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Los fariseos de Hermosillo: el eco indígena de una Cuaresma ancestral Los fariseos de Hermosillo: el eco indígena de una Cuaresma ancestral

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Los fariseos de Hermosillo: el eco indígena de una Cuaresma ancestral

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Ciudad de México.— En Hermosillo, Sonora, los pasos retumban con una fuerza que no es solo física. Son pisadas que llevan el peso de más de 300 años de historia. Cada Cuaresma, hombres cubiertos con máscaras de cuero cruzan calles y avenidas como fariseos, una tradición religiosa heredada por las etnias yaqui y mayo, que funden fe y resistencia en un mismo acto ritual.

Estos pueblos, herederos de la gran nación Cahita, han arraigado su rito, donde la memoria no se pierde. Ahí, donde la modernidad avanza sin pausa, la cultura indígena resiste sin ruido, con el paso lento y firme de quienes asumen la penitencia como identidad.

De acuerdo con especialistas esta tradición ha trascendido el tiempo, si bien la representación se asocia con los fariseos bíblicos, los personajes abarcan toda una narrativa de la pasión de Cristo. Hay soldados romanos, Pilatos, figuras del bien, como angelitos.

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Cada uno interpreta un papel, pero ninguno actúa para entretener. La mayoría se somete al rigor físico y espiritual que exige esta manda. Son más de 40 días de preparación, oración, y esfuerzo corporal, que no buscan público sino redención.

Las máscaras, hechas de cuero de cabrito o de vaca, se calientan bajo el sol sonorense. Tras horas de caminata o carrera, el sudor, el polvo y la respiración las convierten en un verdadero sacrificio. Algunos participantes han enfermado, pero regresan año con año.

El atuendo comienza con prendas blancas, símbolo de protección frente al mal que encarnan durante la temporada. Sobre ellas colocan cobijas a modo de gabardina, cinturones con pezuñas de cerdo y los tenabaris, capullos de mariposa que tintinean al paso. En la boca llevan un rosario de madera, como escudo contra el mal que representan.

Portan cuchillo y espada de madera, armas simbólicas de una guerra que no es contra enemigos visibles, sino contra el ego, el dolor, la rutina, la pérdida. El combate es interno, la victoria también.

Sin embargo, la tradición no escapa a los cambios. En las últimas tres décadas, las máscaras han adoptado rostros de personajes populares, desde superhéroes hasta políticos.

Los fariseos son también un acto de memoria histórica. Durante la Revolución Mexicana, la tribu yaqui fue perseguida y desplazada. Muchas familias se instalaron en Hermosillo. Con ellas llegaron sus ritos, sus dioses, sus danzas.

Esta tradición es sincretismo puro: el mundo católico se entrelaza con la cosmovisión yaqui. En su idioma, existen tres mundos: juya ania (naturaleza), tenku ania (sueños), y sewa ania (flores). Los fariseos emergen de esa conexión profunda con lo invisible.

Los fariseos continúan avanzando en Hermosillo. No buscan llamar la atención, pero la historia los observa. No quieren aplausos, pero los ecos de sus pasos aún resuenan. Cada Cuaresma, los fariseos recuerdan que la fe, cuando es verdadera, camina sin necesidad de ser comprendida. Solo respetada.

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ebv

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