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Análisis y Opinión

Discurso para un entremés sexenal

Felipe Monroy

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¿Por qué la comunicación de López Obrador parece cada vez menos eficiente? ¿Qué ha pasado con ese orador absoluto que motivaba, cautivaba y convencía a millones de mexicanos desde el podio? A dos años de su triunfo electoral, el presidente ofreció nuevamente un informe sobre el estado de la administración federal en lo que ha denominado Cuarta Transformación de la vida pública de México, y vale la pena analizar lo que sucede en materia comunicativa presidencial.

Debido a la pandemia y a la incertidumbre, el mensaje de este primero de julio sufrió obvias limitantes: El escenario, aunque simbólico, resultó más sombrío que solemne; en el proscenio, una inquietante silla vacía sin propósito tensaba la atención al orador; y el público (Beatriz Gutiérrez más un puñado de miembros del gabinete), apenas se hizo notar por sus aplausos de reciedumbre. Lejos del pueblo y de la base social que lo llevó al poder, López Obrador sólo tenía su discurso para brillar.

Y, sin embargo, nada destacó en la base del discurso. El presidente se mantiene en sus trece respecto a su mensaje. El texto es idéntico en estructura a los ofrecidos los últimos cinco primeros de julio y diciembre. Todos están construidos de la siguiente manera: 1. La identidad de la 4T; 2. Los nobles principios que le caracterizan; 3. Los logros y avances de la administración; 4. La naturaleza y resistencia de los adversarios; y 5. El legado histórico al que se aspira.

No es una mala estructura; de hecho, guarda una cualidad pedagógica eficiente. Pero algo sucede con estos mensajes (que en realidad son muy altas oportunidades de comunicación por su expectativa): cada vez se asemejan más a un inocuo ruido de fondo, un sonsonete prescindible cuyo sentido se ha diluido. ¿Por qué?

Hay un riesgo en este tipo de discursos, suelen provocar vacío en el oyente honesto, en el ciudadano que dispone su atención sin fanatismo ni prejuicio. Es un hecho que al partidario no le interesa el contenido del mensaje sino la forma y la retórica de la victoria; mientras, el malqueriente sólo espera con malsana fruición las fallas y las ofensas para señalarlas. Pero ¿qué hay para esa franja ciudadana que escucha con criterio y expectativa razonables? ¿Cómo volver a ganar su interés?

Para muchos, el modelo de comunicación presidencial de López Obrador está ya agotado debido a la permanente y extensa conferencia matutina junto a los profusos y reiterados informes a la nación. La identidad de la 4T requiere más hechos que palabras; sus principios exigen ejemplos y no sólo promesas; los mencionados avances esperan el imprescindible contraste periodístico; los adversarios evidencian sus credenciales por sí mismos; y corresponderá a la historia juzgar si esta administración deja o no buen legado.

Sin embargo, hay una explicación más simple: el mensaje presidencial ya no interpela ni a la imaginación ni a la expectativa de las audiencias. Los ciudadanos, ávidos de teorizar, interpretar y participar activamente en la comunicación (los llamados ‘prosumidores’, productores y consumidores de información), no reciben estímulo alguno para construirse narrativas sociales futuras, para animarse a la esperanza o para sentirse partícipes de una ilusión.

En el pasado, el discurso lopezobradorista conseguía esa esperanza: motivaba narrativas en millones de mexicanos que eran capaces de imaginarse en escenarios distintos a la podredumbre política imperante; detonaba en la mente de los ciudadanos la idea de su papel crucial en la urgente necesidad de un cambio radical; despertaba en ellos la necesaria confianza para depositar en él la misión de acabar con la corrupción que mantenía sumida en la pobreza y la violencia a toda una nación.

El futuro, no obstante, será de quien hoy siembre en las historias personales de los ciudadanos, una narrativa que le conmueva o apasione hasta la diligencia participativa. Por desgracia, el discurso presidencial parece ahora apelar a la pasividad, a la paciencia del respetable; más que partícipe, el ciudadano se reduce a espectador de conferencias y mensajes.

Si se pone atención, López Obrador colocó en posiciones equidistantes (justo antes y después de enumerar los avances de su administración) dos ideas aparentemente distintas pero que cumplen un mismo propósito: “Nunca, en más de un siglo, se ha insultado tanto a un presidente de la República…” y “sostengo que para el 1° de diciembre de este año estarán ya establecidas las bases de la nueva forma de hacer política”. En concreto, dice que, a pesar de las resistencias, buscará cincelar su oportunidad histórica. Es un bello pensamiento dicho en voz alta, pero nada más.

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe



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Análisis y Opinión

La armadura vacía de un gobierno que se cansó de soñar

Felipe Monroy

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Entre algunos dones, es claro que el presidente López Obrador siempre ha guardado cualidades de idealismo. Quizá algunos no coincidan con su perspectiva, pero sería necio negar su empecinado sueño. A dos años de ejercer el gobierno de la República, sin embargo, parece haber signos de que su ilusión se agotó, que ha caído en el cieno del pragmatismo y que la ‘constitución moral’, la ‘cartilla moral’ o la ‘guía ética’ son apenas la cascarilla de una semilla que renunció a germinar.

El sueño siempre tuvo un protagonista, el pueblo; y un horizonte, su liberación. La andadura política del hoy presidente de la República comenzó justo en lo que ahora desprecia, cuestiona, regatea y sospecha: la oposición. La extraña e indomable actitud del ciudadano inconforme, de aquel que se manifiesta, el que exige respuestas, el que reclama derechos, el que visibiliza la injusticia, del que clama desde la angustia por su bienestar y futuro.

La elección de López Obrador, su rotundo y aún interpelante triunfo en las boletas, fue la expresión más radical del hartazgo de un pueblo que llevaba décadas sin ver reflejada su esencia en el poder político. No lo intuyeron entonces los analistas que no distinguían esta categoría entre los candidatos y hoy el propio Andrés Manuel parece no reconocerlo, aunque literalmente se le ponga enfrente.

Apenas dos hechos sintetizan esta hipótesis. La primera sucedió en Mexicali, con la imagen de una anciana que se refleja en la ventanilla de la camioneta detrás de la cual el presidente le extiende una mirada que rezuma entre compasión y desdén. Según el propio fotógrafo, Víctor Medina, López Obrador quería establecer contacto con la gente pero que la situación de pandemia se lo impide. El presidente lo confirmó en la conferencia mañanera del 2 de diciembre, prefiere la distancia a usar cubrebocas. Así que, a esta mujer, le mostró distancia.

El segundo evento también sucedió en Baja California, pero en las playas de Rosarito. La joven Irais García se manifestó ante la caravana presidencial para obtener una respuesta ante la carencia de medicamentos para cáncer. La chica se colocó frente a la camioneta para detener el convoy e incluso cacheteó a un hombre de logística con tal de hacerle ver a López Obrador su reclamo. El presidente, nuevamente en conferencia, felicitó al estoico servidor que no respondió a la bofetada y prácticamente desdeñó el clamor de la joven por que creció -y se politizó- bajo un gobierno panista.

López Obrador parece ya no mirarse a sí mismo cuando contempla al pueblo; ni aquel que clama compasión ni el que reclama justicia. Sus palabras, aunque llenas de valores de un cristianismo laicizado, son armaduras vacías de un idealista que se cansó de soñar.

Quizá se le pueda conceder su perspectiva de atender la acción social como empresa espiritual para un país cuyos márgenes de valor y moral han cambiado radicalmente en los últimos treinta años y cuyo horizonte está dominado por el enemigo invisible; pero esa mística no es parecida a aquella liberadora planteada por José Vasconcelos porque, el filósofo contemplaba la riqueza de la derrota mientras Andrés Manuel parece haberla olvidado.

Dejemos que el propio Vasconcelos nos explique esta dura lección de congruencia en su libro ‘La Flama: Los de arriba en la revolución, historia y tragedia’: “Narrar la inquietud es ya una manera de combatirla. Soltaste Señor, mi lengua, en airado clamor de redención. Antes que yo, profetas tuyos más dignos fallaron también en el empeño inútil de restaurar la justicia. Esto sigue siendo el destino: relámpago fugaz y en seguida la soledad y el pavor de la tiniebla”.

Ojalá aún nos quede algo para contemplar de los últimos fulgores de un relámpago que brilló -y brilló en serio- hace dos años.

LEE Y hubo templos sobre el llano

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

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Análisis y Opinión

Hacer lo correcto de manera correcta

Gerardo Medina Romero

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El Mundo Interno de las Organizaciones

Sentimos incertidumbre con relación a lo que vendrá para el 2021. Para muchos, puede ser el posible y añorado regreso a la normalidad; para otros, una nueva normalidad ajustada y para algunos más, una realidad nueva y muy distinta. ¿Qué pasará cuando la mayoría de la población se haya vacunado? ¿Dejaremos de utilizar cubrebocas? ¿Regresaremos a nuestros lugares de trabajo? ¿Volveremos a tener interacciones con nuestros compañeros? ¿Otra vez a las reuniones de trabajo en salas de juntas?

Sin duda muchas preguntas así como posibles respuestas. Cada empresa ha vislumbrado al menos un par de escenarios para ello. En algunas, estos escenarios han sido compartidos con los colaboradores y en otras no; sin embargo, en ambos casos la incertidumbre sigue siendo el factor común ya que, por más que se diga lo contrario, todos sabemos que lo que hoy estamos viviendo es realmente un modelo temporal y que el definitivo se adoptará en cada empresa una vez que la población se haya vacunado y la pandemia se convierta finalmente en endemia.

¿Qué nos toca hacer ante esta situación? En mi opinión, así como las empresas deben planear cómo será su realidad una vez completada la etapa de vacunación mundial, cada uno de nosotros debe planear cómo será nuestra realidad laboral particular, específicamente en la manera en que tendremos que desempeñar nuestra función al interior de nuestra organización.

Por un momento, tratemos de olvidar lo que hacemos y cómo lo hacemos. Pensemos nuevamente el “para qué” lo hacemos y lo que la organización realmente debería recibir de nuestra función en particular. Es a partir de recordar el objetivo de nuestro rol (o, en algunos casos, de tenerlo claro por primera vez), de donde deberemos partir para redefinir lo que debemos hacer y cómo hacerlo en la nueva realidad, aprovechando al máximo los recursos que estarán disponibles.

Hoy más que nunca tenemos que buscar ser efectivos y eficientes en nuestra función.

Ser efectivos significa hacer lo correcto y dejar de hacer todo lo que no contribuye realmente al cumplimiento de nuestras responsabilidades. Quizá cuando llegamos a la organización o al puesto que hoy desempeñamos comenzamos a hacer cosas que nuestro antecesor hacía sin cuestionarnos si realmente aportaban y eran necesarias. Quizá otras más las hicimos porque algún jefe nos lo pidió, pero en realidad no tenían una razón de ser; muchas otras tal vez las incorporamos como parte de nuestro proceso de madurez individual y las mantuvimos simplemente por inercia. Cualquiera que haya sido la razón, seguramente encontraremos cosas que hoy hacemos y que en realidad deberíamos dejar de hacer con el fin de ser realmente efectivos.

Una vez que definimos lo correcto, viene el momento de analizar si lo estamos haciendo correctamente. Ser eficientes significa optimizar al máximo los recursos utilizados para hacer el trabajo; es decir, con el menor nivel de desperdicio de recursos posible. Si una cosa nos ha dejado claro el modelo de trabajo virtual que hemos adoptado en la gran mayoría de las empresas para sobrellevar la pandemia, es la gran cantidad de recursos que se desperdiciaba anteriormente para hacer el trabajo: tiempo, dinero y esfuerzo. Pues bien, a nivel individual debemos hacer ese análisis para encontrar la manera más eficiente de hacer nuestro trabajo y cumplir con nuestras responsabilidades. Evaluar en dónde cometemos más equivocaciones e implementar acciones para corregir esto, identificar redundancia de esfuerzos y crear formas de optimizar al máximo los recursos que utilizamos.

Haciendo lo correcto y de manera correcta, es decir, siendo efectivos y eficientes en nuestra responsabilidad individual, podremos completar el rompecabezas que hoy los líderes de las empresas tienen ante la incertidumbre que representa la nueva realidad que viviremos el próximo año.

No esperes a que sea la organización la que te diga cómo debes trabajar bajo la nueva realidad que, esperemos, llegue para el 2021. anticípate y dile a tu organización cómo tú y tu equipo de trabajo trabajarán.

Haz las cosas correctas y de manera correcta. Contribuye a diseñar el modelo de trabajo que tu organización tendrá no solo para trabajar durante la pandemia sino para el siguiente cuarto del siglo XXI.

LEE Reactiva tu capacidad de aprender en equipo

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