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Análisis y Opinión

Benedicto XVI, la silente revolución

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Todo lo que pueda decirse del papa emérito Benedicto XVI en estos días es en verdad poco en comparación con la larga y fecunda vida que el erudito teólogo y guía de la Iglesia católica contemporánea ha dejado para la reflexión. No es una exageración afirmar que con la muerte de Joseph Ratzinger concluye toda una era del catolicismo. Una era que el propio pontífice alemán intuyó, reconoció y supo transformar a través de una silenciosa y no siempre comprendida revolución.

Desde muy joven, durante su participación en el Concilio Vaticano II -la gran reforma de la Iglesia católica- Joseph Ratzinger intuyó que el ciclo de una institución religiosa privilegiada tanto por las dinámicas políticas como las económicas comenzaba a desgastarse ante una nueva fascinación global por los cambios, las transformaciones y el pensamiento revolucionario. La Iglesia católica, representación de un pilar constitutivo e inamovible de las diferentes potencias occidentales, había quedado terriblemente resquebrajada especialmente tras los horrores de la Segunda Guerra Mundial y el surgimiento de nuevas fuentes de poder como los medios de comunicación.

Ratzinger abrevó de todos los desafíos reflexionados en el máximo encuentro pastoral y teológico del siglo XX y se formó una mirada sobre la Iglesia católica contemporánea que conciliaba la reforma litúrgica, los movimientos bíblicos, la nueva conciencia del ecumenismo y la actualización del mensaje cristiano en los perfiles de la historia.

Con la llegada al trono de san Pedro del polaco Juan Pablo II y la posibilidad de construir una narrativa coherente y consistente en un largo y fecundo pontificado, el profesor cardenal arzobispo Ratzinger participó transversalmente en el andamiaje teológico de la Iglesia postconciliar mientras el Papa se ganaba el corazón de los fieles con una presencia permanente en los espacios de los nuevos ágoras y plazas de la vida pública.

Fue casi natural que, al final de la vida de san Juan Pablo II, Ratzinger tomara las riendas de la Iglesia que ayudó a forjar con discreto servicio desde las estructuras de la Santa Sede durante décadas.

Benedicto XVI inició el siglo XXI para la Iglesia católica casi como un corolario de todo lo trabajado por su antecesor: no sólo garantizó la inmediata canonización de Wojtyla sino que su programa eclesiástico quiso zanjar definitivamente los temas difíciles que el siglo XX había impedido: la reunificación de las diversas familias de credo cristiano, la defensa de la identidad cristiana en Europa por encima del secularismo, el redescubrimiento del mensaje cristiano en los pueblos que comenzaban a olvidar su primera evangelización y, por supuesto lo más importante: el sentar en la mesa de la reflexión y el pensamiento modernos el rico e inmenso bagaje de pensamiento cristiano por medio de preguntas y respuestas de profundidad antropológica, filosófica y gnoseológica que ni las ideologías actuales ni las nuevas formas de vida social toman en cuenta.

Si se pudiese resumir en una frase la aportación que Benedicto XVI ha hecho al mundo y a su historia es justo la actualización del diálogo entre la fe y la razón; la inmarcesible búsqueda de sentido real y trascendente de la humanidad en los albores del tercer milenio. Y el pontífice lo realizó de dos maneras radicales, anticlimáticas para nuestros vertiginosos tiempos: la exuberante producción intelectual (son esenciales para comprender a Benedicto XVI sus tres encíclicas pontificias y los tres tomos de su personal cristología en Jesús de Nazaret) y el oportuno retiro personal al silencio, al recogimiento y a la oración que consolidó con su renuncia a las gestiones pontificias en 2013.

Benedicto XVI confirmó que hay una manera de hacer una revolución desde el silencio: con la lectura, la escritura, la oración y el apartamiento en soledad. Tanto su producción intelectual, antagónica al sinsentido posmoderno actual, como los efectos de su histórico gesto de dar un paso al costado en uno de los últimos reductos del imperialismo simbólico aún tendrán diversos impactos en la vida de la Iglesia católica y en el pensamiento contemporáneo.

Por lo pronto, los funerales que se estarán celebrando este 5 de enero en Roma sin duda ya manifiestan las consecuencias de su vida, obra y decisiones: la masiva asistencia de fieles y personajes públicos a la misa exequial del Papa emérito no es por su presencia mediática, por su poder actual ni por su posición de privilegio o relevancia política contemporánea sino en reconocimiento del humilde trabajador cuyas palabras, de fe y razón, han aportado tanto a la humanidad.

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe



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Análisis y Opinión

Periodismo: bienes, riquezas y funciones

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En algo tiene razón, el tema es sumamente interesante y obliga a la reflexión. Aunque quisiera partir del inicio: el periodismo es una auténtica vocación que trasciende al oficio y a la profesión; es una inclinación singularísima a sufrir y gozar de la historia y los cambios de la vida cotidiana con el propósito de crear diálogo y construir sociedad respecto a lo que concierne al bien común.

Es ciertamente un oficio porque el periodismo tiene una cualidad artesanal, personal, no mecanizable; que nace del encuentro y del contacto con las tensiones humanas desveladas y cuestionadas por alguien que, a fuerza de ensayo y error, exhibe un imperfecto relato de sucesos al prójimo; pero es algo más.

También es una profesión no sólo porque requiere estudios formales o porque nuestra cada vez más compleja sociedad precise de mayores conocimientos especializados, sino porque es una labor que esencialmente capitaliza el conocimiento. Aún mejor: es una profesión cuya principal riqueza son las inquietudes correctas del conocimiento, las preguntas precisas del ingenio y la mirada instruida sobre el contexto. Y aún así, es algo más.

El periodismo es una pasión que puede ejercerse en la supina pobreza o en la mayor holgura pero que es imposible desempeñar desde un poder que no sea el de la demanda. ‘Demanda’ es para el periodismo –en contraste con la rigidez del derecho– una palabra compleja y llena de matices: va desde la gentil interrogación o el cordial cuestionamiento hasta el indignado requerimiento y el mordaz reclamo; pasando, eso sí, por la eficiente, neutral e imparcial solicitud o consulta.

No hay periodista, por tanto, que conserve su credibilidad intacta cuando es arropado por oscuros e inconfesables mantos de privilegios a cambio de favores o servicios en contra de esa auténtica demanda. Es verdad que, incluso mintiendo descaradamente, tanto los medios como los periodistas vendidos a la comodidad y los privilegios pueden conservar sus prestigios y respectivos negocios, pero quedará mancillada irremediablemente la confianza que alguna vez recibieron.

Ahora pasemos a lo que se ha mencionado esta semana: “Los periodistas hacen una función pública”. Sí, indudablemente; sin embargo, hay que distinguir: su labor cumple con diferentes funciones para el diálogo social y la búsqueda del bien común, pero no son subordinados del poder o funcionarios públicos. De hecho, si lo fueran, dejarían de ser auténticos periodistas; podrían ser publirrelacionistas, consultores, vendedores de contenidos, voceros o coordinadores de falanges informativas, pero no periodistas.

Ya lo dijo Kapuscinski: “El verdadero periodismo es intencional. Se fija un objetivo e intenta provocar algún tipo de cambio. El deber de un periodista es informar, informar de manera que ayude a la humanidad y no fomentando el odio o la arrogancia. La noticia debe servir para aumentar el conocimiento del otro, el respeto del otro”. Entonces ¿puede haber ‘verdadero periodismo’ si su intención es servir al poder establecido –o peor, al empíreo de la inmunidad– en lugar de promover los cambios que realmente ayuden al resto de la sociedad?

Segundo, el tema de las concesiones públicas y su usufructo. El tema es por demás espinoso pero requiere una reflexión urgente. En efecto, la nación es propietaria del espacio radioeléctrico donde se transmiten infinidad de contenidos; las empresas privadas gestionan concesiones que el gobierno otorga para el usufructo del mismo espacio y, entre sus contenidos, usualmente se producen informativos con trabajo de periodistas.

Si bien estos periodistas son empleados de particulares, su trabajo está sujeto al bien social más que al bien privado (o al menos debería estarlo) y; de hecho, las autoridades de la nación deberían tomar con mayor seriedad el cuidado de los periodistas para que no se reduzcan a legitimadores de los intereses patronales. Y, al mismo tiempo, los periodistas deben ser intensamente protegidos por sus empleadores pues, sin su apoyo, es fácil que queden a merced de otros poderes (incluso ilícitos o fácticos) que no sólo terminan pervirtiendo la libertad de expresión sino que ponen en jaque las condiciones que toda libre empresa debe tener garantizadas.

Además, que la propiedad de los espacios intangibles de difusión esté en manos de la nación no significa que puedan ser administrados utilitaria o unilateralmente por cualquier gobierno en turno (por más legítimo que este sea); porque la propiedad no es coyuntural ni restrictiva al mandato vigente. El espacio pertenece al pueblo, en el ahora y en el futuro, bajo éste y bajo cualquier otro gobierno, aun cuando ni siquiera aspire a ser democrático.

Hubo una última inquietud planteada: ¿Con qué autoridad ética o moral los periodistas pueden sentar a la silla de los acusados a funcionarios, poderosos y personajes públicos? La respuesta es simple: Con ninguna que provenga del poder o del privilegio. La única autoridad que otorga verdadera fuerza ética y moral a los periodistas para interrogar y juzgar proviene de la debilidad. De la debilidad de sus pueblos, del silencio de los acallados, de la invisibilidad de los excluidos y del dolor de los descartados. El poder del periodismo no se encuentra sólo en el servicio, sino en el servicio a los necesitados; y la auténtica libertad de esta vocación sólo puede ser garantizada por usted y muchos otros que nos apoyan leyéndonos, escuchándonos y compartiéndonos.

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

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Análisis y Opinión

Desmantelar la psicosis bélica

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Como cada 24 de enero desde 1967, el Papa de la Iglesia católica envía a comunicadores y periodistas un mensaje para reflexionar los desafíos en torno a la labor informativa, formativa y de divulgación tanto del conocimiento como de los acontecimientos en los más diversos medios de comunicación; también es una oportunidad para analizar el impacto de los avances tecnológicos informáticos y la manera en cómo estos se insertan en la cotidianidad social y en la psique humana.

Este 2023, el papa Francisco cierra un ciclo comenzado en 2021 con una ruta de reflexión sobre lo que para el pontífice es indispensable y positivo en la comunicación contemporánea: “Ir, ver y escuchar para después hablar”. Sus tres últimos mensajes han seguido esta lógica y todo conduce al mismo anhelo.

En síntesis, para comunicar correctamente, con veracidad y justicia, es obligatorio acudir directamente a encontrar las historias, no hay que ceder a la tentación de dejarnos informar por comunicadores que no se atreven a “ir a donde está la gente”. Dijo el Papa en 2021: “El periodismo, como relato de la realidad, requiere la capacidad de ir allá donde nadie va”. Segundo, es necesario que el comunicador vuelva a convencerse de que “nada reemplaza el hecho de ver en persona” porque además “existe el riesgo de contar las crisis, sólo desde los ojos del mundo más rico”. Tercero, es preciso escuchar con paciencia, humildad y confianza porque “el negarse a escuchar termina a menudo por convertirse en agresividad hacia el otro”.

Finalmente, este 2023 Francisco concluye su itinerario reflexivo sobre el producto final de la comunicación: lo que se dice, lo que se publica, lo que llega a los destinatarios y audiencias. El Papa afirma que una mejor comunicación debe reflejar un “habla cordial”, debe promover un lenguaje de paz y sobre todo “desmantelar la psicosis bélica que se anida en nuestros corazones”.

Hoy en día, prácticamente nadie puede abstraerse del inmenso grado de maledicencia burda y gratuita en medios informativos y comunicadores. Pareciera que un requisito contemporáneo para ‘figurar’ en el espacio público debe ir acompañado de insultos, agresiones, calumnias, difamaciones y demás verborrea nociva.

Hablar irreflexivamente, tanto con el intelecto como el alma desconectados de la boca, no sólo no ayuda a entender los problemas que a todos nos afectan sino que tampoco tiene capacidad de ofrecer alguna vía de resolución de los mismos.

Hay que decirlo con crudeza: Detrás de cada comunicación agresiva hay una realidad que se oculta perniciosamente. Mientras los políticos, comunicadores o usufructuarios de los medios enardecen sus insultos en los espacios públicos; distintas víctimas de pobreza, exclusión, descarte y marginación permanecen ocultas, ignoradas, invisibles y desatendidas.

A eso le llama Francisco ‘psicosis bélica’; a la fascinación por el conflicto y la guerra incluso en espacios que no tienen que ver con lo político sino con lo humanitario, lo social y hasta lo sanitario. En otra oportunidad señalé lo pernicioso de que la comunicación de la pandemia de COVID-19 se hiciera con términos militares como “combate”, “lucha” o “enemigo”, que una de las acciones más humanitarias de nuestra especie, la atención médica, se comparara con “un frente de guerra” o una “línea de combate”; incluso que la indispensable cooperación global con las vacunas ante el desafío pandémico se entendiera en una lógica geopolítica de estrategia territorial y, para los conspiracionistas, en código de conquista.

En efecto, la agresividad comunicativa nos ha alcanzado y bajo su irracionalidad sepulta las verdaderas emergencias humanas. Por otro lado, las grandes crisis sociopolíticas contemporáneas (fruto de reacciones antidemocráticas e ideologización de la vida cotidiana) orillan a que los gobiernos -de los más disímbolos signos- recurran con mayor facilidad a las fuerzas armadas, a la militarización, a la vigilancia marcial, al patrocinio de mercenarios y paramilitares, a la compra de armas y a la erradicación de la disidencia mediante la violencia. Nada de esto es positivo para el bien común, la justicia o la dignidad de las personas o los pueblos. Bien ha dicho Bergoglio: “Vivimos una hora oscura en la que la humanidad teme una escalada bélica que se ha de frenar cuanto antes, también a nivel comunicativo”.

Le propongo finalmente algo: Elija con libertad a un personaje público y reflexione sobre si su discurso contiene agresividad. Ahora imagine, si su personaje fuera buena persona, ¿qué estaría realmente haciendo en lugar de evidenciar su psicosis conflictiva?

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

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