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Análisis y Opinión

La violencia de estado contra la mujer

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El abuso contra la mujer existe desde que nació la humanidad. Sin embargo, en todo el mundo occidental, -como una manifestación de desarrollo social-, la violencia contra la mujer se combate desde las leyes, así como también desde la sociedad. Para ello, la educación es fundamental.

Por otra parte, vemos que en los países islámicos gobernados por líderes o grupos religiosos fundamentalistas, -como en Irán, Irak y Afganistán por dar ejemplos-, por razones religiosas el sometimiento de la mujer se ha recrudecido.

Existe un gran número de fotografías de los años 80s que muestran que en esos países la sociedad se había occidentalizado y las mujeres se habían liberado de las restricciones religiosas que limitaban su estilo de vida y sus derechos.

Sin embargo, hoy que los fundamentalistas religiosos gobiernan en esos países, se ha recrudecido la represión y la pérdida de libertades, así como el trato igualitario al que tiene derecho la mujer, llegando a prácticas represivas indignantes y violentas.

En contraste, en México, -país occidental desde hace 500 años-, vemos un crecimiento de la violencia contra la mujer, -por una parte-, y por otra, una tendencia creciente por generar conciencia a favor del trato igualitario y brindarle oportunidades laborales, profesionales y espacios en el ámbito político.

Cada vez hay más mujeres ejerciendo cargos de relevancia y liderazgo. Se han generado leyes a favor de los derechos de las mujeres.

Tratando de entender esta incongruencia podríamos considerar lo siguiente: esta nueva cultura igualitaria ha permeado solo en las clases medias urbanas, pues aún vemos que en las comunidades indígenas donde los usos y costumbres siguen guiando los valores de la comunidad, siguen prevaleciendo conductas indignas, como la venta de niñas por parte de sus padres, matrimonios infantiles forzados, la ausencia de derechos que las protejan, aunque las leyes subsisten como un simple referente que se reconoce, pero es ignorado.

Sin embargo, aún en el ámbito urbano y en las clases medias y altas, -donde hay acceso a la educación y la escolaridad-, en la intimidad de la vida de las parejas sigue practicándose el abuso.

Por una parte, se está consciente de que el trato agresivo y violento es socialmente inaceptado, pero al momento de actuar con congruencia, prevalecen los valores inconscientes y entonces se repiten los roles ancestrales de dominación masculina y sumisión femenina. Son los condicionamientos familiares que aún siguen activos en un importante segmento de la sociedad mexicana, transfiriéndose de modo inconsciente de generación en generación.

Incluso, siguen vivos condicionamientos inconscientes fuertemente arraigados que impulsan a las mujeres pertenecientes a estos segmentos sociales a aceptar el rol de sumisión y muchas veces, -cuando las nuevas generaciones intentan exigir sus derechos-, aún estando ya en una relación matrimonial donde ellas sufren violencia, es su misma familia la que las presiona a aceptar ese rol de sumisión bajo el argumento de evitar el rompimiento del vínculo marital.

A su vez, en esos sectores las familias actúan en complicidad protegiendo a los hijos varones aún sabiendo que son agresores.

Los viejos roles aún subsisten en lo más profundo de la sociedad mexicana.

Con toda seguridad el cambio cultural se dará a mediano plazo, con total lentitud. Mientras tanto, miles y miles de mujeres mexicanas seguirán siendo víctimas de la violencia intrafamiliar por una parte, y extrafamiliar también.

A la pregunta de ¿cómo acelerar este cambio de idiosincrasia?… no queda otra respuesta mas que el ámbito jurídico.

Sin embargo, ahí el contexto es muy complicado, pues los mismos roles sociales se repiten, generando impunidad aún existiendo denuncias de las víctimas. La impunidad estimula la violencia y ahí reside el drama.

Es recurrente en el testimonio de las víctimas que denuncian una agresión, el trato indigno que reciben por parte de policías y del personal de los ministerios públicos.

Es precisamente en este ámbito de lo que podríamos considerar “primera respuesta” frente al delito, que las autoridades se esfuerzan por convencer a la víctima de evitar la denuncia.

Hay actitud morbosa e insolente si la denuncia es por agresión sexual.

A final de cuentas, se da el archivamiento de los expedientes, hasta que de forma circunstancial este se convierte en un caso de escándalo mediático, o la agresión sistemática desemboca en un feminicidio que se podría haber evitados si las autoridades hubieran actuado cuando se presentaron las primeras denuncias.

Por todo lo anterior las víctimas descubren que denunciar es una pérdida de tiempo y deciden no volver a denunciar nunca una nueva agresión, ya sea de la misma persona, o de otra.

El bajo índice de denuncias es lo que aprovechan las autoridades de alto rango para vanagloriarse a través de estadísticas de la disminución de delitos, tomándolo como un logro de su estrategia de seguridad.

A esto añadamos la corrupción en ministerios públicos y juzgados, donde por unos cuantos pesos los agresores callejeros o sus familiares pueden obtener el domicilio de la víctima para hostigarla y amenazarla para obligarla a retirar la demanda.

Por tanto, las mismas autoridades son las responsables del incremento de la violencia de género. De esta forma el agresor se estimula ante la impunidad.

El único camino para cortar de raíz la impunidad es legislar para convertir en delito grave que amerite cárcel la actitud negligente u omisa de los funcionarios públicos, ya sean policías o personal de los ministerios públicos que no den curso a una demanda y convertirlos en cómplices cuando el delito de agresión que inicialmente fue denunciado desemboque en un feminicidio.

Incluso a mediano plazo se puede crear un sistema electrónico para presentación de denuncias, de modo que el control de la primera de ellas se almacene en un sistema central que cuide la identidad de la víctima y como siguiente paso pueda canalizar el expediente a la autoridad que por razones geográficas corresponda. De este modo, la vigilancia sobre la autoridad de “primera respuesta”, o de “proximidad”, a través de seguimiento del caso desde un sistema central, obligará al cumplimiento de los protocolos definidos por ley.

Incluso, con un sistema electrónico “amigable”, será posible que la víctima presente su denuncia de forma directa ante el sistema central. Además, de este modo la víctima tendría la opción de presentar quejas ante el sistema central si no recibe la asistencia o el trato justo.

Solo con controles se podrá combatir la impunidad.

¿A usted qué le parece?

La opinión emitida en este artículo es responsabilidad del autor y no necesariamente refleja la postura de Siete24.mx



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Análisis y Opinión

Pasión y fútbol

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fútbol

Por Ignacio Anaya Minjarez

Un análisis del deporte puede ayudar a ampliar el conocimiento que se tiene de un país. Poniendo un ejemplo, en la mayor parte de Latinoamérica existe una gran pasión por el fútbol. El sábado jugó la selección mexicana en uno de los partidos más esperados de la segunda jornada de la Copa Mundial de Catar 2022. El rival era nada más y nada menos que la selección de Argentina, un equipo obligado a la victoria tras su inesperada derrota contra Arabia Saudita. A pesar de ese resultado, el pronóstico no pintaba muy favorable para un equipo mexicano que llegó a este mundial con muchas dudas, provenientes de un previo desempeño mediocre… Y sucedió lo esperado, Argentina ganó el partido dos a cero.

Ante esto, están surgiendo las críticas, propias de todas las veces que termina eliminada de un mundial, hacia la selección nacional. Los principales receptores de estas son los jugadores y el director técnico. Se están señalando culpables por todos lados, con muy pocos exentos del mal desempeño futbolístico. No obstante, merecería la pena hacer una reflexión sobre este deporte dentro del país y preguntarse: ¿qué le sucede al fútbol en México?

Está claro que aquí hay una fuerte pasión. En todos los estados de la república la gente presenció el partido del sábado, muchos restaurantes se llenaron con playeras de la selección mexicana. A pesar del escepticismo rodante por la cabeza de varias y varios, existía la esperanza de conseguir una victoria que dejara afuera a Argentina del mundial, una manera de cobrarles Alemania 2006 y Sudáfrica 2010, más las copas América y confederaciones. Hay que ser honestos, no hay una verdadera rivalidad contra aquella selección, fue un invento de los medios y la misma afición mexicana. Para ganarle a un equipo de tan alto calibre, incluso después de su sorpresiva derrota, se necesita de calidad futbolística, elemento carente dentro del fútbol mexicano profesional, a excepción de unos cuantos destellos.

Énfasis en profesional, ya que, al ser un deporte de carácter popular en el país, hay una gran cantidad de aspirantes a convertirse en grandes futbolistas, quienes desafortunadamente nunca llegan a concretar su sueño. Tienen la misma pasión que los pequeños de Argentina y Brasil, sin embargo, en la mayoría de los casos carecen de los medios necesarios para llegar a ser jugadores profesionales. Las oportunidades no son las mismas para todos, las “palancas” y los compadrazgos juegan un papel importante al momento de decidir quién obtiene un lugar y quién no. Un fenómeno que cubre diversos aspectos de la vida en el país. ¿Esto implica la inexistencia de estos problemas en países como Brasil y Argentina? No, pero la manera en que afecta al fútbol mexicano merece de mayor preocupación para las y los aficionados.

Alrededor de este deporte hay un significante número de problemáticas. En los últimos años, debieron de levantarse sospechas, sobre la gestión y los proyectos futbolísticos, a partir de ciertos resultados como el 7-0 ante Chile y la pérdida de talento de la generación que ganó el Mundial sub-17 en el 2011. El desempeño de la selección nacional en este mundial debería prender alarmas, sobre todo porque el próximo se jugará en suelo mexicano, en conjunto con Estados Unidos y Canadá; mejores sedes para jugar el torneo más importante del mundo que la actual. Como anfitrión se espera una actuación decente, o al menos eso debería de exigirle la afición mexicana al equipo. Hacer que toda esa pasión por el deporte valga algo, si de verdad existe como lo afirman muchos.

Suena un tanto utópico, ciertamente, pensar en un cambio significativo dentro del fútbol en el país. Resulta difícil imaginar un panorama donde la pasión logré superar el negocio, donde las decisiones y los caprichos de unos pocos no afecten de manera negativa la calidad del juego, donde no se confunda espectáculo por nacionalismo, donde la burbuja de la CONCACAF no invente falsas realidades e ilusiones sobre la situación del fútbol mexicano.

Cabe mencionar una cosa, es cierto que, al final de cuentas, los jugadores y entrenadores saben más de la cancha que la afición. Tampoco se debe caer en el error, como le pasó al Saúl Álvarez, de saltar a conclusiones a partir de rumores, videos, controversias y farándula. Por otro lado, las y los aficionados no son ignorantes a los problemas que enfrenta el fútbol mexicano. El resultado de un partido depende de una gran variedad de factores, pero cuando el rendimiento empieza a volverse una constante, entonces los reclamos obtienen un poco más de validez. Idealmente, la calidad del deporte debería de ser proporcional a la supuesta pasión que existe en el país por él. Para muchas y muchos es un escapismo de la pesada realidad. El espectáculo pierde interés cuando se aleja de su propia esencia, no hay que olvidar eso.

@IgnacioMinj

La opinión emitida en este artículo es responsabilidad del autor y no necesariamente refleja la postura de Siete24.mx

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Análisis y Opinión

Oxímoron político

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En los análisis sobre la marcha organizada por el presidente López Obrador se ha repetido que la movilización popular siempre debe realizarse ‘contra’ el poder y no ‘desde’ el poder. Y, aunque, sin duda aquello es cierto, también hay que considerar que toda movilización requiere fuerza, una esencia magnética que convoque y haga cohesión en la diversidad natural de las personas. Toda manifestación multitudinaria tiene una especie de lazo invisible que no sólo congrega sino que se expresa en una voz, al unísono.

Esa fuerza suele ser la indignación, la rabia o el descontento, incluso hasta la costumbre; pero no siempre. En otras ocasiones, esa esencia adhesiva es un anhelo, una esperanza, una convicción o una fe. No hay que desdeñar que el júbilo y la alegría son factores de unión espontánea y explosiva, irrefrenables, indomables. Por el contrario, es sumamente difícil que la naturaleza cohesiva de la manifestación popular sea la instrucción, el edicto o el mandato.

Hay, por supuesto, otras formas para agrupar la pluralidad social que van desde la amenaza hasta la coacción; pero si su origen es justo el control de la libertad, su fruto no es sino la irritación que genera la reacción opuesta.

¿Qué fue lo que vimos el pasado domingo, durante la manifestación convocada por el presidente López Obrador? En realidad, parece que una mezcla de todo lo anterior: masiva por las muchas multitudes pero profundamente inconexa, desarticulada, desligada; no estuvo propiamente desorganizada pero la multi-administración de cuadrillas evidenció las inmensas distancias entre los espontáneos-convencidos y los conminados-conducidos.

Ni duda cabe que esta fue la más nutrida de todas las marchas lideradas por López Obrador y, también, la menos emocionante. Inmensa, sí, pero con un dejo de vacuidad. Una especie de oxímoron político: la cúspide más baja, el poder más debilitado, el reclamo más obediente, la ilusión más pragmática y el anhelo más utilitario. En fin, ha sido la más grande y, al mismo tiempo, la más inútil demostración de esa fuerza aglutinante.

Apuntó Oscar Wilde que “el drama de la vejez no consiste en ser viejo sino en haber sido joven”. Es decir, que la nostalgia suele ser una carga pesada y en ocasiones amarga; y debemos ser realistas, esa es la sensación que ha dejado la marcha organizada por López Obrador: su drama no fue ni la cantidad de asistentes ni la capacidad organizadora de las instituciones del poder; su drama es que, alguna vez, en el pasado, aquella fuerza que estremeció y estimuló a millones de mexicanos los hizo verdaderamente vibrar, rugir de pasión, con aquel “los quiero, desaforadamente” o “al diablo con sus instituciones”.

El drama es que, el movimiento -en su juventud- marchaba para reclamar palmo a palmo su derecho legítimo a vivir en una sociedad que le excluía sistemáticamente desde el empíreo del poder; marchaba para cuestionar aquellas políticas económicas que no hacían sino privilegiar a los poderosos, ahondar la desigualdad social y despreciar a la clase trabajadora; marchaba porque las cúpulas sonreían y brindaban indolentes en ebúrneos palacios mientras el pueblo, sometido, tenía que soportar precariedad laboral, el prejuicio clasista, la intimidación militar, el desprecio racista, el silenciamiento y la pobreza impuesta.

Es cierto que la sola persona del presidente conserva una fuerza de convocatoria y adhesión inigualable en el contexto político; lo sabemos de hace tiempo: él es el símbolo de un sentimiento complejo, difícil de explicar pero verdaderamente auténtico en buena parte del pueblo mexicano.

Y, sin embargo, ese signo de unidad, como representante del encono popular frente a la opresión y el abuso de los poderes fácticos o institucionales, cada vez más representa apenas una efímera composición de memorias desarticuladas. Un recuerdo que se torna nostálgico cuando se clausura la más grande de sus marchas ‘populares’ con un apretón de manos a los poderosos gobernadores, a los privilegiados legisladores, a los acomodados empresarios, a los favorecidos militares; en fin, brindando y sonriendo con la afortunada cúpula de sus incondicionales.

En la reflexión que hice hace días sobre la marcha ‘El INE no se toca’ publicada aquí mismo, destaqué la terrible omisión (y hasta desprecio) que hicieron organizadores y participantes a la idea de ‘pueblo’. No sólo no lo pronunció Woldenberg en su discurso, algunos manifestantes llevaron incluso pancartas que decían: “Somos ciudadanos, no somos pueblo”. Se trata de personas víctimas de una ceguera clasista y una torcida visión de sí mismos, de un wannabinismo fársico que les impide ver la realidad.

Por el contrario, como ha demostrado López Obrador todos estos años, su palabra favorita es ‘pueblo’. Fue la palabra más repetida en su discurso de hora y media porque sin duda apela constantemente a esa imagen y a ese sentimiento; y, sin embargo, corre el riesgo de prostituirlo, de diluirlo, de reducirlo al absurdo.

La marcha de López Obrador fue una marcha de signos y símbolos pero adoleció de sentido; fue una marcha circular entorno a una persona, no en pos de un horizonte; fue un embudo que se estrechó hasta asfixiarse pero, sobre todo, fue la conservación de la transformación, la institucionalización de la revolución, la impertérrita movilización, el poder sometido al poder.

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

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