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Análisis y Opinión

Caso Cienfuegos: El dilema

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Es conocida la anécdota del general villista Pablo Seañez con el periodista norteamericano John Reed mientras iban en un carro para alcanzar al general Urbina allá en 1915. En el automóvil iban el general, un mayor de nombre Vallejo, Reed y una mujer embarazada (la llevaban a la ciudad para ver a un médico); al cruzar un arroyo, el auto se atoró, el general sacó la pistola y sugirió que, para aligerar el sobrecargado vehículo, había que matar al periodista. Vallejo convenció a Seañez de guardar la pistola mientras Reed se bajaba a empujar el carro. El general al final dijo riendo: “Bien, ahora llevamos un caballo más”.

La historia marca varias pautas a considerar: Uno, que las fuerzas militares en ocasiones pueden poner los recursos a su alcance para ayudar al pueblo necesitado (representado en la mujer embarazada). Dos, que ante los problemas, la decisión y la orden son prestas para responder a favor de un ‘bien mayor’, incluso si para ello se debe sacrificar algo o alguien; bien se dice que se rompe la soga por lo más delgado. Y tres, que a pesar de que el forastero o el periodista ponga de su parte la creatividad y el coraje para ayudar a desatorar una marcha detenida por la desavenencia, no será sino un recurso para la satisfacción de los mandos.

Viene todo esto a cuento por el caso del general Salvador Cienfuegos y su peculiar -y fugaz, si lo vemos bien- paso por la justicia norteamericana. La mayoría de los comentaristas de noticias considera que el affaire del general en Estados Unidos es un tema que no se puede minimizar. Desde su aprehensión en Estados Unidos hasta su retorno a México vía un acuerdo bilateral del que se desconocen todos sus matices, el asunto obliga a reflexionar quiénes son los personajes de la historia, cuáles son sus motivaciones y qué se ha sacrificado para intentar desatar ese nudo Gordiano que aún inquieta entre la sociedad.

En resumen, al general Cienfuegos -exsecretario de la Defensa Nacional durante el sexenio de Peña Nieto- lo aprehende la DEA en Los Ángeles el 15 de octubre pasado bajo la acusación de tres delitos de narcotráfico y uno de lavado de dinero; casi un mes más tarde, las autoridades de Estados Unidos entregan a la Fiscalía General de la República los documentos que soportan la investigación contra el general y configuran un acuerdo con el Estado mexicano para la repatriación del militar de 72 años. México tiene enfrente la obligación -legal, moral y hasta diplomática- para realizar todas las diligencias necesarias en el proceso contra Cienfuegos.

Para la Fiscalía no es sino un escollo en el que hay demasiado peso como para continuar avanzando en otros casos de corrupción que también reciben presión especialmente de la ciudadanía. La respuesta: aligerar la carga. Para el general Seañez la respuesta era obvia al aniquilar a una de las partes; el periodista Reed sabe que debe ser él quien apoye antes de que lo hagan ayudar contra su voluntad.

Ningún recurso, en el fondo, es inagotable y la Fiscalía seguro no goza de todos los necesarios para atender los procesos que tanto Presidencia como la ciudadanía le exigen y menos cuando le derivan uno del calibre del Caso Cienfuegos. Alguno de los casos debe poner a enfriar, alguno deberá abandonar en el camino, aniquilarse para salir de escollo en que se encuentra la Cuarta Transformación. ¿Qué casos debería ir soltando? ¿Collado, Serna, Ancira, Calderón, el huachicoleo, Videgaray, Lozoya, Peña, Ayotzinapa, al exsuperdelegado en Chihuahua, al grupo élite de la Marina, a la empresa Iban Wallet?

Para los medios de comunicación, la persecución de ‘los peces gordos’ siempre es un atractivo noticioso, pero tiene sus consecuencias. Las manifestó con claridad meridiana el fiscal de la zona norte en Chihuahua, Jorge Nava a inicios de noviembre: La Fiscalía General de la República no tiene tiempo, ni recursos para investigar ni procurar justicia a los miles de crímenes de índole federal que se cometen todos los días en el territorio mexicano. El resultado: impunidad por encima del 95% en casos donde se requiere la acción de las instancias federales. Eso, sin contar los errores que comienzan a acumularse en la dependencia: La mala integración del caso contra los militares implicados en el Caso Ayotzinapa dan una muestra de ello.

Adivine quién va a bajarse a empujar para salvar el propio pellejo.

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*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe



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Análisis y Opinión

Nuevos senderos para la paz

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Tuvo razón el finado Javier Valdez y todos quienes se le han sumado en esta terrible cuenta de cadáveres: “Sobran los temas, pero todos los senderos, escoltados de plantas con espinas, conducen a la pólvora incendiada… las calles sólo conducen a un humo caliente, que se levanta y baila con el viento, después del disparo”.

La violencia en México parece esperarnos a la vuelta de la esquina, en una mañana o un atardecer, sobre la tierra yerma o frente a un sagrario. Nada, en realidad, ha cambiado en las miradas de quienes sostienen las armas y las usan contra su prójimo.

Hubo confianza, sí, en que un cambio de estrategia mejoraría nuestras vidas. La fórmula y ruta nos pareció simple: Un gobierno legítimo por los cuatro costados construiría un Estado fuerte que combatiría la corrupción desde dentro, trabajaría por la desmilitarización del territorio para ciudadanizar la seguridad y, en un honesto compromiso por los últimos, acercaría más oportunidades educativas y laborales para los jóvenes más vulnerables y primeros destinatarios de la cultura criminal. Esa ruta haría un viraje radical de nuestra loca carrera hacia el barranco que comenzó hace tres sexenios.

Nada, por desgracia, ha cambiado. La legitimidad, en lugar de unidad, trajo polarización y descrédito; el combate a la corrupción, si existe, es imperceptible por la ignominiosa impunidad; el sueño de la desmilitarización se ha esfumado; y los jóvenes, con o sin becas, siguen apostando a la cultura de muerte gracias al peculio inmediato y a la ominosa incertidumbre.

Los crímenes contra los sacerdotes jesuitas de la sierra tarahumara (junto con el resto de asesinatos de Cerocahui) pintan de cuerpo entero el ‘conflictus scaena’ de nuestra realidad mexicana: Un extenso escenario donde el dominio material y simbólico es controlado por la trasgresión, la fechoría y la impunidad; el pueblo es víctima del pueblo; la sangre palpita en la impaciente mano del sicario o se escurre emanando de un cadáver.

Mientras, la gente de bien se resiste a tal determinismo y busca nuevos caminos que no conduzcan a trágicos finales pero, como les pasó a los rarámuri durante las primeras invasiones, ellos cedieron palmo a palmo sus tierras hasta que ya no hubo a dónde ir.

Y, si ya no hay senderos, habrá que crearlos. Pero ¿cómo? ¿Con qué fuerzas?

Hoy, una indignación de grado indómito recorre las venas de los testigos de la muerte y el llanto, revela hartazgo pero también deseos de cambio. Sobre esta tierra, absorta y muda, que nada mira y a nadie atiende, esa indignación quiere ser protesta y advertencia, sí; pero también coraje y esperanza.

Al pueblo mexicano nos urgen nuevos senderos de paz; pero no aquellos que están sembrados de armas, insignias y billetes. Urgen caminos que pasen por la justicia social, el cuidado de la creación, la defensa de los pueblos, el reconocimiento de los abusos, la protección de los débiles, la promoción de la paz, la escuela de reconciliación y la búsqueda del bien común.

Más el camino -como dijo el clásico- está en el andar; está en el trabajo, no en el privilegio ni en la comodidad. El camino se marca con muchos pasos y sin egoísmos, compartiendo la senda donde puedan ir todos, sin discriminaciones ni prejuicios; una vía donde los padres enseñen a su prole a extender la mirada antes que la mano, a desterrar los sentimientos de avaricia o insaciabilidad.

Siguen siendo proféticas las palabras que el papa Francisco dijo en el Palacio Nacional ante la élite de liderazgos políticos, sociales, económicos y religiosos de México: “Cada vez que buscamos el camino del privilegio o beneficio de unos pocos en detrimento del bien de todos, tarde o temprano, la vida en sociedad se vuelve un terreno fértil para la corrupción, el narcotráfico, la exclusión de las culturas diferentes, la violencia e incluso el tráfico de personas, el secuestro y la muerte, causando sufrimiento y frenando el desarrollo”.

El filósofo de Güémez diría que “las cosas son como son hasta que dejan de serlo”. Y dejarán de serlo cuando en verdad seamos capaces de actuar. Es imperdonable que autoridades y liderazgos políticos mantengan todavía hoy su posición de autosuficiencia, autopreservación y privilegio; es más triste aún que muchos otros, en lugar de caminar, quieran encaramarse a ese trono de palo hueco. Ya lo advierte el rarámuri: ‘Arigá caponi, si’néamica ripá moba jábaso…’ Al final, (la vara) se quebró cuando se pararon todos encima.

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

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Análisis y Opinión

Crepúsculo y polvo en la sierra tarahumara

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Ser mexicano es vivir indignado. El incomprensible asesinato de dos jesuitas y un guía de turistas la tarde del lunes en Cerocahui (‘Pueblo mágico desde donde se pueden contemplar indómitos paisajes crepusculares de la Sierra Tarahumara’, según versan los promotores de turismo) ha perturbado -y con razón- un cierto adormecimiento que gobiernos e instituciones se han permitido en los últimos tres lustros respecto a los niveles y detonantes de violencia en el país.

Las versiones de los acontecimientos de la tarde del 20 de junio son desgarradores: Se dice que hasta el templo de San Francisco Javier en Cerocahui (joya histórica de las misiones jesuitas) llegó herido de muerte Pedro Heliodoro Palma, guía de turistas local, solicitando ayuda a los religiosos del templo pues en ese momento era perseguido por quienes lo habían torturado y secuestrado sólo por haber interactuado y disentido con un criminal harto conocido -y tolerado- en la región.

Los sacerdotes Javier Campos Morales (de 78 años) y Joaquín César Mora Salazar (80) no dudaron en socorrer y dar la extrema unción al moribundo hombre además de detener la ira del sicario; sin embargo, el asesino también ultimó a los religiosos. Un tercer jesuita también intervino; al parecer ‘tranquilizó’ al atacante pero no logró convencerlo de que respetara los cuerpos sin vida de los tres varones; y el criminal ordenó sustraer los cadáveres dejando en completa incertidumbre a toda la localidad.

El presunto asesino es vulgarmente identificado -y hoy urgentemente buscado- como ‘El Chueco’ pero cuyo nombre de pila, José Noriel, fue pronunciado -dice un cura de la sierra- por el propio Javier Campos cuando lo bautizó. El vicario general de la Diócesis Tarahumara, Héctor Fernández, describe al maleante como un criminal muy conocido cuyos actos delincuenciales fueron larga e incomprensiblemente sobrellevados en la zona.

No se puede decir que los religiosos ‘estaban en el lugar y momento equivocado’. De hecho, no sólo este trágico martirio confirma el compromiso de los sacerdotes por acompañar y asistir al prójimo en su más apremiante necesidad; decenas de testimonios certifican la larga asistencia de los jesuitas entre los pueblos de la sierra y el pueblo rarámuri.

El ‘Padre Gallo’ y el ‘Padre Morita’ -como eran cariñosamente conocidos en la Compañía de Jesús- llevaban décadas insertos en la sierra tarahumara. Conocían la lengua y costumbres rarámuri, padecieron y comprendieron las urgencias de los pueblos de las barrancas; no sólo proveían la necesaria asistencia espiritual a indígenas y mestizos de la región también velaban por la paz y la integración de las comunidades, por la reconciliación, por la justicia social, por dar cauce a las muchas indignaciones de los hombres y mujeres de buena voluntad.

Sí, ser mexicano es vivir indignado; y, sin embargo, incluso así, “no hemos de llorar porque las cosas están de este modo sobre la tierra”, dijo el poeta. Es posible cambiar el rumbo de la historia; no son pocas las experiencias en que las comunidades jesuitas (y otros esfuerzos colectivos) logran detener el avance y dominio del crimen y la violencia en México: una plaza a la vez, un hogar a la vez, un alma a la vez.

Recomienda además, para este anhelo, el santo Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús: “La magnanimidad y fortaleza de ánimo son muy necesarias para sufrir las flaquezas de muchos; y para comenzar cosas grandes en servicio de Dios Nuestro Señor y preservar constantemente en ellas cuanto conviene”.

Eso lo comprendieron bien los mártires de Cerocahui: tuvieron fortaleza para comenzar y continuar un impagable servicio a los más necesitados; y, aunque ninguno de ellos pudo cambiar radicalmente el curso de la historia, su testimonio ha sembrado un mensaje que germina y pasará de generación en generación.

La violencia en México, la normalización de la cultura criminal y las fallidas estrategias de seguridad de los últimos tres sexenios requieren profundas intervenciones por parte de la ciudadanía y de todas las estructuras intermedias de la sociedad. El ejemplo lo han dado con su vida los jesuitas Javier y Joaquín: Salir para socorrer al prójimo, asistir decididamente a las víctimas e interceder por la paz en medio de la barbarie.

Quizá, en una futura tarde de verano, cuando ya no haya miedo en la desértica calle, aquellos crepúsculos poéticos sólo contemplarán la paz entre la infinita roca y polvo, al pie de la silenciosa sierra tarahumara.

Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

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