Instituto Nacional de las Personas Adultas Mayores (INAPAM), el Sistema Nacional para el Desarrollo Integral de la Familia (SNDIF) apoyados por las Comisiones Nacionales y Estatales de Derechos Humanos.

Los derechos sustanciales que se pueden desprender de todos estos ordenamientos, se plasman en igualdad y no discriminación por razones de edad; una vida digna con independencia y autonomía; seguridad con una vida sin violencia, sin tratos crueles, inhumanos o degradantes; acceso a servicios de salud, al cuidado a largo plazo, libertad de expresión, privacidad e intimidad; así como al trabajo, educación y esparcimiento. Por si fuera poco, existen grupos más vulnerables como los adultos mayores indígenas, analfabetos o incluso discapacitados física o mentalmente.

En 2015 el INEGI reportó un incremento significativo en la cantidad de adultos mayores y de acuerdo con estudios del Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (CONAPRED), la edad una de las variables que genera mayor discriminación; es decir, ser adulto mayor es, en sí mismo un estigma para ser discriminado. Adicionalmente, la realidad de los Derechos Humanos de los adultos mayores es todavía mucho más cruda y dramática.

En efecto, la realidad de las personas a quien también se les denomina de “la tercera edad”, se enfrenta a una problemática multifactorial aterradora.

En primer lugar, están los problemas que tienen que ver con la dignidad humana. Para entender esto, es preciso reconocer que la vejez conlleva limitaciones inherentes que hacen más difícil la vida de una persona. Por consecuencia natural, un ser humano de este grupo etario verá disminuidos sus reflejos, sentidos, la rapidez de su marcha e incluso su capacidad de pensamiento y respuesta; desde luego impactando en su calidad de vida. Por muy independiente y autónomo que quiera ser, llegará el momento en que forzosamente necesitará de otros para desarrollarse y sobrevivir.

En este contexto, la realidad del mundo y de nuestro país en particular, es que vivimos a prisa todo el tiempo y sobrecargados de responsabilidades, incluso con muy poco tiempo para dedicarlo a la familia, principalmente a los hijos. Por lo que se vuelve más complejo cuidar de los adultos mayores, más aún, pedir a un familiar se tome tiempo, dinero y esfuerzo para cuidarlos. A pesar de que, en la mayoría de los casos, estos adultos dedicaron su vida, tiempo y dinero a cuidar a estas nuevas generaciones que hoy por diversos motivos los abandonan emocional y afectivamente. En el mejor de los casos, sólo los apoyan económicamente, por lo que los hace sentir como una carga para sus seres queridos.

De igual manera, son vistos como de segunda en el acceso a la salud, la educación y el trabajo, pues su fuerza física es casi nula y dejan de ser útiles para una sociedad materialistas y utilitaristas.

Así, la protección de sus derechos básicos es sólo una ilusión pues en la realidad no hay condiciones de salud, nutrición, vivienda y sobre todo de desarrollo integral digno que les permitan ser parte de la sociedad. Sin considerar que muchos son víctimas de maltrato, violencia y que son amenazados, por lo que ni siquiera se atreven a denunciar a sus agresores que, en el mayor de los casos, son sus hijos o familiares cercanos; padeciendo así desnutrición, abandono, soledad y depresión.

Es importante crear políticas públicas de supervisión, apoyo y erradicar la cultura de seres humanos “desechables por edad”, pues quienes son capaces de sentir agradecimiento por estos valiosos seres humanos, llenos de vivencias y experiencia, podrán aprender del pasado para prever el futuro y más aún, reconocer que la gratitud es la primera y más grande virtud de quien pretende crear una sociedad más justa.

Así, los ciudadanos de la tercera edad deben ser reconocidos como gente totalmente valiosa y digna de respeto y admiración, pero sobre todo de reconocimiento social y afectivo. Hagamos vivos sus derechos, porque si somos afortunados, un día todos seremos adultos mayores.

“Entre la niñez y la vejez existe un instante llamado vida”
Selina Haidé Avante Juárez

Magistrada del Segundo Tribunal Colegiado de Circuito del Centro Auxiliar Cuarta Región, Xalapa, Veracruz.

La opinión emitida en este artículo es responsabilidad del autor y no necesariamente refleja la postura de Siete24.mx

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