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Análisis y Opinión

Contra un oscuro pensamiento presidencial

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Primero, sólo un canalla podría mofarse de una expresión tan transparente y hasta cándida como la que dijo el presidente López Obrador sobre su deseo de traspasar la historia de México como un parteaguas refundacional. Al menos en ello ha sido constante y en su mente el país que él lidera no puede parecerse al país previo a su regencia. Para él y quizá para muchos mexicanos aún, la ‘transformación’ no es un eslogan, es un imperativo.

Y, si el anhelo de transformación es respetable, la ejecución de la misma al frente de la administración federal es debatible. Además, no sólo es válido cuestionar la eficiencia y la calidad moral de los funcionarios públicos, es indispensable. Así se ha hecho en el pasado con otros mandatarios y la democracia participativa exige que se continúe haciendo ahora y en el futuro.

Por ello, parece que hay un cambio sustancial en el tradicional fraseo utilizado por López Obrador que lo conecta -al menos semióticamente- con sus antecesores. En 2018, esta misma frase era usada en positivo: “Quiero ser de los mejores presidentes de la historia de México”; ahora, la expresión parece tener menos bríos: “No quiero pasar a la historia como un presidente mediocre”.

Parece insignificante el cambio, pero en política, como diría Jesús Reyes-Heroles, “la forma es fondo”; porque si entre la expectativa y el denuedo vive el esfuerzo; entre el anhelo y la angustia acecha la incertidumbre. La segunda expresión de López Obrador tiene entre cada palabra un pequeño gramo de temor ante la posibilidad de fallar. Fallar, no por no haberlo intentado, sino por quedar a mitad del camino. Ese oscuro pensamiento ha cruzado por la cabeza del presidente y no es cosa menor.

‘Mediocre’ es una palabra dura y cruel; pero su etimología es más benevolente. Algunos filólogos con alma de poetas afirman que procede de las raíces griegas ‘mesos’ y ‘ocris’. La primera se refiere a la ‘mitad’ y la segunda es un arcaísmo con el que se describiría una montaña escarpada y de difícil acceso a su cumbre. Mediocre, por tanto, sería el que intenta vencer la cima pero se queda a la mitad. La intención original se diluye y la desconfianza opaca el anhelo. La mediocridad, por tanto, habita en ese indefinible estado de insatisfacción e incertidumbre. En el camino cambia el peso de la luz, pasa de brillante y donairosa, a melancólica y nebulosa; el miedo transforma el anhelo en ilusión y la esperanza en desvarío. Incertidumbre e insatisfacción son oscuras fuerzas que pueden ensombrecer los más nobles y puros anhelos; pueden cambiar la reciedumbre por resistencia; y, lo peor: confundir la meta por destino. En todo caso, el temor a ser calificado por la historia es una pesada lápida de supuestos que impide caminar y es un problema serio cuando la vida gira alrededor de ese obsesivo y oscuro pensamiento. Lo explicó así Julio Torri en ‘Xenias’ sobre cierto sujeto que escribía obstinadamente con un sólo objetivo en mente: “Cuando muera -decía- se dirá que fui un genio, que puede escribir sobre todas las cosas. Se me citará como a Goethe mismo, a propósito de todos los asuntos”. Torri remata la fábula: “Sin embargo, en sus funerales -que no fueron por cierto un brillante éxito social- nadie lo comparó con Goethe. Hay además en su epitafio dos faltas de ortografía”.

¿Cómo nos habrá de tratar la historia? No lo sabemos pero es una cruel pregunta para nuestra efímera y débil condición humana. Aquello es tristemente incontrolable. Lo que sí está en nuestras manos, si acaso, es lo que el poeta intuye en aquel verso: “Se hace camino al andar”. No hay otra respuesta frente a la montaña escarpada: andar, hasta donde humanamente se pueda.

Despreocupémonos del destino, esforcémonos por llegar a cada meta y dejemos que la historia juzgue si lo realizado fue o no extraordinario.

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe



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Análisis y Opinión

Tres muertes ante Dios

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Hincado de cara al templo de ‘Nuestro Padre el Señor de los Trabajos’, abatido ante una jardinera de cantera, con su frente postrada sobre la piedra y sus manos secas y rígidas cuyo último esfuerzo fue una plegaria; así murió de hambre ‘El abuelo’, un indigente de 65 años, el pasado 17 de mayo en la capital de Puebla.

La gente del lugar reconocía al hombre, lo veían día tras día mendigar mendrugos de pan sobre la calle Norte 11, dormir sobre cartones bajo el frondoso jardín y rezar ante la efigie de la Alegoría de la Fe.

Resulta difícil no coincidir con quienes afirman que el anciano murió por la indiferencia y el egoísmo del prójimo; pero no fue la única escena estremecedora que trajo la semana: Un niño, huyendo de las ráfagas de bala, suelta las flores que vendía frente al templo de ‘Nuestra Señora de Guadalupe’ en Fresnillo, Zacatecas; algunos proyectiles lo alcanzaron y le dan muerte; en la tibia noche, los únicos testigos de piedra son la estatua del indio Juan Diego y las rosas que, como el niño, el santo deja caer sus brazos.

Las autoridades afirmaron que el jueves 19 un comando armado perseguía a un sujeto que buscó refugio tras el portón de la moderna iglesia de la avenida Plateros, los sicarios dispararon sin importarles la vida del inocente niño vendedor de flores.

“Un niño inocente, traspasado como criminal y muerto por las balas como un delincuente. Un templo sagrado que fue testigo de la tragedia y el horror. Un pueblo que sólo permanece impactado y sin palabras porque no encuentra ningún tipo de ayuda… estamos consternados e indignados”, me escribió el obispo de Zacatecas, Sigifredo Noriega, al día siguiente del crimen.

La mañana anterior, tuve oportunidad de charlar en la sacristía de la Catedral de Toluca con el arzobispo de Tijuana, Francisco Moreno Barrón, me acerqué a darle el pésame por uno de sus curas, asesinado el fin de semana anterior. Moreno aseguró que las autoridades ministeriales le entregarían ese mismo día el cadáver del sacerdote José Guadalupe Rivas Saldaña, director de la Casa de Migrantes de Tecate, quien fuera brutalmente ultimado junto a otra persona el fin de semana pasado.

En sólo una semana, las muertes de dos inocentes al pie de recintos sagrados y un tercer crimen contra un agente religioso promotor de la acción social revelan parte de un rostro de la cruda realidad que experimenta el país. La inseguridad y la carestía asfixian hasta la muerte a no pocos mexicanos y, para desgracia, quienes dan un paso al frente para auxiliar las fronteras más dolorosas de la realidad, también resultan ultimados cuando no intimidados o despreciados por sus convicciones religiosas que sustentan su humanitarismo.

No son sólo estos casos; prácticamente no hay rincón en el país donde no se vean ejemplos del desmoronamiento del tejido social y comunitario. Hay problemas evidentes de violencia e inseguridad; y, por si fuera poco, la intensa polarización ideológica pseudo-política desvía la mirada de la profunda y sistemática indiferencia ante la ingente cantidad de descartados, precarizados, despreciados, víctimas y damnificados de un modelo social que no coloca como referente la dignidad humana.

Ante estas muertes, ¿no parecen absurdamente ociosos los conflictos partidistas, las confrontaciones ideológicas de azules y guindas, de chairos y fifís, de progres y fachos? ¿No acaso esa misma polarización tiende a enaltecer a los necios que apuestan por la ‘radicalidad’ subversiva como única vía de cambio? ¿No acaso sólo los desesperados propondrían violar los márgenes de la ley para ‘acabar con sus enemigos’, con ‘el mal’, con ‘los otros’?

El radicalismo y la polarización ni siquiera se cuestionan sobre los actos moralmente válidos que se deben emprender para enfrentar el crimen y la descomposición social; los polarizados prefieren nombrar culpables de aquellas tres muertes en lugar de mirar hacia el bien y la justicia.

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

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Análisis y Opinión

Expertos hacen llamado a México para regular alternativas

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El dicho “no hay peor sordo que el que no quiere oír” es aplicado por el Gobierno federal al aferrarse a prohibir las alternativas al cigarro, pese a que hay cientos de voces que claman por una regulación de estos productos.

Entre las voces que piden un verdadero trabajo legislativo están las de científicos, autoridades de salud y expertos quienes participaron en la Cumbre de cigarros electrónicos: Ciencia, Regulación y Salud Pública, que se llevó a cabo en Washington, Estados Unidos.

El mensaje es claro, en México hay un vacío legal que se intenta llenar con leyes prohibicionistas que permiten que el mercado ilícito crezca con productos de mala calidad, sin entender que regular ayuda a que los fumadores adultos accedan a alternativas que disminuyen su exposición a sustancias peligrosas para su salud y minimiza que los no fumadores y jóvenes comiencen a usarlos.

México debe comenzar a escuchar las voces de los expertos en el tema sobre los beneficios que podrían traer en la reducción de daños por el tabaco en el país.

Por Gerardo Rivadeneyra

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