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Análisis y Opinión

Un plagio, las ratas y el ajedrez

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En todo el affaire de la tesis plagiada de la ministra Yasmín Esquivel, lo que no se debe perder de vista es el verdadero conflicto al que conducen el desarrollo de los eventos y que, sólo las mentes prudentes desean evitar: La confrontación total y directa entre la Universidad Nacional Autónoma de México y la Presidencia de la República.

El conflicto es como una partida de ajedrez en la que, a todas luces, sería un error llegar al escenario en que se enfrenten las últimas piezas en un campo dinamitado. Al respecto, hay que decirlo, ha sido la Universidad la instancia donde ha prevalecido la prudencia, incluso al sacrificar buena parte de sus piezas, sus fueros y hasta su prestigio para no entrar en guerra absoluta.

Incluso a estas alturas no parece irrelevante comprender las intenciones que desataron el entuerto, porque cada paso que se ha derivado de la inicial revelación del plagio ha supuesto una movilización estratégica de índole política en la que el cálculo de la menor consecuencia ha importado más que ganar ventaja en la persecución de los objetivos.

En el camino de este drama se han sacrificado ya peones y otras piezas de mayor peso estratégico; y, sin el objetivo claramente desvelado, todo parece indicar que la sangría continuará hasta que sólo quede lo blanco y lo negro en una victoria medinesa.

Hace años escuché el relato verídico de la aparición de unos roedores mastodónticos en un icónico mercado público de México. Se decía que bastaba mirar a dichas bestias para perder la cordura; eran cinco o seis veces del tamaño que los especímenes ratoniles más grandes conocidos y obviamente despertaron verdaderas pesadillas entre los locatarios y las autoridades sanitarias.

Aquella es del tipo de historias que pueden fascinar a los periodistas y a los medios; incluso hoy sería obvio el interés de millares de salas de redacción que estarían interesadas en reportar y dar seguimiento puntilloso (y hasta la náusea) de un acontecimiento parecido.

Sin embargo, la historia no pasó de las olvidadas páginas pares en los periódicos de la época en forma de una peculiaridad y reducida a un sucinto párrafo o de las revistas de rarezas donde las ratas gigantes tuvieron que competir con alienígenas, animales fantásticos y deformidades médicas por la atención de los lectores. Se dice que la razón por la que, en aquel entonces, la noticia de las ratas no escaló en atención ni en interés de las autoridades ni del público fue simple: los inmensos roedores no serían una preocupación permanente. Los animales sí eran inmensos pero absolutamente estériles; apenas un par de individuos de una camada serían efímeros ejemplares de una fortuita mutación de la que sólo serían fugaz anécdota.

Este relato no es una simple digresión, la historia de las ratas realmente era un escándalo pero no existía ninguna relevancia ni interés público digno de atender: los animales no sobrevivirían, no se reproducirían, no constituirían un problema de salud pública diferente del que ya sus hermanas se encargaban. El episodio no valía más que una curiosidad pasajera; por lo tanto, no había necesidad de alarmar a la sociedad ni de dinamitar las instituciones, no al menos por un hecho que superó cualquier previsión y hasta la imaginación.

Lo que nos lleva de vuelta al tema de la tesis plagiada y la ministra, ¿en realidad estamos frente a un asunto que debe agitar las de por sí inestables dinámicas entre instituciones de representación y de poder? Y si así fuera, ¿cuál es el precio que los confrontados estarían dispuestos a asumir para prevalecer con sus fueros intactos? ¿Hasta qué punto está una de las partes a torcer la realidad con tal de mantener una imagen impoluta e invulnerable que no volverá a tener y quizá nunca tuvo? ¿Hasta dónde puede aguantar otra de las partes a vivir esquivando estocadas que, de igual manera, jamás cesarán? Y, al final, ¿el escándalo habrá realmente supuesto una mejora para la sociedad, para las instituciones, para los medios o para el país? ¿En todo este episodio no parece que vamos quedándonos solos, frente a una gigante bestia de corrupción, sin ser alcanzados por ella y sin poder darle jaque?

En ajedrez, una ancestral regla llamaba ‘victoria medinesa’ al resultado de la partida en donde los reyes quedaban desprovistos de todos sus compañeros; y que, incluso siendo imposible el jaque, ganaba quien tomaba al último sobreviviente de las huestes del rey. Es un triunfo sí, pero a costa de una viña devastada.

Al final, más que el drama, lo único que en realidad merece ser analizado es la tesis en cuestión. Quien la haya escrito, realmente sentía una legítima preocupación por las cualidades corruptoras tanto del gobierno como del poder económico y del aparato judicial; en algunas partes del texto, el hoy autor desconocido manifiesta su honesta inquietud sobre cómo una persona puede ser privada de sus derechos (y hasta de su buena fama) debido a formales injusticias cometidas por los diversos poderes y por perniciosas interpretaciones de los árbitros de la ley. Es lo único relevante del asunto, porque las ratas no irían a ningún lado y nada habrá de cambiar mediante el escándalo.

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe



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Análisis y Opinión

Periodismo: bienes, riquezas y funciones

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En algo tiene razón, el tema es sumamente interesante y obliga a la reflexión. Aunque quisiera partir del inicio: el periodismo es una auténtica vocación que trasciende al oficio y a la profesión; es una inclinación singularísima a sufrir y gozar de la historia y los cambios de la vida cotidiana con el propósito de crear diálogo y construir sociedad respecto a lo que concierne al bien común.

Es ciertamente un oficio porque el periodismo tiene una cualidad artesanal, personal, no mecanizable; que nace del encuentro y del contacto con las tensiones humanas desveladas y cuestionadas por alguien que, a fuerza de ensayo y error, exhibe un imperfecto relato de sucesos al prójimo; pero es algo más.

También es una profesión no sólo porque requiere estudios formales o porque nuestra cada vez más compleja sociedad precise de mayores conocimientos especializados, sino porque es una labor que esencialmente capitaliza el conocimiento. Aún mejor: es una profesión cuya principal riqueza son las inquietudes correctas del conocimiento, las preguntas precisas del ingenio y la mirada instruida sobre el contexto. Y aún así, es algo más.

El periodismo es una pasión que puede ejercerse en la supina pobreza o en la mayor holgura pero que es imposible desempeñar desde un poder que no sea el de la demanda. ‘Demanda’ es para el periodismo –en contraste con la rigidez del derecho– una palabra compleja y llena de matices: va desde la gentil interrogación o el cordial cuestionamiento hasta el indignado requerimiento y el mordaz reclamo; pasando, eso sí, por la eficiente, neutral e imparcial solicitud o consulta.

No hay periodista, por tanto, que conserve su credibilidad intacta cuando es arropado por oscuros e inconfesables mantos de privilegios a cambio de favores o servicios en contra de esa auténtica demanda. Es verdad que, incluso mintiendo descaradamente, tanto los medios como los periodistas vendidos a la comodidad y los privilegios pueden conservar sus prestigios y respectivos negocios, pero quedará mancillada irremediablemente la confianza que alguna vez recibieron.

Ahora pasemos a lo que se ha mencionado esta semana: “Los periodistas hacen una función pública”. Sí, indudablemente; sin embargo, hay que distinguir: su labor cumple con diferentes funciones para el diálogo social y la búsqueda del bien común, pero no son subordinados del poder o funcionarios públicos. De hecho, si lo fueran, dejarían de ser auténticos periodistas; podrían ser publirrelacionistas, consultores, vendedores de contenidos, voceros o coordinadores de falanges informativas, pero no periodistas.

Ya lo dijo Kapuscinski: “El verdadero periodismo es intencional. Se fija un objetivo e intenta provocar algún tipo de cambio. El deber de un periodista es informar, informar de manera que ayude a la humanidad y no fomentando el odio o la arrogancia. La noticia debe servir para aumentar el conocimiento del otro, el respeto del otro”. Entonces ¿puede haber ‘verdadero periodismo’ si su intención es servir al poder establecido –o peor, al empíreo de la inmunidad– en lugar de promover los cambios que realmente ayuden al resto de la sociedad?

Segundo, el tema de las concesiones públicas y su usufructo. El tema es por demás espinoso pero requiere una reflexión urgente. En efecto, la nación es propietaria del espacio radioeléctrico donde se transmiten infinidad de contenidos; las empresas privadas gestionan concesiones que el gobierno otorga para el usufructo del mismo espacio y, entre sus contenidos, usualmente se producen informativos con trabajo de periodistas.

Si bien estos periodistas son empleados de particulares, su trabajo está sujeto al bien social más que al bien privado (o al menos debería estarlo) y; de hecho, las autoridades de la nación deberían tomar con mayor seriedad el cuidado de los periodistas para que no se reduzcan a legitimadores de los intereses patronales. Y, al mismo tiempo, los periodistas deben ser intensamente protegidos por sus empleadores pues, sin su apoyo, es fácil que queden a merced de otros poderes (incluso ilícitos o fácticos) que no sólo terminan pervirtiendo la libertad de expresión sino que ponen en jaque las condiciones que toda libre empresa debe tener garantizadas.

Además, que la propiedad de los espacios intangibles de difusión esté en manos de la nación no significa que puedan ser administrados utilitaria o unilateralmente por cualquier gobierno en turno (por más legítimo que este sea); porque la propiedad no es coyuntural ni restrictiva al mandato vigente. El espacio pertenece al pueblo, en el ahora y en el futuro, bajo éste y bajo cualquier otro gobierno, aun cuando ni siquiera aspire a ser democrático.

Hubo una última inquietud planteada: ¿Con qué autoridad ética o moral los periodistas pueden sentar a la silla de los acusados a funcionarios, poderosos y personajes públicos? La respuesta es simple: Con ninguna que provenga del poder o del privilegio. La única autoridad que otorga verdadera fuerza ética y moral a los periodistas para interrogar y juzgar proviene de la debilidad. De la debilidad de sus pueblos, del silencio de los acallados, de la invisibilidad de los excluidos y del dolor de los descartados. El poder del periodismo no se encuentra sólo en el servicio, sino en el servicio a los necesitados; y la auténtica libertad de esta vocación sólo puede ser garantizada por usted y muchos otros que nos apoyan leyéndonos, escuchándonos y compartiéndonos.

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

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Análisis y Opinión

Desmantelar la psicosis bélica

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Como cada 24 de enero desde 1967, el Papa de la Iglesia católica envía a comunicadores y periodistas un mensaje para reflexionar los desafíos en torno a la labor informativa, formativa y de divulgación tanto del conocimiento como de los acontecimientos en los más diversos medios de comunicación; también es una oportunidad para analizar el impacto de los avances tecnológicos informáticos y la manera en cómo estos se insertan en la cotidianidad social y en la psique humana.

Este 2023, el papa Francisco cierra un ciclo comenzado en 2021 con una ruta de reflexión sobre lo que para el pontífice es indispensable y positivo en la comunicación contemporánea: “Ir, ver y escuchar para después hablar”. Sus tres últimos mensajes han seguido esta lógica y todo conduce al mismo anhelo.

En síntesis, para comunicar correctamente, con veracidad y justicia, es obligatorio acudir directamente a encontrar las historias, no hay que ceder a la tentación de dejarnos informar por comunicadores que no se atreven a “ir a donde está la gente”. Dijo el Papa en 2021: “El periodismo, como relato de la realidad, requiere la capacidad de ir allá donde nadie va”. Segundo, es necesario que el comunicador vuelva a convencerse de que “nada reemplaza el hecho de ver en persona” porque además “existe el riesgo de contar las crisis, sólo desde los ojos del mundo más rico”. Tercero, es preciso escuchar con paciencia, humildad y confianza porque “el negarse a escuchar termina a menudo por convertirse en agresividad hacia el otro”.

Finalmente, este 2023 Francisco concluye su itinerario reflexivo sobre el producto final de la comunicación: lo que se dice, lo que se publica, lo que llega a los destinatarios y audiencias. El Papa afirma que una mejor comunicación debe reflejar un “habla cordial”, debe promover un lenguaje de paz y sobre todo “desmantelar la psicosis bélica que se anida en nuestros corazones”.

Hoy en día, prácticamente nadie puede abstraerse del inmenso grado de maledicencia burda y gratuita en medios informativos y comunicadores. Pareciera que un requisito contemporáneo para ‘figurar’ en el espacio público debe ir acompañado de insultos, agresiones, calumnias, difamaciones y demás verborrea nociva.

Hablar irreflexivamente, tanto con el intelecto como el alma desconectados de la boca, no sólo no ayuda a entender los problemas que a todos nos afectan sino que tampoco tiene capacidad de ofrecer alguna vía de resolución de los mismos.

Hay que decirlo con crudeza: Detrás de cada comunicación agresiva hay una realidad que se oculta perniciosamente. Mientras los políticos, comunicadores o usufructuarios de los medios enardecen sus insultos en los espacios públicos; distintas víctimas de pobreza, exclusión, descarte y marginación permanecen ocultas, ignoradas, invisibles y desatendidas.

A eso le llama Francisco ‘psicosis bélica’; a la fascinación por el conflicto y la guerra incluso en espacios que no tienen que ver con lo político sino con lo humanitario, lo social y hasta lo sanitario. En otra oportunidad señalé lo pernicioso de que la comunicación de la pandemia de COVID-19 se hiciera con términos militares como “combate”, “lucha” o “enemigo”, que una de las acciones más humanitarias de nuestra especie, la atención médica, se comparara con “un frente de guerra” o una “línea de combate”; incluso que la indispensable cooperación global con las vacunas ante el desafío pandémico se entendiera en una lógica geopolítica de estrategia territorial y, para los conspiracionistas, en código de conquista.

En efecto, la agresividad comunicativa nos ha alcanzado y bajo su irracionalidad sepulta las verdaderas emergencias humanas. Por otro lado, las grandes crisis sociopolíticas contemporáneas (fruto de reacciones antidemocráticas e ideologización de la vida cotidiana) orillan a que los gobiernos -de los más disímbolos signos- recurran con mayor facilidad a las fuerzas armadas, a la militarización, a la vigilancia marcial, al patrocinio de mercenarios y paramilitares, a la compra de armas y a la erradicación de la disidencia mediante la violencia. Nada de esto es positivo para el bien común, la justicia o la dignidad de las personas o los pueblos. Bien ha dicho Bergoglio: “Vivimos una hora oscura en la que la humanidad teme una escalada bélica que se ha de frenar cuanto antes, también a nivel comunicativo”.

Le propongo finalmente algo: Elija con libertad a un personaje público y reflexione sobre si su discurso contiene agresividad. Ahora imagine, si su personaje fuera buena persona, ¿qué estaría realmente haciendo en lugar de evidenciar su psicosis conflictiva?

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

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