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Análisis y Opinión

Caso Cienfuegos: El dilema

Felipe Monroy

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Es conocida la anécdota del general villista Pablo Seañez con el periodista norteamericano John Reed mientras iban en un carro para alcanzar al general Urbina allá en 1915. En el automóvil iban el general, un mayor de nombre Vallejo, Reed y una mujer embarazada (la llevaban a la ciudad para ver a un médico); al cruzar un arroyo, el auto se atoró, el general sacó la pistola y sugirió que, para aligerar el sobrecargado vehículo, había que matar al periodista. Vallejo convenció a Seañez de guardar la pistola mientras Reed se bajaba a empujar el carro. El general al final dijo riendo: “Bien, ahora llevamos un caballo más”.

La historia marca varias pautas a considerar: Uno, que las fuerzas militares en ocasiones pueden poner los recursos a su alcance para ayudar al pueblo necesitado (representado en la mujer embarazada). Dos, que ante los problemas, la decisión y la orden son prestas para responder a favor de un ‘bien mayor’, incluso si para ello se debe sacrificar algo o alguien; bien se dice que se rompe la soga por lo más delgado. Y tres, que a pesar de que el forastero o el periodista ponga de su parte la creatividad y el coraje para ayudar a desatorar una marcha detenida por la desavenencia, no será sino un recurso para la satisfacción de los mandos.

Viene todo esto a cuento por el caso del general Salvador Cienfuegos y su peculiar -y fugaz, si lo vemos bien- paso por la justicia norteamericana. La mayoría de los comentaristas de noticias considera que el affaire del general en Estados Unidos es un tema que no se puede minimizar. Desde su aprehensión en Estados Unidos hasta su retorno a México vía un acuerdo bilateral del que se desconocen todos sus matices, el asunto obliga a reflexionar quiénes son los personajes de la historia, cuáles son sus motivaciones y qué se ha sacrificado para intentar desatar ese nudo Gordiano que aún inquieta entre la sociedad.

En resumen, al general Cienfuegos -exsecretario de la Defensa Nacional durante el sexenio de Peña Nieto- lo aprehende la DEA en Los Ángeles el 15 de octubre pasado bajo la acusación de tres delitos de narcotráfico y uno de lavado de dinero; casi un mes más tarde, las autoridades de Estados Unidos entregan a la Fiscalía General de la República los documentos que soportan la investigación contra el general y configuran un acuerdo con el Estado mexicano para la repatriación del militar de 72 años. México tiene enfrente la obligación -legal, moral y hasta diplomática- para realizar todas las diligencias necesarias en el proceso contra Cienfuegos.

Para la Fiscalía no es sino un escollo en el que hay demasiado peso como para continuar avanzando en otros casos de corrupción que también reciben presión especialmente de la ciudadanía. La respuesta: aligerar la carga. Para el general Seañez la respuesta era obvia al aniquilar a una de las partes; el periodista Reed sabe que debe ser él quien apoye antes de que lo hagan ayudar contra su voluntad.

Ningún recurso, en el fondo, es inagotable y la Fiscalía seguro no goza de todos los necesarios para atender los procesos que tanto Presidencia como la ciudadanía le exigen y menos cuando le derivan uno del calibre del Caso Cienfuegos. Alguno de los casos debe poner a enfriar, alguno deberá abandonar en el camino, aniquilarse para salir de escollo en que se encuentra la Cuarta Transformación. ¿Qué casos debería ir soltando? ¿Collado, Serna, Ancira, Calderón, el huachicoleo, Videgaray, Lozoya, Peña, Ayotzinapa, al exsuperdelegado en Chihuahua, al grupo élite de la Marina, a la empresa Iban Wallet?

Para los medios de comunicación, la persecución de ‘los peces gordos’ siempre es un atractivo noticioso, pero tiene sus consecuencias. Las manifestó con claridad meridiana el fiscal de la zona norte en Chihuahua, Jorge Nava a inicios de noviembre: La Fiscalía General de la República no tiene tiempo, ni recursos para investigar ni procurar justicia a los miles de crímenes de índole federal que se cometen todos los días en el territorio mexicano. El resultado: impunidad por encima del 95% en casos donde se requiere la acción de las instancias federales. Eso, sin contar los errores que comienzan a acumularse en la dependencia: La mala integración del caso contra los militares implicados en el Caso Ayotzinapa dan una muestra de ello.

Adivine quién va a bajarse a empujar para salvar el propio pellejo.

LEE Abusos sexuales en la Iglesia, después del Informe McCarrick

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe



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Análisis y Opinión

Y hubo templos sobre el llano

Felipe Monroy

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Ya había muerto el viernes, pero para los futbolistas de llano en el populoso barrio de El Rosario la tibia madrugada sólo les ofrecía una certeza: la reta continuaba. Casi dos centenas de pamboleros amateurs celebraban una especie de liturgia; sobre el revuelto terregal se realizaba el baile hipnótico de 22 servidores del balón mientras el resto, detrás de la metafísica línea de cal, exclamaba las preces conocidas: ‘¡Sube! ¡Pasa! ¡Guárdala! ¡Ya lo viste! ¡Tira! ¡Tira!”

El barrio está mal iluminado, pero cada centímetro de la cancha tiene luz, color y definición, por eso se ven con claridad las playeras repetidas de la selección de Argentina, del Boca o del Nápoles que han sacado los aficionados y que portan con orgullo. Tienen -en pecho y espalda- el nombre de Maradona, de ‘D10S’, y parece que, nada más ponérsela, el jugador se cree más hábil, más audaz, más eficiente, pletórico. Conmueve más quizá aquel niño desvelado que ha puesto con cinta adhesiva el número diez en el dorso de la única armadura que vale para el héroe que busca la epopeya mítica de llevar el balón a la portería.

Es el primer fin de semana después de Maradona. El astro argentino falleció en miércoles y muchos de los devotos tuvieron que esperar al viernes por la tarde para celebrar la liturgia futbolera. Quizá la iglesia maradoniana sea una parodia religiosa; pero a ras del futbol llanero, la pasión por ese humildísimo deporte no es ninguna simulación.

La experiencia sería sumamente atractiva para la profesora en antropología y religión, Sabina Magliocco, quien considera que las características fisiológicas y neurológicas de las experiencias espirituales son una parte fundamental y compartida de la naturaleza humana: “Todas las percepciones humanas de la realidad material pueden documentarse como reacciones químicas en nuestra neurobiología… No es racional asumir que la realidad espiritual de las experiencias centrales es menos real que la realidad material más científicamente documentable”. El gol o la derrota, se sabe, guardan un sentido de trascendencia superior al de las endorfinas que segrega el cuerpo y por eso, el llano pambolero festivo y trágico, se hace templo.

Había apuntado el escritor Eduardo Sacheri: “Somos tan ingenuos que seguimos viendo el futbol como un juego”. La muerte de Maradona nos lo ha recordado con un balonazo en la cara con los ‘Diegos metafísicos’ centuplicados en la cancha de barrio. Cierto, con la mercadotecnia y el acceso tecnológico han crecido las hazañas del ‘Pelusa’ en el césped; sin la televisión -o el internet- las fenomenales habilidades del argentino se reducirían a un par de líneas y una fotografía en los diarios deportivos o en la siempre inexacta narrativa oral de quienes pudieran decir: ‘Yo estuve allí y esto fue lo que viví’.

El genial Fontanarrosa en su cuento ‘¡Qué lástima Cattamarancio!’ nos comparte la narración apasionada y febril del cronista de un partido que se interrumpe con los odiosos patrocinios publicitarios mientras en el cielo comienzan a verse los fulgores desastrosos de una guerra nuclear; esto último, no obstante, es irrelevante para el fanático, no importa mientras el partido siga caliente. En el futbol llanero, sucede igual, la pandemia se suspende hasta que alguien tosa y caiga de fiebre días más tarde, en silencio y culpando a todo menos al juego: “Porque se equivoque uno no tiene que pagar el futbol… la pelota no se mancha”, dijo Maradona.

¿Es el futbol una religión? Me atrevo a opinar que no. Pero esto no les debe importar a los hinchas apasionados de veras. Les debe interesar a los fieles de las religiones cuyos signos, más profundos y reales, se diluyen en reglas y no en experiencias personales y comunitarias. Para los predicadores y exégetas del juego-comunidad, del equipo-congregación, el futbol es una experiencia cuya plenitud es grupal, gremial, compartida: “Si perdemos seremos los mejores, si ganamos seremos eternos” (Pep Guardiola), “Ningún jugador es tan bueno como todos juntos” (Alfredo Di Stefano).

No son sólo palabras; forman parte de una realidad que comprenden los jugadores y aficionados al balompié junto a la certeza interpelante de que un partido sin goles es como un domingo sin sol.

En el barrio se jugó todo el sábado, hubo una pausa para ver el partido de la noche, y se continuó con la fiesta la mañana del domingo. Maradona había muerto y hubo quienes dijeron que estaban allí por él, por el futbol; y brillaron el sol y los goles; y hubo llanos que se transformaron en templos.

LEE Un cierre doloroso pero necesario

*Director VCNoticias.com

@monroyfelipe

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Análisis y Opinión

Entre el escándalo y la prevención. El mejor camino para las víctimas de abuso

Felipe Monroy

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En esta semana un par de acontecimientos renovaron la atención sobre los avances en el combate a los abusos sexuales cometidos por ministros de culto contra menores o personas vulnerables; sin embargo, ambos hechos guardan entre sí relación y distancia: uno enfocado más en querellas legales contra presuntos culpables; y otro, en la construcción de cultura y espacios donde la prevención y la protección es el objetivo central.

En primer lugar, de alto impacto mediático, fue la resolución de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) para que la fiscalía revise “la posibilidad de conocer las investigaciones contra el arzobispo emérito de México, Norberto Rivera Carrera”. Se trata de un amparo interpuesto por el exsacerdote Alberto Athié contra una decisión previa que le impide acceder a carpetas de investigación de casos de pederastia clerical supuestamente encubiertos por el cardenal. Casos en los que, por otra parte, el activista no está involucrado, no es parte interesada directa ni querellante.

Sin duda, el principal y más importante factor que obligó a la Iglesia católica a emprender un viraje absoluto contra los casos de abuso sexual entre sus clérigos y las prácticas institucionalizadas de encubrimiento fue la presión mediática. Hasta antes que los casos de abuso adquirieran dimensión global y cultural, hoy se sabe -y gracias a la propia Santa Sede que ha revelado buena parte de sus dinámicas precedentes- que el clamor de las víctimas era minimizado, que el lenguaje relativizaba la gravedad de los actos y que, para evitar el ‘escándalo’ se prefería el arreglo extrajudicial, el silencio y una somera vigilancia interna a los criminales.

La extensa publicación y divulgación de las voces de las víctimas, así como de las evidencias de protección institucionalizada de ministros culpables, cambió para siempre la actitud de la Iglesia católica frente a los casos de abuso sexual contra menores o personas en condición de vulnerabilidad. Este cambio ha sido radical; a tal grado que no es poco decir que la Iglesia católica es hoy una de las instituciones que más ha avanzado en asumir medidas de prevención de abusos y en la configuración de mecanismos orientados a la protección de menores.

Lo principal ha sido asumir en plena conciencia los yerros autorreferenciales que perpetuaban las actitudes de conservación de la institución antes de cuidar o siquiera escuchar a las víctimas y sus necesidades. Y la Iglesia lo ha comprendido profundamente. Ninguna otra institución u organización ha publicado libremente el proceso de investigación de alguno de sus más encumbrados miembros, exponiendo los errores y complicidades que, por desgracia, acentuaron la agresión y ofensa contra las víctimas.

Y en ese tenor de responsabilidad se encuentra el segundo acontecimiento relevante: El Centro de Protección de Menores de la Universidad Pontificia de México participó en la creación de una nueva Alianza Global de Salvaguarda (GSA, por sus siglas en inglés), para promover acciones de prevención y protección de menores. Un esfuerzo intercontinental en el que participan organizaciones especializadas en la atención de víctimas y en la creación de protocolos de actuación frente a casos de abuso.

La Alianza busca desarrollar estándares globales para programas académicos, certificados y sistemas de protección para menores. Se trata de un esfuerzo sumamente relevante desde la Iglesia que no recibió atención mediática pero que podría hacer mucho por un futuro más seguro para todos y en el que las instituciones asuman su responsabilidad en el cuidado integral de los menores.

Ambos acontecimientos son complementarios, pero deben valorarse por el horizonte real que puedan alcanzar. Insisto, la denuncia pública y el señalamiento de los responsables directos o indirectos de un problema tan complejo como la pederastia clerical ha sido, hasta ahora, la única herramienta de presión para lograr cambios culturales necesarios sobre este flagelo; pero no se puede limitar el horizonte a las dolorosas historias del pasado, se requiere compromiso e imaginación para mejorar el mundo. Y eso es lo que estará intentando la Alianza Global de Salvaguarda, esperamos buenos y muchos resultados.

LEE Un cierre doloroso pero necesario

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

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