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Análisis y Opinión

El contexto vulnerable

Felipe Monroy

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El paso de la tormenta tropical Hanna en la frontera entre los Estados Unidos y México nos dejó una de las fake news más aleccionadoras para nuestras ficciones de seguridad: agua y viento erosionando los cimientos del orgulloso muro divisorio hasta derribarlo por completo. La circunstancial pero estrepitosa caída del muro de Trump puede ser leída de muchas maneras, pero sólo una es justa: somos precarios en un terreno cambiante.

La pandemia del COVID nos recordó la vulnerabilidad de la naturaleza humana, la interinidad de nuestra existencia y de nuestro equilibrio; pero, también nos muestra el rostro dolorosamente efímero de nuestra cultura, de nuestra civilización y de nuestro suelo común. Todo cambia, aunque no siempre nos guste a dónde lo haga.

Desde sus primeras campañas políticas, el turco Recep Tayyip Erdogan prometió devolver al pueblo musulmán la mezquita de Santa Sofía convertida en museo desde 1934. Para los devotos del islam, la recuperación de su recinto sagrado el pasado 10 de julio ha sido todo un júbilo. El templo fue mezquita desde 1453 aunque antes de esa época fue la imponderable Basílica bizantina cristiana erigida por el emperador Justiniano en el siglo VI, contiene no sólo arte cristiano (como el icónico Cristo pantócrator y el imperdible mosaico de la Virgen María y el Niño Jesús del siglo IX) también sus muros han visto algunos de los episodios más definitorios en la configuración de los patriarcados cristianos actuales. Es, por tanto, uno de los recintos -a veces bajo rito oriental, a veces bajo rito latino- más importantes de la historia de la religión cristiana.

Y, al mismo tiempo, Santa Sofía también es invaluable para la identidad islámica. Gran parte del esplendor que hoy luce en sus espacios ha sido obra que los sultanes patrocinaron desde el renacimiento hasta el siglo XIX; aunque aquí es justo mencionar que los sultanes tuvieron que restaurar el esplendor del templo porque la conquista islámica de sus antecesores casi arrasó con toda la belleza del recinto. Ahora, durante los rezos mandatorios del islam, los íconos cristianos supervivientes de un milenio de cambios son cubiertos con telas o con luces para que los musulmanes vivan su fe sin tener encima de ellos la mirada de Cristo o de la Virgen María.

El mundo cristiano occidental ha lamentado profundamente la vuelta de Santa Sofía a mezquita; el mundo islámico, sin embargo, lo ha celebrado. Y, aunque se trata de percutores diferentes, sucede igual con el muro de Trump en la frontera con México: para el mandatario estadounidense y sus simpatizantes la súbita caída de la estructura es una tragedia; sin embargo, para quienes siempre han opinado diferente al magnate, hay una peculiar satisfacción por una realidad que hasta la naturaleza parece reclamar.

Cada época -con mayor o menor velocidad o profundidad- plantea cambios complejos a nuestras identidades y nuestras certezas. Por supuesto, esta época marcada por una pandemia tan compleja para la humanidad no dejará de plasmar su huella en la larga ruta hacia el futuro. En el más famoso de sus poemas, el escritor inglés Percy Shelley describe a un viajero que se encuentra con los restos de una civilización que sucumbió en algún punto de la historia; la belleza de las ruinas representa el sentido trágico y verdadero de lo efímero, la orgullosa inscripción que se creyó eterna cuando fue labrada apenas sobrevive como advertencia al viajero de qué él también pasará.

Y, sin embargo, hay algunas realidades que no deberían convertirse en ruinas, que no deberían derrumbarse ante las inclemencias del ambiente o que no deberían ocultarse bajo el velo de los cambios históricos o culturales. Esto suele definirse como un principio de humanidad, la esencia fundamental del ser humano, la unidad ontológica de nuestra especie en esta larga marcha hacia el futuro.

Sí, somos precarios y nuestro contexto es vulnerable, pero hay una potencialidad que nos ha acompañado y a la que no sería bueno darle la espalda: la conciencia de saber quiénes somos como especie, la dignidad de la vida que como humanos dentro de civilizaciones cambiantes no perdemos; es lo único que ha salvado a la libre individualidad en los regímenes autocráticos y lo que ha resguardado la identidad comunitaria en el relativismo egoísta. Es a lo único que no deberíamos darle la espalda.

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe



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Análisis y Opinión

El mundo organizacional tiene miedo

Gerardo Medina Romero

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El Mundo Interno de las Organizaciones

El miedo es parte inherente del ser humano. Todos tenemos miedos y son ellos los que en ocasiones nos permiten salir adelante en nuestras vidas. A nivel organizacional por supuesto que no es la excepción: como individuos organizacionales, y sin importar el nivel que tengamos en nuestra empresa o el tiempo que llevemos trabajando en la misma, todos generamos miedos con los que convivimos día con día.

Todos en algún momento hemos sentido miedo a fallar en nuestras funciones o a no alcanzar los resultados que se esperan de nosotros y, por consecuencia, correr el riesgo de ser despedidos. Algunos viven con el temor de estancarse en su crecimiento y desarrollo, o a terminar acostumbrándose a un trabajo rutinario disfrutando de su zona de confort. También podemos vivir con temores más profundos, por ejemplo, a sentirnos poco incluidos en un equipo de trabajo o a descubrir que no somos tan competentes como pensábamos para desempeñar determinada actividad.

Estoy seguro de que en este momento podrías hacer un honesto y profundo ejercicio de reflexión y encontrar aquellos miedos que te han acompañado a lo largo de tu carrera profesional; también estoy seguro que nunca te imaginaste tener el temor que hoy se ha generado y propagado con mucho mayor agresividad, velocidad y efectividad que el mismo virus del COVID-19: el miedo a interactuar físicamente con la gente.

Por más ganas que una persona tenga de regresar al lugar de trabajo que tenía antes de la pandemia, estoy seguro de que lo hará con algo que no tenía cuando se fue: miedo por la convivencia con los demás.

Hoy en día nos asusta tener contacto físico con la gente que saludamos, aun y cuando sean nuestros más entrañables compañeros. Percibir a una persona ligeramente cerca de nosotros al caminar nos genera inquietud. Esperar un elevador y ver que hay más personas en su interior cuando se abren las puertas, también nos provoca temor.

Entrar o participar en una sala de juntas concurrida ya no resulta agradable y, por más cuidados y cubrebocas que utilicemos, nos sentimos inseguros. Recibir un documento físico, compartir y prestar una carpeta o una pluma a un compañero nos resulta estresante y ni se diga cuando tenemos que utilizar los baños de las mismas oficinas.

Las estaciones de café en las que seguramente más de una vez nos equivocamos de taza sin saberlo, hoy se clasifican como zonas de alto riesgo para todos. De hecho, en la gran mayoría de las oficinas que han comenzado a abrir sus puertas, este tipo de estaciones ha desaparecido.
Calentar la comida en el microondas de la compañía y sentarme a comer con los compañeros puede resultar para muchos un momento de mucha tensión por todos los miedos que nos han marcado a lo largo de más de un año.

El mundo definitivamente cambió y hoy tiene más miedo que antes. Me pregunto, ¿qué resulta más dañino para la humanidad? El virus, que en más de un año ha cobrado la vida del 0.04% de la población mundial, o este miedo que ha provocado la muerte de un porcentaje mucho mayor de fuentes de empleo.

Por este miedo al contacto físico, muchos proyectos de innovación, planes de desarrollo e investigaciones sobre nuevos productos y servicios han muerto. Muchas empresas de reciente creación o industrias completas han desaparecido o están desahuciadas.

Muchas carreras de ejecutivos que prometían llegar muy lejos se han visto truncadas por el miedo que todo esto ha generado.

Con profundo respeto a todos los que han tenido que sufrir la pérdida de un ser querido por esta enfermedad, les extiendo mis condolencias; sin embargo, quisiera exhortarlos a no dejarnos paralizar más por el miedo que ya en este extremo puede resultar todavía más perjudicial.

La vida no la tenemos comprada y no sabemos si tenemos poco o mucho tiempo para vivirla, pero me parece que merecemos hacerlo motivados por nuestros sueños y nuestros proyectos profesionales y no frenada por el miedo, que pudiera resultar mucho más mortal que cualquier virus en la historia.

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Análisis y Opinión

Voto presencial, templos virtuales

Felipe Monroy

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La semana pasada se realizó de manera virtual la asamblea plenaria semestral de los obispos católicos mexicanos con una agenda llena de actividades, preparativos para eventos y algunos espacios para el análisis de acontecimientos y fenómenos contemporáneos. Sobre estos últimos vale destacar la reflexión sobre la posibilidad de que las votaciones de los cargos, servicios y responsabilidades del órgano colegiado de obispos se realice de manera electrónica y a distancia; y la dura realidad sobre la virtualidad de la vida ritual de los católicos y el futuro de los templos y recintos religiosos.

En el primer asunto, la Santa Sede es tajante: las elecciones de la presidencia, tesorería, secretaría general, consejos, comisiones, dimensiones y delegados de la Conferencia del Episcopado Mexicano deben ser presenciales; ni digitales ni virtuales ni a distancia. La decisión se respalda en el canon 119 del Código de Derecho Canónico que a la letra dice “hallándose presente” y “mayoría de los presentes”. Además, preferir la votación presencial de estos cargos tiene un principio de sentido común: Si hubiere un desacuerdo, malestar o reclamo por parte de algún obispo durante el proceso, las reclamaciones deben hacerse de frente y ‘en la cara’, como justo les dijo el papa Francisco a los mitrados mexicanos.

También hay un prurito de cautela sobre algo que nos advirtió sagazmente Stalin: “No importa quién vota sino quién cuenta los votos”. En un tradicional mecanismo de votación cerrado, los escrutadores llevan esta responsabilidad; pero en un sistema electrónico, la mediación tecnológica de la plataforma y su operario son un factor que podría o no incidir en la fidelidad de las opciones de los electores en el resultado final.

El segundo tema requiere aún muchísimo más análisis: la virtualidad de la vida religiosa de los católicos. La pandemia que impuso cuarentenas y distanciamiento social impidió la presencia física de los fieles en los templos para las asambleas y celebraciones. Como respuesta, los pastores utilizaron las herramientas digitales para llevar misas y otros servicios.

La digitalización de los rituales religiosos y las experiencias de fe fue una respuesta que ofrecieron diversos sacerdotes y comunidades religiosas ante la imposibilidad de tener los templos abiertos al culto público. La respuesta fue ciertamente improvisada al principio, pero poco a poco ha buscado carta de ciudadanía como un vehículo esencial para la vida espiritual de los fieles y creyentes. De esta experiencia hay varias consideraciones: hay pastores que, con pequeñas inversiones en herramientas tecnológicas, han encontrado toda una nueva veta de oportunidad para atender comunidades a las que jamás hubiera podido llegar, al tiempo de generar dinámicas de apoyo económico para el sostén del ministro, de los técnicos y la obra social de su iglesia.

Existe el riesgo, por otro lado, de que los imperativos tecnológicos condicionen la experiencia religiosa. Durante la pandemia, por ejemplo, una diócesis grabó misas y peregrinaciones que transmitió días más tarde como si fuesen en vivo, generando no sólo confusión entre los asistentes digitales sino la desconfianza de los fieles. Otro riesgo ya sabido: La fascinación por la digitalización total de la vida puede conducir al olvido de lo impreso, del testimonio físico. La propia conferencia de obispos comprende este fenómeno pues durante el boom de las páginas web, muchos documentos oficiales e interesantes de los pastores mexicanos se diluyeron hasta perderse entre los recambios de operadores de páginas y sistemas anacrónicos de almacenaje de datos.

La reflexión sobre las elecciones digitalizadas y a distancia no es un tema menor; como tampoco lo es la virtualidad de la vida espiritual de los creyentes; y no sólo es una preocupación para la Iglesia católica. Es claro que la pandemia de COVID-19 trastocó profundamente muchas dinámicas sociales y grupales; y, aunque el desarrollo de tecnologías y herramientas virtuales facilitaron que diversas relaciones personales, laborales, económicas, educativas, culturales y hasta religiosas no quedaran absolutamente paralizadas, aún falta mucho análisis respecto a si estas dinámicas virtuales a distancia pueden suplir de manera permanente lo que alguna vez fue exclusivamente presencial.

Lo anterior se resume en una pregunta necesaria: ¿Los cambios impondrán sus criterios a las dinámicas relacionales pragmáticas o trascendentes de las organizaciones? ¿O deben ser las instituciones y los grupos humanos los que deban ir reglamentando, administrando, controlando las fuerzas del cambio? Si algo hemos aprendido como civilización, es que la esfera social no es un conjunto de diques impenetrables sino una porosa construcción donde la vida cotidiana fluye conteniéndose y transformando el mundo.

LEE El problema de las campañas de contraste

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

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