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Felipe Monroy

El voto de Dios y la Virgen

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Durante el tercer y último debate de los candidatos a la presidencia de la República, destacó una peculiar (y riesgosa) estrategia de vincular las expresiones de fe, la apologética integrista, la pertenencia e identidad religiosa así como la devoción personal con el ejercicio de la política, del poder y de la representación popular.

La utilización política y mercadológica de los símbolos religiosos arraigados en el pueblo mexicano no es una novedad para nadie; como siempre, es relevante analizar por qué el tema siempre termina manifestándose en un proceso político o electoral aunque, en esta ocasión, como no se había visto en más de un siglo, el discurso político-religioso subió de tono ya que se sugirió que un representante popular “debe” dar explicaciones a un líder religioso de sus actos y se afirmó, desde el prejuicio, que la profesión de una fe diferente o la ausencia de la misma denota valores negativos de la persona.

La ley en México es clara: No se puede sugerir ningún tipo de discriminación a nadie por profesar o no una religión. De hecho, el artículo tercero de la Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público exige que ningún documento oficial de identificación debe contener información sobre la orientación religiosa de las personas. La razón es simple: la identidad religiosa no determina ninguna cualidad de la identidad mexicana. Aún más, en el artículo 394 de la Ley General de Instituciones y Procedimientos Electorales es terminante con las candidaturas ciudadanas: “Abstenerse de utilizar símbolos religiosos, así como expresiones, alusiones o fundamentaciones de carácter religioso en su propaganda”.

No obstante, existen voces (entre las que me incluyo) que recomendamos una profunda reflexión sobre los efectos que estos principios esquizofrénicos provocan en un pueblo al que el Estado le exige dividirse permanentemente como ‘persona política’ y ‘persona religiosa’. Una adecuación moderna sobre el ejercicio pleno de la libertad de conciencia, libertad de pensamiento y libertad religiosa no sólo apela a tener mejores condiciones para los creyentes de cualquier credo sino especialmente para quienes eligen el agnosticismo y el ateísmo como expresiones válidas de su vida individual, social y política.

Lo que ocurrió en el debate y el postdebate en el que las vocerías de uno de los partidos políticos cuestionó desde un integrismo seudorreligioso “la falta de fe” de una de las candidatas es ejemplo suficiente del porqué, mientras no haya armonización entre las dimensiones de la República laica y la libertad religiosa, el que alguien tenga una fe o la ausencia de la misma seguirá siendo utilizado como arma discursiva de prejuicio, sectarismo y fanatismo religioso.

En México ya sabemos qué sucede cuando este tema se relativiza y se intenta resolver por medio de arreglos cupulares. José C. Valadés nos recuerda cómo se ‘dirimieron’ los conflictos político-religiosos en el Porfiriato tras la Reforma: “En lugar de combatir con el alto clero, en vez de suscitar la violencia contra la Iglesia, como lo habían hecho los viejos jacobinos mexicanos, el general Díaz, se propuso y lo logró con creces, poner bajo el ala del Estado a los arzobispos y a los obispos, y serenar la conciencia religiosa con la tranquilidad y la seguridad de quien, teniendo del brazo a los jefes, nada ha de temer a la grey”. Es decir, si el poder político y económico se granjea a la jerarquía, el conflicto se suspende.

Pero también, tras la Revolución y particularmente tras la actitud de persecución abierta de la Ley Calles y la Guerra Cristera, los Arreglos de 1929 pusieron freno a la escalada de agresiones y conflictos. La Ley Calles había encendido hogueras e incendiado inúmeros pueblos orillando a los obispos de México a refugiarse en Estados Unidos, y a los sacerdotes y a los fieles a realizar su ministerio en clandestinidad; pero incluso bajo esas circunstancias realmente adversas, el episcopado mexicano con liderazgos conciliadores como Leopoldo Ruiz Flores (obispo de Tabasco refugiado en Nueva York) y Pascual Díaz Barreto (arzobispo de Michoacán exiliado en Texas) se llegó a un acuerdo moderadamente aceptable, aunque sustentado en una simulación absoluta que ofendió a los cristeros que habían literalmente derramado su sangre en una batalla por la santidad. Al final, se pactó una indiferente coexistencia entre Iglesia y Estado hasta que los intereses de uno u otro los hiciera cooperar juntos esporádica y utilitariamente por mutua conveniencia.

En conclusión, el problema con la instrumentalización de los símbolos religiosos no es por la Virgen de Guadalupe o la conciencia del pecado, lo imperdonable es el prejuicio que deja entrever esta acusación hecha desde el purismo e integrismo religioso. Dudo mucho que tanto los creyentes de los más diversos credos como los ateos y los agnósticos, deseen que la política pública los discrimine o privilegie según su credo o su libre decisión de no tenerlo. Pero también considero que las dimensiones religiosas, comunitarias y espirituales deben participar sin simulación ni conveniencias en la vida social de la nación mexicana; entender y promover la libertad del prójimo pone en una dimensión correcta, moderna y democrática sus adhesiones, sus principios y valores éticos y religiosos, así como la tolerancia ante la pluralidad.

Director de VCNoticias.com @monroyfelipe



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Felipe Monroy

Los frutos de la sangre

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La dimensión mística cristiana asegura que la sangre de los mártires fecunda la tierra; es una expresión que, sobre todo, consuela y anima a los sobrevivientes en dos convicciones: que los horrores, por más absurdos que parezcan, nos obligan a reflexionar; pero también, que en la memoria de las víctimas reside un potencial transformador radical. El mundo secular ha retomado el sentido de esta elocuente indignación y frente a los crímenes sin respuesta levanta su voz de forma semejante: “Nos sepultaron sin saber que éramos semilla”.

El próximo 20 de junio, se cumplirán dos años de los trágicos eventos en Cerocahui, Chihuahua, donde la furia asesina de un capo local terminó con la vida de cuatro personas en el transcurso de 24 horas hasta ser literalmente apaciguado por religiosos jesuitas, dos de los cuales pagaron con la vida su exhortación a la paz y la calma.

El asesinato de los religiosos Javier Campos y Joaquín Mora constituye una herida profunda en el tejido social y ha puesto de manifiesto la urgente necesidad de un compromiso genuino y sostenido hacia la construcción de paz. Este trágico evento no solo enlutó a la comunidad católica mexicana, sino que también despertó cierta conciencia apaciguada en no pocos sectores sociales sobre la violencia que afecta a muchas regiones de México. La respuesta colectiva y estructurada a estos crímenes fue un claro ejemplo de cómo la sociedad puede organizarse para atender el drama de violencia en el país, para exigir justicia y promover un entorno más seguro para todos.

Tras el asesinato de Mora y Campos, se han realizado una serie de acciones que implicaron diálogo y compromisos de paz compartidos. Este proceso involucró a diversos actores sociales, políticos y religiosos, quienes entendieron que la violencia no se combate sólo a través de medidas punitivas, sino también con esfuerzos conjuntos que buscan sanar las heridas sociales y prevenir futuros conflictos.

En los últimos meses, durante las campañas electorales, se realizaron notables eventos coronados por las firmas de compromisos de paz por parte de los candidatos a diferentes puestos de representación popular. Ahora que los aspirantes ya han sido electos y -si son consecuentes con lo que firmaron- deben mantener abierto el diálogo con esa parte de la sociedad civil, pues la firma y el evento sin duda fueron un simbólico pero crucial acto público que refleja el deseo compartido por transformar la realidad desde sus raíces. Unas raíces que deben ser alimentadas con la memoria de las víctimas, con la sana y activa indignación transformadora.

Dice el papa Francisco que la construcción de paz se asemeja a un delicado y tenaz tejido social, en el cual cada hilo representa un esfuerzo individual y colectivo que, entrelazado, forma una red resistente, cohesionada y duradera. Este tejido no se crea de la noche a la mañana; requiere paciencia, perseverancia y la voluntad de abordar los problemas de manera integral y colaborativa. La paz no es la mera ausencia de conflicto, sino la presencia de condiciones que permiten el desarrollo pleno de las personas y las comunidades. En este contexto, la paz se construye a partir del diálogo, la justicia y el reconocimiento de la dignidad humana.

Los hechos de Cerocahui evidenciaron que la violencia no solo afecta a las víctimas directas, sino que se extiende a todo el entorno social, generando miedo, desconfianza y fragmentación. Pero también nos ha recordado que, la memoria es una fuerza activa: La respuesta colectiva ha sido un testimonio de resiliencia y una demostración de que, a pesar de la gravedad de los actos de violencia, la sociedad tiene la capacidad de unirse y trabajar hacia un objetivo común.

Este movimiento por la paz emanado e irradiado desde la Tarahumara en Cerocahui muestra cómo la construcción de paz implica la participación activa de todos los sectores, incluyendo a líderes comunitarios, organizaciones no gubernamentales, autoridades locales y ciudadanos.

Para este próximo 20 de junio, la Compañía de Jesús y otras organizaciones vinculadas a los diálogos por la paz organizan eventos orientados a fortalecer la #MemoriaCerocahui: Una misa en la parroquia de San Francisco Javier donde fueron ultimados los religiosos, un repique general de campanas en todos los templos jesuitas del país y la develación de un mural en la Ciudad de México, en la simbólica parroquia de la Sagrada Familia donde se veneran los restos de otro mártir jesuita mexicano contemporáneo: el beato Miguel Agustín Pro Juárez, el padre Pro.

*Director VCNoticias.com @monroyfelipe

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Felipe Monroy

Moltmann y la revolución de la esperanza

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El pasado 3 de junio falleció el teólogo protestante de origen alemán, Jürgen Moltmann (Hamburgo 1926-Tubinga 2024) quien en vida fue reconocido como “uno de los teólogos más influyentes e incisivos de nuestro tiempo” gracias en gran medida a su libro “Teología de la Esperanza” publicado en 1964 y cuyas bastas traducciones han enriquecido el diálogo sobre las motivaciones del andar humano.

La vida de Moltmann, sin embargo, también nos obliga a reflexionar sobre las profundas y largas heridas que la agresividad de los integrismos políticos provocan sobre la humanidad. Siendo joven, Moltmann participó en las infaustas “Juventudes hitlerianas” y por su pertenencia a dicha organización fue hecho prisionero en los campos de concentración británicos, hermanos mayores de los campos nazis y no menos crueles.

Al salir de prisión, Moltmann comenzó su periplo teológico por las recientes heridas mundiales producidas por los fanatismos nacionalistas y las fascinaciones bélicas, y comprendió que si la fe es un camino para descubrir la verdadera vida (una intensa experiencia de plenitud incluso en las dolorosas realidades del mundo), la esperanza es esa especie de potencia que conserva a cada uno de nosotros en ese camino.

En su obra “Esperanza para un mundo inacabado”, por ejemplo, expone una visión de esperanza obviamente enraizada en la teología cristiana y en la promesa de un futuro mejor. A diferencia de la esperanza de la tradición filosófica griega que la contempla como el peor de los males y el principal engaño que los dioses dejaron a la humanidad; Moltmann afirmó que la esperanza no es una simple ilusión o una evasión de la realidad, sino una fuerza que transforma e impulsa a los seres humanos a actuar en el presente, con la mirada puesta, eso sí, en un futuro más justo y equitativo.

La perspectiva de la esperanza escatológica (es decir, del final del tiempo y, por consiguiente, de la realización de la promesa divina) ofrece una fundamentación ética y espiritual para enfrentar las injusticias y las crisis contemporáneas, sugiriendo que la transformación social es posible y deseable.

Esto, además, no son solo palabrejas inasibles. La perspectiva de esperanza que nos ha dejado Moltmann funciona específicamente para nuestro mundo político contemporáneo por su dimensión práctica y su imbatible tesón transformador.

Porque la esperanza, como reflexionó Moltmann, no tiene que ver con la fuga del mundo (como esos misticismos que inmovilizan y buscan el silencio apático y santurrón ante un mundo que sigue girando). La esperanza lucha por una realidad corporal y lleva al ser humano a involucrarse, a luchar por la realidad que comparte con sus congéneres, que no se satisface con las leyes ni con las realidades dolorosas de la tierra, ni acepta que los males sean inmutables: “Esta esperanza -escribió- no trae quietud, sino inquietud; no trae paciencia sino impaciencia; no clama el corazón sino que es el propio corazón inquieto en el ser humano”.

En nuestra época marcada por la polarización, la desigualdad y la crisis ambiental, la esperanza es un catalizador para el cambio positivo. Los líderes políticos, inspirados por esta visión de esperanza, pueden trabajar hacia políticas que no solo aborden las problemáticas más inmediatas, sino también podrían promuevan una visión a largo plazo de justicia y sostenibilidad.

Por ejemplo, las iniciativas en favor de la justicia social, la reforma del sistema de salud y las políticas ambientales sostenibles pueden ser vistas como actos de esperanza que buscan materializar un futuro más humano y solidario. Porque la esperanza no es un ideal abstracto, sino una herramienta práctica para la construcción de espacios de convivencia y comunidades conciudadanas para un mundo mejor, reflejando una confianza activa que transforma la realidad presente en anticipación de un futuro redimido.

*Director VCNoticias.com @monroyprensa

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Felipe Monroy

Ahora: legitimar, revisar, reparar

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La finalidad de las campañas electorales en buena medida es inflar y exagerar cualidades de personajes, las urgencias en los temas y el tamaño de las amenazas; sin embargo, los fríos resultados de los votos finalmente aterriza a todos los participantes de los procesos democráticos a una realidad que no se puede maquillar ni eludir. Al final de aquel éxtasis de ilusiones sólo queda el país con la crudeza de su rostro, eso que los poetas llamaron “la isla que languidece en un mar de aguas agitadas”.

En esta cruda realidad ya no funcionan las diatribas ni las frases ingeniosas, es momento de levantar el proyecto, cimentar los pilares con los que se ha de gobernar o con los que se ha de intentar recomponer la oposición. Sin ser exhaustivo, identifico al menos cuatro ámbitos político-democráticos que requieren atención post-electoral: La formulación y consolidación de las nuevas legitimidades políticas –tanto de los ungidos con la victoria como de las oposiciones en que se convierten los perdedores–; la reconstrucción de las instituciones partidistas que participaron en la contienda; la profunda reflexión social sobre las narrativas de violencia que campearon durante las campañas electorales; y una urgentísima revisión del sistema mediático mexicano cuyos intereses incendiarios no han auxiliado a una mejor comprensión de los fenómenos sociales.

En segundo lugar, los partidos políticos que participaron en la contienda deben hacer un ejercicio de autocrítica y una evaluación de los cuadros sometidos a la presión de las campañas electorales. Si algo han demostrado los últimos ejercicios de participación ciudadana, es que la consolidación de las estructuras territoriales locales toman sentido sólo cuando se les comparte de un ideal sencillo: la diversificación de los intereses en juego repercute en la maniobrabilidad de los grupos y los cuadros. En esto, también tiene que ver el peso (y la inversión) que se le destinó a la ‘conversación digital’ y en la ficción que se convierte dicha narrativa frente a una realidad que, aunque silente, sigue expresando su libertad de expresión donde sí tiene un valor auténtico: su voto.

Y eso conecta con el tercer ámbito político que requiere una revisión urgente: Las narrativas de violencia. México vive graves problemas de criminalidad y cierta absorción cultural de las lógicas discursivas de la violencia y el narco a las dinámicas de convivencia social y, evidentemente, en la política. Las campañas y los estrategas de discurso político utilizaron intensamente tanto la fascinación como el pavor inmoderados de la población con estos temas e intentaron inflamar sus sentimientos más bajos con intereses utilitarios electoreros. Eso no puede dejarse en una simple anécdota, algo deberá atenderse especialmente en las responsabilidades de los medios de comunicación.

Finalmente, justo el tema que involucra al sistema mediático nacional: Su participación política se hizo patente con una virulencia nunca antes vista, en evidente defensa de sus intereses y de sus propósitos de convencimiento, pero no necesariamente de su responsabilidad de reflejar las condiciones políticas. Los medios de comunicación, la independencia del ejercicio periodístico y la pluralidad en la accesibilidad de información por parte de la ciudadanía son elementos indispensables de toda democracia. Hoy vemos una tristeza en el oficio, si en el pasado se decía que “el prestigio dura lo que el papel en que se funda”; hoy la tiranía de la inmediatez y la ligereza de la virtualidad ha relativizado el oficio periodístico hasta hacerlo caer en nimiedades cuánticas, insustanciales, incluso fuera de su trinchera que es la palabra.

Es tiempo de legitimar, revisar y reparar la politización del pueblo mexicano para que la aplicación del régimen, tanto del gobierno como de las oposiciones democráticas, no vuelvan a esa hipertrofia verborreica que tanto nos distraen de las urgencias nacionales.

*Director VCNoticias.com @monroyfelipe

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Felipe Monroy

Atemperar a conciencia

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Italo Calvino tiene un relato sobre cierto hombre que se enlistó como voluntario en el ejército de su país para ir a la guerra con el único propósito de matar a un sujeto que era su enemigo personal y vivía en el pueblo enemigo. Aunque los generales le explicaron que no podía elegir a quien asesinar y a pesar de que sentía remordimiento por matar a quien él no quería, el hombre terminó masacrando al pueblo enemigo con la única ilusión de que, entre tantos, lograra ultimar a su enemigo personal del pasado.

Hizo eso durante muchos meses y por ello le dieron muchas medallas y honores. Luego la guerra acabó y el hombre se sentía muy mal de haber liquidado tantas almas sin haber matado al único que deseaba. Pasó el tiempo y finalmente se encontró con su viejo enemigo personal que además había sobrevivido a la guerra. Lo mató y confesó que lo había asesinado ya no como su enemigo sino para tranquilizar su conciencia. Fue arrestado, encarcelado por homicidio y condenado también a pena de muerte.

Entre otros temas, el relato habla sobre cómo hay cierto orden social para obrar según cada circunstancia. En tiempo de guerra, por ejemplo, el Estado otorga cierta ‘licencia’ para matar y en tiempo de paz, se castiga toda agresión contra el prójimo; sin embargo, en tiempo de guerra también los valores se trastocan para ponderar con simpleza quién es amigo y quién es enemigo, para premiar actos que en tiempos de paz serían abominables o para relativizar los sentimientos humanos bajo la barbarie de la violencia.

Con el fin de las campañas electorales y ya con la mirada puesta en un futuro que se antoja complejo; las dos candidatas mujeres a la presidencia de la República dieron sendos mensajes de cierre de contienda que intentaron allanar las exageraciones y abusos cometidos durante estos meses de campaña. De dos maneras muy distintas, los discursos de las candidatas apelaron a cierta “unidad nacional post electoral”. Claudia Sheinbaum habló desde cierta horizontalidad reconociendo los intereses políticos de gente que no la apoya; y Xóchitl Gálvez, desde una verticalidad que garantiza el fin del odio y la división.

Sheinbaum dijo: “Sabemos que el disenso forma parte de la democracia… aunque muchas mexicanas y mexicanos no coinciden plenamente con nuestro proyecto o tengan preferencias por otras fuerzas políticas, todas y todos los mexicanos habremos siempre de caminar en paz y en armonía sin discriminación”; por su parte Gálvez aseveró: “Vamos a ganar para escuchar, nunca para insultar… para respetar, no para humillar; sobre todo para unir a este país, para unir a las familias, se va a acabar el odio, se va a acabar la división y vamos a caminar todos como un sólo México”.

Fueron dos mensajes que efectivamente marcan el fin de la guerra electoral. Mucho de lo que sucedió durante las campañas –lo sabemos y lo analizamos en esta columna–, reflejó lo más duro y hasta lo más pernicioso de lo que son capaces los actos propagandísticos del discurso: mentiras, exageraciones, omisiones, insultos, calumnias, improperios, invectivas, amenazas, manipulaciones, sentimentalismos baratos y, sobre todo, simplificaciones de la complejidad social del país en función de su propia promoción e imagen electoral.

En principio se podría decir que todo eso queda en el “tiempo de campañas”, que la guerra electoral faculta o da licencia a los políticos en campaña a agredirse verbal y estratégicamente sin ninguna limitación excepto su personal juicio y moralidad; pero como nos revela la fábula de Calvino: hay algunos que entraron en el juego exclusivamente para atacar a alguien que consideran enemigo, con guerra y sin ella. Son actores sociales y políticos para quienes el tiempo de campañas no los limita a actuar como matones; y que, a pesar del triunfo o la derrota, seguirán buscando acallar su conciencia.

En tiempos de campaña son útiles esas actitudes pendencieras y ofensivas; es parte del juego político y es interesante reconocer los límites que cada candidato o grupo político se autoimpone. Pero tras las elecciones y en tiempo de consolidación de formas de gobierno y formas de oposición, esas actitudes podrían ya no tener el mismo sentido ni serían aplaudidas o animadas como cuando fueron necesarias para el conflicto electoral.

¿Qué pasará entonces con aquellos personajes (algunos bien ubicados en palestras mediáticas o académicas) que entraron de lleno y con odio a la arena electoral ahora que ha concluido la ‘contienda’? ¿Cómo habrán de lidiar con su conciencia cuando en la construcción de la legitimidad del gobierno, sus líderes tiendan la mano a viejos adversarios?

Todo mundo habla y cree reconocer la polarización discursiva y política en el país, incluso se le sataniza injustamente; sin embargo, son muy pocos los que se han esforzado por mesurar y moderar el discurso de odio y de agresión: intelectuales, periodistas y analistas políticos han llamado, por ejemplo, a las campañas negativas, a la violencia narrativa, a la calumnia estratégica y a la agresividad verborrágica; eligieron el insulto frente al análisis, la militancia frente a la imparcialidad y el sentimentalismo frente a la búsqueda de objetividad. Intentaron con ello inflamar a sus prosélitos y a sus audiencias pero también validaron el odio irracional que algunos podrían tener y que no concluirá con el triunfo de cualquiera de las plataformas políticas. Y el remedio está en reconocer la dignidad del otro, del adversario; no sólo en prometer que se acabará el odio. Eso sí sería atemperar el agitado clima político.

*Director VCNoticias.com @monroyfelipe

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