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Análisis y Opinión

Elecciones, pseudo religión y radicalización

Felipe Monroy

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El peligro de la radicalización política por vía de ciertos grupos o líderes pseudo religiosos se acrecienta en medio de una larga crisis social, sistémica y cultural. Prácticamente en todos los rincones del mundo emergen personalidades y grupos disruptivos de ambiguos valores humanos y ambivalentes principios espirituales que, desde el empíreo de sus certezas, dinamitan tanto a las instituciones democráticas como a las propias organizaciones religiosas a las que dicen pertenecer o a las que aseguran querer salvar.

Donald Trump, por ejemplo, es el epítome de este complejo fenómeno en el que también reconocemos a otros líderes como Recep Erdogán (Turquía), Jair Bolsonaro (Brasil), Jeanine Áñez (Bolivia) o al propio López Obrador. Aunque no sólo a ellos, sus más férreos malquerientes también se encuentran en el mismo espectro de radicalización pseudo religiosa de intenciones pragmáticas y electorales.

El pasado 4 de agosto, mientras daba una entrevista a la cadena de televisión católica EWTN, el presidente Trump -en plena campaña de reelección- cerró su intervención con el siguiente comentario: “Creo que cualquiera que tenga que ver francamente con la religión, especialmente con la Iglesia católica, debería estar con el presidente Trump. Cuando se trata de ser provida, cuando se trata de todas esas cosas. Porque esa gente va a quitarles todos sus derechos, incluida la Segunda Enmienda; porque, ya sabes, a los católicos les gusta su Segunda Enmienda, así que la rescaté. Si no hubiera estado yo aquí, ustedes no tendrían una Segunda Enmienda. Y si ser provida es para ustedes importante no van a estar en ese lado del tema. Les garantizo que, si la izquierda radical, porque van a hacerse cargo, lo empujarán como si no fuera nada”.

La intención del mensaje compensa la falta claridad. Trump básicamente asegura que, de ganar las elecciones, la izquierda radical empujaría temas como ‘quitarles el derecho a los norteamericanos de portar armas de fuego’ (la Segunda Enmienda); por ello, para el mandatario, los creyentes -especialmente los católicos- deberían apoyarlo porque son pro armas.

De inmediato y ya casi como costumbre, han sido las instituciones católicas formales las que han salido a rechazar la idea de que la cristiandad o la catolicidad busquen en sus principios la portación de armas. El problema, sin embargo, no es que los líderes formales católicos se desmarquen de las ideas de Trump sino que ciertas bases pseudo católicas radicalizadas ya no confían ni escuchan ni siguen a sus obispos o pastores, y son capaces de amenazar con un arma de fuego a decenas de manifestantes pacíficos desde el patio de su casa después de haber pasado 45 minutos en misa, como sucedió el 29 de junio durante una marcha de Black Lives Matter en Missouri.

Cuando las instituciones sociales y formales modernas comienzan a fallar, las raíces emocionales e irracionales toman un papel preponderante en la vida comunitaria, en especial el sustrato religioso que se encuentra en el fondo de la identidad, la psique y la realización del ciudadano promedio. Para estos grupos pseudo religiosos de intereses mundanamente políticos parece no importarles la carga racista de sus candidatos mientras gobiernen con la Biblia en mano, ni el desprecio por la vida de los migrantes si son activistas antiaborto, ni la falta de transparencia si se porta un ‘detente del Sagrado Corazón’, ni el lenguaje vindicativo y pendenciero si se externa desde lo que entienden como su ‘misión profética’.

Para estos nuevos grupos pseudo religiosos no importa que las representaciones icónicas más importantes del puente civilizatorio entre el cristianismo de oriente y occidente sean vergonzosamente cubiertas mientras ellos puedan tornar en mezquita un recinto que les trasciende; no les importa que las mujeres negras embarazadas corran dos veces más riesgo que las mujeres blancas embarazadas gracias al racismo estructural cuyo presidente apoya aunque se declare provida; no ven contradicción en un liderazgo cristiano que dice buscar la democracia dando la espalda a la asamblea popular mientras cede el poder a los militares; ni ven conflicto en que se utilice la figura de Jesús como un promotor de la portación de armas o al cristianismo como precursor del eslogan para la transformación de la vida pública de la nación.

En México debería importarnos este fenómeno porque se acerca un proceso electoral sumamente complejo. En primer lugar, debilitado por la vulnerabilidad de las instituciones de promoción y defensa democrática; y en segundo, porque las instituciones religiosas formales no conectan ni pueden atemperar a la grey radicalizada que utiliza cierto lenguaje religioso para promocionar sus peculiares y antievangélicas agendas políticas.

Es el caso de uno de los liderazgos más visibles del movimiento antilopezobradorista, Gilberto Lozano, quien ha dicho sin pudor al mandatario: “La fe va a hacer que lo quitemos a usted del puesto muy pronto”; al tiempo de mostrar ‘la cabeza’ de López Obrador en una bandeja mientras clama porque “ojalá aparezca el héroe nacional que se lo eche”.

Estos grupos pseudo religiosos reclaman democracia mediante golpes de estado, piden el respeto de la vida humana a toda costa aun si fuera necesario asesinar al presidente, convocan a cierta ciudadanía a unirse a su causa de libertad porque otra cierta ciudadanía es ignorante y lo ha demostrado eligiendo libremente a quien consideran un pésimo presidente.

Por desgracia, estos grupos no están solos; viejos liderazgos religiosos que ven con pavor la pérdida de la influencia política de sus homólogos contemporáneos también radicalizan sus palabras y pensamientos, confunden perversamente el comunismo con política pública social, alertan de demonios escondidos en los palacios y acusan de falsos profetas a efímeros funcionarios.

Estos grupos apuestan por un conflicto insensato en nombre de unos tergiversados principios morales y religiosos que sus propios pastores e instituciones religiosas no comparten. Y son a estos últimos a quienes más daño hacen estos radicales porque desoyen y desprecian las orientaciones y documentos formales que les piden mesura y prudencia. El escenario es incierto, pero para las instituciones religiosas formales es necesaria una definición: ¿Insistirán en atemperar y formar a estos grupos políticos pseudo religiosos o sucumbirán ante ellos y avalarán sus confusiones dogmáticas para obtener resultados políticos de su interés?

INTERESANTE El contexto vulnerable

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe



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Análisis y Opinión

Caso Cienfuegos: El dilema

Felipe Monroy

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Es conocida la anécdota del general villista Pablo Seañez con el periodista norteamericano John Reed mientras iban en un carro para alcanzar al general Urbina allá en 1915. En el automóvil iban el general, un mayor de nombre Vallejo, Reed y una mujer embarazada (la llevaban a la ciudad para ver a un médico); al cruzar un arroyo, el auto se atoró, el general sacó la pistola y sugirió que, para aligerar el sobrecargado vehículo, había que matar al periodista. Vallejo convenció a Seañez de guardar la pistola mientras Reed se bajaba a empujar el carro. El general al final dijo riendo: “Bien, ahora llevamos un caballo más”.

La historia marca varias pautas a considerar: Uno, que las fuerzas militares en ocasiones pueden poner los recursos a su alcance para ayudar al pueblo necesitado (representado en la mujer embarazada). Dos, que ante los problemas, la decisión y la orden son prestas para responder a favor de un ‘bien mayor’, incluso si para ello se debe sacrificar algo o alguien; bien se dice que se rompe la soga por lo más delgado. Y tres, que a pesar de que el forastero o el periodista ponga de su parte la creatividad y el coraje para ayudar a desatorar una marcha detenida por la desavenencia, no será sino un recurso para la satisfacción de los mandos.

Viene todo esto a cuento por el caso del general Salvador Cienfuegos y su peculiar -y fugaz, si lo vemos bien- paso por la justicia norteamericana. La mayoría de los comentaristas de noticias considera que el affaire del general en Estados Unidos es un tema que no se puede minimizar. Desde su aprehensión en Estados Unidos hasta su retorno a México vía un acuerdo bilateral del que se desconocen todos sus matices, el asunto obliga a reflexionar quiénes son los personajes de la historia, cuáles son sus motivaciones y qué se ha sacrificado para intentar desatar ese nudo Gordiano que aún inquieta entre la sociedad.

En resumen, al general Cienfuegos -exsecretario de la Defensa Nacional durante el sexenio de Peña Nieto- lo aprehende la DEA en Los Ángeles el 15 de octubre pasado bajo la acusación de tres delitos de narcotráfico y uno de lavado de dinero; casi un mes más tarde, las autoridades de Estados Unidos entregan a la Fiscalía General de la República los documentos que soportan la investigación contra el general y configuran un acuerdo con el Estado mexicano para la repatriación del militar de 72 años. México tiene enfrente la obligación -legal, moral y hasta diplomática- para realizar todas las diligencias necesarias en el proceso contra Cienfuegos.

Para la Fiscalía no es sino un escollo en el que hay demasiado peso como para continuar avanzando en otros casos de corrupción que también reciben presión especialmente de la ciudadanía. La respuesta: aligerar la carga. Para el general Seañez la respuesta era obvia al aniquilar a una de las partes; el periodista Reed sabe que debe ser él quien apoye antes de que lo hagan ayudar contra su voluntad.

Ningún recurso, en el fondo, es inagotable y la Fiscalía seguro no goza de todos los necesarios para atender los procesos que tanto Presidencia como la ciudadanía le exigen y menos cuando le derivan uno del calibre del Caso Cienfuegos. Alguno de los casos debe poner a enfriar, alguno deberá abandonar en el camino, aniquilarse para salir de escollo en que se encuentra la Cuarta Transformación. ¿Qué casos debería ir soltando? ¿Collado, Serna, Ancira, Calderón, el huachicoleo, Videgaray, Lozoya, Peña, Ayotzinapa, al exsuperdelegado en Chihuahua, al grupo élite de la Marina, a la empresa Iban Wallet?

Para los medios de comunicación, la persecución de ‘los peces gordos’ siempre es un atractivo noticioso, pero tiene sus consecuencias. Las manifestó con claridad meridiana el fiscal de la zona norte en Chihuahua, Jorge Nava a inicios de noviembre: La Fiscalía General de la República no tiene tiempo, ni recursos para investigar ni procurar justicia a los miles de crímenes de índole federal que se cometen todos los días en el territorio mexicano. El resultado: impunidad por encima del 95% en casos donde se requiere la acción de las instancias federales. Eso, sin contar los errores que comienzan a acumularse en la dependencia: La mala integración del caso contra los militares implicados en el Caso Ayotzinapa dan una muestra de ello.

Adivine quién va a bajarse a empujar para salvar el propio pellejo.

LEE Abusos sexuales en la Iglesia, después del Informe McCarrick

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

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Análisis y Opinión

Reactiva tu capacidad de aprender en equipo

Gerardo Medina Romero

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El Mundo Interno de las Organizaciones

Como lo he mencionado en semanas anteriores, los retos que nos presenta la nueva normalidad demandan sin duda que saquemos nuestra parte creativa y despertemos nuestra intuición, y en conjunto con nuestros compañeros y colegas, descubramos los nuevos paradigmas sobre los que debemos trabajar de ahora en adelante.

Lamentable (o afortunadamente) no hay mejores prácticas sobre la nueva normalidad: todo es a prueba y error. Ya sea para los propios gobiernos locales o federales y los diferentes tipos de empresas y organizaciones. Entonces, ¿cómo puedo aprender y diseñar las nuevas prácticas de trabajo con las que yo y mi equipo trabajaremos?

En mi opinión, la respuesta no es tan compleja y la solución está muy cerca de nosotros. Me refiero a nuestro propio sentido común. Pero claro, el sentido común es el menos común de los sentidos y justo por eso se convierte en un elemento tan poderoso cuando se combina con el sentido común de otras personas.

Hemos estado tan acostumbrados a buscar la respuesta fuera de nosotros y a que alguien externo nos muestre nuevos paradigmas que hasta cierto punto hemos perdido la práctica de generar los propios. Las anteriormente llamadas comunidades de aprendizaje o células de conocimiento hoy resultan fundamentales para generar nuevos paradigmas y obtener respuestas que ningún libro y ninguna consultora nos puede dar, simplemente porque nunca se había vivido algo similar.

Reunirse con compañeros o colegas para compartir experiencias y buscar aprendizajes es una práctica que debemos recuperar y fomentar. Obtener conocimiento tampoco debe requerir un método complejo ya que aprendemos desde que nacemos y no lo dejamos de hacer hasta que morimos. Hacerlo en conjunto con otros amplía nuestro observador y nos genera muchísimas más posibilidades de aprender.

Para lograr un aprendizaje útil el grupo debe comenzar por analizar hechos o experiencias concretas; posteriormente los integrantes deben reflexionar sobre esa situación y a partir de su punto de vista individual, tratar de dar una explicación a lo que pasó y al por qué creen que pasó.

El siguiente paso requiere que el grupo discuta y de entre todas las hipótesis posibles sobre ese tipo de situaciones, seleccione las que a juicio de la mayoría son las más probables de comprobar y aplicar. Una vez que el grupo prueba las hipótesis en situaciones similares podrá comprobar si son erróneas, en cuyo caso deberá generar nuevas hipótesis al respecto. Si son acertadas, traducirlas en teorías y en aprendizajes concretos que compartirán con el resto de sus compañeros.

Así es como aprendemos desde niños. A partir de quemarnos con una vela (experiencia concreta), reflexionar sobre lo que pasó y por qué pasó (al poner la mano en el fuego, el calor de la llama nos lastima), plantear hipótesis y aplicarla (el fuego quema), y al comprobarlo nuevamente hacerlo un aprendizaje concreto (no volver a poner la mano en el fuego).

En este sentido y ante tanta incertidumbre es muy importante fomentar la creación de estos foros o comunidades de aprendizaje, ya sea con miembros de nuestras propias organizaciones o incluso con amigos o colegas de otras empresas. Lo importante es reunirse para compartir hechos o experiencias que puedan analizar y reflexionar sobre ellas en conjunto para tratar de encontrar hipótesis que puedan comprobar y aplicar para, de esta manera, generar y descubrir los nuevos paradigmas que determinarán la manera de trabajar en esta nueva normalidad.

Confía en tu capacidad para analizar una situación y escuchar la percepción que tienen otras personas sobre la misma y encontrar patrones que te permitan, proponer acciones para superar los nuevos retos que está enfrentando en tu organización. Date permiso de aplicarlas y observar el efecto que causan para ver si son efectivas o si deberás plantear nuevas opciones.

Explora, pregunta, observa y comparte tus ideas y propuestas con los demás y en conjunto se darán cuenta que no hay mejor tecnología, libro o consultor que una buena conversación con un grupo de colegas.

LEE Una transformación sin proyectos

ebv

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