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Análisis y Opinión

Sobre credibilidad y capital político

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Incluso en la cúspide de su arrogancia, el político encumbrado debe permitirse frecuentes dejos de humildad. De lo contrario, sólo recibirá su propia aprobación y la de sus cercanos colaboradores quienes, sin duda, asentirán y sonreirán con dificultad mientras libremente imaginan un puñal simbólico.

La demostración de esa simpleza humana es crucial para el político. El abajarse al humilde para compartir las ineludibles carencias junto a la pequeña felicidad monda y lironda, no sólo es un tema de comunicación e imagen, sino de construcción de base social, de partidarios y de ciudadanos que asuman con ardor apostólico la propagación del personaje político idealizado.

En la historia han quedado, marcados a fuego, varios episodios donde los políticos olvidan por un segundo que intentan ser empáticos con la ciudadanía aunque sea sólo para las cámaras, por la aprobación o para la contienda electoral; pero pocos tan terribles como el protagonizado por el secretario de Gobernación, Adán López, frente a una mujer que, manifestándose frente a la dependencia de gobierno, clamaba respuestas sobre el paradero de su hijo, desaparecido junto a otros 100 mil que registra México.

El encargado de la política interna del país, en un comprensible acto aventurero dado el apretado posicionamiento electoral presidencial hacia el 2024, salió de su oficina a encontrarse con manifestantes, algunos de los cuales eran familiares de desaparecidos. A una de ellas, le tendió la mejor respuesta que puede improvisar un político -la promesa- y después le preguntó: “¿Usted confía en mí?”. A lo que la mujer contestó que no, que ya no confía en nadie. El político se puso a la defensiva, se tomó personal el comentario y reviró: “Bueno, pues yo tampoco confío en usted”.

Nadie está obligado a creerle a nadie, es cierto. Pero el político -y con más razón en campaña- debe evitar confrontarse cuando se abaja a los dramas más profundos de la sociedad. Insisto, no sólo porque luce mal para los estándares de la imagen pública, sino porque destruye lo que con mucho o poco esfuerzo se construyó: el capital político.

Y el capital político, contra lo que opinan los herederos de la movilización masiva y otros modelos de coacción gremial, no es simple matemática electoral; es un crédito soportado en la confianza. El capital político no es mera acumulación de poder y estructuras (el famoso ‘músculo’ que se demuestra en la movilización de partidarios) sino las capacidades para construir relaciones de confianza, de buena fe e influencia para la toma de posturas o decisiones.

Un votante convencido básicamente es esa persona que se sube sobre los hombros de un político que va a hacer equilibrismo en una cuerda floja, sin red de protección, mientras sus adversarios le avientan todos los proyectiles posibles para intentar hacerlos caer en un barril de clavos que ellos también instalaron. Nadie debería quejarse, así es la política.

Es cierto que, durante décadas, la estructura política fue determinante en los resultados electorales en México; la estructura alcanzó tal dimensión y especialización en su funcionamiento que se creyó que todo capital político era equivalente a la estructura política.

Por fortuna, las dinámicas sociales contemporáneas hacen imposible aquel idilio autócrata y obligan tanto a los personajes políticos como a las instituciones partidistas a proponer narrativas donde el tejido social se sienta copartícipe de los bienes del capital político: desde la resolución de conflictos hasta la participación comunitaria hasta la defensa de valores identitarios.

La expresión ‘yo tampoco confío en usted’ cierra toda posibilidad al capital político futuro, al menos con la ciudadanía y se reduce el poder a lo que se encierra tras los muros de un palacio.

Claro, hay otra forma de acrecentar el capital político, es a través de calculados favores muchas veces soportados por la estructura y la posición de poder. Evidentemente, esos favores, siempre se pagan.

*Director VCNoticias.com

@monroyfelipe



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Análisis y Opinión

Abrazos como Dios manda

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En medio de la indiscutible crisis de violencia e inseguridad que padece México, esta semana por fortuna hubo abrazos en un espacio necesario: entre las representaciones de la iglesia católica y de las iglesias evangélicas, confrontadas gratuita e inútilmente por mera adulación del poder. Los pastores evangélicos buscaron un encuentro que apagó incendios fatuos que innecesariamente polarizaban realidades que no deberían estar en pugna.

Se trató de un abrazo necesario no sólo porque simboliza el acuerdo y la concordia a pesar de las diferencias (o quizá gracias a ellas), sino porque refleja esperanza en el trabajo conjunto, esperanza para la paz tan urgente en el país. Los líderes religiosos reunidos se desmarcaron de declaraciones incriminatorias y pendencieras (algunas vertidas por sus propios correligionarios) y acordaron enfocarse en cinco compromisos: orar por búsquedas comunes de paz; formar conciencia de la sacralidad de la vida; dialogar y colaborar juntos; aliarse para exhortar por mejores prácticas a las autoridades civiles; y promover acciones de justicia y solidaridad.

Hay que decir que, en la formación de pastores, ministros o maestros de religión, varias confesiones estructuradas suelen recomendar a los predicadores que cumplan con algunos mínimos a la hora de explicar o interpretar los textos sagrados o los signos de los tiempos: ser honestos, sin exagerar ni prometer demasiado; ser amantes de la paz, jamás pendencieros o contenciosos; ser serenos y reflexivos; que sepan dominar sus impulsos, sus prejuicios y, sobre todo, reprimir sus intereses.

Al final, la educación de líderes religiosos trata de recordarles a predicadores y ministros de culto que comunican algo más grande e importante que ellos mismos, más amplio y trascendente que su particular contexto y sus afectos; que deben comunicar y compartir lo inefable, lo absoluto.

Por desgracia es sumamente común que el predicador anteponga sus apegos, predilecciones, cálculos y preferencias, tanto en sus sermones y discursos como en la guía espiritual de sus correligionarios. La historia está llena de ejemplos donde ministros y líderes religiosos, ya sea por supervivencia o por privilegios, adecuan -y hasta corrompen- los misterios de su fe o la omnipresencia de lo intangible a la inmediatez del contexto histórico, político o económico que les beneficie.

Y en un país como México, donde históricamente el origen de muchas de sus instituciones sociales implicó una cruenta batalla contra instituciones y organizaciones de cohesión social preexistentes, muchos ministros de culto, guías y pastores espirituales básicamente han cedido buena parte de su integridad religiosa para sobrevivir o para hacer crecer su grey en el espacio social y cultural mexicano. Los pocos indomables, prácticamente han sido mártires.

Por ello no es extraño que, con cierta frecuencia, aparezcan líderes religiosos más cercanos al poder temporal que al eterno. Líderes que, cuando no repiten, justifican los criterios del poder político o económico. Pero las crisis sirven para definir el carácter. La larga crisis de violencia que atraviesa el país desde hace ya tres sexenios obliga a definirse y posicionarse, incluso a abrazarse y a aliarse con los otros, respetando su identidad y preservando la pluralidad.

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

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Análisis y Opinión

Nicaragua y su ‘revolución cristiana, socialista y solidaria’

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Gran indignación internacional han causado los hechos vividos este fin de semana en Matagalpa, Nicaragua, donde agentes policiales impusieron un cerco de movilidad al obispo local, Rolando Álvarez, en el interior de la curia diocesana. Primero evitaron que el religioso cumpliera con su servicio ministerial para oficiar y predicar en la Catedral, después lo intimidaron en su libertad para expresar su convicción religiosa en el espacio público.

Es cierto que, desde hace años, existe una gran tensión política entre el gobierno de Daniel Ortega y Rosario Murillo con varias organizaciones intermedias de la sociedad, especialmente con la Iglesia católica en el país centroamericano. Pero no hay que olvidar que todo comenzó con la declaratoria mediática-propagandística de la segunda época del gobierno del histórico líder del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) que calificó su victoria como el triunfo de la ‘revolución cristiana, socialista y solidaria’.

No pocos analistas se sorprendieron de la ‘transfiguración’ del sandinismo al hablar de amor, solidaridad, perdón y reconciliación social; incluso desde 2007 que ha gobernado Ortega, el gobierno sandinista y la Iglesia católica han coincidido en varios temas de ética y moral sobre la preservación de la vida humana y el derecho a la vida. Situación que ha sido condenada intensamente por organismos internacionales, especialmente los patrocinados por los Estados Unidos.

En no pocas ocasiones, los obispos nicaragüenses agradecieron “a quienes desde sus cargos públicos, en instituciones gubernamentales, no obstante las críticas, han sostenido la defensa y promoción de la vida. Los animamos a no dejarse doblegar frente a propuestas de quienes son todavía partidarios de la cultura de la muerte”. Este último párrafo, por ejemplo, es del mensaje de la Conferencia Episcopal del 25 de marzo del 2010 firmado por el arzobispo de Managua, Leopoldo José Brenes, como presidente, y también por el resto del colegio de obispos.

Sin embargo, desde 2018, cuando aparecieron las rebeliones ciudadanas contra el régimen; el gobierno de Ortega desplegó toda su ofensiva contra la Iglesia católica y sus pastores. Testimonios abundan: la agresión de paramilitares pro-orteguistas contra los católicos que querían rescatar a los ciudadanos refugiados en la Basílica de San Sebastián Diriamba tras la Masacre de Carazo (celebrada por el gobierno como ‘Victoria contra el intento de golpe de Estado’); la masacre de universitarios en la iglesia de la Divina Misericordia o el incendio provocado contra la imagen de la Sangre de Cristo en la Catedral de Managua. Las intimidaciones han forzado al exilio a varios religiosos y obispos, incluso se decretó la expulsión del delegado apostólico y de un grupo de religiosas Hermanas de la Caridad cuyo único pecado era el de ayudar a los pobres, a los ancianos y a los niños sin hogar.

Estas situaciones han endurecido también el discurso de no pocos obispos y sacerdotes nicaragüenses que hacen permanente crítica al régimen desde los púlpitos y a través de todos los medios en propiedad de la Iglesia.

Por ello, el gobierno de Ortega ha sido aún más duro contra los religiosos y especialmente contra los medios de comunicación. La libertad religiosa y la libertad de expresión no son derechos que se puedan ejercer sin riesgo en la nación de los lagos y los volcanes.

Pareciera que para Ortega y Murillo, lo que está en juego es el proyecto de nación del FSLN que una vez fue interrumpido en 1990 pero que, para ellos, no debe pasar nuevamente. La lucha, sin embargo, no es por el poder sino por el dominio del espacio público y simbólico.

Para el régimen, todo espacio público y comunitario en Nicaragua debe estar pintado de la bandera rojinegra de la revolución sandinista; y en la conciencia ciudadana no debe caber sino el lema de su victoria y la síntesis del proyecto: ‘Revolución cristiana, socialista y solidaria’. En ese espacio público simbólico no cabe ningún pensamiento individual, no cabe otra acepción para el concepto de solidaridad o de socialismo. Y en efecto, tampoco hay otro significado fuera del orteguista para comprender lo que aseguran es ‘cristianismo’. De allí la tensión y la saña; he allí la razón para constreñir especialmente la libertad religiosa y de expresión. El único miedo del régimen orteguista es que alguien más ofrezca una perspectiva distinta de cristianismo, de allí la importancia de acallar a curas, monjas y obispos a toda costa. Bien lo ha aclarado el filósofo Tódorov: “El totalitarismo sacrifica sistemáticamente la verdad a cambio de la lucha por la victoria”.

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

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