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Felipe Monroy

El vacío infierno del Papa

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Gran conmoción han provocado las recientes palabras que el papa Francisco ofreció a la televisión italiana donde afirmó: A me piace pensare all’inferno vuoto (“Me gusta pensar en el infierno vacío”, que es la traducción más aproximada). Rápidamente, algunos sectores ‘duros’ eclesiásticos han tomado este pensamiento del pontífice y lo interpretaron como ‘el suicidio’ de la Iglesia o, por lo menos, como ‘la formal renuncia’ de la institución católica a la idea de presentar un infierno lleno de almas torturadas que decidieron no acercarse a Dios o que no se arrepintieron de sus pecados a tiempo.

Estas interpretaciones claramente han sido gasolina pura para los incendiarios opositores al pontífice quienes erigen hogueras retóricas para desacreditar de una vez por todas al máximo jerarca de la Iglesia católica. El asunto, en efecto, no es menor; pero tampoco tiene un grado catastrófico como se vende.

En primer lugar, el tema del destino del alma humana siempre ha apasionado más a los poetas, escritores y predicadores, que a los teólogos, creyentes y pastores; quizá porque a los primeros les motivan más las descripciones dramáticas, emotivas y estremecedoras, mientras a los segundos les basta cuestionarse su relación con Dios. Como sea, en el fondo, el ‘más allá’ no es un asunto en el que se esté enteramente de acuerdo; por lo menos no respecto a las cualidades específicas de los destinos clásicos de la narración católica: cielo, limbo, purgatorio e infierno.

En la historia de la religión católica han existido muchas visiones místicas sobre estos destinos y no han faltado las disonancias incluso entre pontífices. Por ejemplo, en 1999, san Juan Pablo II compartió su idea de que “el infierno, más que un lugar, indica una situación” de estar lejos de Dios; y aseveró que aunque “la condenación es una posibilidad real” es imposible saber cuáles –o si alguno– de los seres humanos han quedado implicados efectivamente en ella. De este modo, el Papa polaco hacía eco de la famosa frase del teólogo Urs von Balthazar: “El infierno existe, pero podría estar vacío”.

Más adelante Benedicto XVI dijo algo semejante sobre el purgatorio: “No es un lugar sino un fuego interior que purifica el alma del pecado”. En contraste con las alegorías del purgatorio de la literatura católica medieval (tormentos de privación, remordimiento e inflamación), el Papa alemán sugirió considerarlo como “la experiencia interior del hombre en su camino hacia la eternidad”.

También fue famoso el debate que sucedió entre ambos pontificados sobre el limbo, reflexiones que incluso fueron enviadas a una Comisión Teológica para tratar de entender (y definir) ese sitio, lugar o circunstancia, alejado de Dios pero donde no se atormenta a los bebés no bautizados aunque sí manchados por el pecado original. La definición del limbo, finalmente, quedó –perdonarán el retruécano– en el limbo. Eso sí, Ratzinger fue muy claro en redefinir al infierno como un lugar, como un sitio concreto, que existe y que es eterno donde están todos cuantos han pecado sin arrepentirse.

Lo que nos lleva a Bergoglio y su Inferno vuoto. Pienso que la expresión del pontífice tiene dos lecturas interesantes: la primera refleja el deseo –quizá inocente y compasivo– de que, finalmente, nadie en realidad esté enteramente privado de Dios (según JPII) o que nadie esté sufriendo en ese sitio de castigo eterno (según BXVI). Bien dijo Francisco que su opinión “no es un dogma” sino que sólo “le gusta pensar” que es así.

La segunda lectura tiene que ver con la idea a la que Bergoglio siempre le ha temido: a la soledad. No a la “sana capacidad de estar en soledad” sino a la soledad ontológica a la que su compatriota Jorge Luis Borges le parecía la más angustiante: the neverness. La palabra, al parecer inventada por el escritor, resume y condensa en un sólo sustantivo todas las cualidades de lo que nunca ha sido y nunca será; es decir, una nada que, sin embargo, está consciente de su soledad.

Y esto último, si acaso es una manera de entender el infierno, es claro que responde a la realidad del mundo actual. Me explico: Hoy prácticamente no hay producto cultural y mediático donde se hable del infierno en el que no se caricaturicen o exalten sus cualidades. De hecho, la cultura transmedia de la actualidad juega con la idea de diablos compasivos, generosos y hasta enamorados, demonios que gozan de fiestas en cavernas excitantes junto a felices ateos conviviendo en dichosas aventuras infernales mientras los creyentes y piadosos se mueren de aburrimiento en mojigatas nubes de infinito tedio.

La idea de un infierno vacío es quizá la doble representación que quizá requiera la humanidad de este cambio de época: primero, que nadie tenga ardientes deseos de que el infierno esté lleno y, segundo, que de caer ahí por libre elección, el infierno sería ese neverness, ese vacío eterno e infinito donde nada hay y donde no se puede tocar, beber, hacer o pensar nada; donde, como dijo Bernanos: “el infierno es dejar de amar”.

Estamos, en efecto, frente a una forma de ser Iglesia diferente; propia de este siglo y no de otros, como siempre ha sucedido. Pues aunque permanezca el mensaje y la misión, a lo largo de la cristiandad, la Iglesia ha echado mano de muy diversas representaciones del cielo y el infierno. Quizá hoy, la idea del infierno vacío es una de las alegorías más aterradoras, tanto para los que se creen justos, como para los que saben que no lo son.

*Director VCNoticias.com @monroyfelipe

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Felipe Monroy

Itinerario 2024: El juego del lobo

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En la cultura popular existen tres fábulas clásicas que involucran a un niño y a un lobo; pero todas nos enseñan algo distinto que ahora resulta pertinente recordar en medio de este proceso electoral. Porque, en el fondo, para los propagandistas políticos es más sencillo retomar viejas historias, que forjar nuevas en torno a sus paladines o a sus adversarios.

La más antigua historia, habla de un pequeño que estaba encaramado en el techo de una casa cuando ve pasar a un lobo y comienza a llamar “asesino y ladrón” a la criatura; el lobo, flemático, le responde que es muy fácil ser valiente desde una distancia segura. Toda la propaganda política se basa en este principio. El juego electoral en un país democrático se realiza en cierto “espacio seguro” donde se pueden decir muchas cosas –no siempre verdaderas– sobre los adversarios sin tener consecuencias directas ni proporcionales. En una dictadura, no existe ese espacio seguro.

Este juego democrático lo asumen como natural los bandos politizados incluso en su apelativo más agresivo: hacer propaganda negra (o “guerra sucia, en serio” como dijera Jorge Castañeda) es parte casi obligada en una campaña electoral pues, al tiempo de construir una imagen propia más atractiva, se debe contaminar e incluso hasta mancillar discursivamente la honra del adversario. En México, ha habido campañas tan cargadas hacia esta agresividad con el propósito de insuflar miedo a los votantes a través de ataques personalizados que lo que se termina afectando es ese “espacio seguro” hasta volver el juego democrático literalmente en un conflicto absoluto y sin cuartel. Por si fuera poco, un gobierno emanado de una campaña de tal agresividad puede aparentemente legitimar a otras fuerzas no políticas (o fácticas) a recurrir a medios igualmente agresivos o incluso violentos.

La segunda historia habla sobre la mentira. La historia clásica de Pedrito y el lobo relata cómo el pequeño pastorcillo, cuando estaba aburrido, alertaba falsamente al pueblo sobre la llegada de un lobo. El pueblo, engañado y movilizado, creyó varias veces su mentira pero, al final, cuando la amenaza era real y la alarma del niño también, el pueblo ya no hizo nada y el lobo arrasó libremente con todo. Aquí la comunicación política de campaña también debe ser cautelosa porque si recurrentemente utiliza una falsa amenaza para convencer a sus electores, al final es probable caer en descrédito cuando realmente se necesita.

Esta segunda historia tiene una variación desde la comunicación política, en ella Pedrito no nombra al lobo con el nombre de “lobo” sino que se vale de recursos retóricos para hablar del lobo indirectamente. Este es un juego propagandístico sumamente importante porque permite al pueblo “deducir” por sí mismo la identidad del lobo. Como el acertijo exige el razonamiento del oyente es más fácil que se valide la premisa (aunque sea errónea) como recompensa al acierto mental propio.

Por ejemplo, la campaña de Claudio X. González apela a esta estrategia al asegurar que “Lo que está en juego el 2 de junio es: Democracia o dictadura, libertad o sumisión… unidad o división”. Estrictamente no están ni siquiera mencionados los proyectos políticos en colisión sino que, con el uso de la metonimia (designar algo con el nombre de otra cosa) exige al lector ubicar en cada categoría al menos a alguno de los tres proyectos políticos en contienda.

Por paradójico que resulte, este recurso retórico no sólo busca hacerse de partidarios y oponentes. Pues si se coloca en los negativos a sus adversarios, gana adeptos; y si se coloca en los negativos a sus aliados, de cualquier manera logra validar un falso argumento. El falso argumento es que la “democracia”, la “libertad” o la “unidad” se reducen al mero sufragio y no a las amplias complejidades del fenómeno político como son la soberanía popular, la igualdad política, la libertad individual y colectiva, el sistema legal imparcial e igualitario, el pluralismo político, la rendición de cuentas y transparencia, la tolerancia y respeto a los derechos humanos, la participación y corresponsabilidad cívica, la deliberación y representatividad popular, etcétera.

Esta retórica de reduccionismo político es particularmente útil a las fuerzas que guardan poder y privilegios; y es que sin duda las jornadas electorales, las elecciones y el voto son esenciales en la construcción democrática de un Estado pero no son ni el único ni quizá el más importante ejercicio cívico-democrático. La participación ciudadana democrática en la vida pública no puede reducirse a condiciones propias del juego electoral que se manifiestan mediáticamente casi siempre en polarizaciones (“A sólo se expresa como B vs C” por ejemplo: “Sólo hay dos proyectos a elegir” o “En esta elección sólo hay dos sopas”) o en dicotomizaciones (“la integralidad de A sólo puede ser B pero no C; todo A puede ser C pero no B” por ejemplo: “La democracia sólo es posible con nuestro partido pero no con el de enfrente”).

El problema es que se erige al ‘voto’ como una respuesta casi mágica frente a problemas más profundos que no se resuelven sólo votando ni apoyando con propaganda a alguna opción política. Por ello, es una propaganda utilitaria el sugerir que el voto resuelve o remedia problemas como la desigualdad, la influencia ideológica, la corrupción, el cobro de piso, la impunidad, etcétera. Un discurso así es cómodo porque interpela a quien escucha a tomar una sola decisión para sentirse en paz. Como haciéndolo pensar: “Si ya voté por B o por C, ya cumplí en la lucha contra la corrupción, los moches, la transa, el abuso…”).

Lo más importante es motivar a participar transversalmente de la vida pública a través de la educación, la formación, la acción solidaria, la promoción social con honestidad, respeto y diálogo visibilizando realidades subyugadas o sometidas, dando voz a los sin voz, construyendo entendimiento desde la crítica pero principalmente desde la pluralidad. Tal como enseña la última historia de Pedro y el lobo, de Prokofiev: el valiente niño comprende que no todos los problemas son iguales y que se requiere de la cooperación y el talento conjunto de sus amigos animales para someter al temible lobo. La fábula enseña que la audacia y el trabajo en equipo pueden vencer adversidades mayúsculas; además, si se escucha con cautela, nos enseña que, a pesar de las desgracias, no todo está perdido para siempre.

*Director VCNoticias.com @monroyfelipe

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Felipe Monroy

Dignidad humana y la polémica que no fue

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A inicios de abril el Dicasterio para la Doctrina de la Fe de la Santa Sede liberó un nuevo documento orientador sobre inquietudes globales respecto a la práctica de la fe en la sociedad contemporánea; es la segunda Declaración oficial presentada bajo el liderazgo del cardenal argentino Víctor Manuel Fernández y se publica apenas cuatro meses después de la polémica declaración Fiducia Supplicans en la que se autorizan las bendiciones a parejas homosexuales bajo discreción y discernimiento de los ministros de culto.

El nuevo documento denominado Dignitas Infinita habla sobre un tema realmente toral en la cultura actual que es la valoración, el reconocimiento y el respeto irrestricto a la dignidad humana y, sin embargo, a diferencia de su antecesor, ni los medios de comunicación ni los colectivos defensores de derechos humanos e incluso tampoco los recurrentes vociferadores eclesiásticos decidieron hablar de este documento o polemizar respecto a lo que plantea. Y quizá sólo haya una explicación razonable: la declaración vaticana sobre la dignidad humana no les sirve a sus propios intereses y se prefiere callar para no evidenciar lo mucho que se ha normalizado el relativizar la dignidad humana propia y de los demás. Veamos:

En el preámbulo, la Declaración parte de un principio irrenunciable de la doctrina cristiana el cual no siempre ha sido asumido ni respetado, incluso por los propios católicos: “la dignidad humana existe más allá de toda circunstancia”. Esto quiere decir que sin importar los contextos históricos o culturales y sin distingo de las diferencias físicas, psicológicas, sociales y morales de las personas, cada una de ellas –cada uno de nosotros miembros de la raza humana desde el momento del inicio de nuestra existencia individual e irrepetible y hasta el final de la misma– goza de una dignidad infinita e irrevocable.

La Declaración distingue diversas aserciones sobre la dignidad humana (ontológica, existencial, moral o social) pero esencialmente cuestiona ciertas condiciones contemporáneas que han logrado relativizar o redefinir las fronteras de la dignidad inherente de cada ser humano. La Santa Sede reconoce que, en no pocas ocasiones en el pasado y aún en nuestros días, algunas doctrinas filosóficas, políticas, ideológicas y religiosas han permitido ‘ensombrecer’ la dignidad humana autorizando o avalando actos contrarios a ella, como la esclavitud, el genocidio, la persecución racial, la discriminación, la promoción sistemática al aborto o a la eutanasia; pero también apoyando modelos sociales, leyes y mecanismos que favorezcan o perpetúen condiciones infrahumanas de vida, detenciones arbitrarias, deportaciones, prostitución, trata de blancas y de jóvenes, condiciones laborales degradantes, la instrumentalización del ser humano, la mercantilización del cuerpo y de la vida humana, la renta de mujeres para embarazos de terceros y un largo etcétera.

Todas estas realidades e inquietudes sociales contemporáneas obligan a mirar aquellas realidades fronterizas de la experiencia humana donde hoy se regatean aspectos esenciales de la dignidad: la invisibilización del ser humano en gestación; el descarte social de los ancianos, los marginados y los enfermos; la manipulación médica, quirúrgica u hormonal innecesaria a niñas, niños y adolescentes; la mercantilización del cuerpo o de alguna de sus partes; las terapias de desapego materno; la explotación, despojo e, incluso, la vulneración de la identidad, privacidad, seguridad a través de herramientas tecnológicas intrusivas, engañosas o crematísticas.

El documento debería haber causado tanta polémica y discusión como su precedente; sin embargo, su invisibilización revela lo que la sociedad contemporánea prefiere callar. En este 2024, por ejemplo, se publicó el estudio académico sobre el “Alquiler de vientres como explotación reproductiva de mujeres rurales de Tabasco”, un trabajo de Pilar Alberti y un equipo de investigadores que evidencian los efectos nocivos tanto en las personas como en las comunidades donde se autoriza o promueven modelos de ‘vientre subrogado’. El tema por supuesto que abre un debate importante sobre cómo ciertas justificaciones económicas o utilitarias son legalizadas para intervenir indolentemente tanto en el cuerpo de las mujeres como en la dignidad intrínseca del ser humano en gestación.

También hace unos pocos días se revelaron los resultados del Estudio Cass en Gran Bretaña, un análisis de largo aliento sobre los efectos nocivos y hasta criminales producidos a adolescentes y jóvenes por haberles facilitado intervenciones de cambio de sexo y hormonización durante su infancia. En este caso, el discurso ideológico de organismos internacionales promovido a través de voceros de gran impacto mediático (actores, actrices, deportistas, comunicadores, etcétera) y sustentado bajo teorías del género, género fluido y trangénero se impusieron frente a las necesidades médicas y psicológicas de los infantes provocándoles graves afectaciones en su salud física y mental.

Ahora, el Sistema Nacional de Salud Pública del Reino Unido exige que toda atención a niñas, niños y adolescentes con disforia de género comience con terapias psicológicas para explorar y comprender detonantes sobre sus inquietudes (que pueden ser desde problemas de salud mental hasta abusos sexuales subyacentes) antes de que siquiera que sugiera cualquier modelo de ‘transición’. Un tema que nos compete a México porque justo por el repudio comprensible a las llamadas ‘terapias de conversión’ –las cuales deben estar prohibidas debido a sus actos violatorios de la dignidad humana– se ha metido en el mismo saco a todo tipo de terapia profesional para analizar y atender la disforia de género dejando a las infancias vulnerables a que sistemas comerciales, tecnocapitalistas e ideológicos del género les provoquen las mismas afectaciones que las denunciadas en Inglaterra.

Y una última inquietud que se vincula a la actual contienda política-electoral en México: ¿Acaso las candidaturas presentan discursos o plataformas a favor de la visibilidad, respeto y promoción de la dignidad humana, en todas sus condiciones y en todas sus circunstancias? ¿O quizá sólo se limitan a decir que ‘lo que ya aprobó la Corte’ es todo el margen posible de los magistrados han impuesto a la dignidad humana? ¿Y eso, será suficiente?

*Director VCNoticias.com @monroyfelipe

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Felipe Monroy

Claudia y Xóchitl, segunda aduana episcopal

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Tanto el ambiente como el salón de la plenaria episcopal lucieron colmados de expectativas y ansiedad política; los obispos de México recibieron a las dos candidatas a la presidencia de la República, Claudia Sheinbaum y Xóchitl Gálvez, para escrutar algo más que sus proyectos políticos. Como se sabe, este encuentro de los aspirantes con los líderes católicos de México no define el rumbo de las intenciones electorales pero sí adelanta el tipo de relación que se sostendrá entre el poder político y el poder eclesiástico durante el sexenio.

Hace seis años, los obispos comentan que Andrés Manuel López Obrador utilizó todo el tiempo del encuentro para prolongar, en su monomanía, su discurso y planteamiento político; al final quedó muy poco tiempo para el diálogo (y eso que era su tercera ocasión frente al pleno episcopal). Como se sabe, López Obrador arrasó indubitablemente en la elección pero, una vez en el poder, la falta de diálogo entre el poder civil y el eclesiástico fue construyendo una animadversión mutua; la cual, a pesar de la diplomacia, moderación y templanza del presidente del episcopado, Rogelio Cabrera, ha motivado a no pocos obispos, sacerdotes, laicos católicos y estructuras eclesiales a operar política y discursivamente contra todos los aliados del movimiento cuatroteísta.

Quizá por eso mismo y consciente de la desventaja heredada, Sheinbaum llegó con puntualidad y apertura. Intercambió un breve diálogo con el presidente de la CEM y después dirigió al pleno un discurso de alrededor de 30 minutos donde presentó los ejes principales de su plataforma y el proyecto para la Presidencia; el diálogo fue un poco más abundante pero –a decir de los presentes– no necesariamente esclarecedor. Como se ha dicho en otros foros, algunos obispos consideran que la candidata de Morena, PT y PVEM tiene dificultades para empatizar y cautivar a sus interlocutores: su discurso es estructurado y claro, pero monótono y técnico.

Con Sheimbaun había un tema ineludible: la violencia y el fracaso de las estrategias de seguridad. La candidata firmó semanas atrás, con reservas, el Compromiso por la Paz compendiado por el episcopado y las comunidades religiosas junto a varios sectores de la sociedad civil. En ese entonces dijo no compartir el panorama pesimista y calamitoso de la Iglesia; sin embargo, a pesar de tener justo frente a ella al cardenal emérito Norberto Rivera y al obispo de Orizaba, Eduardo Cervantes –primero y último de los obispos que sufrieron asaltos armados tras el triunfo de López Obrador– continuó sin reconocer la ausencia de avances en materia de seguridad ciudadana. Sin duda Sheinbaum navegó contra muchos prejuicios pero tampoco logró cimentar una nueva relación con los líderes católicos.

La historia fue muy diferente con Xóchitl Gálvez. El episcopado la recibió sin solemnidades y como a una vieja conocida; en sus diez minutos de presentación, Gálvez no habló de política ni de proyectos sino de su sabida historia personal que ha sido su principal herramienta mercadológica en esta elección. Después saludó e interactuó con algunos obispos periféricos con los que ya había establecido contacto durante el sexenio de Vicente Fox y también con el arzobispo de Tulancingo con quien se presentó como candidata estatal al gobierno de Hidalgo en 2010.

Los cardenales activos se acercaron solícitos a saludarla y la única pregunta incómoda que recibió fue por parte del obispo emérito, Raúl Vera, por la supeditación de su campaña y potencial gobierno no sólo a las estructuras del PRI, PAN y PRD sino a los acuerdos de sus dirigencias para colocarse de forma ominosa a ellos mismos en las principales curules plurinominales. Gálvez respondió como siempre, desmarcándose de los partidos cuyas cúpulas la colocaron en la candidatura; de ese modo, la oficina de prensa del Episcopado le hizo justo el favor de no mencionar en su comunicado a sus partidos políticos que, se ha demostrado, son algunos de los principales lastres que afectan sus intenciones de voto.

Finalmente, en ambos encuentros, emergió un tema que los obispos cuestionaron a las dos candidatas: el asunto de la libertad religiosa y en particular de la libertad de expresión política de los ministros de culto. Tanto a Claudia como a Xóchitl se les cuestionó especialmente sobre este derecho ya que, debido a la falta de actualización de las leyes reglamentarias sobre asociaciones religiosas y culto público, aún existen mecanismos poco claros respecto a los márgenes de censura y sanción contra los ministros religiosos que participen indirecta o disimuladamente en el juego político. La candidata de Morena, PT y PVEM se comprometió a garantizar la libertad religiosa pero continuó diferenciando las esferas de actuación del Estado y de las organizaciones religiosas.

Por su parte, la candidata del PRI, PAN y PRD acusó la falta de libertad de expresión política de los ministros en México con un dato que ni siquiera la propias instituciones religiosas han divulgado o confirmado: dijo que sesenta ministros de culto son investigados directamente por el Estado debido a actividades políticas propagandísticas explícitas o tácitas. Delitos que aún permanecen en la legislación mexicana y que no se persiguen de oficio sino a través de querellas y denuncias de terceros.

Respecto al candidato Maynez de Movimiento Ciudadano: su visita al plenario episcopal quedó agendada un día más tarde e incluso después que se realizó el conversatorio entre obispos sobre las plataformas políticas. No es, sin embargo, sólo una visita de cortesía; en el fondo –como explica a esta columna un destacado diplomático y hombre cercano al papa Francisco– la Iglesia católica debe eludir la tentación de operar a favor o en contra de opciones o facciones políticas concretas en una democracia; debe evitar hacer propaganda política directa o indirectamente, puesto que en el pueblo reside la decisión de quiénes van a gobernar y ahí debe estar la Iglesia para “acompañar a quienes van a ser servidores del pueblo, ayudarlos en esa difícil labor que no está exenta de compromisos y presiones”. Veremos.

*Director VCNoticias.com @monroyfelipe

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Felipe Monroy

Asamblea del Episcopado Mexicano: dos elecciones

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La Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM) sostendrá en días próximos su 116 Asamblea Plenaria en medio de un momento especialmente agitado y relevante para la sociedad mexicana. Como cada semestre, los obispos católicos se reúnen para escuchar, discernir, dirimir y votar las cuestiones que el Consejo de Presidencia y la Comisión Permanente han preparado para la reunión.

Estas asambleas plenarias por regla general abordan cuestiones de índole interno respecto a la estructura, operación, proyectos y programas de mediano y largo plazo para la Iglesia católica peregrina en México. De hecho, desde el trienio 2015-2018 se comenzó un largo itinerario tanto reflexivo como operativo para responder a los desafíos sociales y religiosos del siglo XXI; el documento denominado Proyecto Global de Pastoral (PGP 2031+2033) fue aprobado por el voto mayoritario de los obispos y ha sido puesto en acción (con no pocas dificultades) a través de seis opciones pastorales y más de treinta compromisos concretos en los últimos años.

Sin embargo, para esta próxima reunión, los obispos de México llegan a la asamblea con una agenda eminentemente aderezada tanto por los recientes acontecimientos sociales como por los inminentes político-electorales. Como cada seis años, la CEM programa la visita de los aspirantes a la presidencia de la República para conocerlos, escucharlos y para plantearles inquietudes tanto personales como respecto a los planes y programas de trabajo que, de ser electos, implementarían desde el Ejecutivo.

Hay que recordar que –hasta el momento y fuera de los debates programados por el INE– la Iglesia mexicana ha sido la única instancia intermedia de la sociedad que ha logrado reunir presencialmente a los tres candidatos a la presidencia de la República en el mismo evento y con un objetivo común: la firma del Compromiso por la Paz resultado del itinerario de trabajo organizado por el propio episcopado, los superiores de congregaciones religiosas presentes en el país y los jesuitas de México en el que se convocó a liderazgos del sector empresarial, activistas de derechos humanos, representantes de medios de comunicación y de diversas organizaciones de la sociedad civil y participación ciudadana.

Sin duda, la participación pública de los líderes eclesiásticos en México respecto a la situación de violencia y criminalidad ha sido la más visible y activa desde que la llamada ‘Guerra contra el Narco’ –iniciada en el sexenio de Felipe Calderón– provocó el crecimiento exponencial en los homicidios dolosos, desplazamientos forzados, desapariciones, secuestros y ejecuciones extrajudiciales. Tras tres gobiernos de signos políticos distintos, la situación se agravó hasta permanecer en una especie de ‘estancamiento’ que normaliza e inscribe en la cultura los niveles de agresividad, violencia, desprecio por la vida y abuso.

La preocupación de los obispos por el tema de la violencia y la falta de resultados claros de las tres distintas estrategias ha sido expresada permanentemente a través de los comunicados oficiales de la CEM pero ha sido especialmente importante la función del vocero del organismo y obispo de Morelos, Ramón Castro Castro, quien ha revelado la vinculación del crimen organizado con el ejercicio de la política, tanto con los partidos como con los líderes políticos: “Algunas organizaciones de delincuentes están pidiendo: ‘Te dejo de pedir el derecho de piso, pero tú me tienes que votar por tal partido’… Eso nos preocupa, ¿cómo es posible que haya esta alianza y que los partidos pidan a estos grupos que les apoyen?”

No ha sido el único; obispos en Michoacán, Guerrero, Estado de México y Guanajuato han declarado explícita o implícitamente que los grupos criminales operan en sus territorios gracias a la connivencia, corrupción o interés de las autoridades civiles.

Al episcopado no le ha convencido la respuesta del presidente López Obrador sobre los resultados de su estrategia contra la violencia, la cual –como asegura el mandatario– si no ha disminuido por lo menos no ha continuado la tendencia de crecimiento de los sexenios anteriores. Y no los ha convencido porque, como le dijeron en la última oportunidad en la que se reunieron con el tabasqueño en noviembre pasado, ellos constatan “otros datos” en sus territorios y cuentan con los testimonios de sus sacerdotes, religiosas y fieles.

Por ello, el encuentro con Gálvez, Sheinbaum y Álvarez resulta crucial para la toma de actitud de los obispos frente al próximo sexenio: no se pueden recomendar viejas estrategias que provocaron el vertiginoso incremento de la criminalidad pero tampoco se pueden aceptar fatuos triunfalismos en esta materia. Y una última cosa esperarán los obispos: que la próxima gestión de la federación mantenga abiertos los canales de diálogo y trabajo conjunto, respetuoso e integrador, sin autosuficiencias ni indefiniciones ideológicas.

Porque en esta próxima Asamblea Plenaria no sólo está el análisis de la elección de la Presidencia de México sino de la próxima elección del presidente de la CEM. La asamblea será una aduana para valorar los perfiles más idóneos para representar a los obispos en el Consejo de la Presidencia para el cual se evaluará el temple, las habilidades, la prudencia y la fortaleza de los candidatos, requerirá de perfiles esencialmente dialogantes, atemperados en sus pasiones políticas y con probadas cualidades de gestión; pues la próxima presidencia de la CEM tendrá que acompañar el arranque de un sexenio intensamente complejo sin dejar de mirar que, desde el Vaticano, la condición de salud del papa Francisco (uno de los pontífices más longevos de la historia) supondrá desafíos para la estructura y funcionamiento de la Iglesia católica universal.

*Director VCNoticias.com @monroyfelipe

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