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Análisis y Opinión

¿Qué compras realmente al contratar consultores?

Gerardo Medina Romero

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El Mundo Interno de las Organizaciones

Las organizaciones cambian y su necesidad de apoyo externo también. Muchas empresas acostumbradas a contar con consultores en sus proyectos internos se preguntan: “¿Cómo podré continuar con ese apoyo aún con las restricciones presupuestales y la necesidad de ahorro que la situación actual demanda?”

En mi opinión, el valor que aporta un consultor externo siempre será necesario para cualquier empresa, no porque sus ejecutivos no tengan la capacidad o el tiempo, sino porque el punto de vista externo, sin vicios ni ceguera de taller o compromisos políticos, es muy valioso. Las empresas que buscan apoyo externo deben entender qué es lo que están contratando, cuando piden el apoyo de consultoría y ser más estrictos en lo que están solicitando para obtener el mayor provecho y retorno de inversión por lo que están pagando.

Lo primero que uno compra al contratar un consultor es un punto de vista externo, crítico y experimentado sobre determinados retos que se deben resolver. Existen dos factores que impiden a un ejecutivo, por más capaz que sea, hacer el trabajo que hace un consultor externo: la ceguera de taller, al ser parte de la organización y en ocasiones del mismo problema; y por el otro lado, los compromisos y riesgos políticos que puede enfrentar con lo que pueda llegar a señalar y a proponer.

Un buen consultor debe detectar rápidamente los factores influyentes en una situación, señalar las causas, y proponer las acciones más adecuadas sin tantos frenos políticos como los que un ejecutivo interno pudiera tener ante lo que diga y/o proponga. Este acompañamiento es algo que siempre será valioso y necesario para cualquier empresa.

El segundo factor que se obtiene cuando se contrata a una firma de consultoría es conocimiento y especialidad en determinados temas, lo último en tendencias de administración, prácticas en empresas similares con problemas similares y el conocimiento de diferentes metodologías y herramientas que se pueden utilizar.

El tercer factor que se obtiene al contratar consultoría podría parecer el menos estratégico, sin embargo en mi experiencia es el que absorbe el mayor porcentaje de una factura de consultoría y lo que realmente la encarece.  Me refiero al costo por la asignación de consultores jóvenes (a los que se denomina juniors) cuyo principal valor es ejecutar las actividades requeridas en los proyectos internos que el personal del cliente no puede hacer por falta de tiempo.

Entonces, ¿Cuál es tu necesidad real?

Si lo que requieres es mano de obra, existen opciones que van desde formar internamente a personal de tu organización hasta contratarlo a través de outsourcing que puede resultar mucho más barato que el esquema de consultoría. Si requieres conocimiento, mejores prácticas y metodologías, existe la posibilidad de adquirir membresías y acceso a diferentes plataformas en línea y formar internamente a expertos que puedan darte ese valor en cada proyecto de transformación.

De esta manera, podrás disminuir de manera importante el monto de las facturas y dedicar cada peso a obtener de una consultoría, lo que en mi opinión resulta lo más valioso que es, contar con el apoyo y asesoría de consultores realmente experimentados y especializados, con un sentido crítico, con la visión externa y sin ataduras políticas que aporte realmente el valor que necesitas para lograr tus estrategias de negocio.

Creo que ante la nueva realidad del mercado y el mundo, los ejecutivos de cualquier empresa deben buscar el tiempo para dirigir y ejecutar las actividades de cualquier proyecto interno y dejar de contratar consultores como mano de obra. Toda empresa debiera tener acceso a plataformas de conocimiento en sus temas de especialidad y a mejores prácticas sobre temas de transformación y acceder a herramientas y metodologías con personal interno que sepa aplicarlos. Los equipos de proyecto deberán estar conformados por personal interno y solo los roles estratégicos, por consultores externos.

De esta manera podrás destinar menos recursos financieros a los proyectos, pero optimizados para mantener el valor de contar con consultoría de buen nivel que te siga aportando y apoyando en la definición de las estrategias y acciones necesarias para enfrentar con éxito esta nueva realidad y todos los retos que conlleva.

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Análisis y Opinión

Gobernar la incertidumbre

Felipe Monroy

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Vivimos tiempos raros. Hasta antes de la pandemia, no había espacio público en el que no se abordara la crisis ecológica. Las campañas contra los popotes y las bolsas plásticas se globalizaron al punto de que no pocas naciones modificaron sus leyes para evitar la contaminación por proliferación de estos polímeros; las tensiones geopolíticas se enrarecían debido a las responsabilidades que cada nación asumía por las emisiones de carbono de sus actividades industriales. Pero llegó el coronavirus y todo eso pasó a ser secundario.

Hoy hay un exceso de mascarillas y caretas plásticas (por cierto, de los mismos polímeros antes satanizados) que tapizan la piel del planeta sin que ningún colectivo ambientalista comente algo; además, la mayoría de los planes de reactivación económica de las naciones propone acelerar sin ningún miramiento la intensa industria contaminante para salir de la crisis global. Lo inmediato se tornó urgente; lo urgente, indispensable y el resto, prescindible. La política halló, sin buscar, su mejor aliada: la simplificación de lo perentorio; y, en un escenario dominado por la anomalía, una golondrina sí hace verano.

“Basta consolar a los desconsolados, contentar a los descontentos, castigar a los malos y premiar a los buenos. Cualquier gobernante que quiera gozar de la felicidad en la tierra y la gloria de la historia debe procurar tranquilidad y prosperidad a sus ciudadanos”. Palabras más o palabras menos, este es el corazón de la formación política clásica. Sin embargo, con la modernización de los estados, cada una de estas ideas ha logrado desprender algún constructo formal o institucional: leyes, normas, fuerza pública, procuración de justicia, administración de bienes, recaudación de impuestos, condecoraciones, concesiones, prebendas y privilegios. Lo simple se tornó complejo; hasta ahora.

En un contexto anómalo (y la pandemia nos ha confirmado esta realidad), es necesaria la gobernabilidad de las cosas raras, administrar lo inusual, servir entre lo extraño, lo atípico. Lo verdaderamente incierto, producto de contingencia, no es que lo simple se vuelva complejo, sino que lo simple resulte más simple y lo complejo, aún más simple.

La administración de la contingencia plantea que no existe un ‘modo ideal’ de organización, que más bien sólo existen aproximaciones de administración que dependan del tipo de tarea como de las condiciones en las que se desarrolla. La complejidad del escenario traído por la pandemia es que parece haber sólo una tarea, sobrevivir, y una condición, la adversidad. Los gobernantes, con aparatos enormes e hiper especializados de gobernabilidad parecen entonces usar un cañón para matar a una mosca o, peor, diez millones de globos de fiesta para derruir un edificio. No existe manera en que se satisfaga la urgencia ni liderazgo que logre mantener la confianza.

Según la tradición judeocristiana, hay tres categorías de liderazgo para situaciones según la complejidad del escenario. Cuando las cosas están claras, la mejor figura es el rey; porque es un administrador y un gobernante, erige las estructuras, se enfoca en los resultados y en los procesos. Cuando la situación se enturbia, mientras hay incertidumbre y duda, el sacerdote es la figura de comprensión, compasión y servicio que se inclina por entender y atender las relaciones entre las personas. Sin embargo, cuando los tiempos son oscuros, cuando nada parece estar en su lugar, el único liderazgo que descuella es el profeta. Desde el más despreciado de los rincones, el profeta guía bajo una radical certeza: la conversión, el cambio de comportamiento; es la anagnórisis personal la que transformará finalmente el contexto.

La simplificación de lo urgente, de lo indispensable, no lo hace -sin embargo- asequible. De hecho, lo torna casi inasible. En este modo anómalo no se busca ‘reducir cierto porcentaje en el índice de crímenes’ sino ‘obtener la paz’. Y, ‘la paz’ es más simple, pero resulta casi etérea. Así sucede con otras simplificaciones: la honestidad, el bien común, la primacía del necesitado, la salud, el servicio, la justa retribución, el bienestar.

Así que hoy pueden volver todos los popotes y bolsas plásticas; mientras la urgencia pandémica sea prioridad, los líderes buscarán ganar siquiera uno de sus desafíos, porque un triunfo sería todos los triunfos y entonces el mundo contemplaría que se acerca el verano.

LEE Víctimas, próceres de una nueva cultura

Director VCNoticias.com

@monroyfelipe

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Análisis y Opinión

Víctimas, próceres de una nueva cultura

Felipe Monroy

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Hasta ahora sabemos cómo lucen los pueblos y las naciones cuyos referentes identitarios y culturales son los héroes. Sus efigies y retratos magnificentes se encuentran en cada oficina, en las calles y las citas anuales para rendirles homenaje, gratitud y respeto. Sin embargo, las nuevas movilizaciones gremiales -casi pura esencia de clan o gueto- desprecian profundamente el santoral cívico y erigen un nuevo personaje como modelo histórico: la víctima.

En ocasiones, no les falta razón: son en sí mismas víctimas o sobreviven de la mera indignación por las víctimas que aún aman. La realidad de estas personas es pura contingencia, incertidumbre que no reposa; por ello les molesta tanto el mármol y la piedra de las instituciones, porque les contemplan impertérritas, porque los muros no se doblegan ante el dolor de nadie, porque no se ruborizan de vergüenza por sus faltas, porque no lloran ni gimen. Al parecer piensan igual de los héroes en egregias estampas: los próceres permanecen incólumes en el panteón de los héroes mientras el pueblo sufre.

Sin embrago, no es culpa de aquellos. Casi siempre mal comprendidas e instrumentalizadas por los poderes temporales, las historias de los héroes patrios se acrisolan en hagiografías incorruptibles. Hay figuras, que ni el tiempo ni la razón política, desean opacar: la de Juárez, ‘Benemérito de las Américas; Madero, ‘Apóstol de la Democracia’; Morelos, ‘Siervo de la Nación’; y, por supuesto, Hidalgo ‘Padre de la Patria’. Hay otras, sin embargo, que el vaivén político ha modificado. Hubo un momento, por ejemplo, en que se loaban las historias del general Calles como la del ‘Reconstructor de la Revolución’ y no como la del ‘Jefe Máximo’; o la de Porfirio Díaz, como ‘El Héroe de la República’ y no como ‘El dictador’.

Basta mirar en derredor para verificar que esta nación -con sus luces y sombras- fue forjada en los acontecimientos donde intervinieron estos liderazgos; pero que es un territorio que no funciona ni desean las manifestaciones que pasan marchando y destrozando sus efigies, que devuelven al lodo de la realidad los monumentos marmóreos, que ‘intervienen’ con furia los retratos oficiales y que yerguen un nuevo símbolo para la cultura sociopolítica del pueblo: el antimonumento de las víctimas.

Ponderar a las víctimas como ese personaje simbólico sobre el cual se levanta la nueva cultura social y política es, primeramente, un acto de justicia, de memoria y de compasión; pero también abre un sendero riesgoso. Lo explica así Todorov: “Aun cuando ser víctima de la violencia es una suerte deplorable, en las democracias liberales contemporáneas se ha convertido en deseable obtener el estatus de antiguas víctimas de violencia colectivas… es significativo que en la actualidad sean las víctimas en lugar de los héroes los que son objeto de mayor número de atenciones o solicitudes… los ultrajes sufridos pesan más que los éxitos conseguidos”.

El riesgo surge cuando las antiguas víctimas son sustituidas -en la narrativa pública o institucional- por nuevas víctimas que han padecido crímenes más terribles; o peor, cuando la mirada se obsesiona con el personal dolor sin tomar distancia para cuestionar objetivamente las causas de la injusticia, recomponer el sentido de los acontecimientos o reconocer los avances del perdón o la reconciliación.

¿Cómo sería el rostro de una nación o de un pueblo cuyos próceres sean las víctimas, cuyas narrativas funcionales provengan de los ultrajes, de las derrotas y no de los triunfos o logros? ¿Cómo sería el sustrato cultural de un país donde reciban más atención los antimonumentos que los monumentos, la vergüenza más que el orgullo, el lamento más que el júbilo? Quizá sería más humano, quizá más fugaz.

LEE Descansa en paz, Pedro Arellano

*Director VCNoticias.com

@monroyfelipe

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