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Opinión

El Tribunal Electoral a la deriva

César Ruiz

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El Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación sufre sus horas más bajas.

Su presidente Vargas llevó a sus compañeros al borde de la desesperación y a tomar acciones a todas luces ilegales. (La fracción XV del artículo 180 de la Ley Orgánica del Poder Judicial de la Federación es parte de un sistema de normas constitucionales y legales, por lo que de su interpretación sistemática, no tiene el alcance de permitir a los magistrados modificar su esfera de competencias ni ampliar o reducir el encargo de su presidente y menos aún de erigirse como jurado calificador de su desempeño).

Ciertamente la permanencia del presidente era insostenible, la decisión de los magistrados fue valiente sin duda; no obstante, tropezaron con la misma piedra: la sombra de la influencia del Ejecutivo Federal.

Un análisis serio de constitucionalidad tiraba este valiente actuar de los magistrados.
Pero entonces, el Presidente de la SCJN, fiel a su proclividad a anunciar sus criterios (algo prohibido para un juzgador) señaló: 1. Que el magistrado Vargas no podía continuar con su encargo. 2. Que tampoco se aceptaba en Palacio Nacional la imposición de Reyes Mondragón.

Continuando con esta serie de imprecisiones legales y a instancias de esta declaración de Arturo Zaldívar, el recién nombrado presidente renuncia a su encargo ¡porque faltó que votaran dos magistrados! Claro, sus votos sin duda podrían modificar el resultado de 5-0 con el que fue electo.

Lo anterior para cumplir con las condiciones políticas impuestas para aceptar este motín.

Lamentablemente, esta cadena de sucesos muestra una serie de decisiones tomadas desde la visión política y sometiendo el marco legal a la misma. ¡La ley y la Constitución ceden a las necesidades políticas!

¿Cual será la legitimidad de estos juzgadores a la hora de decidir sobre la legalidad de las elecciones pasadas ?

¿Podemos confiar que sus decisiones son jurídicas y no políticas ?

Si ya renunció Reyes, lo más sensato sería que quede como anécdota; que el magistrado Vargas reasuma funciones y que inmediatamente renuncie para abrir paso a la elección de un nuevo presidente.
Cualquier otro escenario es una estocada al sistema jurídico; algo inadmisible en el máximo órgano de justicia en materia electoral.

En el Ágora: los feligreses lo felicitan por haber renunciado a la extensión de mandato; los agudos de vista felicitan a los 10 ministros que se mantuvieron firmes en la defensa de la Constitución y no le dejaron otra salida.



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Análisis y Opinión

Home Office en México y los desafíos laborales con la nueva variante ómicron

Andrea Villamizar

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Cuando muchos pensaron que poco a poco volvíamos a la normalidad, llega una nueva variante que cambia todo y deja al descubierto nuestra vulnerabilidad una vez más.

Es por esto que reiterativamente hablo de la nueva realidad y con ella se necesitan cambios de fondo en las organizaciones, que vienen desde transformar su ADN, su cultura y el gran llamado a mejorar la calidad de vida laboral. Por cultura nos referimos a a una cultura remota o híbrida flexible, fresca y con ganas de estar siempre renovada que se ajusta rápidamente a las nuevas condiciones no sólo del mercado laboral, sino el mercado global y las tendencias.

El alto crecimiento de ofertas de trabajo remotas se ha convertido en el dolor de cabeza de quienes consideran que el trabajo es hora escritorio, los mismos que han tenido fuga de talento, pues las personas eligen de por sí la flexibilidad, que va de la mano de mejorar su calidad de vida y, por ende, su productividad.

Lo anterior, también debe considerar el calcular el costo de mantener personas en un sitio de trabajo permanentemente -este es de seguro en muchos negocios el segundo mayor costo, después del costo de personal-. Es por eso que no se puede perder de vista que no se trata sólo de adaptarse, sino de diversificar ese costo en herramientas que brinden la tranquilidad de un adecuado seguimiento y control, y garantizar una comunicación fluida y un bienestar integral de las personas.

Ahora, con esta nueva ola, seguramente volvamos a mantenernos un poco aislados y debemos estar alerta a temas como el síndrome burnout o del ‘trabajador quemado’ (fatiga física y mental) y el estrés tecnológico en nuestros colaboradores, causado por extensas horas en home office.

Volviendo a la transformación de la cultura, esta se hace necesaria principalmente porque se convierte en la fórmula secreta que cada compañía crea y con la cual fortalecerá la confianza con las personas, brindando la fuerza para enfrentarse al mercado y dando vida a la estrategia y cumplimiento de los objetivos.

¿Pero y cómo lograrlo?

  1. Cree una experiencia de valor a los colaboradores desde el día 0; esto es decisivo para potenciar la cultura.
  2. Conéctelos con un propósito superior que les haga sentir orgullosos de ser parte de un legado que contribuye a un mundo mejor.
  3. Comunique el rumbo, el mapa estratégico, cómo vamos, que se espera de cada uno y por qué son tan importantes en el resultado final, informe los logros y las oportunidades de mejora, y fomente la comunicación abierta y plana. Las jerarquías quedaron en el olvido.
  4. Mida la capacidad organizacional, en qué nivel está y en qué forma. El momento, las necesidades y las expectativas personales y profesionales de cada uno cambiaron; éramos unos antes de la pandemia, otros después y seguiremos cambiando.
  5. Abra espacios de creación, de generación de ideas. Permita estructurar procesos más flexibles, involucrando a las personas en el cómo hacerlo mejor, y déjese sorprender.
  6. ¿Sabe si sus colaboradores se sienten más cómodos trabajando en casa, en la oficina o de forma híbrida? ¿Sabe si se sienten felices en la compañía? Podría realizarles una evaluación de clima organizacional.
  7. Reconozca y valide los valores, esos que no son de colgar en la pared, sino la verdadera esencia y lo que cada uno que hace parte debe vivir desde que ingresa a la compañía.

Reclutar, seleccionar y realizar un buen onboarding (proceso de ingreso) está siendo cada vez más una tarea dispendiosa, compleja y costosa en tiempos de pandemia, por lo que perder el talento clave de su empresa, como consecuencia de no consolidar una fuerte relación de confianza entre empleador y colaborador, basada en una sólida cultura organizacional, podrá hacerle perder tiempo, dinero y credibilidad como compañía.

LEE Tecnología, clave en la transformación organizacional

Fundadora y CEO de Grupo Soluciones Horizonte (GSH)
www.gsh.mx
www.gsh.com.co
www.linkedin.com/in/andrea-villamizar-giraldo/

La opinión emitida en este artículo es responsabilidad del autor y no necesariamente refleja la postura de Siete24.mx

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Análisis y Opinión

Un pontífice diplomático

Felipe Monroy

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Afectado por una intempestiva neumonía, Benedicto XV (Giacomo della Chiesa) compartía aquel enero de 1922 uno de sus principales anhelos sabiéndose inclinado en el umbral de su muerte: “Ya que ha sido señalado el amanecer de días mejores… nos es dado desear que a la promisoria aurora le siga pronto el luminoso mediodía de días más hermosos para la Iglesia y la sociedad civil”.

Aquel deseo no era menor ni ingenuo, este pontífice vivió plenamente involucrado en la llamada ‘Gran Guerra’ (‘terrible noche, oscura hora’, la llamaría) que nosotros conocemos como la primera mundial. Della Chiesa sólo tenía tres meses como cardenal cuando fue electo pontífice en medio de una guerra entre imperios y su misión parecía no tener otro objetivo que favorecer la paz mediante la estabilidad: “Por todos lados domina el temible fantasma de la guerra: apenas hay lugar para otro pensamiento en la mente de los hombres… Imploramos a reyes y gobernantes que consideren los ríos de lágrimas y de sangre ya derramados, y que se apresuren a restaurar a las naciones las bendiciones de la paz”, dijo en su primera encíclica a dos meses de iniciar su papado.

Y en su primer discurso navideño en 1914 (por fortuna conservado íntegro y con celo por la Santa Sede hasta en las interjecciones toscanas que profirió indignado), Benedicto XV expresó: “¡Deh! ¡Que caigan por tierra las armas fratricidas! ¡Que caigan finalmente estas armas ya demasiado manchadas de sangre! ¡Y que las manos de los que han tenido que tomarlas ahora vuelvan a las obras de la industria y del comercio, que vuelvan a las obras de la civilización y de la paz! ¡Deh! Que por lo menos hoy, los gobernantes y los pueblos escuchen la voz angélica que anuncia el don sobrehumano del Rey naciente, ‘el don de la paz’, y que manifiesten también esa ‘buena voluntad’ con las obras de justicia, fe y mansedumbre que Dios ha puesto como condición para el disfrute de la paz”.

La historia nos revela que ni estos ni varios subsecuentes llamados a la paz de Benedicto XV serían tomados verdaderamente en cuenta por los líderes de los imperios que, enfrascados en sus obsesiones por el control y la dominación de vastos territorios a través de las armas, los ejércitos y las alianzas, no alcanzaron a ver cómo se escapaba toda una era de entre sus manos.

El mismo Della Chiesa, limitado indudablemente por su contexto, tampoco advirtió esos cambios.

Forjó a todo un cuerpo de cardenales cuya función no fue otra que la de mantener canales diplomáticos entre los imperios a favor de la estabilidad y de la caridad entre los desastres de la guerra (Benedicto XV será recordado por su intensa gestión humanitaria a favor de los niños huérfanos y hambrientos, de los prisioneros de guerra y de los miserables víctimas de las economías de guerra); pero, si al inicio del conflicto el pontífice hablaba de ‘reinos y pueblos’; al final de sus días, y a pesar suyo, elevó preces por la ‘sociedad humana y la sociedad civil’.

La Gran Guerra rompió definitivamente los principios y mecanismos internos de los imperios tradicionales y abrió camino a la incipiente ‘sociedad de naciones’ con nuevas ideologías y fundamentos de gobierno. Sólo la voz del Papa, durante y después de los conflictos, urgió siempre a la unidad y a la adhesión a los principios cristianos como única respuesta frente a los males derivados de la tensiones entre los poderes; incluso en su encíclica ‘Pacem, Dei munus pulcherrimum’ (La paz, hermoso don de Dios) sigue advirtiendo lo frágiles que son los acuerdos si detrás perviven sentimientos de odio y enemistad.

Benedicto XV comprendió el fin de la guerra como una ‘promisoria aurora’ que requería poner manos la obra: “No ha habido época de la historia en que sea más necesario dilatar los senos de la caridad como en estos días de universal angustia y dolor; ni tal vez ha sido nunca tan necesaria como hoy día al género humano una beneficencia abierta a todos, nacida de un sincero amor al prójimo y llena toda ella de un espíritu de sacrificio y abnegación”.

Duró poco este deseo porque los tambores de guerra volvieron a sonar en todo el mundo. Pero justo hace cien años, deshechas y rehechas casi todas las fronteras, el primer pontífice que hizo de la diplomacia el mejor recurso para favorecer el bien común entre naciones y estados plurales, diversos y, sobre todo, seculares sintetizó el deber de las naciones modernas: “En efecto, no se trata sólo de aliviar a los pueblos de cargas ahora insoportables -que no es poca cosa- sino también -y lo que es más importante- de evitar en lo posible los peligros de nuevas guerras”.
Benedicto XV falleció el 22 de enero de 1922; fue extensamente reconocido como un artífice de la paz.

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

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