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¿Resultados o clima laboral?, he ahí el dilema ¿Resultados o clima laboral?, he ahí el dilema

Análisis y Opinión

No naciste líder, pero te crees uno

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El Mundo Interno de las Organizaciones

Si de algo he visto que se ha escrito más en los últimos 25 años es sobre liderazgo. También podría apostar que es el tema del que más cursos y talleres existen, y sobre el que más libros se han escrito.

La mayoría de los grandes líderes nacieron con las condiciones biológicas necesarias para que sus comportamientos innatos les facilitaran influir en las personas que los rodearon a lo largo de sus vidas. Esas mismas condiciones biológicas determinaron sus emociones y fueron la fuente de sus actitudes y de su capacidad para adquirir los conocimientos y desarrollar las habilidades necesarias para ser líderes. En pocas palabras, nacieron líderes.

No dudo que alguno que otro de los grandes líderes de la historia y del mundo organizacional no haya nacido con esas mismas condiciones biológicas, pero lo lograron gracias a mucho trabajo, preparación y esfuerzo constante a lo largo de muchos años. Es decir, se hicieron líderes aunque estoy seguro de que fueron los menos.

En mi opinión ser un buen líder es un proceso constante que requiere mucha preparación, disciplina y sacrificio, y aun así, nada te garantiza que lo logres. Lamentablemente sigo viendo todos los días a grandes ejecutivos con posiciones estratégicas en compañías muy importantes que carecen de esta competencia lo cual, por supuesto, repercute negativamente en los resultados de negocio de sus organizaciones. El problema es que ni se dan cuenta ni les agobia.

Si no tienes la suerte de nacer líder, lamento decirte que para llegar a serlo no te bastará con leer todos los libros sobre liderazgo que encuentres; tampoco te serán suficientes varios cursos o incluso un diplomado o postgrado sobre liderazgo. Mucho menos te lo dará una promoción o el simple título de tu puesto, por más que diga Gerente, Sub Director o Director. Tampoco te lo dará tu apellido.

No estoy de acuerdo con las instituciones educativas y las empresas de capacitación que siguen vendiendo castillos en el aire, ofreciendo a los ejecutivos cursos, talleres y programas de liderazgo cuando, en realidad, se requiere mucho más que eso para que una persona que no nació líder lo llegue a ser.

El liderazgo requiere, en primer lugar, adquirir una serie de conocimientos de aspectos de negocio, psicológicos y del comportamiento humano. No puedes liderar si no conoces técnicas para mantener una buena comunicación, para ofrecer retroalimentación, para establecer objetivos, para identificar el estilo de trabajo de cada persona a tu cargo. No puedes influir en las personas si no conoces los fundamentos del comportamiento humano, las emociones, las motivaciones y la manera de impulsarlos y gestionarlos.

También necesitarás desarrollar y perfeccionar distintas habilidades para persuadir, influir, convencer o negociar. Recuerda que debemos partir de la idea de que no nacimos con esas habilidades instaladas, por lo tanto, debemos entrenarnos todos los días para lograr los niveles que requerimos para liderar.

Finalmente necesitarás trabajar mucho en el manejo de tus emociones, comenzando por aprender la auto observación y hacerte consciente de tus sentimientos ante determinados estímulos para posteriormente lograr controlar las reacciones y fortalecer tu inteligencia emocional. Solo así podrás asumir las actitudes requeridas para poder ejercer un buen liderazgo.

Adquirir los conocimientos, desarrollar las habilidades y lograr las actitudes adecuadas es un proceso que lleva tiempo, disciplina y mucho trabajo; solo así podrá alguien desempeñar de una manera decorosa una posición de liderazgo en una empresa, sobre todo cuando no nacimos líderes.

El problema es que muchos ejecutivos se creen líderes por el simple puesto que ocupan y se conforman, en el mejor de los casos, con leer un libro o tomar un programa de liderazgo en algunos de los institutos de moda, donde más que a aprender van a socializar y a ampliar su red de contactos.

Las empresas, y en general el país, requieren de mejores líderes, capaces de llevar a sus equipos de trabajo a utilizar al máximo su potencial y lograr mejores resultados de negocio. Líderes que logren y gestionen equipos de alto desempeño conformados por personas con un equilibrio emocional adecuado y con los alicientes necesarios para sacar lo mejor de sí mismos día con día.

Me parece muy soberbio y una falta de respeto que un ejecutivo con el título de Jefe, Supervisor, Gerente, Director o cualquiera de sus variantes, deje de trabajar todos los días en seguir preparándose y fortaleciendo sus conocimientos, habilidades y actitudes para servir como líder a su equipo de trabajo. Pero tranquilo, estoy seguro que no es tu caso.

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Análisis y Opinión

Filtraciones periodísticas

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Algunos periodistas tienen la fortuna de estudiarlo con profesionales en clases de deontología, el resto seguro tuvo que aprenderlo a la mala: las filtraciones son como un arma que no sabemos quién realmente la empuña pero sí a quién apunta… y, casi siempre, sin saberlo, apunta al propio periodista.

Para muchos comunicadores, es muy sutil, casi invisible, la frontera que distingue una ‘filtración’ de una ‘exclusiva’. Y por ello terminan en problemas. La filtración no es más que la acción inequívoca de un agente interno que -con buenas o malas intenciones- usurpa información reservada de su institución para acercarla a uno o varios periodistas; el trabajo periodístico, por el contrario, es saber qué buscar y vencer los pactos de silencio para revelar información útil para la sociedad.

Esto último es sumamente relevante, porque es verdad que, en ocasiones, en la legítima búsqueda de un bien, se han utilizado filtraciones mayúsculas; pero incluso en esos casos, se ha privilegiado el trabajo conjunto de periodistas o consorcios mediáticos porque, más allá de la ‘exclusiva’ o ‘prestigio’ personal, lo importante es dar a conocer a la sociedad algo que le es útil, algo que bien revele la injusticia o abone a la indignación transformadora.

Esto está claramente ejemplificado en el imperdible análisis comparativo de ‘Códigos de Deontología Periodística’ realizado por el investigador Porfirio Barroso Asenjo en 2011. En él se recogen los principios ético-periodísticos más adoptados por los profesionales de la información y aunque no nos sorprende que el primero más popular sea “el servicio a la verdad, la objetividad, la exactitud y la precisión” o el segundo sea “el servicio al bien común, bien público o bien social”; sí llama la atención que, para muchos profesionales, la convicción de “utilizar solamente justos y honestos medios en la consecución de sus informaciones y noticias” se encuentre muy debajo de sus prioridades éticas profesionales.

Es decir, para no pocos periodistas, la búsqueda de información a través de mecanismos no sólo informales sino quizá hasta cuestionables parece estar justificada por el interés del bien común. Y allí pareciera que entrarían las filtraciones, pero no. Como dijimos: las filtraciones no parten de la legítima búsqueda del periodista sino desde el interés de un sublevado o, peor, de un poderoso.

Los recientes acontecimientos en Nuevo León respecto a la consuetudinaria filtración de documentos e informaciones que, en principio, sólo deberían estar bajo custodia en la Fiscalía del Estado para resolver un crimen de alto impacto social, vuelven a poner la mirada sobre ese ámbito casi siempre olvidado del periodismo y la comunicación: la ética profesional.

Si se observa con cuidado, casi todas las situaciones que parecen afectar a la credibilidad de los profesionales de los medios o comunicadores tienen que ver con la ética; no sólo con el famoso ‘compromiso con la verdad’ o la ‘objetividad’ sino con el resultado del discernimiento -o la falta de éste- ante las complejidades que supone la búsqueda, obtención, uso y servicio de la información.

La audiencia contemporánea, que no es sólo receptora-consumidora de informaciones sino cuyas opiniones compiten en los mismos espacios de difusión (y en ocasiones incluso son más relevantes en el diálogo social), evalúa permanentemente las decisiones éticas de los comunicadores y periodistas, y también de las empresas que administran los medios de comunicación. En el nuevo modelo comunicativo, la confianza se traduce en apoyo; y la credibilidad no está tan sujeta al tamaño, ni al poder, ni al alcance del medio, sino a las decisiones éticas que asumen los periodistas.

En México, tenemos un grave problema al respecto. Porque si bien es cierto que en las últimas dos décadas todos los medios tradicionales han perdido algo de confianza, la prensa ganó credibilidad durante la pandemia en casi todo el mundo… menos en México. La encuestadora Parametría afirma que a inicios del milenio la confianza de la audiencia en noticiarios de radio, televisión y prensa mexicanos era superior al 60% y hacia el 2017, la confianza cayó por debajo del 20%.

Y aunque muchos medios y periodistas en el mundo recuperaron la confianza de la audiencia durante la pandemia de COVID-19, esto no sucedió en nuestro país. Según el Reporte Digital de Noticias publicado en 2021, la confianza en las noticias entre los 46 mercados analizados por el Instituto Reuters avanzó 6 puntos porcentuales pero México retrocedió 2 puntos y ha sumado una pérdida de 12 puntos porcentuales desde 2017.

Esta situación se traduce en una doble crisis, de empresas mediáticas y de periodistas; una económica y otra de identidad. Los primeros hacen lo posible para sobrevivir y, los segundos, para ser relevantes. Pero sus decisiones, como disfrazar agendas particulares de noticias o usar oscuras filtraciones para ganar exclusivas o marcar efímeras ‘tendencias’, en lugar de ayudarlos, los hunden más.

Bien dice el sabio que ‘la flecha tirada no puede, con la fuerza del brazo, volver a la mano’; y para los periodistas esta es una realidad cotidiana: lo dicho o lo publicado se parece a la flecha que ya no vuelve. Con mayor razón, ante la tentación de pedir-recibir-usar filtraciones, es importante que el periodista conozca y reconozca de quién es la mano que empuña el arco.

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

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Análisis y Opinión

Cuestión de percepción

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‘En ocasiones parece que los países democráticos debemos celebrar elecciones sólo para corroborar si las casas encuestadoras están o no en lo correcto’. Recordé estas palabras del cómico Rober Orban cuando leí los resultados de la encuesta levantada el pasado fin de semana por una casa editorial para valorar la percepción del electorado respecto al partido en el gobierno y la oposición, así como -tangencialmente- conocer qué tan alineada se encuentra la opinión pública a los argumentos del poder en turno.

Los resultados no han dejado indiferentes a nadie. Según la encuesta, el votante promedio considera que el partido en el gobierno sí se preocupa por la gente, que beneficia a los que menos tienen, que maneja mejor la economía y los programas sociales, y que tiene mejores candidatos y mejores estrategias contra el crimen. Por el contrario, el votante considera que los partidos que hoy se encuentran en la ‘oposición’ son quienes han hecho más daño al país, han sido más corruptos, tienen más vínculos con el crimen y hasta son más ‘machistas’.

Estas afirmaciones son meras percepciones del electorado y es obvio que no pocas distan de la realidad, porque ni la economía ni la seguridad parecen haber mejorado un ápice con el último cambio de gobierno. Sin embargo, para esta particular reflexión no me enfocaré en la ‘realidad’ o en lo podríamos argumentar como hechos, datos o cifras (que también suelen están mediadas por la selección e interpretación); me interesa justamente el juego político de la percepción.

Imaginemos una escena: Cierta persona pende de un hilo y debajo de ella se abre un abismo oscuro donde se intuye sólo la muerte; de pronto, otra persona le tiende una mano en un acto que considera heroico, justo, necesario. Sin embargo, la primera persona prefiere no tomar la mano del aparente samaritano; prefiere el hilo, prefiere el abismo.

La idea en principio parece absurda pero todo podría ser cuestión de percepción: quizá la primera persona no está realmente en inminente peligro, quizá el acto heroico no sea altruista ni desinteresado; quizá el rescatista sólo quiera aparentar ayudar pero no hacerlo de veras; o quizá, la persona en el abismo sólo desprecia profundamente al que está tendiéndole la mano.

Insisto, no estamos hablando ahora sobre ‘la realidad’ sino de la percepción que la ciudadanía parece haber asimilado a través de una narrativa política sumamente eficaz: la palabra y el mensaje político liderados por el presidente Andrés Manuel López Obrador parecen haber alcanzado la tan ansiada ‘integridad comunicacional ideal’.

Esta ‘integridad comunicacional ideal’ es el ambicionado éxito que persiguen los publicistas o comunicadores para lograr que ‘el concepto’ llegue no sólo integralmente a su público sin dejar de asumir todas las pérdidas del mensaje que supone el viaje a través de canales y del ruido; sino que es la propia audiencia la que, al generar una diversidad de mensajes, sigue aportando integralidad al concepto original.

En el caso de la actual narrativa política en México, incluso es necesario analizar si este fenómeno no lo está provocando también la comunicación de la oposición o, para ser más justos: las muchas comunicaciones de las muchas oposiciones hoy existentes.

Los datos claramente requieren un análisis más detallado pero la interrogante no es ociosa: ¿Será que las estrategias discursivas o narratológicas de las oposiciones al actual régimen refuerzan la percepción que recoge esta encuesta? En otras palabras, ¿los inmensos valores positivos que la percepción ciudadana atribuye al actual régimen y los no menos abultados valores negativos con los que evalúa a la oposición serán también responsabilidad de la oposición y no sólo un logro narrativo del poder en turno?

Si así fuera, y si los grupos de oposición creyesen que ya han hecho todo lo posible para virar esta tendencia, entonces el comediante Orban tendría razón: las elecciones sólo tendrían que confirmar lo que las encuestas revelan.

Es decir, que si la oposición al régimen ya no tiene ideas de comunicación es probable que tampoco tenga ideas políticas. Ciertamente, la oposición tiene frente a sí un problema que es cuestión de percepción; pero si quiere sobrevivir -y siempre será imprescindible que cada régimen de poder tenga su natural oposición- está obligada a superar el juego político de las percepciones y trabajar, de veras, para construir una confianza entre la ciudadanía que hoy tiene completamente perdida.

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

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